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Full text of "Desobediencia civil y otros textos"

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DESOBEDIENCIA CIVIL 
Y OTROS TEXTOS 



Henry David Thoreau 



DESOBEDIENCIA 
CIVIL 

Y OTROS TEXTOS 



Selección y prólogo de 
Vanina Escales 



Thoreau, el incivilizado 



"El mal que hacen los hombres les sobrevive". 
William Shakespeare, Julio César, III, 3 . 

Nació y murió en Concord, Estado de Massachussets, al 
noreste de los Estados Unidos, cerca de Canadá, en la zona 
conocida como Nueva Inglaterra. Sus fechas de nacimiento y 
muerte son el 12 de julio de 1817 y el 6 de mayo de 1862, vivió 
sólo 44 años y dejó una obra de más de treinta volúmenes, de 
los cuales su diario personal ocupa la mayoría. Ya grande insis- 
tía con que "no se había repuesto de la sorpresa de haber nacido 
en el lugar más estimable del mundo y en su mejor momento" 1 
aunque lamentaba no ser tan sabio como el día en que nació. 

Henry David Thoreau es un escritor diáfano, en cuyos tex- 
tos, ni dogmáticos ni teóricos, aparece la verdad en forma de 
epifanía. Es el pensador de la vida sencilla y, como él mismo se 
llamó, "de la cabeza a los pies, un místico, un trascendentalista 
y un filósofo de la naturaleza". Formó parte del Trascendental 
Club que comenzó a reunirse en Boston desde 1836 y en 
Concord desde 1840. El club estaba formado por un grupo 
reducido de intelectuales cultores de la amistad que, además, 
tenían en común haber leído a Immanuel Kant 2 . El chamán fue 



Casado da Rocha, Antonio, Thoreau. Biografía esencial, Acuarela libros, 
Madrid, 2005. 

Ellos eran -además de Emerson y Thoreau-: Bronson Alcott (fundador la 
Escuela de Filosofía de Concord y de comunidades utópicas, padre de 
Louise May Alcott, autora de Mujercitas), Margaret Fuller (escritora, 
educadora, feminista, directora de The Dial), Ellery Channing (aventurero, 
amigo de Henry y su primer biógrafo), Theodore Parker (pastor unitario, 
escritor y educador), Jones Very (poeta), Christopher Cranch (poeta, 
artista, escritor de cuentos para niños y traductor), Orestes Brownson 
(ministro de la iglesia, filósofo y ensayista) y Elizabeth Palmer Peabody 
(educadora, pionera de los jardines de infantes, hermana de Mary Mann, la 
amiga de Sarmiento, y cuñada de Nathaniel Hawthorne). 

Desobediencia civil y otros textos / 7 



Ralph Waldo Emerson, un ex pastor unitario influido por 
Coleridge y Carlyle. El texto sagrado fue Nature -Naturaleza, 
1836-; y el órgano de difusión, The Dial, dirigido por Emerson 
y Margaret Fuller. Todos eran antiesclavistas con matices en su 
grado de irritabilidad y acción. 

Ninguno se ocupó de construir un sistema de pensamiento. 
No quisieron crear una escuela filosófica, antes bien, lo que les 
preocupaba era cómo el individuo puede mantener su inde- 
pendencia, su libertad y su dignidad en un contexto con nue- 
vas tensiones, instituciones e intereses. No sólo frente al poder 
del Estado, sino también en un mundo donde la palabra "pro- 
greso" era el pasaje hacia un industrialismo que no ve paisajes 
sino materias primas. Thoreau recuerda al que tenga oídos para 
la verdad que el mundo "es más maravilloso que conveniente, 
más hermoso que útil". 

Lo más parecido a una definición de trascendentalismo la 
dio Emerson: lo que entre nosotros se llama popularmente tras- 
cendentalismo es idealismo; el idealismo tal como se lo enten- 
día en 1842 3 . El club reflexionaba sobre la esclavitud, la explo- 
tación de los irlandeses, la desaparición de los indios, los dere- 
chos de las mujeres, la tala de árboles, el crecimiento de las 
redes de comunicaciones. La opinión de Thoreau sobre el 
cableado entre Texas y Maine es que estos dos estados no tie- 
nen nada que decirse. Sobre todo, promovieron la experiencia 
y descreían de la separación entre teoría y práctica. El estilo es 
el hombre. 

En Naturaleza, Emerson escribe que, a diferencia de las ge- 
neraciones anteriores, la de ellos ya no ve las cosas cara a cara 
sino mediadas por los ojos de los ancestros, se mira con el peso 
de la cultura. Y pregunta: ¿por qué no disfrutar de una rela- 
ción original con el universo? "Emerson creía que el país sólo 
cambiaría a mejor si cambiaban sus habitantes. No porque ellos 
hayan creado el sistema y por lo tanto sean responsables de su 
reforma, sino más bien porque las personas y sus relaciones 

3 Dice Gadamer en "La verdad de la obra de arte": "... la naturaleza no es 
para el idealismo sólo el objeto de la ciencia calculadora de la modernidad, 
es el imperar de una gran potencia creadora universal que se eleva a su 
plenitud en el espíritu consciente de sí mismo". En Los caminos de 
Heidegger, Herder, Barcelona, 2002. 



8 /Henry David Thoreau 



son el sistema y, si hay algo que reformar, es eso y nada más." 4 
Pero para este cambio no hay normas; tiene que haber una 
búsqueda permanente fruto del inconformismo, la humildad y 
la audacia espiritual. Se es mejor persona amando la verdad 
antes que las leyes y respetando el propio juicio antes que el de 
cualquier autoridad. El éxito de esta aventura será quitar de 
nuestro camino los mediadores que se interponen entre noso- 
tros y la verdad, y que impiden una comunión directa con la 
naturaleza o con dios. Los trascendentalistas promovieron la 
introspección, siguieron a Coleridge cuando éste decía que la 
principal virtud del ser humano es la imaginación y no la ra- 
zón, y "observaron la perfección de la naturaleza hasta en sus 
más pequeños detalles; cuanto más cerca se esté de ella, decían, 
tanto mejor podrá la conciencia intuir lo verdadero, lo bueno y 
lo bello." 5 

Thoreau era panteísta y anticlerical. Evitaba sensatamente 
las iglesias y usó como sinónimos "dios", "naturaleza", "leyes 
superiores" y "conciencia". Antes que nada, hay la inmanen- 
cia de dios en el universo; por tanto, si dios está en cada cosa, 
entonces no hay autoridades exteriores a uno mismo, creía que 
"a cada hombre le basta su profunda y secreta divinidad." 6 El 
ser humano debe estar por encima de su artificio, por esto, 
Thoreau desconfiaba de las promesas técnicas de ingeniería 
social que auguraban la creación del paraíso en la tierra. 

Concord -y Nueva Inglaterra en general- fue de enorme 
riqueza e importancia para las letras de Estados Unidos puesto 
que desde el círculo trascendentalista y los amigos que los ro- 
deaban, como Nathaniel Hawthorne y Walt Whitman, conclu- 
yeron que América era algo para celebrar y donde pararse, a 
diferencia de otros escritores como Henry James o Poe que se 
sentían parte de la antigua tradición europea. Pero "un perro 
vivo es mejor que un león muerto" 7 . Entre 1850 y 1855 apare- 
cieron publicados: La letra escarlata, de Hawthorne; Hombres 

4 Casado da Rocha, op.cit. 

5 Ibíd. 

6 Borges, Jorge Luis, Introducción a la literatura norteamericana, Emecé, 
Buenos Aires, 1997. 

7 Thoreau, Henry David, balden. Cátedra, Madrid, 2005. 

Desobediencia civil y otros textos/ 9 



representativos, de Emerson; Moby Dick, de Melville; Walden, 
de Thoreau; y Hojas de hierba, de Whitman. 

Thoreau se graduó en Harvard en 1837. Estudió agrimen- 
sura, literatura y ciencias. Cuando salió de allí dijo que apa- 
rentemente le habían enseñado también navegación, pero que 
no le habían mostrado ningún muelle; que Harvard tenía mu- 
chas ramas pero ninguna raíz. Su discurso del día de gradua- 
ción se tituló "El espíritu comercial de nuestros tiempos" don- 
de propuso, para escándalo del público, revertir una de las 
máximas divinas: trabajar un día y descansar seis. 

Su entrada en el mundo intelectual está acompañada de un 
cambio no menor: el orden de sus nombres, de David Henry, 
pasó a llamarse Henry David. Nunca entendió cómo es que la 
gente no se llama como quiere, como hacen los indios, y conce- 
de seguir definiéndose por medio de los otros. Leía en varios 
idiomas; en su lengua original a Virgilio "cuya obra es casi tan 
hermosa como la mañana misma", Eurípides, Homero, 
Jenofonte, Voltaire, Moliere y Racine. Pero es deudor, sobre 
todo, de Epicuro, Platón, Pitágoras, Séneca y las filosofías orien- 
tales. Leía tanto el Bhagavad-Gita y el Vishnu Purana como a 
Confucio, John Milton y Sir Walter Scott. También John Donne 
y William Wordsworth. Sus padres economizaron muchísimo 
para su educación y la de sus hermanos. 

Por esa misma época comenzó a escribir su diario, que se 
considera su obra mayor y total. A propósito de su diario, dice 
Antonio Casado da Rocha, que "nunca escribió su autobio- 
grafía, para explicarse a sí mismo tenía un diario cuya longitud 
llegó a superar los dos millones de palabras. Este diario no 
sólo era su taller de escritura, sino también su 'tecnología del 
yo' que empleaba para dar razón y sentido a sus días." Tam- 
bién dio conferencias, publicó en The Dial poemas y ensayos, 
una forma que privilegiaba. Empieza a descubrir su propia voz 
y estilo en relatos reales, breves ensayos como Un paseo de 
invierno o Caminar donde cuenta en primera persona expe- 
riencias y reflexiones. Trabajó dando clases con mayor y me- 
nor suerte tanto en Concord como en ciudades vecinas. Nueva 
York le pareció más ruin de lo que imaginaba. Cuando la Uni- 
versidad de Harvard envió un cuestionario a sus ex alumnos 
para saber qué tareas habían emprendido, contestó que había 



1 /Henry David Thoreau 



sido constructor de botes y de cercos, agrimensor, entomólogo, 
tutor privado, jardinero, granjero, pintor de brocha gorda, car- 
pintero, albañil y lapicero. 

En marzo de 1845 comienza a construir una casa en el bos- 
que de Walden, a orillas de la laguna. Se muda un 4 de julio y 
comienza una vida de exploración de la naturaleza y aprendi- 
zaje que duraría dos años y dos meses. La fecha no parece ca- 
sual, si América festeja su independencia, él emprende el cami- 
no hacia la suya. Walden, el libro, apareció publicado casi diez 
años después, aunque lo empezó a escribir durante esos días. 
¿Qué podemos aprender de Walden! Que podemos tener una 
relación original con la naturaleza, la máxima de Emerson. "Ser 
un filósofo -dice Thoreau- no es sólo tener pensamientos suti- 
les, ni siquiera fundar una escuela, sino amar la sabiduría y 
vivir de acuerdo con sus dictados una vida de sencillez, inde- 
pendencia, magnanimidad y confianza. Es resolver ciertos pro- 
blemas de la vida, no sólo en la teoría, sino en la práctica [...]. 
El filósofo va por delante de su época incluso en su forma ex- 
terna de vivir" 8 . 

Está escrito en primera persona y declara que será así por- 
que siempre es la primera persona la que habla, no hay más 
experiencia que la propia. "Además, por mi parte, exijo de 
todo escritor, antes o después, un relato sencillo y sincero de su 
propia vida, y no sólo lo que ha oído de las vidas de otros 
hombres." El libro comienza con un capítulo dedicado a la 
economía vital, a las normas de la casa. Podemos entrever acá 
una crítica al puritanismo, donde el culto a la superación en la 
tierra y al trabajo permanente es el sudor de la frente del que se 
explota a sí mismo. También rechaza el trabajo en las fábricas 
porque supone la explotación de los demás. Se pregunta ¿cuál 
es el beneficio de esta vida que llevamos? Sus vecinos viven 
miserablemente, los universitarios pobres estudian a Ricardo y 
Smith mientras sus padres se endeudan, caemos todo el tiempo 
en trampas que nos ponemos a nosotros mismos. Trasladán- 
dose a Walden, se propone salir de lo socialmente aceptable y 
aprender de primera mano lo que la vida tiene para ofrecer, 
para no descubrir a la hora de la muerte que no había vivido 

8 Ibíd. 

Desobediencia civil y otros textos/ 11 



en absoluto. Desarrolla una ética vital que da como un ariete 
contra la idea de "ganarse la vida". Y la construye con parado- 
jas, oposiciones y metáforas. "Una cosa debemos entender, el 
destino de la vida es más vida." Nos invita a ser exploradores 
de nuestros propios océanos, sin perder tiempo en la navega- 
ción para el comercio. 

Hay una consigna clave en el libro: examina tus autorida- 
des. Si somos personas sensibles, a menudo nos veremos en- 
frentados a las leyes que imponen la sociedad y el Estado. Nues- 
tras leyes son más sagradas ya que obedecen a la propia con- 
ciencia y estaremos en contacto con lo sublime si estamos en 
contacto con la realidad. Walden es el registro de un perma- 
nente despojo. El rechazo a las instituciones, la defensa del in- 
dividuo y su autonomía o gobierno de sí, y la pobreza volunta- 
ria como destino en resguardo de su libertad -de su libertad de 
no necesitar-, Emerson escribió una semblanza de Thoreau 
donde se refiere a esto: 

"Permaneció siempre soltero; vivía solo; jamás asistió a la 
iglesia; no votó nunca; rehusó pagar impuesto al Estado; no 
comía carne ni bebía vino; ignoró siempre el uso del tabaco, y 
aunque era naturalista, no recurrió ni al lazo ni al fusil. Había 
decidido, sin duda sabiamente para su temperamento, perma- 
necer soltero, célibe del pensamiento y de la naturaleza. Care- 
cía de aptitudes para adquirir riqueza; sabía ser pobre sin el 
mínimo gesto de lamentación o inelegancia. (...) Su manera de 
sentirse rico consistía sencillamente en reducirse a lo indispen- 
sable y en cubrir sus necesidades por sus propios medios". 

El propio Thoreau lo explica en un pasaje de su diario: 

"Los hombres suelen exagerar el tema. Algunos son signifi- 
cativos y otros insignificantes. Yo creo que mi vida es muy ho- 
gareña y mis gustos, muy sencillos. Pena y alegría, éxito y fra- 
caso, grandeza, miseria y en realidad todas las palabras de nues- 
tro idioma no significan lo mismo para mí que para mis veci- 
nos. Veo que me miran con lástima, que creen que es un mísero 
y aciago destino el que me hace caminar por estos campos y 
bosques y navegar solo por este río. Pero no puedo vacilar en 

12 /Henry David Thoreau 



la elección mientras encuentre aquí el único paraíso real. Mi 
trabajo es escribir, y no vacilo, aunque sé que ningún tema me 
parece demasiado trivial, según las pautas normales; porque el 
tema no es nada, hombres necios, la vida lo es todo." 

En Walden cultivó un campo de habas, a su manera, 
intuitivamente y tomando notas de cuanto hacía. Lo hizo en la 
época que le pareció mejor, no en la que todo el mundo lo 
hacía. De todos modos, hubo cosecha y frutos. No trabajó hasta 
el agotamiento, con la cosecha de un par de hileras, la venta 
del excedente y la compra de provisiones, vivió todo el año. El 
sistema de granjas, en esa mitad del siglo xix está cambiando 
en Estados Unidos y se pasa de una agricultura colonial a un 
industrialismo que es la punta de lanza del capitalismo moder- 
no. Thoreau, entonces, habla de las nuevas "granja modelo" 
donde nada crece libremente, todo está tasado y los árboles no 
dan frutos después de la cosecha sino cuando el mercado da 
por esos frutos, dólares. Esos granjeros serían capaces de "lle- 
var el paisaje y a su dios al mercado si pudieran conseguir algo 
a cambio; su Dios es el mercado, por eso van allí". Pero cree 
también que al igual que la agricultura es un arte, ninguna 
fruta ofrece su verdadero sabor si ha sido cortada para la venta. 
"Por avaricia y egoísmo... se considera el suelo una propiedad o 
el principal medio de adquirirla, el paisaje se deforma, la agri- 
cultura se degrada y el granjero lleva la vida más mezquina. Sólo 
conoce la naturaleza como un ladrón. Catón dice que los bene- 
ficios de la agricultura son particularmente piadosos y justos." 

Walden es la prueba de que "si vivimos de acuerdo con nues- 
tros sueños, encontraremos el éxito", que si simplificamos nues- 
tra vida, nuestras propias leyes van a ser más simples. Pero 
Thoreau no nos invita a dejar nuestras casas y emprender la 
huida hacia los bosques. Cada cual explorará su propia vida. Lo 
que dice es: si yo pude seguir mi propio camino, seguramente 
podrás construir el tuyo; la imitación tiene riesgos de falsedad. 

Una vida sin principios es el escrito preferido de muchos 
lectores de Thoreau. Apareció publicado un año después de su 
muerte pero trece años antes ya había párrafos anotados en su 
diario. Comienza diciendo: "Pensemos de qué forma se nos va 
la vida". En este ensayo profundiza algunas ideas que había 

Desobediencia civil y otros textos/ 13 



tomado en Walden sobre el trabajo, el comercio y la resistencia 
a una vida mercantilizada. Se pregunta cómo hacer del ganarse 
la vida algo glorioso, porque si no es así es contrario a la vida. 
Aparece el elogio de la pereza como indocilidad y el trabajo 
como opuesto a la poesía, más aún que el crimen. ¿En qué nos 
convertiríamos si por nuestro trabajo recibiéramos sólo dine- 
ro? Este sistema lo único que hace es distraernos de nuestros 
asuntos, de crecer intelectual y éticamente, en sabiduría y en 
libertad. Lo que plantea es una adecuación entre medios y fi- 
nes. No es un buen negocio para nuestro espíritu subsumir la 
ética a ninguna empresa, ya sea la del comercio o de la política. 

Dedica varias páginas a los buscadores de oro, los enemigos 
del trabajador honrado para los que da lo mismo revolver la 
tierra o tirar los dados. Es preferible morir de hambre que per- 
der la inocencia en el proceso de conseguir alimento. Hay que 
cuidar nuestra parte de inocencia escrupulosamente. "Debería- 
mos tratar nuestras mentes, es decir, a nosotros mismos, como 
niños inocentes e ingenuos y ser nuestros propios guardianes, y 
tener cuidado de prestar atención sólo a los objetos y a los te- 
mas que merezcan la pena. No leáis el Times, leed el Eternities". 

El crecimiento del capitalismo lleva a decir a estadistas y 
filósofos que trae el progreso, Thoreau cree que lo que trae es 
una barbarie de nuevo tipo, mecanizada. Se considera que este 
ensayo es su testamento, allí dice a sus conciudadanos que se 
libraron de un tirano político, el rey George, para ser esclavos 
de un tirano económico. Alardeamos de la libertad de ser es- 
clavos y esto parece poder seguir diciéndose aún hoy. No debe- 
mos cultivar obreros y esclavos, sino hombres. En el final de 
Una vida sin principios, había escrito "cuando cesa la verdad 
surge una institución". 

En los ensayos Desobediencia civil, La esclavitud en 
Massachusetts y Apología del capitán John Brown Thoreau se 
va volviendo menos paciente. Como ya notó Walter Harding 9 , 
en estos escritos hay un aumento de hostilidad y resistencia al 
Estado. En el primero, propone la resistencia civil no pagando 



Fundador de la "Thoreau Society" y el especialista más respetado sobre la 
vida y obra de Thoreau. Se encuentra citado en el prólogo de Juan José Coy 
a Walden, op.cit. 



14 /Henry David Thoreau 



impuestos; en el segundo, pide violar una ley concreta y en el 
tercero demanda la rebeldía directa no contra la ley sino con- 
tra la institución estatal. 

Una tarde de julio de 1846, mientras vivía en Walden, salió 
hasta el pueblo para llevar a arreglar un zapato y se cruzó con 
Sam Staples, un amigo suyo que trabajaba para el gobierno 
cobrando el impuesto de votante. Sam le recordó que no paga- 
ba desde hacía cuatro años, pero que si necesitaba dinero, él 
mismo podía prestárselo. Henry contestó que no pagaba por- 
que no quería pagar. Que no iba a dar su dinero a un gobierno 
que mantiene esclavos y que arremete contra México para 
anexar más territorios para la esclavitud 10 . Sam se sintió con- 
trariado y preguntó ¿y yo qué debo hacer? Henry le dijo "re- 
nuncia". Pero Sam lo llevó a la cárcel. Años antes, su amigo 
Amos Bronson Alcott había tomado la misma decisión, pero 
no fue encarcelado porque el juez a cargo quiso evitar mayores 
consecuencias y pagó él mismo la deuda de Alcott, contra la 
voluntad de éste. La actitud valiente de su amigo germinó en 
Henry David. 

Pasó una noche en la cárcel porque su tía pagó el impuesto, 
algo que enojó a Thoreau, que quería quedarse adentro. Por- 
que si al hombre justo el Estado lo encarcela, entonces el único 
lugar para los hombres libres es dentro de la cárcel 11 . "El Esta- 
do nunca se enfrenta voluntariamente con la conciencia inte- 
lectual o moral de un hombre, sino con su cuerpo, con sus 
sentidos. No se arma de honradez o de inteligencia sino que 
recurre a la fuerza física". Que una mayoría se mantenga con 
el poder significa que es más fuerte, no que es más justa. ¿De- 
bemos someter nuestra conciencia al legislador? Entonces, ¿para 
qué tenemos conciencia? Nuestra única obligación es hacer en 



La guerra con México se desarrolló entre 1846 y 1848. Movida por 
intereses económicos: de los dueños del algodón y de los industriales del 
norte. La finalidad de la guerra era ganar territorios donde la esclavitud 
fuera legal para mantener la economía norteamericana. 
Esta forma de protesta marca la diferencia y el distanciamiento de Thoreau 
con su amigo Emerson, quien pensaba que esta acción era "desconsiderada, 
a destiempo y de mal gusto". La leyenda dice que estando Thoreau en la 
cárcel, Emerson le preguntó por qué estaba allí, y Thoreau contestó "¿Y 
usted por qué no está aquí?". 



Desobediencia civil y otros textos/ 15 



cada momento lo que creemos más justo. Desde los soldados 
hasta los "buenos ciudadanos" sirven al Estado como máqui- 
nas, con sus cuerpos, ni por un momento contribuyen con sus 
conciencias. Y el Estado es una maquinaria mayor que comienza 
a hacer fricción, pero Thoreau sospecha que la fricción es su 
forma de funcionamiento. En ese caso, pues, "hagamos desa- 
parecer esa máquina". 

No podemos seguir llamándonos hombres si permitimos que 
un gobierno se diga nuestro y al mismo tiempo administre la 
represión. Es esa complicidad la que se lleva cotidianamente 
nuestra dignidad. Nos escandalizamos con las injusticias, pero 
pagando los impuestos puntualmente contribuimos a que el 
brazo del Estado se mantenga firme. Lo que tengo que pensar 
en todo momento es si con mis acciones no contribuyo al daño 
que condeno. Y si son parte de ese daño, ¿qué haremos? Thoreau 
nos dice: rompe la ley; haz que tu vida ayude a parar la máquina. 

Uno de los varios compromisos votados por los Estados de 
la Unión en 1850 fue la Ley de Esclavos Fugitivos, que obliga- 
ba a devolver a sus "legítimos dueños" a los esclavos que se 
encontraran en estados libres. La esclavitud en Massachusetts 
fue primero una conferencia y luego apareció publicada en un 
periódico. Thoreau ataca directamente al sistema y lo hace el 
día de la independencia, cuando lo llaman para dar un bello 
discurso sobre el joven país libre e igualitario soñado por los 
Padres Fundadores. Un par de meses antes, habían detenido en 
Boston al negro fugitivo Anthony Burns y tras un simulacro de 
juicio -no exento de drama puesto que ciudadanos antiescla- 
vistas habían tratado de liberarlo por la fuerza-, el Estado de- 
volvió el fugado a su "dueño". 

La furia de Thoreau aparece en ese ensayo y en la Apología 
del capitán John Brown, también una conferencia luego publi- 
cada. John Brown fue un antiesclavista temerario que cayó preso 
y fue ahorcado luego de enfrentarse a las tropas federales que 
intentaban recuperar el arsenal del que Brown se había apode- 
rado. Brown recorría el país recolectando fondos y organizan- 
do el famoso underground railroad. Este tren subterráneo fue 
una organización clandestina que facilitaba el escape de los 
esclavos desde las plantaciones, los conducían discretamente a 
través de los estados del norte hasta alcanzar la libertad en 



1 6 /Henry David Thoreau 



Canadá. Se calcula que entre 1810 y 1850, cien mil esclavos 
lograron recuperar su condición de hombres gracias a esta or- 
ganización. Los blancos aportaban tiempo, dinero y refugio. 
Thoreau formó parte del underground railroad y fue amigo de 
John Brown. Para mucha gente Brown era un loco porque ape- 
laba a la fuerza y a las armas para liberar esclavos. Pero inclu- 
so en eso, Thoreau sale en su defensa diciendo "hablo por boca 
del esclavo cuando digo que prefiero la filantropía del Capitán 
Brown a esa otra filantropía que ni me dispara ni me libera". 

El ahorcamiento de Brown fue decisión del Estado, que pien- 
sa que la abolición de la esclavitud debe ser dispuesta por el 
presidente. Mientras tanto, firma compromisos y mantiene la 
Unión de Estados a toda costa. "Este gobierno hipócrita y dia- 
bólico, levanta la vista sobre los cuatro millones de esclavos y 
pregunta desde su escaño, adoptando un aire de inocencia: '¿por 
qué me atacáis? ¿No soy acaso un hombre honrado? Dejad de 
agitaros por este tema u os convertiré en esclavos u os colgaré'. 
Estamos hablando de un gobierno representativo; pero, ¿qué 
monstruo de gobierno es ése en el que las facultades mentales 
más nobles y todo el corazón no están representados?" 

En el proceso contra el fugado Anthony Burns, la corte de 
justicia debía determinar si Burns era un hombre o si realmen- 
te era un esclavo. La fatalidad de la historia nos hace saber qué 
pasó con Burns, fue devuelto a su amo, el dueño de una planta- 
ción en Virginia. Todas las fuerzas y los empleados del Estado 
se pusieron al servicio del esclavista, del culpable y de la injus- 
ticia. Thoreau pone siempre lo humano por sobre la ley o el 
patriotismo. El hombre es el dueño de un reino más grande 
que cualquier territorio, el que cree ser patriota alistándose en 
el ejército, no es patriota de sí mismo y renuncia a su voluntad 
para que un amo le diga cuál debe ser su conciencia. Es, por 
tanto, un cobarde. "Yo quisiera recordarles a mis compatrio- 
tas que ante todo deben ser hombres, y americanos después, 
cuando así convenga". Y la injusticia no debe ser tolerada nun- 
ca, debemos disolver nuestro vínculo con el Estado mientras el 
lugar de los hombres dignos sea la cárcel. 

Todo lo que escribió Thoreau fueron relatos reales, ensayos 
donde sus reflexiones parten de la experiencia. Y aunque nos 
hable de temas o problemas aparentemente antiguos 

Desobediencia civil y otros textos/ 17 



-esclavitud, sencillez y mercantilismo-, es posible leerlo a la 
luz de nuestros días -jerarquía, consumo, razón técnica. De 
aquellas preguntas resuenan sus ecos: ¿quiénes son tus autori- 
dades?, ¿en qué se nos va la vida?, ¿cuáles son las consecuen- 
cias de tus actos? La última anotación en su diario es la des- 
cripción de las huellas de una tormenta. Por la forma de las 
marcas de la arena en una pendiente, entiende en qué sentido 
sopló el viento y escribe "todo esto es perfectamente visible 
para el ojo atento y, sin embargo, pasa desapercibido para la 
mayoría. Así, cada viento deja su autorretrato". 



Vanina Escales 



Una vida sin principios" 



No hace mucho experimenté en un ateneo la sensación de 
que el conferenciante había elegido un tema que le era absolu- 
tamente desconocido y por tanto no conseguía interesarme tanto 
como hubiera sido de esperar. Hablaba de cosas de las que no 
estaba convencido y sus argumentos eran débiles y simples. 
Además no había un pensamiento central o centralizador a lo 
largo de la conferencia. Hubiera preferido que hablara de sus 
experiencias más íntimas, como hace el poeta. El mayor elogio 
que me dedicaron en toda mi vida fue cuando alguien me pre- 
guntó qué opinaba y esperó mi respuesta. Cuando ocurre algo 
así me sorprendo, aunque por supuesto me agrada, ya que se 
hace un uso tan poco corriente de mí, que siento como si se me 
conociera y respetara. Normalmente, si alguien quiere algo de 
mí, es sólo para saber cuántos acres mide su tierra -pues soy 
agrimensor- o, a lo sumo, para saber de qué noticias triviales 
me he enterado. Nunca parece interesar mi esencia, sino sólo 
mi superficie. Un hombre vino una vez desde bastante lejos 
para pedirme que diera una conferencia sobre la esclavitud, 
pero al hablar con él descubrí que su camarilla esperaba reser- 
varse siete octavos de la conferencia y sólo un octavo sería 
para mí; por tanto decliné la invitación. Cuando se me invita a 
dar una conferencia en cualquier sitio -pues tengo cierta expe- 
riencia en ese menester- doy por supuesto que existe un deseo 
de oír mis opiniones sobre algún tema, aunque yo sea el mayor 
chiflado del país, y desde luego no de que me limite a decir sólo 
cosas agradables o aquello con lo que esté de acuerdo el audi- 
torio. Con estas condiciones me comprometo a entregarles una 
fuerte dosis de mí mismo. Me han venido a buscar y se han 
comprometido a pagarme; a cambio estoy dispuesto a entre- 
garme a ellos, aunque les aburra lo indecible. 

"Life Without Principie", The Athlantic Montbly, vol. XII, núm. 62, 1863. 
Como escribió Walter Harding, es "incuestionablemente el favorito de los 
verdaderos aficionados a Thoreau". 

Desobediencia civil y otros textos / 19 



Así pues, ahora os diría algo similar a vosotros, lectores. 
Puesto que vosotros sois mis lectores y yo no he viajado mucho, 
no hablaré de gentes a miles de kilómetros de distancia sino de 
aquéllos que están más cerca de nosotros. Como hay poco tiempo 
dejaré de lado la adulación y expondré todas las críticas. 

Consideremos el modo cómo pasamos nuestras vidas. Este 
mundo es un lugar de ajetreo. ¡Qué incesante bullicio! Casi 
todas las noches me despierta el resoplido de la locomotora. 
Interrumpe mis sueños. No hay domingos. Sería maravilloso 
ver a la humanidad descansando por una vez. No hay más que 
trabajo, trabajo, trabajo. No es fácil conseguir un simple cua- 
derno para escribir ideas; todos están rayados para los dólares 
y los céntimos. Un irlandés, al verme tomar notas en el campo, 
dio por sentado que estaba calculando mis ganancias. ¡Si un 
hombre se cae por la ventana de niño y se queda inválido o si 
se vuelve loco por temor a los indios, todos lo lamentan princi- 
palmente porque eso le incapacita para... trabajar! Yo creo que 
no hay nada, ni tan siquiera el crimen, más opuesto a la poesía, 
a la filosofía, a la vida misma, que este incesante trabajar. 

Un tipo codicioso, rudo y violento de las afueras de nues- 
tra ciudad va a construir un muro al pie de la colina rodeando 
su propiedad. Las autoridades le han metido esto en la cabeza 
para evitar que origine otros problemas y él quiere que me 
pase tres semanas allí cavando a su lado. Al final, él quizás 
acaparará más dinero y se lo dejará a sus herederos para que 
éstos lo despilfarren. Si lo hago, muchos me alabarán por ser 
un hombre trabajador y laborioso, pero si me dedico a otras 
faenas que me proporcionan más beneficio, aunque menos 
dinero, comenzarán a mirarme como a un holgazán. De todos 
modos, como no necesito una política de trabajo inútil para 
ordenar mi vida, y no veo absolutamente nada digno de enco- 
mio en que este tipo emprenda más negocios que nuestro go- 
bierno u otros gobiernos extranjeros, por muy divertido que 
le parezca a él o a ellos, yo prefiero terminar mi educación en 
una escuela diferente. 

Si un hombre pasea por el bosque por placer todos los días, 
corre el riesgo de que le tomen por un haragán, pero si dedica 
el día entero a especular cortando bosques y dejando la tierra 
árida antes de tiempo, se le estima por ser un ciudadano 



20 /Henry David Thoreau 



trabajador y emprendedor. ¡Como si una ciudad no tuviera 
más interés en sus bosques que el de talarlos! 

La mayoría de los hombres se sentirían insultados si se les 
empleara en tirar piedras por encima de un muro y después 
volver a lanzarlas al otro lado, con el único fin de ganarse el 
sueldo. Pero hay muchos individuos empleados ahora mismo 
en cosas menos provechosas aún. Por ejemplo, antes del ama- 
necer, una mañana de verano, divisé a un vecino mío caminan- 
do con su yunta de bueyes que cargaba lentamente una piedra 
grande colgando del eje. Parecía envuelto en una atmósfera de 
laboriosidad; comenzaba su jornada de trabajo y le sudaba la 
frente -un reproche para todos los gandules y vagos-. Se paró 
frente al lomo de uno de sus bueyes y dio media vuelta para 
ostentar su misericordioso látigo mientras ellos avanzaban ha- 
cia él. Y yo pensé: este es el trabajo que debe proteger el Con- 
greso americano, el esfuerzo honrado y viril, honrado como el 
discurrir diario del sol sobre nosotros que hace que tengamos 
pan fresco cada mañana y que la sociedad cultive la cordiali- 
dad, algo que todo el mundo respeta y venera: era un ser hu- 
mano llevando a cabo una faena necesaria aunque penosa. Cier- 
tamente sentí un leve reproche porque me limitaba a observar 
desde la ventana y no estaba afuera, realizando un trabajo se- 
mejante. Pasó ese día y por la noche crucé el patio de otro 
vecino que tiene muchos criados y despilfarra el dinero, al tiem- 
po que no hace nada de provecho, y allí reconocí la piedra de 
por la mañana junto a una estructura extravagante pretendiendo 
adornar el patio de Lord Timothy Dexter e inmediatamente se 
desvaneció a mis ojos la dignidad del trabajo del carretero. A 
mi parecer, el sol luce cada día para alumbrar labores más pro- 
vechosas que ésta. Debo añadir que poco después, el tal Dr. 
Dexter se fugó dejando deudas por toda la ciudad y, tras pasar 
por los tribunales, se habrá establecido sin duda en cualquier 
otra parte para convertirse de nuevo en un mecenas de las artes. 

Los caminos por los que se consigue dinero, casi sin excep- 
ción, nos empequeñecen. Haber hecho algo por lo que tan sólo 
se percibe dinero es haber sido un auténtico holgazán o peor 
aún. Si un obrero no gana más sueldo que el que le paga su 
patrón, le están engañando, se engaña a sí mismo. Si ganaras 
dinero como escritor o conferenciante, sería que eres popular, 

Desobediencia civil y otros textos/ 21 



lo cual implica un descenso perpendicular. Esos servicios por 
los que la comunidad está más dispuesta a retribuir, son los más 
desagradables de cumplir. Se te paga para que seas menos que 
un hombre. Normalmente el Estado no recompensa a un genio 
con más benignidad. Incluso el poeta laureado preferiría no te- 
ner que ensalzar los incidentes de la realeza. Se le tiene que so- 
bornar con un tonel de vino, y tal vez se aparte de su musa a 
otro poeta para que beba de ese mismo tonel. Respecto a mis 
propios negocios, resulta que el tipo de trabajo de agrimensura 
que yo podría hacer con la mayor satisfacción, no satisface a 
los que me contratan. Ellos preferirían que hiciera un trabajo 
burdo y no demasiado bien, no lo suficientemente bien. Cuan- 
do hago notar que hay distintos modos de medir, mi 
patrón generalmente me pregunta cuál le proporcionaría más 
metros, no cuál es el más exacto. Una vez inventé una regla 
para cubicar la madera cortada en trozos de metro y traté de 
introducirla en Boston, pero el agrimensor de allí me dijo que 
los que vendían no deseaban que se midiera su madera con exac- 
titud, que él era ya demasiado justo para ellos, y por tanto siem- 
pre medían su madera en Charlestown antes de cruzar el puente. 

El propósito del obrero debiera ser, no el ganarse la vida o 
conseguir "un buen trabajo", sino realizar bien un determina- 
do trabajo y hasta en un sentido pecuniario sería económico 
para una ciudad pagar a sus obreros tan bien que no sintieran 
que estaban trabajando por lo mínimo, para seguir viviendo 
sin más, sino que trabajaban por fines científicos o morales. 
No contrates a un hombre que te hace el trabajo por dinero, 
sino a aquél que lo hace porque le gusta. 

Es significativo que existan pocos hombres tan bien em- 
pleados, que trabajen tan de acuerdo con sus intereses, que un 
poco de dinero o fama no les arranque de su tarea actual. Veo 
muchos anuncios para jóvenes activos, como si la actividad 
fuera la virtud fundamental de un joven. Sin embargo, me sor- 
prendí cuando alguien me propuso en confianza, un hombre 
adulto, que me embarcara en una de sus empresas, como si yo 
no tuviera nada que hacer o mi vida hubiese sido un completo 
desastre hasta ese momento. ¡Qué dudoso cumplido me dedicó! 
¡Como si me hubiese encontrado en medio del océano luchan- 
do contra el viento y sin tener adonde dirigirme y me 



22 /Henry David Thoreau 



propusiera que le siguiera! Si lo hiciera, ¿qué creéis que dirían 
los hombres de las compañías de seguros? ¡No, no! No estoy 
sin empleo a estas alturas del viaje. A decir verdad, vi un anun- 
cio para marineros con experiencia cuando era niño, paseando 
por mi pueblo natal, y en cuanto tuve la edad, me embarque. 

La comunidad carece del soborno capaz de tentar al hombre 
sabio. Podéis juntar dinero suficiente para perforar una monta- 
ña, pero no podréis juntar dinero suficiente para contratar el 
hombre que está ocupándose de sus asuntos. Un hombre eficien- 
te y valioso hace lo que sabe hacer, tanto si la comunidad le paga 
por ello como si no le paga. Los ineficaces ofrecen su ineficacia 
al mejor postor y están siempre esperando que les den un pues- 
to. Como podemos imaginar, raramente se ven contrariados. 

Tal vez esté siendo más celoso que nunca de mi libertad. 
Siento que mi conexión y mi obligación para con la sociedad 
son aún débiles y transitorios. Esos leves trabajos que me re- 
portan el sustento y por los cuales se me permite que sea útil de 
algún modo a mis contemporáneos, me son tan agradables que 
casi nunca recuerdo que son una necesidad. Hasta ahora voy 
teniendo éxito, pero preveo que si mis necesidades aumentan 
mucho, el trabajo requerido para satisfacerlas se convertirá en 
una labor penosa. Si tuviera que vender mis mañanas y mis 
tardes a la sociedad, como hace la mayoría, estoy seguro de 
que no me quedaría nada por lo que vivir. Confío en que jamás 
venderé mi primogenitura por un plato de lentejas. Lo que pre- 
tendo sugerir es que un hombre puede ser muy trabajador y en 
cambio no emplear bien su tiempo. No hay mayor equivoca- 
ción que consumir la mayor parte de la vida en ganarse el sus- 
tento. Todas las grandes empresas se automantienen. El poeta, 
por ejemplo, debe alimentar su cuerpo con la poesía al igual 
que la máquina de vapor del aserradero alimenta sus calderas 
con las virutas que produce. Debéis ganaros la vida amando. 
Pero lo mismo que se dice de los comerciantes que noventa y 
siete de cada cien fracasan, así la vida de los hombres medida 
por este patrón es generalmente un fracaso y se puede predecir 
el desastre. 

Haber nacido heredero de una fortuna y nada más, no es 
nacer sino nacer muerto. Que a uno lo mantenga la caridad de 
los amigos o una pensión del gobierno, supuesto que se sigue 

Desobediencia civil y otros textos/ 23 



respirando, no importa qué hermosos sinónimos se empleen, 
es entrar en un asilo. Los domingos el pobre deudor va a la 
iglesia a hacer recuento de sus bienes y descubre, como es lógi- 
co, que sus gastos han sido mayores que sus ingresos. En la 
Iglesia católica especialmente, acuden a los confesionarios, se 
confiesan y renuncian a todo y tratan de volver a empezar. De 
este modo los hombres se acostarán hablando alegremente del 
pecado y nunca harán un esfuerzo por levantarse. 

Respecto a la ambición de los hombres en la vida, hay una 
diferencia importante entre dos tipos: unos están satisfechos 
con el éxito mínimo, con que sus modestas metas se alcancen 
de lleno; pero otros, por muy ínfima y desgraciada que sea su 
vida, elevan constantemente sus objetivos sobre el horizonte, 
aunque muy despacio. Preferiría con mucho ser el segundo de 
los dos, aunque como dicen los orientales: "La grandeza no se 
acerca al que siempre mira al suelo; y todos los que miran a lo 
alto, se están empobreciendo". 

Es sorprendente que haya tan poco o casi nada escrito, que 
yo recuerde, sobre el tema de ganarse la vida; cómo hacer del 
ganarse la vida no sólo algo valioso y honorable sino también 
algo apetecible y glorioso, porque si ganarse la vida no es de 
ese modo esto no sería vivir. Cualquiera pensaría, revisando la 
literatura, que esta cuestión jamás turbó los pensamientos de 
un solo individuo. ¿Sucede acaso que la experiencia de los hom- 
bres es tan desagradable que no quieren hablar de ella? La 
lección más valiosa que enseña el dinero, la que nos ha enseña- 
do el Creador del Universo con tanto esfuerzo, nosotros nos 
sentimos tentados a ignorarla. Y en cuanto a los medios de 
ganarse la vida, es maravilloso lo indiferentes que se muestran 
los hombres de todas las clases, incluso los llamados reformistas 
-tanto los que heredan, ganan el dinero o lo roban-. Yo creo 
que la sociedad no ha hecho nada por nosotros a este respecto 
y encima ha deshecho lo que habíamos conseguido. El frío y el 
hambre me parecen más acordes con mi naturaleza que esos 
métodos que han adoptado los hombres. 

El adjetivo sabio está, por lo general, mal aplicado. ¿Cómo 
puede ser sabio el que no sabe mejor que otros cómo se ha de 
vivir?, ¿no será tan sólo un hombre más astuto y más sutil?, 
¿opera la sabiduría como el burro en una noria?, ¿o por el 



24 /Henry David Thoreau 



contrario nos enseña cómo tener éxito siguiendo su ejemplo} 
¿Existe algún tipo de sabiduría que no se aplique a la vida?, ¿o 
es la sabiduría tan sólo el molinero que muele la lógica más 
fina? Es pertinente preguntarse si Platón se ganó la vida mejor 
o con mejores resultados que sus contemporáneos, ¿o sucum- 
bió ante las dificultades de la vida como los demás hombres? 
¿Sobresalió por encima de algunos por mera indiferencia o asu- 
miendo aires de superioridad?, ¿o le resultó más fácil la vida 
porque su tía se acordó de él en su testamento? Las formas con 
las que la mayoría se gana la vida, es decir, viven, son simples 
tapaderas y un evitar el auténtico quehacer de la vida, y sucede 
así porque, en primer lugar, no saben; pero en parte también 
porque no quieren hacer nada por aprender algo mejor. 

La afluencia masiva de buscadores de oro a California, 
por ejemplo, y la actitud no simplemente de los comerciantes, 
sino también de los filósofos y los profetas respecto a ella, 
refleja el gran desastre de la humanidad. ¡Que tantos esperen 
vivir de la suerte y así tener el modo de encargar el trabajo a 
otros menos afortunados y todo ello sin aportar nada a la 
sociedad! ¡Y a eso le llaman un negocio! No conozco desa- 
rrollo más sorprendente de la inmoralidad en el comercio y 
en los demás procedimientos habituales para ganarse la vida. 
La filosofía y la poesía y la religión de semejante humanidad 
no merecen el polvo de un bejín. El cerdo que se gana el sus- 
tento hozando, removiendo la tierra, se avergonzaría de tal 
compañía. Si yo pudiera disponer de la riqueza de todos los 
mundos levantando un dedo, no pagaría semejante precio por 
ella. Incluso Mahoma sabía que Dios no ha hecho este 
mundo en broma. Esto convierte a Dios en un acaudalado 
caballero que tira un puñado de monedas porque le gusta ver 
a los hombres arrastrarse por el suelo. ¡La lotería del mundo! 
¡Subsistir en el reino de la Naturaleza, algo que debemos echar 
a suertes! ¡Vaya una crítica, vaya sátira para nuestras institu- 
ciones! La consecuencia será que toda la humanidad se 
colgará de un árbol. ¿Y es esto lo que nos han enseñado los 
preceptos de todas las Biblias? ¿Acaso el último invento de la 
raza humana y el más digno de admiración es un simple ras- 
trillo para basura? ¿Es bajo estas premisas donde confluyen 
los orientales y los occidentales? ¿Fue Dios quien nos indicó 



Desobediencia civil y otros textos/ 25 



que ganáramos así la vida, cavando donde no plantamos, y 
que El nos recompensaría acaso con una pepita de oro? 

Dios entregó al hombre honrado un certificado capacitán- 
dolo para alimentarse y vestirse, pero el hombre malvado en- 
contró un facsímil del mismo en los cofres de Dios, se apropió 
de él y obtuvo alimento y vestido como el primero. Es uno de 
los sistemas de falsificación más extendidos que conoce el mun- 
do. Yo no sabía que la humanidad padeciera por falta de oro. 
Yo lo he visto en pequeña cantidad. Sé que es muy maleable, 
pero no tan maleable como el ingenio. Un grano de oro puede 
dorar una gran superficie, pero no tanto como un grano de 
buen juicio. 

El buscador de oro en los barrancos de las montañas es tan 
jugador como su colega de los casinos de San Francisco. ¿Qué 
diferencia hay entre revolver el polvo o remover los dados? Si 
ganas, la sociedad pierde. El buscador de oro es el enemigo del 
trabajador honrado, sean cualesquiera las restricciones y las 
compensaciones que haya. No es suficiente que me digas que 
trabajaste mucho para conseguir el oro. También el Diablo tra- 
baja intensamente. El camino de la transgresión puede ser difí- 
cil de muchas maneras. El más humilde espectador que vea 
una mina dirá que buscar oro es una especie de lotería, el oro 
obtenido de ese modo no es lo mismo que el sueldo del trabajo 
honrado. Pero, en la práctica, olvida lo que ha visto porque 
sólo percibe el hecho, no el principio, y entra en esa dinámica, 
es decir, compra un boleto en lo que resulta ser otra lotería 
aunque no tan obvia. 

Una tarde, después de leer el relato de Howitt sobre los 
buscadores de oro en Australia, me quedaron grabados en la 
mente toda la noche los numerosos valles con sus arroyos, todo 
cortado por pozos pestilentes de tres a treinta metros de pro- 
fundidad y cuatro metros de ancho, tan justos como les fue 
posible cavarlos y medio cubiertos de agua; el lugar al que se 
lanzan con furia muchos hombres para buscar fortuna, sin 
saber dónde deben abrir sus agujeros, sin saber si el oro está 
bajo su mismo campamento, cavando a veces cincuenta 
metros antes de dar con la veta o perdiéndola por centímetros, 
convertidos en demonios y sin respetar los derechos de los 
demás en su sed de riqueza. Valles enteros a lo largo de 



26 /Henry David Thoreau 



cincuenta kilómetros aparecen de repente como panales de miel 
por los pozos de los mineros, de tal suerte que cientos de éstos 
mueren allí agotados. Metidos en el agua y cubiertos de barro 
y arcilla trabajan día y noche y mueren de frío y de enferme- 
dad. Tras leer esto y habiéndolo olvidado en parte, me puse a 
pensar, por casualidad, en mi propia vida que me resulta tan 
poco satisfactoria, haciendo lo mismo que otros muchos y, con 
la visión de las excavaciones todavía en mi mente, me pregunté 
por qué no iba yo a lavar oro todos los días, aunque sólo fue- 
ran partículas mínimas, por qué no iba yo a trazar una galería 
hasta el oro de mi interior, y trabajar esa mina. A^í'está nues- 
tro Ballarat y Bendigo. ¿Qué importa que la galería sea estre- 
cha? De todos modos yo debo seguir el sendero, por muy soli- 
tario, estrecho y tenebroso que sea, por donde caminar con 
amor y respeto. Allí donde un hombre se separa de la multitud 
y sigue su propio camino, allí sin duda hay una bifurcación en 
la carretera, aunque los viajeros asiduos no vean más que un 
boquete en la empalizada. Su sendero solitario a campo a tra- 
vés resultará el mejor camino de los dos. 

Muchos hombres se apresuran a ir a California y Australia 
como si el verdadero oro se encontrara en esa dirección. Al 
contrario, están yendo justo al lugar opuesto de donde se en- 
cuentra. Hacen prospecciones más y más lejos del lugar ade- 
cuado y cuando creen que han triunfado resulta que son los 
más desafortunados. ¿No es aurífero nuestro suelo natal} ¿No 
riega nuestro valle un arroyo que viene de las montañas dora- 
das? ¿No nos ha traído éste partículas resplandecientes y no ha 
formado pepitas desde antes incluso de las eras geológicas? Sí, 
por extraño que parezca, si un buscador se desvía buscando 
este auténtico oro del interior de las inexploradas soledades 
que nos rodean, no hay peligro de que alguno siga sus pisadas 
y se empeñe en suplantarlo. Puede incluso reclamar y excavar 
el valle entero, las parcelas cultivadas y sin cultivar, durante 
toda su vida, porque nadie le discutirá su derecho. No se mete- 
rán con sus artesas o sus herramientas. No se les confina en 
una propiedad de doce pies cuadrados, como en Ballarat, sino 
que puede cavar en cualquier sitio y lavar toda la tierra del 
mundo en sus gamellas. 

Howitt dice lo siguiente del hombre que encontró la gran 

Desobediencia civil y otros textos/ 27 



pepita de doce kilogramos en las excavaciones de Bendigo, en 
Australia: "Pronto empezó a beber, tomó un caballo y cabal- 
gó por los alrededores, casi siempre al galope, y cuando en- 
contraba gente la llamaba para preguntarle si sabía quién era 
él y a continuación le informaba muy amable de que él era el 
maldito miserable que había encontrado la pepita. Al final, 
cabalgando a todo galope, se estrelló contra un árbol, casi se 
salta los sesos". De todos modos, yo creo que no hubo ningún 
peligro en su caída porque ya se había saltado los sesos contra 
la pepita. Howitt añade: "Es un hombre completamente aca- 
bado". Pero es un ejemplo de esa clase. Todos éstos son hom- 
bres disipados. Escuchad algunos nombres de los lugares que 
excavan: "llano del imbécil", "barranco de la cabeza de carne- 
ro", "vado del asesino". ¿No hay sátira en estos nombres? 

Dejadlos que arrastren su mal ganada riqueza a donde quie- 
ran, yo creo que el lugar en que vivan será siempre el "llano del 
imbécil", si no el "vado del asesino". 

La última fuente de nuestra energía ha sido el saqueo de 
sepulturas en el Istmo de Darien, una empresa que parece estar 
en sus comienzos porque, según referencias recientes, ha gana- 
do la segunda votación en la comisión de Nueva Granada un 
decreto para regular este tipo de minas y un corresponsal del 
Tribune ha escrito: "En la estación seca, cuando el tiempo per- 
mita que la zona sea debidamente inspeccionada, no cabe duda 
de que se encontrarán otras ricas guacas (es decir, cemente- 
rios)". A los emigrantes les dice: "No vengáis antes de diciem- 
bre; tomad la ruta del istmo mejor que la de la Boca del Toro; 
no traigáis equipaje inútil, no carguéis con una tienda, un buen 
par de mantas será suficiente; un pico, una pala y un hacha de 
buena calidad será todo lo que necesitéis"; consejo éste que 
bien podría estar sacado de la "Guía de Burker". Y concluye 
con esta línea en bastardilla y letras mayúsculas: "Si os va bien 
en casa quedaos ahí", que muy bien puede interpretarse: "Si 
estáis sacando bastante dinero de los expolios de los cemente- 
rios de vuestro estado, quedaos ahí". 

¿Por qué ir a California por un lema? California es la hija 
de Nueva Inglaterra, criada en su propia escuela y en su iglesia. 

Es sorprendente que de entre todos los predicadores haya 
tan pocos maestros de moral. Los profetas están dedicados a 



28 /Henry David Thoreau 



perdonar el comportamiento de los hombres. Muchos reveren- 
dos de edad avanzada, los illuminati de esta era, me dicen con 
una sonrisa amable y cordial, entre un suspiro y un estremeci- 
miento, que no sea demasiado blando con estas cosas, que lo 
aglutine todo, es decir, que haga con todo esto un lingote de 
oro. El mejor consejo que he oído sobre estos temas era rastre- 
ro. A grandes rasgos era esto: no merece la pena emprender 
una reforma del mundo en ese particular. No preguntes cómo 
se consigue la mantequilla para tu pan; se te revolverá el estó- 
mago al enterarte, y cosas parecidas. Le sería mejor a un hom- 
bre morir de hambre, que perder su inocencia en el proceso de 
conseguir el pan. Si dentro del hombre sofisticado no hay otro 
ingenuo, entonces se trata de uno de los ángeles del diablo. Al 
hacernos viejos, vivimos con menos rigidez, nos relajamos un 
poco de la disciplina y de algún modo dejamos de obedecer 
nuestros instintos más puros. Pero deberíamos ser escrupulo- 
sos hasta el extremo de la cordura, despreciando la mofa de 
aquéllos que son más desafortunados que nosotros. 

Incluso en nuestra ciencia y filosofía no existe por lo gene- 
ral una sola verdad objetiva de las cosas. El espíritu de secta y 
la intolerancia han puesto sus pezuñas en medio de las estre- 
llas. Sólo tenéis que discutir el problema de si las estrellas están 
deshabitadas o no, para descubrirlo. ¿Por qué tenemos que 
embadurnar los cielos como hicimos con la tierra? Fue triste 
descubrir que el Dr. Kane era masón y que Sir John Franklin lo 
era también. Pero es más duro aún pensar que posiblemente 
ésa fue la razón por la que el primero fue en busca del segundo. 
No hay ninguna revista popular en este país que se atreva a 
publicar la opinión de un niño sobre cuestiones de cierta im- 
portancia sin hacer algún comentario. Todo debe someterse a 
los doctores en teología. Yo preferiría que lo sometieran a la 
opinión de los arrapiezos. 

Uno vuelve del funeral de la humanidad para asistir a un 
fenómeno natural. Una pequeña idea entierra a todo el mundo. 

No conozco a casi ningún intelectual que sea tan abierta y 
auténticamente liberal que se pueda hablar con libertad en su 
presencia. La mayoría de aquéllos con los que intento hablar 
pronto se ponen a atacar una institución en la que tienen algún 
interés, es decir, tienen un punto de vista particular, no universal. 

Desobediencia civil y otros textos/ 29 



Interpondrán continuamente su propio tejado con un estrecho 
tragaluz para ver el cielo, cuando es el cielo lo que deberían 
contemplar sin obstáculo alguno. ¡Yo os digo, quitad de en 
medio vuestras telarañas, limpiad vuestras ventanas! En algu- 
nos ateneos me dicen que han aprobado la exclusión del tema 
de la religión y si estoy tocando ese tema o no. He llegado a 
tener mucha experiencia y he hecho todo lo posible por reco- 
nocer con franqueza mi propia vivencia de la religión, de tal 
modo que mi auditorio nunca sospecha el origen de mis ideas. 
El conferenciante era tan inofensivo para ellos como la luz de 
la luna. En cambio si les hubiera leído la biografía de los gran- 
des picaros de la historia, habrían pensado que había escrito 
las vidas de los diáconos de su iglesia. Por lo general, la pre- 
gunta es: ¿De dónde vino usted?, o ¿adonde va? Hay una pre- 
gunta más pertinente aún que oí hacer una vez a dos personas 
de mi auditorio "¿A favor de qué es la conferencia?". Todo mi 
cuerpo se estremeció. 

Para ser imparcial, los mejores hombres que conozco no 
están tranquilos, no son todo un mundo en sí mismos. En ge- 
neral, se preocupan de los modales y adulan y estudian las si- 
tuaciones con más perspicacia que el resto. Seleccionamos el 
granito para los cimientos de nuestras casas y establos, cons- 
truimos vallas de piedra, pero nosotros no nos asentamos so- 
bre un entramado de verdad granítica, la más elemental roca 
primitiva. Nuestras vigas están podridas. ¿De qué pasta está 
hecho ese hombre que no se corresponde en nuestro pensa- 
miento con la verdad más pura y sutil? A menudo acuso a mis 
mejores amigos de una inmensa frivolidad, porque mientras 
que hay buenos modales y cumplidos que no respetamos, no 
nos enseñamos unos a otros las lecciones de honradez y since- 
ridad que enseñan los animales, o las elecciones de estabilidad 
y solidez que proceden de las rocas. La culpa es, sin embargo, 
habitualmente mutua porque, por lo general, no nos exigimos 
más unos de otros. 

¡Esa agitación en torno a Kossuth, observad qué típica, pero 
qué superficial fue! Simplemente otro tipo de política o de bai- 
le. Se le dedicaron discursos por todo el país, pero todos expre- 
saban la opinión o la falta de opinión de la multitud sin más. 
Nadie mantuvo la verdad. Se agruparon en una camarilla como 



30 /Henry David Thoreau 



de costumbre: unos se apoyaban en otros y todos juntos en 
nada. Del mismo modo los hindúes colocan el mundo sobre un 
elefante, el elefante sobre una tortuga y la tortuga sobre una 
serpiente y no tienen nada que poner bajo la serpiente. Como 
fruto de toda esa agitación tenemos el sombrero de Kossuth. 

Así de vacía e ineficaz es nuestra conversación cotidiana. 
Lo superficial lleva a lo superficial. Cuando nuestra vida deja 
de ser íntima y privada, la conversación degenera en simple 
cotilleo. Es difícil conocer a un hombre que te cuente una noti- 
cia que no haya aparecido en un periódico o que no se la haya 
contado su vecino y, la mayoría de las veces, la única diferencia 
entre nosotros y nuestro amigo es que él ha leído el periódico o 
salido a tomar el té, y nosotros no. En la misma medida que 
nuestra vida interior fracasa, vamos con más constancia y de- 
sesperación a la oficina de correos. Puedes estar seguro de que 
el pobre tipo que se aleja con el mayor número de cartas, orgu- 
lloso de su abultada correspondencia, no ha sabido nada de sí 
mismo desde hace tiempo. 

Yo creo que leer un periódico a la semana es ya demasiado. 
Lo he intentado recientemente y me parecía que todo este tiempo 
no había vivido en mi región natal. El sol, las nubes, la nieve, 
los árboles no me dicen tanto. No puedes servir a dos amos. 
Requiere más de un día de atención conocer y poseer el valor 
de un día. 

Podemos, con razón, avergonzarnos de decir las cosas que 
hemos leído u oído. No sé por qué mis noticias tienen que ser 
tan triviales, teniendo en cuenta que abrigamos sueños e ilusio- 
nes, nuestro progreso no debería ser tan insignificante. Las 
noticias que oímos no son, en su mayoría, interesantes. Son 
repeticiones vacías. A menudo nos sentimos tentados de pre- 
guntar por qué se da tanto énfasis a una experiencia personal 
que hemos tenido. ¿Por qué después de veinticinco años, tene- 
mos que volver a encontrar en nuestro camino a Hobbins, Re- 
gistrador de Sucesos? ¿No hemos avanzado ni un centímetro, 
acaso? Así son las noticias diarias. Los acontecimientos flotan 
en la atmósfera insignificantes como las esporas de los helé- 
chos, y caen sobre un talo abandonado o sobre la superficie de 
nuestros montes que les proporcionan una base en la que cre- 
cer como parásitos. Deberíamos librarnos de tales noticias. ¿De 

Desobediencia civil y otros textos/ 31 



qué serviría, en el caso de que explotara nuestro planeta, que 
hubiera un personaje involucrado en la explosión? Si somos 
sinceros no tendremos la menor curiosidad por tales sucesos. 
No vivimos para divertirnos estúpidamente. Yo no correría a 
la vuelta de la esquina para ver el mundo explotar. 

Todo el verano e incluso el otoño, tal vez os hayáis olvida- 
do inconscientemente del periódico y de las noticias, y ahora 
descubrís que era porque la mañana y la tarde estaban llenas 
de noticias. Vuestros paseos estaban llenos de incidentes. Os 
interesaban no los asuntos de Europa, sino los asuntos de los 
campos de Massachusetts. Si tenéis la suerte de existir, de vivir 
y moveros dentro de ese estrecho ámbito en el que se filtran los 
acontecimientos que constituyen las noticias -un ámbito más 
estrecho que la fibra de papel en el que se imprimen- entonces 
estas cosas llenarán vuestro mundo, pero si os eleváis por enci- 
ma de ese plano u os sumergís muy por debajo de él, ya no las 
recordaréis más, ni ellas a vosotros. La realidad es que ver salir 
el sol cada día y verlo ponerse, participar de ese modo en el 
curso del universo os conservará sanos para siempre. ¡Nacio- 
nes! ¿Qué son las naciones? ¡Tártaros, hunos y chinos! Pululan 
como insectos. El historiador lucha en vano por hacerlos me- 
morables. Hay muchos hombres pero ni uno solo que lo sea 
auténticamente. Son los individuos los que pueblan el mundo. 
Cualquier hombre que piense, puede decir con el Espíritu de 
Loda: 



Desde la altura miro a las naciones 

Y observo cómo se convierten en cenizas; 

Mi vivienda en las nubes es tranquila, 

Son placenteros los grandes campos de mi descanso. 

Os lo ruego, dejadnos vivir sin ser arrastrados por perros, 
como hacen los esquimales, cruzando a través de colinas y va- 
lles, y mordiéndose las orejas unos a otros. 

No sin un leve temblor de miedo, a menudo me doy cuenta 
de la facilidad con la que mi mente admite los detalles de cual- 
quier asunto trivial, las noticias de la calle; y me asusta observar 
con qué facilidad la gente abarrota sus mentes con tales basuras 
y deja que rumores e incidentes ociosos e insignificantes se 



32 /Henry David Thoreau 



introduzcan en un terreno que debiera ser sagrado para el pen- 
samiento. ¿Debe ser mi mente un escenario público donde se 
discutan los asuntos de la calle y los cotilleos de la sobremesa?, 
¿o debería ser una estancia del cielo mismo, un templo hipetro 
consagrado a servir a los dioses? Me resulta tan difícil desha- 
cerme de los pocos datos importantes; sólo una mente divina 
me lo podría aclarar. Así son, en general, las noticias de los 
periódicos y de las conversaciones. Es importante conservar la 
castidad de la mente a este respecto. ¡Pensad que aceptarais en 
vuestras mentes los detalles de un solo caso de la sala de lo 
criminal, profanando su sanctum sanctorum durante una hora 
o muchas horas! ¡Hacéis de lo más íntimo del apartamento de 
vuestra mente, una sala de los tribunales, como si todo este 
tiempo el polvo de la calle nos hubiera cubierto, como si la 
calle misma con todo su tráfico, su ajetreo y suciedad hubieran 
atravesado el santuario de nuestros pensamientos! ¿No sería 
ese un suicidio intelectual y moral? Cuando me he visto obliga- 
do a sentarme como espectador y oyente en un tribunal de 
justicia durante varias horas, y he visto a mis vecinos, entran- 
do y saliendo a hurtadillas y caminando de puntillas con las 
manos y el rostro bien lavados, me parecía en ese momento 
que, al quitarse los sombreros, sus orejas crecían rápidamente 
hasta convertirse en grandes tolvas auditivas entre las cuales se 
apretaban sus pequeñas cabezas. Como aspas de molinos de 
viento, captaban las ondas de sonido, que tras algunas vueltas 
que les excitaban en sus cerebros dentados, salían por el otro 
lado. Yo me preguntaba si al llegar a casa prestaban la misma 
atención a limpiarse las orejas que antes habían prestado a la- 
varse las manos y los rostros. Me pareció entonces, que el pú- 
blico y los testigos, el jurado y el abogado, el juez y el criminal 
de la sala -si se me permite considerarlo culpable antes del 
veredicto- eran todos igualmente criminales, y yo hubiera de- 
seado que un rayo los alcanzara y los aniquilara a todos. 

Evita con todo tipo de trampas y señales, amenazando con 
el peor castigo divino, que alguien profane ese terreno que para 
ti es sagrado. ¡Es tan difícil olvidar todo eso que es inútil guar- 
dar en la memoria! Si tengo que ser un camino, prefiero serlo 
por torrentes, por arroyos del Parnaso que por alcantarillas de 
ciudad. Existe la inspiración, ese chismorreo que llega al oído 

Desobediencia civil y otros textos/ 33 



de la mente atenta desde los patios celestiales. Existe otra reve- 
lación profana y caduca, la de las tabernas y la comisaría de 
policía. El mismo oído es capaz de captar ambas comunicacio- 
nes. El criterio del que escucha es el que debe determinar cuál 
oír y cuál no. Yo creo que la mente se puede profanar perma- 
nentemente con el hábito de escuchar cosas triviales, de modo 
que todos nuestros pensamientos se teñirán de trivialidad. 
Nuestro propio intelecto debería ser de asfalto, es decir, debe- 
ría tener un buen firme para que las ruedas se deslizaran fácil- 
mente, y si quieres saber cómo darle mejor consistencia a la 
carretera, mejor que la que se consigue con cantos rodados, 
con traviesas de abeto o con asfalto, lo que tienes que exami- 
nar son algunas de nuestras mentes que se han visto sometidas 
tanto tiempo a este tratamiento. 

Si nos hemos profanado nosotros mismos -¿y quién no?- el 
remedio será la cautela y la devoción para volver a consagrar- 
nos y convertir de nuevo nuestras mentes en santuarios. Debe- 
ríamos tratar nuestras mentes, es decir, a nosotros mismos, como 
a niños inocentes e ingenuos y ser nuestros propios guardia- 
nes, y tener cuidado de prestar atención sólo a los objetos y los 
temas que merezcan la pena. No leáis el Times, leed el Eterni- 
dades. Los convencionalismos son a la larga tan malos como la 
mezquindad. Incluso los datos científicos pueden manchar la 
mente con su aridez, a no ser que os las limpiéis cada mañana, 
o las fertilicéis con el rocío de la verdad fresca y viva. La sabi- 
duría no llega hasta nosotros por los detalles sino a través de 
rayos de luz procedentes del cielo. Sí, todo pensamiento que 
cruza la mente comporta un desgaste irreversible y un profun- 
dizar los baches que, como en las calles de Pompeya daban 
muestra del uso que se les dio. Cuántas cosas hay sobre las que 
deberíamos deliberar para decidir si las aceptamos o no. ¡Me- 
jor hubiéramos dejado que los carromatos de los vendedores 
ambulantes avanzaran a un trote muy lento, incluso al paso, 
por ese puente glorioso de la mente por el que confiamos pasar 
al final del último instante de nuestra vida a la orilla más 
próxima de la eternidad! ¿Tan sólo tenemos habilidad para 
vivir como zafios y para servir al diablo y nada de cultura ni 
delicadeza? ¿Para adquirir riquezas mundanas o fama o liber- 
tad, y dar una falsa imagen a los demás, como si fuéramos 



34 /Henry David Thoreau 



todo cáscara y concha, sin un corazón tierno y vivo dentro de 
nosotros? ¿Por qué tienen que ser nuestras instituciones como 
esas nueces hueras que sólo sirven para pincharse los dedos? 

Se dice que América va a ser el campo de batalla donde se 
librará la batalla por la libertad, pero en realidad no puede ser 
que se refieran a libertad en un sentido exclusivamente políti- 
co. Incluso si aceptamos que el americano se ha librado de un 
tirano político, todavía es esclavo de un tirano económico y 
moral. Ahora que la república -la res-publica- está instituida, 
es hora de buscar la res-privata -los asuntos privados- para 
cuidar de que, como el senado romano aconsejaba a sus cónsu- 
les: "ne quid res-PRiVATA detrimenti caperet", los asuntos pri- 
vados no sufran deterioro alguno. 

¿Llamamos a ésta la tierra de los hombres libres? ¿Qué su- 
pone ser libres respecto del rey George y seguir siendo esclavos 
del rey Prejuicio? ¿Qué sentido tiene nacer libres y no vivir 
libres? ¿Cuál es el valor de una libertad política sino el de hacer 
posible la libertad moral? ¿Alardeamos de la libertad de ser 
esclavos o de la libertad de ser libres? Somos una nación de 
políticos y nos preocupamos sólo por una defensa superficial 
de la libertad. Los hijos de nuestros hijos tal vez se sientan un 
día realmente libres. Nos sometemos a impuestos injustos. Hay 
un grupo de entre nosotros que no está representado. Son im- 
puestos sin representación. Nosotros alojamos a las tropas, a 
tontos y ganado de todas clases. Alojamos nuestros cuerpos 
bastos en nuestras pobres almas, hasta que los primeros con- 
sumen toda la sustancia de las segundas. 

Con respecto a la auténtica cultura y a la hombría de bien, 
somos aún esencialmente provincianos porque no adoramos la 
verdad sino el reflejo de la verdad; porque estamos pervertidos 
y limitados por una devoción exclusiva al negocio y al comer- 
cio y a las fábricas y a la agricultura y cosas semejantes, que 
son sólo medios y no fines. 

De esta manera es también provinciano el Parlamento in- 
glés. Simples paletos que se traicionan unos a otros cada vez 
que se les presenta un asunto importante que resolver: el pro- 
blema irlandés, por ejemplo. ¿Por qué no lo llamé el problema 
inglés? Sus naturalezas se corrompen en contacto con la pro- 
pia bajeza de los temas que tratan. Su "buena crianza" respeta 

Desobediencia civil y otros textos/ 35 



sólo cuestiones secundarias. Los mejores modales del mundo 
pasan a ser fatuos y torpes al compararlos con una inteligencia 
superior. Su apariencia no es sino como la de las modas de 
otros tiempos: simples cortesías, genuflexiones y calzas hasta 
la rodilla pasadas de moda. Es el vicio y no los modales exquisi- 
tos lo que hace que pierdan la firmeza de carácter. En realidad 
no son más que ropas desechadas o conchas huecas clamando 
por el respeto que se debía al ser que las habitaba. Se os regala 
la concha en lugar de la carne y no es excusa que, en el caso de 
ciertos moluscos, las conchas tengan más valor que la carne. El 
hombre que me impone sus buenos modales actúa como si se 
empeñara en mostrarme el cuarto de sus colecciones, cuando 
lo que yo quería era verle a él. No fue éste el sentido con el que 
el poeta Decker llamó a Cristo "el primer auténtico caballero 
que jamás haya existido". Repito que en este sentido la corte 
más gloriosa de la cristiandad es provinciana, pues sólo tiene 
autoridad para decidir sobre intereses transalpinos, y no sobre 
los asuntos de Roma. Un pretor o un procónsul sería suficiente 
para resolver los problemas que acaparan la atención del Parla- 
mento inglés y del Congreso americano. 

¡Gobierno y legislación! A éstas las consideraba yo profe- 
siones respetables. Hemos oído hablar en la historia del mun- 
do de Numas, Licurgos y Solones de origen divino, nombres 
que pueden al menos representar legisladores ideales; ¡pero 
pensad lo que supone dictar las normas para producir esclavos 
o exportar tabaco! ¿Qué tienen que ver los legisladores divinos 
con la importación o la exportación del tabaco? ¿Y los legisla- 
dores humanos con respecto a la producción de esclavos? Su- 
poned que tuvieseis que someter esa cuestión a un hijo de Dios, 
¿no tiene El ningún hijo en el siglo xix? ¿Se trata de una familia 
extinguida? ¿Con qué condiciones la recuperaríais? ¿Qué dirá 
el estado de Virginia el último día cuando éstas han sido sus 
principales y básicas cosechas? ¿Qué lugar ocuparía el patrio- 
tismo en semejante Estado? Tomo los datos de las estadísticas 
que han publicado los propios estados. 

¡Un comercio que surca los mares para comprar nueces y 
pasas, y que incluso esclaviza a los marineros con este propósi- 
to! El otro día vi un barco que había naufragado y en el cual se 
habían perdido muchas vidas y su cargamento de ropas, 



36 /Henry David Thoreau 



nebrinas y almendras amargas. ¡América va al Viejo Mundo 
por sus frutos amargos! ¿No es el mar o el naufragio lo bastan- 
te amargo como para hacer que la savia de la vida se vierta en 
ellos? Sin embargo, así es en su mayor parte nuestro ensalzado 
comercio y hay algunos que todavía se consideran estadistas y 
filósofos y que están tan ciegos que piensan que el progreso y 
la civilización dependen, precisamente, de este tipo de inter- 
cambio y de tal actividad que más bien parece la actividad de 
las moscas alrededor de una cuba de melaza. Sería estupendo, 
alguien ha dicho, que los hombres fueran ostras y estupendo, 
le contestaría yo, si fueran mosquitos. 

El teniente Herndon, enviado por nuestro gobierno a 
explorar el Amazonas y según parece, a extender el área de 
esclavitud, advirtió que allí hacía falta "una población labo- 
riosa y activa que conozca las comodidades de la vida y que 
tenga necesidades artificiales que le induzcan a extraer del país 
sus múltiples recursos". Pero, ¿cuáles son esas "necesidades 
artificiales" a estimular? No son el amor a los lujos como el 
tabaco y los esclavos, tan abundantes en su Virginia natal; ni el 
hielo y el granito y otras riquezas materiales de nuestra Nueva 
Inglaterra natal. Ni tampoco son "los grandes recursos de un 
país" la fertilidad o la esterilidad del suelo que los produce. La 
necesidad básica de todo estado donde he vivido es la elevada 
y seria ambición de sus habitantes. Esto es lo único que desa- 
rrolla "los grandes recursos" de la Naturaleza y que, a la larga, 
le exige explotarlos por encima de sus posibilidades, porque 
desde luego el hombre se mueve con el curso natural de las 
cosas. Cuando preferimos la cultura a las patatas y el entendi- 
miento a las ciruelas, entonces los grandes recursos del mundo 
se extraen y el resultado o la producción básica no son escla- 
vos ni obreros sino hombres: esos escasos frutos que llamamos 
héroes, santos, poetas, filósofos y redentores. 

En resumen, al igual que se forman los ventisqueros cuan- 
do cesa el viento, así mismo cuando cesa la verdad surge, una 
institución. Pero la verdad sigue soplando por las alturas y, al 
final, acaba por destruirla. 

Eso que llaman política es algo tan superficial y poco 
humano que en la práctica nunca he reconocido que me 
interesara. Los periódicos, según veo, dedican varias 

Desobediencia civil y otros textos/ 37 



columnas gratuitamente a la política o a los asuntos de gobier- 
no y esto, diría yo, es lo que los salva. Pero como yo amo la 
literatura y en cierto modo también la verdad, no leo nunca 
esas columnas. No quiero embotar hasta ese punto mi sentido 
de la justicia. No tengo que rendir cuentas por haber leído un 
solo Mensaje del Presidente. ¡Esta es una época extraña del 
mundo, en la que los imperios, los reinos y las repúblicas vie- 
nen a pedir a la puerta de un hombre corriente y le cuentan sus 
problemas al oído! No puedo tomar el periódico sin encontrar- 
me con que un desdichado gobierno, acorralado y en sus últi- 
mos días me está pidiendo a mí, el lector, que le vote, más in- 
oportuno que un mendigo italiano y si se me ocurre leer su 
certificado, escrito tal vez por el secretario de un comerciante 
benévolo o por el patrón del barco que le trajo -puesto que no 
sabe ni una palabra de inglés- probablemente me informaría 
de la erupción de un Vesubio, o el desbordamiento de un Po, 
verdadero o inventado, que le redujo a esta situación. Y en tal 
caso no dudo en sugerirle que trabaje o que acuda a un asilo. 
¿O si no, por qué no mantiene su vida privada en silencio, 
como hago yo normalmente? El pobre Presidente entre conser- 
var su popularidad y cumplir con su deber, se encuentra per- 
plejo. Los periódicos son el poder dominante. Cualquier otro 
gobierno se reduce a unos cuantos infantes de marina de Fort 
Independence. Si un hombre se niega a leer el Daily Times el 
gobierno se pondrá de rodillas ante él porque esa es la única 
traición en estos tiempos. 

Las cosas que más acaparan la atención de los hombres, 
como la política y la rutina diaria son realmente funciones vi- 
tales para la sociedad humana, pero deberían realizarse incons- 
cientemente como sucede con las correspondientes funciones 
del cuerpo físico. Son infrahumanas, una especie de vegeta- 
ción. A veces me despierto en una semiconsciencia y las noto 
funcionar del mismo modo que alguien puede sentirse cons- 
ciente de algunos procesos de digestión en un estado mórbido y 
llegara así a lo que llaman la dispepsia. Es como si un pensador 
se sometiera a ser digerido por la gran molleja de la creación. 
La política es, por así decirlo, la molleja de la sociedad, está 
llena de arena y grava y los dos partidos políticos son sus dos 
mitades enfrentadas. A veces se dividen en cuatro y entonces se 



3 8 /Henry David Thoreau 



restriegan unas contra otras. No sólo los individuos sino tam- 
bién los Estados han confirmado de este modo su dispepsia, lo 
cual se manifiesta por una inusitada sonoridad que podéis ima- 
ginar. Nuestra vida no es únicamente un olvidar, sino también, 
en gran medida, un recordar aquello de lo que nunca debimos 
ser conscientes, al menos no en nuestras horas de vigilia. ¿Por 
qué no nos reunimos alguna vez, no como dispépticos, para 
contarnos nuestros malos sueños, sino como eupépticos, para 
congratularnos mutuamente por el glorioso amanecer de cada 
día? No pido nada exorbitante, os lo aseguro. 



Desobediencia civil y otros textos/ 39 



Desobediencia civil" 



Acepto de todo corazón la máxima: "El mejor gobierno es 
el que gobierna menos" y me gustaría verlo puesto en práctica 
de un modo más rápido y sistemático. Pero al cumplirla resul- 
ta, y así también lo creo, que "el mejor gobierno es el que no 
gobierna en absoluto"; y, cuando los hombres estén prepara- 
dos para él, ése será el tipo de gobierno que tendrán. Un go- 
bierno es, en el mejor de los casos, un mal recurso, pero la 
mayoría de los gobiernos son, a menudo, y todos, en cierta 
medida, un inconveniente. Las objeciones que se le han puesto 
a un ejército permanente (que son muchas, de peso, y merecen 
tenerse en cuenta) pueden imputarse también al gobierno como 
institución. El ejército permanente es tan sólo un brazo de ese 
gobierno. El gobierno por sí mismo, que no es más que el me- 
dio elegido por el pueblo para ejecutar su voluntad, es igual- 
mente susceptible de originar abusos y perjuicios antes de que 
el pueblo pueda intervenir. El ejemplo lo tenemos en la actual 
guerra de México, obra de relativamente pocas personas que 
se valen del gobierno establecido como de un instrumento, a 
pesar de que el pueblo no habría autorizado esta medida. 

Este gobierno americano, ¿qué es sino una tradición, aun- 
que muy reciente, que lucha por transmitirse a la posteridad 
sin deterioro, pese a ir perdiendo parte de su integridad a cada 
instante? No tiene ni la vitalidad ni la fuerza de un solo hom- 
bre, ya que un solo hombre puede plegarlo a su voluntad. Es 
una especie de fusil de madera para el pueblo mismo. Sin em- 
bargo, no es por ello menos necesario; el pueblo ha de tener 
alguna que otra complicada maquinaria y oír su sonido para 
satisfacer así su idea de gobierno. De este modo los gobiernos 
evidencian cuán fácilmente se puede instrumentalizar a los hom- 
bres, o pueden ellos instrumentalizar al gobierno en beneficio 
propio. Excelente, debemos reconocerlo. Tan es así que este 

"Resistance to Civil Government", en Elisabeth Peabody (ed.), JEstbetic 
Papers, 1849. El ensayo luego será titulado, ya no por Thoreau, "On the 
Duty of Civil Disobedience" y "Civil Disobedience". 

Desobediencia civil y otros textos / 41 



gobierno por sí mismo nunca promovió empresa alguna y en 
cambio sí mostró cierta tendencia a extralimitarse en sus fun- 
ciones. Esto no hace que el país sea libre. Esto no consolida el 
Oeste. Esto no educa. El propio temperamento del pueblo ame- 
ricano es el que ha conquistado todos sus logros hasta hoy, y 
hubiera conseguido muchos más, si el gobierno no se hubiera 
interpuesto en su camino a menudo. Y es que el gobierno es un 
mero recurso por el cual los hombres intentan vivir en paz; y, 
como ya hemos dicho, es más ventajoso el que menos interfiere 
en la vida de los gobernados. Si no fuera porque el comercio y 
los negocios parecen botar como la goma, nunca conseguirían 
saltar los obstáculos que los legisladores les interponen continua- 
mente, y, si tuviéramos que juzgar a estos hombres únicamente 
por las repercusiones de sus actos, y no por sus intenciones, 
merecerían que los castigaran y los trataran como a esos 
delincuentes que ponen obstáculos en las vías del ferrocarril. 

Pero, para hablar con sentido práctico y como ciudadano, 
a diferencia de los que se autodenominan contrarios a la exis- 
tencia de un gobierno, solicito, no que desaparezca el gobierno 
inmediatamente, sino un mejor gobierno de inmediato. Deje- 
mos que cada hombre manifieste qué tipo de gobierno tendría 
su confianza y ése sería un primer paso en su consecución. 

Después de todo, la auténtica razón de que, cuando el po- 
der está en manos del pueblo, la mayoría acceda al gobierno y 
se mantenga en él por un largo período, no es porque posean la 
verdad ni porque la minoría lo considere más justo, sino por- 
que físicamente son los más fuertes. Pero un gobierno en el que 
la mayoría decida en todos los temas no puede funcionar con 
justicia, al menos tal como entienden los hombres la justicia. 
¿Acaso no puede existir un gobierno donde la mayoría no 
decida virtualmente lo que está bien o mal, sino que sea la 
conciencia? ¿Donde la mayoría decida sólo en aquellos temas 
en los que sea aplicable la norma de conveniencia? ¿Debe el 
ciudadano someter su conciencia al legislador por un solo ins- 
tante, aunque sea, en la mínima medida? Entonces, ¿para qué 
tiene cada hombre su conciencia? Yo creo que debiéramos ser 
hombres primero y ciudadanos después. Lo deseable no es cul- 
tivar el respeto por la ley, sino por la justicia. La única obliga- 
ción que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada 



42 /Henry David Thoreau 



momento lo que crea justo. Se ha dicho y con razón que una 
sociedad mercantil no tiene conciencia; pero una sociedad for- 
mada por hombres con conciencia es una sociedad con con- 
ciencia. La ley nunca hizo a los hombres más justos y, debido 
al respeto que les infunde, incluso los bienintencionados se con- 
vierten a diario en agentes de la injusticia. Una consecuencia 
natural y muy frecuente del respeto indebido a la ley es que 
uno puede ver una fila de soldados: coronel, capitán, cabo, 
soldados rasos, artilleros, todos marchando con un orden ad- 
mirable por colinas y valles hacia el frente en contra de su 
voluntad, ¡sí! contra su conciencia y su sentido común, lo que 
hace que la marcha sea más dura y se les sobrecoja el corazón. 
No dudan que están involucrados en una empresa condenable; 
todos ellos son partidarios de la paz. Entonces, ¿qué son: hom- 
bres, o por el contrario, pequeños fuertes y polvorines móviles 
al servicio de cualquier mando militar sin escrúpulos? Visitad 
un arsenal y contemplad a un infante de marina; eso es lo que 
puede hacer de un hombre el gobierno americano, o lo que 
podría hacer un hechicero: una mera sombra y remedo de 
humanidad; en apariencia es un hombre vivo y erguido, pero, 
sin embargo, mejor diríamos que está enterrado bajo las armas 
con honores funerarios, aunque bien pudiera ser: 

No se oían tambores ni himnos funerarios 
cuando llevamos su cadáver rápidamente al baluarte; 
ningún soldado disparó salvas de despedida 
sobre la tumba en que enterramos a nuestro héroe. 

De este modo la masa sirve al Estado no como hombres 
sino básicamente como máquinas, con sus cuerpos. Ellos for- 
man el ejército constituido y la milicia, los carceleros, la poli- 
cía, los ayudantes del sheriff, etc. En la mayoría de los casos no 
ejercitan con libertad ni la crítica ni el sentido moral, sino que 
se igualan a la madera y a la tierra y a las piedras, e incluso se 
podrían fabricar hombres de madera que hicieran el mismo 
servicio. Tales individuos no infunden más respeto que los hom- 
bres de paja o los terrones de arcilla. No tienen más valor que 
caballos o perros, y sin embargo se les considera, en general, 
buenos ciudadanos. Otros, como muchos legisladores, políticos, 



Desobediencia civil y otros textos/ 43 



abogados, ministros y funcionarios, sirven al Estado funda- 
mentalmente con sus cabezas, y como casi nunca hacen distin- 
ciones morales, son capaces de servir tanto al diablo, sin pre- 
tenderlo, como a Dios. Unos pocos, como los héroes, los pa- 
triotas, los mártires, los reformadores en un sentido amplio y 
los hombres sirven al Estado además con sus conciencias y, por 
tanto, las más de las veces se enfrentan a él y, a menudo, se les 
trata como enemigos. Un hombre prudente sólo será útil como 
hombre y no se someterá a ser "arcilla" y "tapar un agujero 
para detener el viento", sino que dejará esa tarea a los otros: 



Soy de estirpe demasiado elevada 
para convertirme en un esclavo, 
en un subalterno sometido a tutela, 
en un servidor dócil, en instrumento 
de cualquier Estado soberano del mundo. 



Al que se entrega por entero a los demás se le toma por un 
inútil y un egoísta, pero al que se entrega solamente en parte, 
se le considera un benefactor y un filántropo. 

¿Cómo le corresponde actuar a un hombre ante este gobier- 
no americano hoy? Yo respondo que no nos podemos asociar 
con él y mantener nuestra propia dignidad. No puedo recono- 
cer ni por un instante que esa organización política sea mi go- 
bierno y al mismo tiempo el gobierno de los esclavos. 

Todos los hombres reconocen el derecho a la revolución, es 
decir, el derecho a negar su lealtad y a oponerse al gobierno 
cuando su tiranía o su ineficacia sean desmesurados e insopor- 
tables. Pero la mayoría afirma que no es ese el caso actual, 
aunque sí fue el caso, dicen, en la revolución de 1775. Si al- 
guien me dijera que ese fue un mal gobierno porque gravó cier- 
tos artículos extranjeros llegados a sus puertos, lo más proba- 
ble es que no me inmutara porque puedo pasar sin ellos. Toda 
máquina experimenta sus propios roces, pero es posible que se 
trate de un mal menor y contrarreste otros males. En ese caso 
sería un gran error mover un dedo por evitarlo. Pero cuando 
resulta que la fricción se convierte en su propio fin, y la opresión 
y el robo están organizados, yo digo: "hagamos desaparecer esa 
máquina". En otras palabras, cuando una sexta parte de la 



44 /Henry David Thoreau 



población de un país que se ha comprometido a ser refugio de 
la libertad, está esclavizada, y toda una nación es agredida y 
conquistada injustamente por un ejército extranjero y someti- 
da a la ley marcial, creo que ha llegado el momento de que los 
hombres honrados se rebelen y se subleven. Y este deber es 
tanto más urgente, por cuanto que el país así ultrajado no es el 
nuestro, sino que el nuestro es el invasor. 

Paley, autoridad reconocida en temas morales, en un capí- 
tulo sobre "Deber de sumisión al gobierno civil", reduce toda 
obligación civil al grado de conveniencia, y continúa: "mien- 
tras el interés de la sociedad entera lo requiera, es decir, mien- 
tras la institución del gobierno no se pueda cambiar o rechazar 
sin inconvenientes públicos, es voluntad de Dios que se obe- 
dezca a ese gobierno, pero no más allá... Admitido este princi- 
pio, la justicia de cada caso particular de rebelión se reduce a 
un calcular por un lado la proporción del peligro y del daño; y 
por el otro la posibilidad y coste de corregirlo". A continua- 
ción nos dice que cada hombre debe juzgar por sí mismo. Pero 
nos parece que Paley no ha contemplado los casos en los que la 
regla de la conveniencia no se aplica; es decir, cuando un pue- 
blo o un solo individuo deben hacer justicia a cualquier precio. 
Si le he quitado injustamente la tabla al hombre que se ahoga, 
debo devolvérsela aunque me ahogue yo. Esto, según Paley 
sería inconveniente. Aquel que salve su vida, en este caso, la 
perderá. Este pueblo debe dejar de tener esclavos y de luchar 
contra México aunque le cueste su existencia como tal pueblo. 

Por experiencia propia, muchas naciones están de acuerdo 
con Paley, pero ¿acaso alguien cree que Massachusetts está 
haciendo lo correcto en la crisis actual? 

Un estado prostituido; una mujerzuela a cuyo traje plateado 
se le lleva la cola, pero cuya alma se arrastra por el polvo. 

Descendiendo a lo concreto: los que se oponen a una refor- 
ma en Massachusetts no son cien mil políticos del Sur sino 
cien mil comerciantes y granjeros de aquí, que están más inte- 
resados en el comercio y la agricultura que en el género huma- 
no y no están dispuestos a hacer justicia ni a los esclavos ni a 
México, costase lo que costase. Yo no me enfrento con enemi- 

Desobediencia civil y otros textos/ 45 



gos lejanos sino con los que cerca de casa cooperan con ellos 
y les apoyan, y sin los cuales estos últimos serían inofensivos. 
Estamos acostumbrados a decir que las masas no están prepa- 
radas, pero el progreso es lento porque la minoría no es mejor 
o más prudente que la mayoría. Lo más importante no es que 
una mayoría sea tan buena como tú, sino que exista una cier- 
ta bondad absoluta en algún sitio para que fermente a toda la 
masa. Miles de personas están, en teoría, en contra de la es- 
clavitud y la guerra, pero de hecho no hacen nada por acabar 
con ellas; miles que se consideran hijos de Washington y 
Franklin, se sientan con las manos en los bolsillos y dicen que 
no saben qué hacer, y no hacen nada; miles que incluso pos- 
ponen la cuestión de la libertad a la cuestión del mercado li- 
bre y leen en silencio las listas de precios y las noticias del 
frente de México tras la cena, e incluso caen dormidos sobre 
ambos. ¿Cuál es el valor de un hombre honrado y de un pa- 
triota hoy? Dudan y se lamentan y a veces redactan escritos, 
pero no hacen nada serio y eficaz. Esperarán con la mejor 
disposición a que otros remedien el mal, para poder dejar de 
lamentarse. Como mucho, depositan un simple voto y hacen 
un leve signo de aprobación y una aclamación a la justicia al 
pasar por su lado. Por cada hombre virtuoso, hay novecientos 
noventa y nueve que alardean de serlo, y es más fácil tratar 
con el auténtico poseedor de una cosa que con los que preten- 
den tenerla. 

Las votaciones son una especie de juego, como las damas o 
el backgammon que incluyesen un suave tinte moral; un jugar 
con lo justo y lo injusto, con cuestiones morales; y desde luego 
incluye apuestas. No se apuesta sobre el carácter de los votan- 
tes. Quizás deposito el voto que creo más acertado, pero no 
estoy realmente convencido de que eso deba prevalecer. Estoy 
dispuesto a dejarlo en manos de la mayoría. Su obligación por 
tanto, nunca excede el nivel de lo conveniente. Incluso votar 
por lo justo es no hacer nada por ello. Es tan sólo expresar 
débilmente el deseo de que la justicia debiera prevalecer. Un 
hombre prudente no dejará lo justo a merced del azar ni desea- 
rá que prevalezca frente al poder de la mayoría. Hay muy poca 
virtud en la acción de las masas. Cuando la mayoría vote al fin 
por la abolición de la esclavitud, será porque les es indiferente 



46 /Henry David Thoreau 



la esclavitud o porque sea tan escasa que no merezca la pena 
mantenerla. Para entonces ellos serán los únicos esclavos. Sólo 
puede acelerar la abolición de la esclavitud el voto de aquel 
que afianza su propia libertad con ese voto. 

He oído decir que se va a celebrar una convención en 
Baltimore o en algún otro sitio, para la elección del candidato 
a la presidencia y que está formada fundamentalmente por 
directores de periódicos y políticos profesionales, y yo me pre- 
gunto: ¿Qué puede importarle al hombre independiente, 
inteligente y respetable la decisión que tomen? ¿Es que no po- 
demos contar con la ventaja de la prudencia y la honradez de 
este último? ¿No podemos esperar que también haya votos in- 
dependientes? ¿Acaso no son numerosísimos los hombres que 
no asisten a convenciones en este país? Pero no: yo creo que el 
hombre respetable como tal ya se ha escabullido de su puesto y 
desespera de su país, cuando es su país el que tiene más razo- 
nes para desesperar de él. Inmediatamente acepta a uno de los 
candidatos elegidos de ese modo, como el único disponible 
demostrando que es él quien está disponible para cualquier 
propósito del demagogo. Su voto no tiene más valor que el de 
cualquier extranjero sin principios o el de cualquier empleadillo 
nativo que pueden estar comprados. ¡Loado sea el hombre 
auténtico que, como dice mi vecino, tiene un hueso en la 
espalda que no le permite doblegarse! Nuestras estadísticas son 
falsas, la población está inflada. ¿Cuántos hombres hay en este 
país por cada 250.000 hectáreas? Apenas uno. ¿No ofrece 
América ningún atractivo para que los hombres se asienten 
aquí? El americano ha degenerado en un "Odd Fellow",un ser 
que se reconoce por el desarrollo de su sentido gregario y una 
ausencia manifiesta de inteligencia y una alegre confianza en sí 
mismo, cuyo primer y básico interés en el mundo es ver que los 
asilos se conservan en buen estado y antes se ha puesto su ves- 
timenta en toda regla y ha ido a recabar fondos para mantener 
a las viudas y huérfanos que pueda haber; en fin, en alguien 
que se permite vivir sólo con la ayuda de la Compañía de Segu- 
ros Mutuos que se ha comprometido a enterrarle decentemente. 

Por supuesto, no es un deber del hombre dedicarse a la erra- 
dicación del mal, por monstruoso que sea. Puede tener, como 
le es lícito, otros asuntos entre manos; pero sí es su deber al 

Desobediencia civil y otros textos/ 47 



menos, lavarse las manos de él. Y si no se va a preocupar más 
de él, que, por lo menos, en la práctica, no le dé su apoyo. Si 
me entrego a otros fines y consideraciones, antes de dedicarme 
a ellos, debo, como mínimo, asegurarme de que no estoy pi- 
sando a otros hombres. Ante todo, debo permitir que también 
los demás puedan realizar sus propósitos. ¡Fijaos qué gran in- 
consistencia se tolera! He oído decir a conciudadanos míos: 
"me gustaría que me ordenaran colaborar en la represión de 
una rebelión de esclavos o marchar hacia México; veríamos si 
lo hago"; y en cambio ellos mismos han facilitado un sustituto 
directamente con su propia lealtad e indirectamente al menos 
con su dinero. Al soldado que se niega a luchar en una guerra 
injusta le aplauden aquellos que aceptan mantener al gobierno 
injusto que la libra; le aplauden aquellos cuyos actos y autori- 
dad él desprecia y desdeña, como si el Estado fuera un peniten- 
te que contratase a uno para que se fustigase por sus pecados, 
pero que no considerase la posibilidad de dejar de pecar ni por 
un momento. Así, con el pretexto del orden y del gobierno 
civil, se nos hace honrar y alabar nuestra propia vileza. Tras la 
primera vergüenza por pecar surge la indiferencia y lo inmoral 
se convierte, como si dijéramos, en ¿zmoral y no del todo inne- 
cesario en la vida que nos hemos forjado. 

El mayor error y el más extendido exige la virtud más desin- 
teresada. El ligero reproche al que es susceptible muy a menu- 
do la virtud del patriota, es aquel en el que incurren fácilmente 
los hombres honrados. Los que, sin estar de acuerdo con la 
naturaleza y las medidas de un gobierno, le entregan su lealtad 
y su apoyo son, sin duda, sus seguidores más conscientes y por 
tanto suelen ser el mayor obstáculo para su reforma. Algunos 
están interpelando al Estado de Massachusetts para que di- 
suelva la Unión y olvide los requerimientos del Presidente. ¿Por 
qué no la disuelven por su cuenta (la unión entre ellos mismos 
y el Estado) y se niegan a pagar sus impuestos al tesoro? ¿No 
están en la misma situación con respecto al Estado que el Esta- 
do con respecto a la Unión? ¿Acaso las razones que han evita- 
do que el Estado se enfrentara con la Unión no han sido las 
mismas que han evitado que ellos se enfrentaran al Estado? 

¿Cómo puede estar satisfecho un hombre por el mero 
hecho de tener una opinión y quedarse tranquilo con ella? 



48 /Henry David Thoreau 



¿Puede haber alguna tranquilidad en ello, si lo que opina es 
que está ofendido? Si tu vecino te estafa un solo dólar no que- 
das satisfecho con saber que te ha estafado o diciendo que te 
ha estafado, ni siquiera exigiéndole que te pague lo tuyo, sino 
que inmediatamente tomas medidas concretas para recuperar- 
lo y te aseguras de que no vuelvan a estafarte. La acción que 
surge de los principios, de la percepción y la realización de lo 
justo, cambia las cosas y las relaciones, es esencialmente revo- 
lucionaria y no está del todo de acuerdo con el pasado. No 
sólo divide Estados e Iglesias, divide familias e incluso divide al 
individuo, separando en él lo diabólico de lo divino. 

Hay leyes injustas: ¿Nos contentaremos con obedecerlas o 
intentaremos corregirlas y las obedeceremos hasta conseguirlo? 
¿O las transgrediremos desde ahora mismo? Bajo un gobierno 
como este nuestro, muchos creen que deben esperar hasta con- 
vencer a la mayoría de la necesidad de alterarlo. Creen que si 
opusieran resistencia el remedio sería peor que la enfermedad. 
Pero eso es culpa del propio gobierno. ¿Por qué no está atento 
para prever y procurar reformas? ¿Por qué no aprecia el valor 
de esa minoría prudente? ¿Por qué grita y se resiste antes de ser 
herido? ¿Por qué no anima a sus ciudadanos a estar alerta y a 
señalar los errores para mejorar en su acción? ¿Por qué tene- 
mos siempre que crucificar a Cristo y excomulgar a Copérnico 
y Lutero y declarar rebeldes a Washington y Franklin? 

Se pensaría que una negación deliberada y práctica de su 
autoridad es la única ofensa que el gobierno no contempla; si 
no, ¿por qué no ha señalado el castigo definitivo, adecuado y 
proporcionado? Si un hombre sin recursos se niega una sola 
vez a pagar nueve monedas al Estado, se le encarcela (sin que 
ninguna ley de que yo tenga noticia lo limite) por un período 
indeterminado que se fija según el arbitrio de quienes lo metie- 
ron allí; pero si hubiera robado noventa veces nueve monedas 
al Estado, en seguida se le dejaría en libertad. 

Si la injusticia forma parte de la necesaria fricción de la 
maquina del gobierno, dejadla así, dejadla. Quizás desaparez- 
ca con el tiempo; lo que sí es cierto es que la máquina acabará 
por romperse. Si la injusticia tiene un muelle o una polea o una 
cuerda o una manivela exclusivamente para ella, entonces tal 
vez debáis considerar si el remedio no será peor que la 

Desobediencia civil y otros textos/ 49 



enfermedad; pero si es de tal naturaleza que os obliga a ser 
agentes de la injusticia, entonces os digo, quebrantad la ley. 
Que vuestra vida sea un freno que detenga la máquina. Lo que 
tengo que hacer es asegurarme de que no me presto a hacer el 
daño que yo mismo condeno. 

En cuanto a adoptar los medios que el Estado aporta para 
remediar el mal, yo no conozco tales medios. Requieren dema- 
siado tiempo y se invertiría toda la vida. Tengo otros asuntos 
que atender. No vine al mundo para hacer de él un buen lugar 
para vivir, sino a vivir en él, sea bueno o malo. Un hombre no 
tiene que hacerlo todo, sino algo, y debido a que no puede 
hacerlo todo, no es necesario que haga algo mal. No es asunto 
mío interpelar al gobierno o a la Asamblea Legislativa, como 
tampoco el de ellos interpelarme a mí; y si no quieren escuchar 
mis súplicas, ¿qué debo hacer yo? Para esta situación el Estado 
no ha previsto ninguna salida, su Constitución es la culpable. 
Esto puede parecer duro y obstinado e intransigente, pero a 
quien se ha de tratar con mayor consideración y amabilidad es 
únicamente al espíritu que lo aprecie o lo merezca. Sucede pues 
que todo cambio es para mejor, como el nacer y el morir que 
producen cambios en nuestro cuerpo. 

No vacilo en decir que aquellos que se autodenominan abo- 
licionistas deberían inmediatamente retirar su apoyo personal 
y pecuniario al gobierno de Massachusetts, y no esperar a cons- 
tituir una mayoría, antes de tolerar que la injusticia impere 
sobre ellos. Yo creo que es suficiente con que tengan a Dios de 
su parte, sin esperar a más. Un hombre con más razón que sus 
conciudadanos ya constituye una mayoría de uno. Tan sólo 
una vez al año me enfrento directamente cara a cara con este 
gobierno americano o su representante, el gobierno del Estado 
en la persona del recaudador de impuestos. Es la única situa- 
ción en que un hombre de mi posición inevitablemente se en- 
cuentra con él, y él entonces dice claramente: "Reconóceme". 
Y el modo más simple y efectivo y hasta el único posible de 
tratarlo en el actual estado de cosas, de expresar mi poca satis- 
facción y mi poco amor por él, es rechazarlo. Mi vecino civil, el 
recaudador de impuestos es el único hombre con el que tengo 
que tratar, puesto que, después de todo, yo peleo con personas 
y no con papeles, y ha elegido voluntariamente ser un agente 



50 /Henry David Thoreau 



del gobierno, ¿cómo va a conocer su identidad y su cometido 
como funcionario del gobierno o como hombre, si no le obli- 
gan a decidir si ha de tratarme a mí que soy su vecino a quien 
respeta, como a tal vecino y hombre honrado o como a un 
maníaco que turba la paz? Después veríamos si puede saltarse 
ese sentimiento de buena vecindad sin recurrir a pensamientos 
o palabras más duros e impetuosos de acuerdo con esa actua- 
ción. Estoy seguro de que si mil, si cien, si diez hombres que 
pudiese nombrar, si solamente diez hombres honrados, incluso 
si un solo hombre honrado en este Estado de Massachusetts, 
dejase en libertad a sus esclavos y rompiera su asociación con 
el gobierno nacional y fuera por ello encerrado en la cárcel del 
condado, esto significaría la abolición de la esclavitud de Amé- 
rica. Lo que importa no es que el comienzo sea pequeño; lo que 
se hace bien una vez, queda bien hecho para siempre. Pero nos 
gusta más hablar de ello: decimos que esa es nuestra misión. 
La reforma cuenta con docenas de periódicos a su favor, pero 
ni con un solo hombre. Si mi estimado vecino, el embajador 
del Estado, que va a dedicar su tiempo a solucionar la cuestión 
de los derechos humanos en la Cámara del Consejo, en vez de 
sentirse amenazado por las prisiones de Carolina, tuviera que 
ocuparse del prisionero de Massachusetts, el prisionero de ese 
Estado que se siente tan ansioso de cargar el pecado de la 
esclavitud sobre su hermano (aunque, por ahora, sólo ha des- 
cubierto un acto de falta de hospitalidad para fundamentar su 
querella contra él), la Legislatura no desestimaría el tema por 
completo el invierno que viene. 

Bajo un gobierno que encarcela a alguien injustamente, el 
lugar que debe ocupar el justo es también la prisión. Hoy, el 
lugar adecuado, el único que Massachusetts ofrece a sus espíri- 
tus más libres y menos sumisos, son sus prisiones; se les encar- 
cela y se les aparta del Estado por acción de éste, del mismo 
modo que ellos habían hecho ya por sus principios. Ahí es donde 
el esclavo negro fugitivo y el prisionero mexicano en libertad 
condicional y el indio que viene a interceder por los daños in- 
fligidos a su raza deberían encontrarlos; en ese lugar separado, 
pero más libre y honorable, donde el Estado sitúa a los que no 
están con él sino contra él: ésta es la única casa, en un Estado 
con esclavos, donde el hombre libre puede permanecer con 

Desobediencia civil y otros textos/ 51 



honor. Si alguien piensa que su influencia se perdería allí, que 
sus voces dejarían de afligir el oído del Estado, y que ya no 
serían un enemigo dentro de sus murallas, no saben cuánto 
más fuerte es la verdad que el error, cuanto más elocuente y 
eficiente puede ser combatir la injusticia cuando se ha sufrido 
en propia carne. Deposita todo tu voto, no sólo una papeleta, 
sino toda tu influencia. Una minoría no tiene ningún poder 
mientras se aviene a la voluntad de la mayoría: en ese caso ni 
siquiera es una minoría. Pero cuando se opone con todas sus 
fuerzas es imparable. Si las alternativas son encerrar a los jus- 
tos en prisión o renunciar a la guerra y a la esclavitud, el Esta- 
do no dudará cuál elegir. Si mil hombres dejaran de pagar sus 
impuestos este año, tal medida no sería ni violenta ni cruel, 
mientras que si los pagan, se capacita al Estado para cometer 
actos de violencia y derramar la sangre de los inocentes. Esta es 
la definición de una revolución pacífica, si tal es posible. Si el 
recaudador de impuestos o cualquier otro funcionario público 
me preguntara -como así ha sucedido- "pero, ¿qué debo ha- 
cer?", mi respuesta sería: "Si de verdad deseas colaborar, re- 
nuncia al cargo". Una vez que el súbdito ha retirado su lealtad 
y el funcionario ha renunciado a su cargo, la revolución está 
conseguida. Incluso aunque haya derramamiento de sangre. 
¿Acaso no hay un tipo de derramamiento de sangre cuando se 
hiere la conciencia? Por esa herida se vierten la auténtica hu- 
manidad e inmortalidad del hombre y su hemorragia le ocasio- 
na una muerte interminable. Ya veo correr esos ríos de sangre. 

Me he referido al encarcelamiento del objetor y no a la in- 
cautación de sus bienes, aunque ambos cumplen los mismos 
fines, porque aquellos que afirman la justicia más limpia y, por 
tanto, los más peligrosos para un Estado corrupto, no suelen 
haber dedicado mucho tiempo a acumular riquezas. A estos tales 
el Estado les presta un servicio relativamente pequeño, y el 
mínimo impuesto suele parecerles exagerado en especial si se 
ven obligados a ganarlo con el sudor de su frente. Si hubiera 
alguien que viviera sin hacer uso del dinero en absoluto, el Esta- 
do mismo dudaría en reclamárselo. Pero los ricos (y no se trata 
de comparaciones odiosas) están siempre vendidos a la institu- 
ción que les hace ricos. Hablando en términos absolutos, a 
mayor riqueza, menos virtud; porque el dinero vincula al 



52 /Henry David Thoreau 



hombre con sus bienes y le permite conseguirlos y, desde luego, 
la obtención de ese dinero en sí mismo no constituye ninguna 
gran virtud. El dinero acalla muchas preguntas que de otra 
manera tendría que contestar, mientras que la única nueva que 
se le plantea es la difícil pero superflua de cómo gastarlo. De 
este modo, sus principios morales se derrumban a sus pies. Las 
oportunidades de una vida plena disminuyen en la misma pro- 
porción en que se incrementan lo que se ha dado en llamar los 
"medios de fortuna". Lo mejor que el rico puede hacer en fa- 
vor de su cultura es procurar llevar a cabo aquellos planes en 
que pensaba cuando era pobre. Cristo respondió a los fariseos 
en una situación semejante: "Mostradme la moneda del tribu- 
to", dijo y uno sacó un céntimo del bolsillo. Si usáis moneda 
que lleva la efigie del César y él la ha valorado y hecho circular, 
y si sois ciudadanos del Estado y disfrutáis con agrado de las 
ventajas del gobierno del César, entonces devolvedle algo de lo 
suyo cuando os lo reclame: "Dad al César lo que es del César y 
a Dios lo que es de Dios". Y se quedaron como estaban sin 
saber qué era de quién, porque no querían saberlo. 

Cuando hablo con el más independiente de mis conciuda- 
danos, me doy cuenta de que diga lo que diga acerca de la 
magnitud y seriedad del problema, y su interés por la tranqui- 
lidad pública, en última instancia no puede prescindir del go- 
bierno actual y teme las consecuencias que la desobediencia 
pudiera acarrear a sus bienes y a su familia. Por mi parte no me 
gustaría pensar que algún día voy a depender de la protección 
del Estado. Si rechazo la autoridad del Estado cuando me pre- 
senta la factura de los impuestos, pronto se apoderará de lo 
mío y gastará mis bienes y nos hostigará interminablemente a 
mí y a mis hijos. Esto es duro. Esto hace que al hombre le sea 
imposible vivir con honradez y al mismo tiempo con comodidad 
en la vida material. No merece la pena acumular bienes; con 
toda seguridad se los volverían a llevar; es mejor emplearse o 
establecerse en alguna granja y cultivar una pequeña cosecha y 
consumirla cuanto antes. Se debe vivir independientemente sin 
depender más que de uno mismo, siempre dispuesto y prepara- 
do para volver a empezar y sin implicarse en muchos negocios. 
Un hombre puede enriquecerse hasta en Turquía si se compor- 
ta en todos los aspectos como un buen súbdito del gobierno 



Desobediencia civil y otros textos/ 53 



turco. Decía Confucio: "Si un Estado se gobierna siguiendo los 
dictados de la razón, la pobreza y la miseria provocan la ver- 
güenza; si un Estado no se gobierna siguiendo la razón, las 
riquezas y los honores provocan la vergüenza". No: mientras 
no necesite que Massachusetts me socorra en algún lejano puer- 
to del Sur, donde mi libertad se halle en peligro, o mientras me 
dedique únicamente a adquirir una granja por medios pacífi- 
cos en mi propio país, podré permitirme el lujo de negarle leal- 
tad a Massachusetts y su derecho sobre mi vida y mis bienes. 
Además, me cuesta menos trabajo desobedecer al Estado, que 
obedecerle. Si hiciera esto último, me sentiría menos digno. 

Hace algunos años, el Estado me instó en nombre de la Igle- 
sia a que pagara cierta suma para mantener al clérigo a cuyos 
oficios solía asistir mi padre, aunque no yo. "Paga" -se me 
dijo- "o serás encarcelado". Me negué a pagar pero lamenta- 
blemente otro decidió hacer el pago por mí. No veía por qué el 
maestro tenía que contribuir con sus impuestos al sustento del 
clérigo y no el clérigo al del maestro; dado que además yo no 
era maestro del Estado y me mantenía gracias a una suscrip- 
ción popular. No veía por qué la escuela carecía del derecho a 
recibir impuestos del Estado, mientras que la Iglesia sí lo tenía. 
De todos modos, ante el requerimiento de los concejales, me 
avine a redactar una declaración en los siguientes términos: 
"Sepan todos por la presente, que yo, Henry Thoreau, no de- 
seo ser considerado miembro de ninguna sociedad legalmente 
constituida en la que no me haya inscripto personalmente". La 
entregué al alguacil y él la tiene. El Estado sabiendo de este 
modo que no deseaba ser considerado miembro de esa Iglesia, 
no ha vuelto a reclamarme aquel impuesto, aunque mantuvo 
su exigencia inicial por aquella sola vez. Si hubiera sabido en- 
tonces cómo denominarlas me habría borrado una por una de 
todas las sociedades de las que jamás me hice miembro, pero 
no sabía dónde conseguir una lista completa. 

No he pagado "los impuestos sobre los votantes" desde hace 
seis años. Por ello me encarcelaron una vez, durante una no- 
che, y mientras contemplaba los muros de piedra sólida de 60 
u 80 cms. de espesor, la puerta de hierro y madera de 30 cms. 
de grosor y la reja de hierro que filtraba la luz, no pude por 
menos que sentirme impresionado por la estupidez de aquella 



54 /Henry David Thoreau 



institución que me trataba como si fuera mera carne, sangre y 
huesos que encerrar. Me admiraba que alguien pudiera con- 
cluir que ése era el mejor uso que se podría hacer de mí, y no 
hubieran pensado en beneficiarse de mis servicios de algún otro 
modo. Me parecía que si un muro de piedra me separaba de 
mis conciudadanos, aún habría otro más difícil de rebasar o 
perforar para que ellos consiguieran ser tan libres como yo. 
No me sentí confinado ni un solo instante, y los muros se me 
antojaban enormes derroches de piedra y cemento. Me sentía 
como si yo hubiera sido el único ciudadano que había pagado 
mis impuestos. Sencillamente no sabían cómo tratarme y se 
comportaban como personas ineducadas. Lo mismo cuando 
alababan que cuando amenazaban cometían una estupidez, ya 
que pensaban que mi deseo era saltar al otro lado del muro. 
No podía hacer otra cosa que sonreír al ver con qué esfuerzo 
me cerraban la puerta, mientras mis pensamientos les seguían 
fuera de allí sin obstáculo ni impedimento, cuando eran ellos 
los únicos peligrosos. Como no podían llegar a mi alma, ha- 
bían decidido castigar mi cuerpo como hacen los niños que, 
cuando no pueden alcanzar a la persona que les fastidia, mal- 
tratan a su perro. Yo veía al Estado como a un necio, como a 
una mujer solitaria que temiese por sus cubiertos de plata y 
que no supiese distinguir a sus amigos de sus enemigos. Perdí 
todo el respeto que aún le tenía y me compadecí de él. 

El Estado nunca se enfrenta voluntariamente con la con- 
ciencia intelectual o moral de un hombre sino con su cuerpo, 
con sus sentidos. No se arma de honradez o de inteligencia 
sino que recurre a la simple fuerza física. Yo no he nacido para 
ser violentado. Seguiré mi propio camino. Veremos quién es el 
más fuerte. ¿Qué fuerza tiene la multitud? Sólo pueden obli- 
garme aquellos que obedecen a una ley superior a la mía. Me 
obligan a ser como ellos. Yo no oigo que a los hombres les 
obliguen a vivir de tal o cual manera las masas. ¿Qué vida sería 
esa? Cuando veo que un gobierno me dice: "La bolsa o la vida", 
¿por qué voy a apresurarme a darle mi dinero? Puede que se 
halle en grandes aprietos y no sepa qué hacer: yo no puedo 
hacer nada por él. Debe salvarse a sí mismo, como hago yo. 
No merece la pena lloriquear. Yo no soy el responsable del 
buen funcionamiento de la máquina de la sociedad. Yo no soy 



Desobediencia civil y otros textos/ 55 



el hijo del maquinista. Observo que cuando una bellota y una 
castaña caen al lado, una no permanece inerte para dejar espa- 
cio a la otra, sino que ambas obedecen sus propias leyes y bro- 
tan y crecen y florecen lo mejor que pueden, hasta que una 
acaso ensombrece y destruye a la otra. Si una planta no puede 
vivir de acuerdo con su naturaleza muere, y lo mismo le ocurre 
al hombre. 



La noche en prisión fue una novedad interesante. Cuando en- 
tré, los presos en mangas de camisa disfrutaban charlando y 
tomando el fresco de la tarde en la puerta. Pero el carcelero 
dijo: "¡Vamos, muchachos, es hora de cerrar!", y todos se dis- 
persaron y oí el sonido de sus pasos volviendo a los oscuros 
aposentos. El carcelero me presentó a mi compañero de celda 
como un "individuo inteligente y de buen natural". Cuando 
cerraron la puerta me enseñó dónde podía colgar el sombrero 
y cómo se las arreglaba uno allí dentro. Blanqueaban las cel- 
das una vez al mes y ésta, si no las demás, era la habitación 
más blanca, más sencillamente amueblada y probablemente 
más limpia de toda la ciudad. Mi compañero se interesó inme- 
diatamente por mí: quería saber de dónde era y qué me había 
traído aquí, y cuando se lo dije le pregunté a su vez cómo 
había venido él, dando por supuesto que se trataba de un hom- 
bre honrado, y tal como está el mundo, creo que lo era. "Pues" 
-dijo- "me acusan de incendiar un granero, pero no lo hice". 
Según pude averiguar, probablemente había ido a dormir la 
borrachera a un granero y al fumar allí su pipa, el granero se 
incendió. Tenía fama de hombre listo, llevaba tres meses espe- 
rando el juicio y tendría que esperar otro tanto aún; pero se 
había adaptado y aceptaba su situación puesto que le mante- 
nían gratis y le trataban bien. 

Él ocupaba una ventana y yo la otra, y me di cuenta de que si 
uno permanecía allí mucho tiempo su quehacer principal con- 
sistiría en mirar por la ventana. Muy pronto había leído todos 
los panfletos que se habían ido dejando allí y examinando por 
dónde se habían escapado otros presos y dónde habían aserra- 
do una reja y también conocí anécdotas de varios ocupantes 
de aquella celda. Descubrí que incluso había una historia y 
unos chismes que jamás salían de los muros de la prisión. Pro- 



56 /Henry David Thoreau 



bablemente sea ésta la única casa en la ciudad donde se com- 
ponen versos que luego se copian aunque no lleguen a 
publicarse. Me enseñaron una larga lista de versos compues- 
tos por varios jóvenes a los que habían descubierto en plena 
huida, y los cantaban para vengarse. 

Le saqué a mi compañero de celda toda la información que 
pude temiendo no volver a verlo nunca más; pero finalmente 
me indicó cuál era mi cama y se alejó para apagar la lámpara. 
Pernoctar allí esa noche fue como viajar a un país que jamás 
hubiera imaginado conocer. Me parecía que nunca antes ha- 
bía oído las campanadas del reloj del Ayuntamiento, ni los 
ruidos de la noche en la ciudad y es que dormíamos con las 
ventanas abiertas por dentro de la reja. Era como contemplar 
mi ciudad natal a la luz de la Edad Media y nuestro Concord 
convertido en el Rin, con visiones de caballeros y castillos des- 
filando ante mí. Eran las voces de mis vecinos en las calles lo 
que yo oía. Me convertí en un espectador y oyente involunta- 
rio de lo que sucede en la cocina de la posada contigua, una 
experiencia totalmente nueva y extraña para mí. Me propor- 
cionó un conocimiento de primera mano de mi ciudad natal. 
Estaba absolutamente dentro de ella. Nunca hasta entonces 
había visto sus instituciones. Esta es una de sus instituciones 
más peculiares, pues se trata de una cabeza de partido. Empe- 
zaba a comprender de verdad a sus habitantes. 
Por la mañana nos pasaron el desayuno por una abertura en la 
puerta en pequeñas latas ovaladas hechas a la medida que con- 
tenían medio litro de chocolate con pan moreno y una cucha- 
ra de hierro. Cuando volvieron para recoger los cacharros caí 
en la novatada de devolver el pan que me había sobrado, pero 
mi compañero lo agarró y me dijo que debía guardarlo para la 
comida o la cena. Enseguida le dejaron salir para acudir a su 
trabajo de recogida de heno en un campo cercano al que iba 
cada día y del que no volvía hasta el mediodía; por tanto se 
despidió diciendo que no sabía si nos volveríamos a ver. 
Cuando salí de la prisión (pues alguien intervino en mis asun- 
tos y pagó el impuesto) no observé que se hubieran producido 
grandes cambios en la gente, como le hubiese sucedido al que 
se marchase de joven y volviese hecho un viejo tembloroso y 
lleno de canas. Sin embargo sí aprecié un cierto cambio en la 



Desobediencia civil y otros textos/ 57 



escena: en la ciudad, en el Estado y en el país; un cambio ma- 
yor que el debido al mero paso del tiempo. El Estado en el que 
vivía se me presentaba con mayor nitidez. Vi hasta qué punto 
podía confiar como vecinos o amigos en la gente con la que 
vivía, que su amistad era de poco fiar, que no se proponían 
hacer el bien. Eran de una raza distinta a la mía por sus prejui- 
cios y supersticiones, como los chinos y los malayos que, en 
sus sacrificios a la humanidad, no corren riesgo alguno ni 
tampoco sus bienes. Después de todo, no eran tan nobles y tra- 
taban al ladrón como les había tratado a ellos; y esperaban 
salvar sus almas mediante la observancia de ciertas costum- 
bres y unas cuantas oraciones y caminando de vez en cuando 
por senderos rectos pero inútiles. Puede que esta crítica a mis 
vecinos parezca severa, puesto que muchos de ellos no saben 
que existe una institución como la cárcel en su ciudad. 
Antes era costumbre en nuestra ciudad que, cuando un deu- 
dor pobre salía de la cárcel, sus conocidos le saludaran 
mirando a través de los dedos cruzados, para representar las 
rejas de la cárcel: "¿Qué tal?". Mis vecinos no hicieron eso 
sino que primero me miraron a mí y luego se miraron unos a 
otros, como si hubiera vuelto de un largo viaje. Me prendie- 
ron cuando iba al zapatero a recoger un zapato que me habían 
arreglado. Cuando me soltaron, a la mañana siguiente, proce- 
dí a finalizar mi recado y tras ponerme el zapato arreglado, 
me uní a un grupo que iba a recoger bayas y que me esperaban 
para que les hiciese de guía, y en media hora (pues aparejé el 
caballo con rapidez) estaba en medio de un campo de bayas, 
en una de nuestras colinas más altas, a 3 kms. de distancia, y 
allí no se veía al Estado por ningún lado. Esta es la historia 
completa de "Mis Prisiones". 

Nunca me he negado a pagar el impuesto de carreteras por- 
que tan deseoso estoy de ser un buen vecino, como de ser un 
mal súbdito; y respecto del mantenimiento de las escuelas, es- 
toy contribuyendo ahora a la educación de mis compatriotas. 
No me niego a pagar los impuestos por ninguna razón en con- 
creto; simplemente deseo negarle mi lealtad al Estado, 
retirarme y mantenerme al margen. Aunque pudiera saberlo, 
no me importaría conocer el destino de mi dinero, hasta que se 

58 /Henry David Thoreau 



comprara con él a un hombre o a un mosquetón para matar - 
el dinero es inocente- pero me interesaría conocer las conse- 
cuencias que tendría mi lealtad. A mi modo, en silencio, le de- 
claro la guerra al Estado, aunque todavía haré todo el uso de él 
y le sacaré todo el provecho que pueda, como suele hacerse en 
estos casos. 

Si otros, por simpatía con el Estado, pagan los impuestos 
que yo me niego a pagar, están haciendo lo que antes hicieron 
por sí mismos, o por mejor decir, están llevando la injusticia 
más allá todavía de lo que exige el Estado. Si los pagan por un 
equivocado interés en la persona afectada, para preservar sus 
bienes o evitar que vaya a la cárcel, es porque no han conside- 
rado con sensatez hasta qué punto sus sentimientos personales 
interfieren con el bien público. 

Esta, pues, es mi postura en estos momentos. Pero en tales 
casos hay que estar muy en guardia para evitar actuar llevado 
por la obstinación o por un indebido respeto a la opinión del 
prójimo. Lo que hay que comprender es que actuando así se 
está haciendo lo que uno debe y lo que corresponde a ese 
momento. 

A veces pienso que estas gentes tienen buenas intenciones 
pero son ignorantes; serían mejores si entendieran todo esto. 
¿Por qué obligar a tu vecino al esfuerzo de tratarte en contra 
de sus propias inclinaciones? Sin embargo, yo creo que ésta no 
es razón suficiente para que yo les imite o para que permita 
que otros sufran otras calamidades mucho mayores. A veces 
me digo a mí mismo: cuando muchos millones de hombres sin 
odio, sin mala voluntad, sin sentimientos personales de ningún 
tipo, os piden unas pocas monedas, y no existe la posibilidad 
-según su propia constitución- de retirar o alterar tal deman- 
da, ni la posibilidad, por tu parte, de ayudar a otros millones, 
¿por qué te tendrías que exponer a esta aplastante fuerza bru- 
ta? Tú no te resistes con esa obstinación al frío y al hambre, al 
viento y a las olas; sino que te sometes resignadamente a esas y 
a otras muchas penalidades similares. No metes la cabeza en el 
fuego innecesariamente. Pero exactamente en la misma pro- 
porción en que considero que esta no es completamente una 
fuerza bruta, sino que es en parte una fuerza humana, y creo 
que tengo relaciones con esos millones, que son relaciones con 



Desobediencia civil y otros textos/ 59 



millones de hombres, y no con simples animales o cosas inani- 
madas, veo que la apelación es posible, en primer lugar, y de 
modo inmediato, de ellos hacia su Creador; y en segundo lugar 
de ellos hacia sí mismos. Pero si deliberadamente meto la cabe- 
za en el fuego, no hay apelación posible ni al fuego ni al Crea- 
dor del fuego, y yo sólo sería responsable de las consecuencias. 
Si me pudiese convencer a mí mismo de que tengo el más míni- 
mo derecho a sentirme satisfecho de los hombres tal como son, 
y tratarlos en consecuencia, y no, en cierto sentido, según mi 
convicción y mi esperanza de cómo ellos y yo deberíamos ser, 
entonces, como un buen Musulmán y fatalista me las arregla- 
ría para quedarme tranquilo con las cosas tal como son, y diría 
que se trataba de la voluntad de Dios. Y, sobre todo, hay una 
diferencia entre resistir a esto y a una mera fuerza animal o 
natural: al resistir a esto consigo algún efecto; pero no puedo 
esperar cambiar, como Orfeo, la naturaleza de las rocas, los 
árboles y las bestias. 

No tengo interés en discutir con ningún hombre o nación. 
No deseo ser puntilloso y establecer distinciones sutiles; ni tam- 
poco quiero presentarme como el mejor de mis conciudanos. 
Lo que yo busco, en cambio, es una excusa para dar mi confor- 
midad a las leyes de este país. Estoy totalmente dispuesto a 
someterme a ellas. De hecho, siempre tengo razones para du- 
dar de mi postura y cada año, cuando pasa el recaudador de 
impuestos, me dispongo a revisar las leyes y la situación de am- 
bos gobiernos, el federal y el del Estado, así como la opinión del 
pueblo en busca de un pretexto para dar esa conformidad. 

Debemos interesarnos por nuestro país como si fuera nuestro 
padre y si en algún momento nos negamos a honrarle con nues- 
tro amor o nuestro esfuerzo, debemos, sin embargo, respetar- 
le y educar al alma en cuestiones de conciencia y religión, y no 
en deseos de poder ni de beneficio propio. 

Creo que el Estado podrá evitarme pronto toda esta pre- 
ocupación, y entonces no seré más patriota que mis vecinos. 
Desde cierto punto de vista, la Constitución, con todos sus 
fallos, es muy buena; las leyes y los tribunales son muy respeta- 
bles, incluso el gobierno federal y el de este Estado son, en 



60 /Henry David Thoreau 



muchos sentidos, admirables y originales; algo por lo que de- 
bemos estar agradecidos, tal como mucha gente los ha descripto. 
Pero si elevamos un poco nuestro punto de vista, en realidad 
no serían más que como los he descripto yo, y si nos elevamos 
aún más, ¿quién sabe lo que son o si merece la pena observar- 
los o pensar en ellos? 

De todos modos, el gobierno no es algo que me preocupe 
demasiado, y voy a pensar muy poco en él. No son muchas las 
ocasiones en que me afecta directamente, ni siquiera en este 
mundo en que vivimos. Si un hombre piensa con libertad, sue- 
ña con libertad e imagina con libertad, nunca le va a parecer 
que es aquello que no es, y ni los gobernantes ni los reformadores 
ineptos podrán en realidad coaccionarle. 

Sé que la mayoría de los hombres piensan de distinto modo, 
pero son aquellos que se dedican profesionalmente al estudio 
de estos temas u otros semejantes, los que más me preocupan; 
los estadistas y legisladores, que se hallan tan plenamente inte- 
grados en las instituciones que jamás las pueden contemplar 
con actitud clara y crítica. Hablan de cambiar a la sociedad, 
pero no se sienten cómodos fuera de ella. Puede que se trate de 
hombres de cierta experiencia y criterio, y, sin lugar a dudas, 
han inventado soluciones ingeniosas e incluso útiles, por lo que 
sinceramente les damos las gracias; pero todo su talento y su 
utilidad se encuentran dentro de límites muy reducidos. Suelen 
olvidar que al mundo no lo gobiernan ni la política ni la conve- 
niencia. Webster jamás ve más allá del gobierno y por tanto no 
puede hablar de él con autoridad. Sus palabras las consideran 
válidas aquellos legisladores que no contemplan la necesidad 
de una reforma social en el gobierno actual, pero a los inteli- 
gentes y a los que legislan con idea de futuro les parece que ni 
siquiera vislumbra el problema. 

Conozco a unos cuantos que con sus serenos y sabios argu- 
mentos sobre este tema pondrían de manifiesto cuán limitada 
es la capacidad de Webster para la reflexión y la apertura a 
nuevas ideas. Y, sin embargo, si lo comparamos con el pobre 
quehacer de los reformistas y el aún más pobre ingenio y elo- 
cuencia de los políticos en general, sus palabras resultarían ser 
las más sensatas y válidas, y damos las gracias al Cielo porque 
existen. En comparación con los otros, él es siempre fuerte, 

Desobediencia civil y otros textos/ 61 



original y sobre todo práctico. Con todo, su mayor cualidad 
no es su sabiduría sino su prudencia. Lo que el abogado llama 
verdad no es la auténtica Verdad sino la coherencia o una con- 
veniencia coherente. La Verdad está siempre en armonía consi- 
go misma y no se preocupa, al menos básicamente, de poner de 
relieve la justicia que pueda ser consistente con el mal. Bien 
merece que le llamen, como ha ocurrido, el Defensor de la 
Constitución. Los únicos golpes que ha dado, han sido siempre 
defensivos. No es un líder sino un seguidor. Sus líderes son los 
hombres del 87. "Nunca me he esforzado" -dice- "y nunca 
pienso esforzarme; jamás he aprobado un esfuerzo, y no 
pienso hacerlo ahora, para alterar el acuerdo original por el 
cual los diferentes Estados llegaron a constituirse en la Unión". 
Respecto del hecho de que la Constitución sancione la existen- 
cia de la esclavitud, dice: "Dado que forma parte del contrato 
original, dejémoslo como está". Pese a su especial agudeza y 
habilidad es incapaz de extraer un hecho y sacarlo de sus me- 
ras implicaciones políticas, para contemplarlo de una manera 
exclusivamente intelectual (por ejemplo, lo que le tocaría hacer a 
un hombre hoy en América, en relación con el problema de la 
esclavitud) sino que más bien se aventura o se ve llevado a dar 
una respuesta tan descabellada como la siguiente, mientras 
anuncia que habla en términos absolutos y a título personal (y, 
¿qué nuevo sistema de valores sociales podríamos deducir de 
ahí?): "El modo" -dice- "en que el gobierno de esos Estados 
donde existe la esclavitud hayan de regularla, es asunto suyo, 
responsabilidad suya ante sus electores, ante las leyes genera- 
les de lo que es apropiado, de la humanidad y de la justicia y 
ante Dios. Las asociaciones que puedan formarse en otros 
lugares surgidas de un sentimiento de humanidad o de otras 
causas, no tienen nada que ver con esta cuestión. Nunca han 
recibido mi apoyo y nunca lo tendrán". 

Quienes no conocen otras fuentes de verdad más puras, 
quienes no han seguido su curso hasta sus orígenes, están, y 
con razón, del lado de la Biblia y la Constitución y beben de 
ellas con reverencia y humildad. Pero aquellos que van más 
allá y buscan el origen del agua que gotea sobre el lago o la 
charca, se ciñen los lomos una vez más y siguen su peregrina- 
ción en busca del manantial. 



62 /Henry David Thoreau 



No ha habido en América ni un solo hombre con genio para 
legislar. Son escasos en la historia del mundo. Hay centenares 
de oradores, políticos y hombres elocuentes, pero el orador 
capaz de resolver los acuciantes problemas de hoy, aún no ha 
abierto la boca. Nos gusta la elocuencia por sí misma y no 
porque sea portadora de ninguna verdad o porque inspire cier- 
to heroísmo. Nuestros legisladores aún no han aprendido el 
valor relativo que encierran el libre comercio y la libertad, la 
unión y la rectitud, para una nación. Carecen de genio o talen- 
to para cuestiones relativamente sencillas, como son los im- 
puestos y las finanzas, el comercio, la industria y la agricultu- 
ra. Si nos dejáramos guiar por la ingeniosa verborrea de los 
legisladores del Congreso, sin que la oportuna experiencia del 
pueblo y sus protestas concretas les corrigieran, América pronto 
dejaría de conservar su rango entre las naciones. El Nuevo Tes- 
tamento se escribió hace mil ochocientos años -aunque tal vez 
no debería referirme a ello- y, sin embargo, ¿dónde está el legis- 
lador con sabiduría y talento suficiente como para aprovechar 
la luz que de él dimana y aplicarla sobre la ciencia legislativa? 

La autoridad del gobierno, aun aquella a la que estoy dis- 
puesto a someterme -pues obedeceré a los que saben y pueden 
hacer las cosas mejor que yo, y en ciertos casos, hasta a los que 
ni saben ni pueden- es todavía muy impura. Para ser estricta- 
mente justa habrá de contar con la aprobación y consenso de 
los gobernados. No puede ejercer más derecho sobre mi perso- 
na y propiedad que el que yo le conceda. El progreso desde una 
monarquía absoluta a otra limitada en su poder, y desde esta 
última hasta una democracia, es un progreso hacia el 
verdadero respeto por el individuo. Incluso el filósofo chino 
fue lo suficientemente sabio como para considerar que el indi- 
viduo es la base del imperio. ¿Una democracia, tal como la 
entendemos, es el último logro posible en materia de gobierno? 
¿No es posible dar un paso adelante tendente a reconocer y 
organizar los derechos del hombre? Jamás habrá un Estado 
realmente libre y culto hasta que no reconozca al individuo 
como un poder superior e independiente, del que se deriven su 
propio poder y autoridad y le trate en consecuencia. Me 
complazco imaginándome un Estado que por fin sea justo con 
todos los hombres y trate a cada individuo con el respeto de un 



Desobediencia civil y otros textos/ 63 



amigo. Que no juzgue contrario a su propia estabilidad el que 
haya personas que vivan fuera de él, sin interferir con él ni 
acogerse a él, tan sólo cumpliendo con sus deberes de vecino y 
amigo. Un Estado que diera este fruto y permitiera a sus ciuda- 
danos desligarse de él al lograr la madurez, prepararía el 
camino para otro Estado más perfecto y glorioso aún, el cual 
también imagino a veces, pero todavía no he vislumbrado por 
ninguna parte. 



64 /Henry David Thoreau 



La esclavitud en Massachusetts 



Recientemente asistí a una reunión de los ciudadanos de 
Concord, con la intención, como otros muchos, de poder 
hablar sobre el tema de la esclavitud en Massachusetts; pero 
me sorprendió y a la vez me decepcionó descubrir que, lo que 
había congregado allí a mis vecinos era el destino de Nebraska 
y no el de Massachusetts, con lo cual mi discurso habría estado 
totalmente fuera de lugar. Yo creía que era nuestra casa la que 
estaba ardiendo y no el campo; pero a pesar de que varios ciu- 
dadanos de Massachusetts están ahora en prisión por intentar 
rescatar a un esclavo de las garras del Estado, ninguno de los 
oradores de esa asamblea expresó pesar alguno, ni tan siquiera 
hubo referencias al tema. Lo único que parecía preocuparles 
era la distribución de una tierra salvaje a miles de kilómetros 
de distancia. Los habitantes de Concord no están preparados 
para vivir junto a uno de sus puentes, pero hablan en cambio 
de asentarse en las tierras altas, al otro lado del Río Yellowstone. 
Nuestros Buttricks y Davises y Hosmers están batiéndose en 
retirada hacia allí, y temo que no van a dejar un Lexington 
Common entre ellos y el enemigo. No hay ni un solo esclavo en 
Nebraska, pero puede que haya un millón de ellos en 
Massachusetts. 

Los que se han educado en la escuela de la política son inca- 
paces una y otra vez de enfrentarse a los hechos. Sus medidas 
lo son a medias, meros subterfugios. Posponen la fecha del asen- 
tamiento indefinidamente y mientras tanto, la deuda se 
incrementa. Aunque la Ley de Esclavos Fugitivos no fue tema 
de discusión en esa ocasión, mis conciudadanos decidieron por 
fin tímidamente, en una reunión posterior, según supe, que 
habiendo sido rechazado por uno de los partidos el acuerdo de 
compromiso de 1820, "por tanto..., la Ley de Esclavos Fugiti- 
vos de 1850 debe derogarse". Pero ésa no es la única razón por 

"Slavery in Massachussets", The Liberator, vol. XXIV, núm. 29, 1854. 
Conferencia pronunciada para el día de la Independencia de Estados 
Unidos, el 4 de julio de ese año, en una reunión antiesclavista. 

Desobediencia civil y otros textos/ 65 



la que se debiera revocar una ley inicua. El hecho al que se 
enfrenta el político es tan sólo que hay menos honor entre la- 
drones del que se supone, y no al hecho de que sean ladrones. 

Como no tuve la posibilidad de expresar mis opiniones en 
esa asamblea, ¿me permitiréis que lo haga aquí? 

De nuevo está sucediendo que el Palacio de Justicia de Boston 
está lleno de hombres armados escoltando a un prisionero y 
juzgando a un hombre, para saber si realmente es un esclavo. 
¿Cree alguien que a la justicia o a Dios le interesa la decisión 
que tome el Sr. Loring? Que él esté sentado ahí decidiendo aún 
cuando esa pregunta ya está decidida desde la eternidad, y el 
esclavo analfabeto y la multitud que le rodea hace tiempo que 
han oído y aceptado la decisión, es sencillamente ponerse en 
ridículo. Podemos sentirnos tentados a preguntar de quién re- 
cibió su cargo, y quién es él para recibirlo, qué nuevos estatu- 
tos obedece y qué precedentes tiene de autoridad. La existencia 
de tal árbitro es una impertinencia. No le pedimos que tome 
una decisión, le exigimos que se vaya. 

Presto atención a la voz de un Gobernador, Comandante en 
Jefe de las tropas de Massachusetts. Oigo tan sólo el cri-cri de 
los grillos y el zumbido de los insectos que llenan el aire del 
verano. La proeza del Gobernador consiste en pasar revista a 
las tropas los días señalados. Le he visto a caballo, descubierto, 
y escuchando las oraciones del capellán. Nunca más he visto a 
un Gobernador. Creo que me las arreglaría bien sin ninguno. 
Si no sirve tan siquiera para evitar que me secuestren, ¿qué 
otra utilidad importante puede prestarme? Cuando más ame- 
nazada está la libertad, él permanece en la más profunda oscu- 
ridad. Un distinguido sacerdote me dijo una vez que había 
elegido la profesión del sacerdocio porque le permitía tener 
más tiempo libre para sus aficiones literarias. Yo le recomen- 
daría la profesión de Gobernador. 

Hace tres años cuando ocurrió la tragedia de Sims, yo me 
dije: existe un funcionario, no un hombre, que es el Goberna- 
dor de Massachusetts, ¿qué ha estado haciendo los últimos 
quince días? ¿Ha hecho todo lo posible por mantenerse a cu- 
bierto durante este terremoto moral? Se me antojaba que no se 
hubiera podido lograr mayor crítica ni lanzarle insulto más 
mordaz que lo que ha sucedido, que nadie se dignara 



66 /Henry David Thoreau 



consultarle en aquella crisis. Lo peor, y todo lo que he llegado 
a saber de él, es que no aprovechó esa oportunidad para darse 
a conocer y ser apreciado. Al menos pudo haberse sometido al 
peso de la fama. Todos parecían haber olvidado que existiera 
tal hombre o tal cargo. Sin embargo no hay duda de que estaba 
luchando por ocupar el sillón gubernamental. No era mi Go- 
bernador. No me gobernaba a mí. 

Pero por fin, en ese caso, sí hemos oído al Gobernador. ¡Des- 
pués de que él y el gobierno de los Estados Unidos hubieran 
logrado con éxito robarle su libertad de por vida a un pobre 
negro inocente, y tras arrancarle la más íntima semejanza con 
su Creador, pronunció un discurso ante sus cómplices en una 
cena de celebración! 

He leído una ley reciente de este Estado que penaliza al ofi- 
cial de la "Commonwealth" que "detenga o ayude a... la de- 
tención", siempre dentro de sus límites, "de cualquier persona 
que sea acusada de ser un esclavo fugitivo". También es sabido 
que la orden de libertad para arrancar al fugitivo de la custo- 
dia del oficial federal, no puede cumplirse, por falta de fuerza 
suficiente para ayudar al funcionario. 

Yo pensaba que el Gobernador era, de algún modo, el fun- 
cionario ejecutivo del Estado, que esa era su función como 
Gobernador, procurar que las leyes del Estado se cumplan; 
mientras que como hombre tendría cuidado, al hacerlo, de no 
transgredir las leyes de la humanidad; pero cuando se requiere 
de él algún servicio especial e importante, resulta ser un inútil, 
o peor que un inútil, y permite que las leyes del Estado sean 
incumplidas. Tal vez yo no conozca cuáles son los deberes del 
Gobernador, pero si ser Gobernador requiere someterse a tan- 
ta ignominia irremediable, si consiste en poner un freno a mi 
propia naturaleza, me cuidaré de no ser nunca gobernador de 
Massachusetts. No he seguido leyendo las leyes de esta 
"Commonwealth". No constituyen una lectura beneficiosa. No 
siempre dicen la verdad, y no siempre quieren decir lo que di- 
cen. Lo único que me preocupa saber es que la influencia y la 
autoridad de ese hombre estaban de parte del amo y no del 
esclavo; de parte del culpable y no del inocente; de la injusticia 
y no de la justicia. Ciertamente nunca he visto al hombre del 
que hablo, no sabía que era el Gobernador hasta que tuvo 



Desobediencia civil y otros textos/ 67 



lugar este suceso. Oí hablar de él y de Anthony Burns al mismo 
tiempo, y así, sin duda, oirá hablar de él la mayoría. Estoy muy 
lejos de sentirme gobernado por él. No quiero decir que vaya 
en detrimento suyo el que yo no hubiera sabido de él, tan sólo 
lo afirmo. Lo peor que diré de él es que no demostró ser mejor 
que la mayoría de sus electores. En mi opinión no estuvo a la 
altura de las circunstancias. 

La totalidad de las fuerzas armadas del Estado están ahora 
al servicio de un tal Sr. Suttle, un dueño de esclavos de Virginia, 
para posibilitarle la captura de un hombre que considera de su 
propiedad, ¡pero ningún soldado se ha ofrecido para evitar el 
secuestro de un ciudadano de Massachusetts! ¿Para esto han 
servido todos estos soldados, toda esta instrucción en los últi- 
mos setenta y nueve años? ¿Se han instruido sólo para saquear 
México y devolver a los fugitivos a sus amos? 

Estas últimas noches he oído el redoble de un tambor en 
nuestras calles. Todavía hay hombres que ensayan, y ¿para qué? 
Con un pequeño esfuerzo podría perdonar el cacareo de los 
gallos de pelea de Concord, porque tal vez no les hayan derro- 
tado esa mañana; pero nunca podría excusar este bang-bang 
de los que "ensayan". Al esclavo lo entregó un hombre, exac- 
tamente igual a ésos, es decir, un soldado de quien lo mejor que 
se puede decir es que es un idiota pero lleva un uniforme que le 
hace parecer más importante. 

Hace tres años también, justo una semana después de que 
las autoridades de Boston se reunieran para entregar a un hom- 
bre totalmente inocente a la esclavitud y sabiendo ellos que era 
inocente, los habitantes de Concord tocaron las campanas y 
dispararon los cañones para celebrar su libertad y la valentía y 
el amor a la libertad de sus ascendientes que lucharon en el 
puente. Como si esos tres millones hubieran luchado por el 
derecho a ser libres ellos, pero poder esclavizar a otros tres 
millones. Ahora los hombres llevan una gorra de loco y la lla- 
man gorra de la libertad. Incluso juraría que hay algunos que 
si les ataran a un poste de flagelación y no tuvieran libre más 
que una mano, la usarían para tocar las campanas y disparar 
cañones celebrando su libertad. Así sucedió que algunos de mis 
vecinos se tomaron la libertad de tocar y disparar; ése era todo 
el alcance de su libertad, y cuando el sonido de las campanas 



68 /Henry David Thoreau 



dejó de oírse, su libertad también se extinguió; cuando toda la 
pólvora se hubo gastado, su libertad se desvaneció con el humo. 

El chiste sería inmejorable si los reclusos de las prisiones 
hicieran una suscripción para la pólvora de esas salvas y con- 
trataran a los carceleros para que tocaran y dispararan, mien- 
tras que ellos disfrutaban observando a través de las rejas. 

Esto es lo que yo pensaba de mis vecinos. 

Todos los honrados e inteligentes habitantes de Concord, al 
oír esas campanas y esos cañones, no pensarán con orgullo en 
los sucesos del 19 de abril de 1775, sino en la vergüenza de los 
sucesos del 12 de abril de 1851. Pero ahora tenemos medio 
enterrada esa vieja vergüenza bajo otra nueva. 

Massachusetts se sentó a esperar la decisión del Sr. Loring, 
como si eso pudiera afectar de algún modo a su propio delito. 
Su crimen, el más funesto y llamativo de todos, fue el de permi- 
tirle ser el árbitro en este caso. Era el proceso de Massachusetts. 
Cada vez que el Estado de Massachusetts dudaba en dar la 
libertad a este hombre, cada vez que dudaba en enmendar su 
propio crimen, se estaba confesando culpable. El Comisario en 
este caso es Dios, no Edward G. God, sino únicamente Dios. 

Me gustaría que mis compatriotas consideraran que cual- 
quiera que sea la ley humana, ni un individuo ni una nación 
pueden cometer el menor acto de injusticia contra el hombre 
más insignificante, sin recibir por ello un castigo. Un gobierno 
que comete injusticias deliberadamente, y persiste en ellas, a la 
larga se convertirá incluso en el hazmerreír del mundo. 

Se han dicho muchas cosas acerca de la esclavitud america- 
na, pero yo creo que todavía no somos conscientes de lo que 
realmente significa la esclavitud. Si yo propusiera seriamente 
al Congreso que hiciera salchichas de la humanidad, no dudo 
que la mayoría de los miembros se sonreirían ante mi propues- 
ta, y si alguno creyera que lo decía en serio, pensaría que 
estaba proponiendo algo mucho peor de lo que el Congreso 
haya hecho nunca. Pero si alguien me dijera que hacer salchi- 
chas de un hombre es mucho peor, o es absolutamente peor 
que convertirlo en un esclavo -que aprobar la Ley de Esclavos 
Fugitivos- le acusaría de necedad, de incapacidad intelectual, 
de hacer distinciones sin haber diferencias. Una y otra son pro- 
puestas igualmente sensatas. 



Desobediencia civil y otros textos/ 69 



Oigo que se habla mucho de pisotear esta ley. No se precisa 
ningún esfuerzo para hacerlo. Esta ley no se eleva a la altura de 
la cabeza o de la razón, su habitat natural es la inmundicia. 
Nació y se crió y tiene su vida en el polvo y el lodo, a la altura 
de los pies, y el que camina con libertad y no evita con miseri- 
cordia hindú pisar cada reptil venenoso, la pisará sin remedio 
y la aplastará bajo su pie a ella y a Webster, su autor, como si 
fuera un escarabajo y su bola. 

Los acontecimientos recientes serán muy válidos como crí- 
tica a nuestra administración de justicia o mejor, como muestra 
de cuáles son los auténticos recursos de la justicia dentro de 
una comunidad. Hemos llegado a una situación en la que los 
amigos de la libertad, los amigos del esclavo, han temblado al 
comprender que el destino de éste dependía de la decisión de 
los tribunales legales de la nación. Los hombres libres no con- 
fían en que se imparta justicia en este caso; el juez puede decidir 
de un modo u otro: en el mejor de los casos se trata de un mero 
accidente. Es evidente que ésa no es una autoridad competente 
en un caso de tanta importancia. No es el momento de juzgar 
de acuerdo con los precedentes, sino de establecer un preceden- 
te para el futuro. Yo confiaría mucho más en la opinión del 
pueblo. Con su voto se conseguiría algo de cierto valor, aunque 
no demasiado, pero de otro modo sólo tendréis, decida lo que 
decida, el juicio equivocado de un individuo sin valor alguno. 

En cierto modo es fatal para los tribunales que la gente se 
vea obligada a obedecerlos. No quiero pensar que los tribuna- 
les estén ahí para los procesos sencillos y para los casos civiles 
tan sólo. ¡Pensad qué pasaría si se dejara a la decisión de un 
tribunal del país si más de tres millones de personas, en este 
caso la sexta parte de la nación, tienen derecho a ser libres o 
no! Pero se ha confiado a los llamados tribunales de justicia 
-al Tribunal Supremo del país- y como, según todos sabéis, 
éstos no reconocen otra autoridad más que la Constitución, 
decidieron que esos tres millones son esclavos y continuarán 
siéndolo. Jueces como éstos son simplemente inspectores de 
ganzúas y herramientas de criminal, cuya función consiste en 
decirle a éste si están en buenas condiciones o no, y creen que 
ahí termina su responsabilidad. Había un caso previo en el 
sumario que, como jueces designados por Dios, no tenían 



70 /Henry David Thoreau 



ningún derecho a desestimar, caso que de haberse resuelto legí- 
timamente, les hubiera salvado de esta humillación. Se trataba 
del caso del propio asesino. 

La ley nunca hará libres a los hombres, son los hombres los 
que deben hacer libre a la ley. Los amantes de la ley y el orden 
cumplen la ley cuando el gobierno la infringe. 

Entre los seres humanos, el juez cuyas palabras determinan 
el destino de un hombre en la lejana eternidad, no es el que 
simplemente pronuncia el veredicto de la ley, sino ése, quien- 
quiera que sea, que por amor a la verdad y sin prejuicios basa- 
dos en costumbres o leyes humanas, pronuncia un juicio justo 
o una sentencia respecto a ese hombre. Ese es el que le senten- 
cia. El que sea capaz de discernir la verdad, ha recibido sus 
poderes de manos de una fuente más alta que la del más alto 
juez del mundo al que sólo le preocupa la ley. Se constituye así 
en juez del juez. ¡Resulta extraño que tengamos necesidad de 
establecer verdades tan elementales! 

Cada vez estoy más convencido de que, para tratar de un 
problema público, es más importante saber lo que opina el cam- 
po que lo que opina la ciudad. La ciudad no piensa demasiado. 
En una cuestión moral, preferiría contar con la opinión de 
Boxboro que con la de Boston y Nueva York juntas. Cuando 
habla el primero siento como si alguien hubiera hablado, como 
si la humanidad existiera todavía, y un ser razonable hubiera 
hecho valer sus derechos; como si varios hombres sin prejui- 
cios allá en las colinas del país hubieran prestado atención al 
tema, y con unas palabras sensatas hubieran redimido la repu- 
tación de la raza. Cuando en un pueblo perdido, los granjeros 
organizan una asamblea especial para expresar su opinión so- 
bre algún asunto que está preocupando a esa zona, ése, creo 
yo, es el verdadero y el más respetable congreso que se reúne 
en los Estados Unidos. 

Es evidente que hay, al menos que esta Commonwealth, dos 
partidos que son cada vez más distintos: el partido de la ciudad 
y el partido del campo. Ya sé que el campo es muy mezquino, 
pero me alegra saber que hay una leve diferencia a su favor. Por 
ahora existen pocos medios si es que hay alguno por el cual se 
pueda expresar esta gente. Los editoriales que leen, como las 
noticias, vienen de la costa. Cultivemos el respeto mutuo entre 

Desobediencia civil y otros textos/ 71 



nosotros, los habitantes del campo. No traigamos de la ciudad 
nada más que nuestras ropas y nuestros víveres y, si leemos las 
opiniones de la ciudad, consideremos también las nuestras. 

Entre las medidas a adoptar, yo sugeriría un serio y vigoro- 
so ataque a la prensa, como se acaba de hacer con mucho éxito 
con la Iglesia. La Iglesia ha mejorado en pocos años pero la 
prensa, casi sin excepción, está corrompida. Yo creo que en 
este país la prensa ejerce una influencia mayor y más pernicio- 
sa que la Iglesia en su peor época. No somos un pueblo religio- 
so, pero sí somos una nación de políticos. No nos preocupa la 
Biblia pero sí nos preocupan los periódicos. ¡En cualquier re- 
unión de políticos -como aquella de Concord la otra noche, 
por ejemplo- cuán impertinente resultaría citar de la Biblia!, 
¡qué apropiado citar de un periódico o de la Constitución! El 
periódico es la Biblia que leemos cada mañana y cada tarde, de 
pie y sentados, en coche o caminando. Es una Biblia que todo 
hombre lleva en el bolsillo, que está sobre todas las mesas y los 
mostradores, y que el correo y miles de agentes de publicidad 
están continuamente distribuyendo. Ese es, en definitiva, el 
único libro que ha publicado América y que América lee. Así 
de amplia es su influencia. El editor es un predicador al que 
mantenéis voluntariamente. Vuestra contribución es normal- 
mente de un céntimo al día y alquilar un banco en su iglesia no 
cuesta nada. ¿Pero cuántos de estos predicadores predican la 
verdad? Me hago eco del testimonio de muchos extranjeros 
inteligentes y también de mis propias convicciones, cuando digo 
que probablemente ningún país se gobernó jamás por una cla- 
se tan mezquina de tiranos, con unas pocas excepciones, como 
los directores de la prensa periódica de este país. Y como viven 
y mandan sólo por servilismo, y apelando a la peor y no a la 
mejor naturaleza del hombre, la gente que los lee se iguala al 
perro que vuelve a su vómito. 

El Liberator y el Commonwealtb fueron, según mis noti- 
cias, los únicos periódicos de Boston que hicieron oír su conde- 
na de la cobardía y la vileza puestas de manifiesto por las auto- 
ridades de esa ciudad en 1851. Los otros periódicos, casi sin 
excepción, al referirse y hablar de la Ley de Esclavos Fugitivos 
y de la entrega del esclavo Sims, menospreciaron el sentido 
común del país. Y, por lo general, hicieron tal cosa porque de 



72 /Henry David Thoreau 



ese modo confiaban procurarse la aprobación de sus patronos, 
olvidando que un sentimiento mucho más sólido prevalecía en 
alguna medida en el corazón de la Commonwealth. Me han 
dicho que algunos han mejorado recientemente, pero todavía 
son eminentemente contemporizadores. Esa es la reputación 
que han adquirido. 

Pero, por suerte, este predicador es más vulnerable al ata- 
que del reformista que el sacerdote cobarde. Los hombres li- 
bres de Nueva Inglaterra sólo tienen que abstenerse de com- 
prar y leer estas hojas, sólo tienen que guardar sus céntimos 
para acabar rápidamente con una veintena de ellas. Una perso- 
na a la que aprecio me dijo que había comprado el Citizen de 
Mitchell en el tranvía y luego lo había tirado por la ventana. 
¿Pero, no habría expresado su desprecio con más firmeza si no 
lo hubiera comprado? 

¿Son americanos?, ¿son de Nueva Inglaterra?, ¿son habi- 
tantes de Lexington y Concord y Framingham los que leen y 
mantienen al Post, Mail, Journal, Advertiser, Courier y Times 
de Boston? ¿Son ésas las banderas de nuestra Unión? No soy 
lector habitual de periódicos y puede que haya omitido el nom- 
bre del peor. 

¿Conlleva la esclavitud mayor servilismo del que exhiben 
algunos de estos periódicos? ¿Queda alguna basura que no 
hayan lamido ellos con su conducta ensuciándola aún más con 
su propia baba? No sé si existe todavía el Herald de Boston, 
pero recuerdo haberlo visto por las calles cuando Sims fue atra- 
pado. ¿No representó bien su papel, no sirvió a su dueño con 
total fidelidad? ¿Cómo pudo doblegarse hasta ese extremo? 
¿Cómo puede un hombre inclinarse hasta más abajo del suelo, 
poner sus extremidades a la altura de la cabeza, o convertir su 
cabeza en la extremidad inferior? Cuando tomé este papel con 
mis puños arremangados, oí el gluglú de la cloaca discurrir por 
cada columna. Sentí que tenía en las manos un papel sacado de 
la alcantarilla pública, una hoja del evangelio de la casa de 
juego, de la taberna y del burdel, armonizando con el evange- 
lio de la Bolsa de los Comerciantes. 

La mayoría de los habitantes del norte y del sur, este y oeste, 
no son hombres de principios. Si votan, no envían hombres al 
Congreso con el fin de que sean humanitarios, sino que 

Desobediencia civil y otros textos/ 73 



mientras que sus hermanos y hermanas son azotados y colgados 
por amar la libertad -y aquí debería aludir a lo que es, e implica 
la libertad- lo que a ellos les preocupa es la mala administración 
de la madera, el hierro, la piedra y el oro. Haz lo que quieras, oh 
Gobierno, con mi esposa e hijos, mi madre y hermano, mi padre 
y hermana, yo obedeceré tus órdenes al pie de la letra. Sin duda 
me dolerá que los lastimes, que los entregues a capataces que los 
persigan con sabuesos o los azoten hasta la muerte, pero, de 
todos modos, yo seguiré pacíficamente mi destino en esta her- 
mosa tierra, hasta que tal vez un día, cuando me haya puesto de 
luto por sus muertes, logre persuadirte de que te moderes. Esta 
es la actitud, éstas son las palabras de Massachusetts. 

Antes de tomar semejante actitud, no es necesario que os 
diga que yo tocaría algún resorte, accionaría algún sistema 
para hacerlo explotar; pero como en el fondo amo la vida, 
me alinearía con la luz y dejaría que la oscura tierra retum- 
bara bajo mis pies, y llamaría a mi madre y a mi hermano 
para que me siguieran. 

Quisiera recordarles a mis compatriotas que ante todo de- 
ben ser hombres, y americanos después, cuando así convenga. 
No importa lo valiosa que sea la ley para proteger las propie- 
dades incluso para mantener unidos el cuerpo y el alma, si no 
nos mantiene unidos a toda la humanidad. 

Siento decir que dudo mucho que haya un juez en 
Massachusetts dispuesto a renunciar a su cargo y a ganarse la 
vida con honradez, cada vez que se le pide que dicte sentencia 
siguiendo una ley contraria a la ley de Dios. Es obvio que en 
este caso se ponen a la altura del soldado que descarga el mos- 
quetón en cualquier dirección que se le ordena. Son herramien- 
tas en la misma medida, y están a la misma mezquina altura. 
En realidad no son más dignos de respeto porque sus amos 
esclavicen sus mentes y sus conciencias en vez de sus cuerpos. 

Los jueces y los abogados -dentro de sus funciones, quiero 
decir- y todos los hombres con responsabilidad, tratan este 
caso de un modo muy burdo e incompetente. No consideran si 
la Ley de Esclavos Fugitivos es justa, sino únicamente si es lo 
que ellos llaman constitucional. ¿Es la virtud constitucional o 
lo es el vicio?, ¿es constitucional la justicia o la injusticia? En 
cuestiones morales y vitales tan importantes como ésta, es igual 



74 /Henry David Thoreau 



de impertinente preguntar si una ley es constitucional o no, 
que preguntar si es o no beneficiosa. Siguen siendo los servido- 
res de los peores hombres y no los servidores de la humanidad. 
La cuestión es, no si tú o tu abuelo, hace setenta años, llegas- 
teis o no al acuerdo de servir al diablo, y si ese servicio en 
cuestión ha finalizado ahora; lo que importa es si vas a servir a 
Dios de una vez por todas -a pesar de tu propio pasado desleal 
o el de tus antecesores- obedeciendo a esa eterna y sólo ella 
justa constitución, que El, y no Jefferson o Adams, ha escrito 
en tu corazón. 

La consecuencia de todo esto es que si la mayoría vota al 
diablo para ser Dios, la minoría vivirá y se comportará de acuer- 
do con ello y obedecerá al candidato vencedor, confiando que 
un día u otro, tal vez por medio del voto de un Parlamentario, 
puedan reinstaurar a Dios. Este es el más alto principio que 
puedo desear o imaginar para mis vecinos. Estos hombres ac- 
túan como si creyeran que se pueden deslizar colina abajo y 
volver luego a deslizarse colina arriba. Esto es lo conveniente, 
elegir el camino que ofrece menos resistencia a las piernas, es 
decir, la cuesta abajo. Pero no sucede así cuando se trató de 
conseguir una reforma justa: lo "cómodo" no está a nuestro 
alcance. No hay posibilidad de deslizarse colina arriba. En moral 
los únicos deslizamientos son hacia abajo. 

De este modo estamos continuamente adorando a falsos ído- 
los, tanto a la escuela y al Estado como a la Iglesia, y el séptimo 
día maldecimos a Dios de un extremo a otro de la Unión. 

¿Nunca aprenderán los hombres que la política no es la 
honradez, y que jamás dictamina como justo lo moral sino que 
simplemente se guía por lo que es útil? La política elige al can- 
didato presentado que invariablemente es el diablo y, ¿qué de- 
recho tienen sus electores de sorprenderse porque el diablo no 
se comporte como un ángel de la luz? Lo que se necesita son 
hombres, no políticos, hombres íntegros que reconozcan que 
existe una ley superior a la Constitución o a la decisión de la 
mayoría. El destino de un país no depende de cómo se vote en 
las elecciones, el peor hombre vale tanto como el mejor en este 
juego; no depende de la papeleta que introduzcas en las urnas 
una vez al año, sino del hombre que echas de tu cuarto a la 
calle cada mañana. 

Desobediencia civil y otros textos/ 75 



Lo que debería preocupar a Massachusetts no es la Ley de 
Nebraska o la Ley de Esclavos Fugitivos sino su propia esclavi- 
tud y servilismo. Que este Estado disuelva su unión con el due- 
ño de esclavos. Puede que Massachusetts se inquiete y dude y 
pida permiso para leer la Constitución una vez más, pero no 
puede encontrar una ley respetable o un precedente que apoye 
la continuidad de esa unión en estas circunstancias. 

Que cada habitante del Estado disuelva su unión con él 
mientras retrase el cumplimiento de su deber. 

Los sucesos del mes pasado me enseñaron a desconfiar de 
la fama. No discrimina con delicadeza sino que lanza hurras 
con grosería. No tiene en cuenta el simple heroísmo de una 
acción más que en la medida en que va conectado con su bene- 
ficio evidente. 

¡Alaba hasta la ronquera la fácil proeza de la "Boston tea 
party",pero en cambio calla el ataque heroico, valiente y de- 
sinteresado al Palacio de Justicia de Boston, sólo porque resul- 
tó fallido! 

Rodeado de desgracias, el Estado se ha sentado fríamente a 
enjuiciar las vidas y las libertades de los hombres que intenta- 
ron cumplir con la obligación que le correspondería a él. ¡Y a 
esto lo llaman justicial Aquéllos que han demostrado que pue- 
den comportarse excepcionalmente, tal vez sean puestos entre 
rejas por su buena conducta. Aquéllos que en honor a la ver- 
dad son ahora culpables, serán inocentes de entre todos los 
demás habitantes del Estado. Mientras que el Gobernador y el 
Alcalde e incontables oficiales de la Commonwealth están en 
libertad, los campeones de la libertad están encarcelados. 

Sólo están libres de culpa los que cometen el delito de desaca- 
to a semejante tribunal. A todo hombre le corresponde asegu- 
rarse de que su influencia está puesta a favor de la justicia y 
dejar que los tribunales realicen sus propios juicios. Mis sim- 
patías en este caso están absolutamente de parte del acusado, y 
absolutamente en contra de sus acusadores y jueces. La justicia 
es dulce y musical, mientras que la injusticia es áspera y 
discordante. El juez sigue sentado a su organillo dando a la 
manivela pero no se oye música, sólo oímos el ruido de la ma- 
nivela. El cree que toda la música reside en la manivela, y la 
muchedumbre le tira monedas igual que siempre. 



76 /Henry David Thoreau 



¿Creéis que ese Massachusetts que está cometiendo seme- 
jantes atrocidades, que duda en ensalzar a estos hombres, 
cuyos abogados e incluso jueces tal vez se verán obligados a 
refugiarse en algún pobre subterfugio para que no sufra un 
instintivo sentido de la justicia, es otra cosa que un infame y un 
servil?, ¿o acaso creéis que es el campeón de la libertad? 

Mostradme un Estado libre y un auténtico tribunal de justi- 
cia y lucharé por ellos si es necesario; pero si me mostráis a 
Massachusetts, le negaré mi lealtad y le manifestaré mi despre- 
cio por sus tribunales. 

La meta de un buen Gobierno es darle más valor a la vida; 
el de un mal gobierno, restarle valor. Podemos permitirnos que 
el ferrocarril y todos los bienes materiales pierdan algo de su 
valor, porque eso sólo nos obligaría a vivir con mayor sobrie- 
dad y economía, pero ¡suponed que el valor de la propia vida 
se devaluara! ¿Cómo vamos a exigir menos del hombre y de la 
naturaleza, cómo vivir con mayor economía de virtud y de to- 
das las cualidades honrosas? He vivido este mes último -y creo 
que todo hombre de Massachusetts capaz de sentir patriotis- 
mo debe haber tenido una experiencia similar- con la impre- 
sión de haber sufrido una gran pérdida. Al principio no sabía 
qué era lo que me afligía. Por fin me di cuenta de que había 
perdido mi patria Nunca había respetado a mi gobierno, pero 
había pensado estúpidamente que podría vivir aquí dedicado a 
mis asuntos privados y olvidarme de él. Por mi parte, mis vie- 
jos y preciados propósitos han perdido no sé cuánto atractivo, 
y siento que mi inversión de vida aquí vale un buen tanto por 
ciento menos desde que Massachusetts entregó deliberadamente 
a un hombre inocente, Anthony Burns, a la esclavitud. Antes 
vivía con la ilusión de que mi vida transcurría en algún sitio 
entre el cielo y el infierno, pero ahora no puedo convencerme 
de que no vivo completamente dentro del infierno. El espacio 
ocupado por esta organización política llamada Massachusetts 
está por lo que se refiere a la moral cubierta de escoria volcáni- 
ca y ceniza, tal y como describe Milton las regiones del infierno. 
Si existe algún infierno más falto de principios que nuestros 
gobernantes y nosotros, los gobernados, siento curiosidad por 
verlo. Al perder valor la vida, todo con ella, todo lo que contri- 
buye a vivir, pierde valor. Suponed que tenéis una pequeña 



Desobediencia civil y otros textos/ 77 



biblioteca con cuadros adornando las paredes y un jardín alre- 
dedor y os entregáis a empresas científicas y literarias, y descu- 
brís de repente que vuestra casa con todos sus enseres está en- 
clavada en el infierno, y que el juez de paz tiene pezuñas y una 
cola bífida, ¿no es cierto que todas esas cosas perderán de re- 
pente valor a vuestros ojos? 

Tengo la sensación de que de algún modo el Estado ha inter- 
ferido negativamente en mis legítimos asuntos. No sólo ha inte- 
rrumpido mi paso por Court Street al ir de compras, sino que me 
ha interrumpido a mí y a todos los hombres en nuestro camino 
recto y ascendente cuando confiábamos dejar atrás Court Street 
muy pronto. ¿Qué derecho tiene a recordarme Court Street? He 
encontrado hueco lo que incluso yo creía que era tierra firme. 

Me sorprende ver que hay hombres que continúan con sus 
asuntos como si nada hubiera pasado. Yo me digo: "¡Desgra- 
ciados!, no han recibido la noticia". Me sorprende que el hom- 
bre que acabo de encontrar a caballo tuviera tanta prisa por 
recuperar a sus vacas recién compradas que se le habían esca- 
pado, ya que toda propiedad carece de seguridad, y si no vuel- 
ven a escaparse, tal vez se las roben. ¡Necio! ¿No sabe que la 
semilla del maíz ha perdido valor este año, que toda cosecha 
con beneficios fracasa al aproximarse el imperio del infierno? 
Ningún hombre prudente construiría una casa de piedra en 
estas condiciones, ni se embarcaría en una empresa científica 
que requiriera mucho tiempo. El arte dura eternamente, pero 
la vida es más breve y menos adaptable a los intereses propios 
del hombre. No es ésta una época de tranquilidad. Hemos ago- 
tado toda la libertad que heredamos. Si queremos salvar nues- 
tras vidas, debemos luchar por ellas. 

Voy caminando hacia uno de nuestros estanques; pero, ¿qué 
significado tiene la belleza de la naturaleza cuando los hombres 
son malvados? Nos aproximamos a los lagos para ver nuestra 
serenidad reflejada en ellos; cuando no tenemos serenidad, no 
vamos allí. ¿Quién puede estar sereno en un país cuando am- 
bos, gobernantes y gobernados carecen de principios? Al pensar 
en mi país se me estropea el paseo. En mis pensamientos asesino 
al Estado e involuntariamente tramo complots contra él. 

Pero el otro día acerté a oler un nenúfar y me di cuenta de 
que la estación que ansiaba, acababa de llegar. El es el emble- 



78 /Henry David Thoreau 



ma de la pureza. Brota tan blanco y hermoso a la vista y tiene 
tan buen aroma, que parece simbolizar la pureza y la dulzura 
y, sin embargo, nace del légamo y del estiércol de la tierra. 
Arranqué el primero que había brotado en una milla. ¡En la 
fragancia de esta flor se confirman nuestros deseos! No voy a 
rendirme tan rápidamente ante el mundo, opondré resistencia 
a la esclavitud, a la cobardía y a la falta de principios de los 
hombres del Norte. Ella nos sugiere cuáles son las leyes que 
han prevalecido más tiempo y en más países y aún prevalecen, 
de tal modo que llegará el tiempo en que los actos del hombre 
despedirán la misma fragancia. Así es el olor de esta planta. Si 
la naturaleza aún puede crear esa fragancia cada año, yo creo 
que todavía es joven y está llena de vigor, que su integridad y 
su fuerza creadora no tienen par y que hay virtud incluso en el 
hombre, porque es capaz de percibirla y amarla. Esto me re- 
cuerda que la Naturaleza no se ha asociado al Acuerdo de 
Missouri. No hay olor a acuerdo en la fragancia del nenúfar. 
No es un Nympboea Douglassii. En él, lo dulce, puro e inocen- 
te están absolutamente separados de lo obsceno y lo vil. No 
hay en él olor a la contemporizadora irresolución del Gober- 
nador de Massachusetts o la del Alcalde de Boston. Así sucede 
que el olor de vuestros actos puede realzar la frescura general 
del ambiente, que cuando contemplamos u olemos una flor, 
podemos no darnos cuenta de lo inconsistente de nuestros ac- 
tos en relación con ella, porque todos los olores no son sino 
una forma de anunciar una cualidad moral, y si no se hubieran 
realizado buenas acciones, el nenúfar no olería tan bien. El 
fétido légamo representa la pereza y el vicio del hombre, la 
decadencia de la humanidad; la fragante flor que crece de él 
representa la pureza y la valentía, que son inmortales. 

La esclavitud y el servilismo no han dado lugar cada año a 
flores de suave fragancia para hechizar los sentidos de los 
hombres, porque no tienen una vida real; son tan sólo deca- 
dencia y muerte, ofensivos para todos los olfatos sanos. No 
nos quejamos de que existan sino de que no los entierren; in- 
cluso ellos son buenos como abono. 



Desobediencia civil y otros textos/ 79 



Apología del capitán John Brown 



Confío en que me perdonen por estar aquí. Preferiría no 
tener que forzarles a oír mis ideas, pero creo que no tengo más 
remedio. A pesar de lo poco que sé del Capitán Brown quisiera 
intervenir con el fin de corregir el tono y las afirmaciones de 
los periódicos y de mis compatriotas en general, con respecto a 
su carácter y a sus acciones. No nos cuesta nada ser justos. Al 
menos podemos expresar nuestra simpatía y admiración por él 
y sus compañeros y eso es lo que me propongo hacer. 

Me referiré primero a su historia. Procuraré omitir, dentro 
de lo posible, lo que ustedes ya han leído. No es preciso que les 
describa su físico, ya que la mayoría de ustedes probablemente 
lo han visto y no lo olvidarán en mucho tiempo. He sabido que 
su abuelo, John Brown, era un oficial de la Revolución, que él 
nació en Connecticut a principios de siglo y que de muy joven 
se trasladó con su padre a Ohio. Le oí decir que su padre era 
un contratista que suministraba carne al ejército en la guerra 
de 1812, que le acompañaba al campamento y le ayudaba en 
su trabajo, lo cual le enseñó mucho de la vida militar -tal vez 
mucho más que si hubiera sido soldado, porque siempre esta- 
ba presente en las reuniones de los oficiales-. Su experiencia le 
enseñó sobre todo cómo se abastece y mantiene a los ejércitos 
en el campo de batalla, un trabajo que, según su opinión, re- 
quiere tanta experiencia y destreza como la propia estrategia 
de la lucha. Decía que son muy pocas las personas que tienen 
conciencia del coste, incluso del coste pecuniario que supone 
lanzar un solo cañonazo en la guerra. De este modo, vio lo 
suficiente como para hacerle rechazar la vida militar e incluso 
le incitó a aborrecerla hasta tal punto que aunque le tentó una 
oferta de un pequeño empleo en el ejército, cuando tenía die- 
ciocho años, no sólo lo rechazó sino que se negó a hacer el 

"A Plea for Capitán John Brown", en J. Redpath (ed.), Echoes of Harper's 
Ferry, 1860. Conferencia pronunciada en Concord en 1959, en el mismo 
mes del ataque al arsenal de Harper's Ferry. 

Desobediencia civil y otros textos / 81 



servicio militar cuando le llamaron a filas, y le multaron por 
ello. Entonces decidió que nunca tendría nada que ver con una 
guerra, a no ser que fuera una guerra en favor de la libertad. 

Cuando empezaron las revueltas de Kansas, envió allí a va- 
rios de sus hijos para apoyar al partido de los "Free State men" 
equipados con las armas que pudo conseguir y les dijo que si 
los enfrentamientos se incrementaban y le necesitaban, se uni- 
ría a ellos para socorrerlos con sus manos y sus consejos. Así lo 
hizo, como ya sabéis, y fue su contribución más que la de nin- 
gún otro, la que llevó la libertad a Kansas. 

Durante una época de su vida fue agrimensor y luego estu- 
vo algún tiempo dedicado al comercio de lana y viajó a Europa 
como agente de este negocio. Allí, como en todas partes, se 
mantuvo alerta e hizo observaciones muy originales sobre todo 
lo que vio. Decía, por ejemplo, que había visto por qué la tierra 
era tan fértil en Inglaterra y en Alemania (creo recordar) tan 
pobre, y pensó en escribir a algunos miembros de la realeza al 
respecto. La razón era que en Inglaterra los campesinos vivían 
en las tierras que trabajaban, mientras que en Alemania se les 
recogía de noche por distintos pueblos. Es una pena que no 
haya escrito un libro con sus observaciones. 

Debo decir que fue un hombre anticuado debido a su abso- 
luto respeto a la Constitución y a su fe en la estabilidad de esta 
Unión. Consideró la esclavitud como algo totalmente opuesto 
a ambas, y fue siempre su enemigo. 

Fue un campesino de Nueva Inglaterra por nacimiento y 
ascendencia, hombre de gran sentido común, decidido y prác- 
tico como los de su clase pero con esas cualidades multiplica- 
das por diez. Fue como el mejor de los que se reunieron en 
Concord Bridge, en Lexington Common y en Bunker Hill, pero 
más firme y de principios más elevados que los de cualquier 
otro que hubiera estado allí. No le convirtió ningún predica- 
dor de la abolición. Ethan Alien y Stark, con quienes se le com- 
para en ciertos aspectos, fueron luchadores en un campo mu- 
cho menos importante. Ellos podían enfrentarse con valor a 
los enemigos de la patria, pero él tuvo el valor de enfrentarse a 
su propia patria cuando actuaba erróneamente. Un escritor del 
Oeste dice, al contar su huida de tantos peligros, que se oculta- 
ba bajo un "traje de campesino", como si en esas tierras de 



82 /Henry David Thoreau 



llanuras lo apropiado fuera que un héroe se vistiera con un 
traje de ciudad. 

No se educó en una Universidad llamada Harvard, buena y 
antigua Alma Mater como es. No se alimentó de la papilla que 
allí se elabora. Como él solía decir: "No sé más gramática que 
uno de vuestros terneros". Se educó en la gran Universidad del 
Oeste, donde asiduamente acometió el estudio de la Libertad, 
por la cual había mostrado una temprana afición. Y, tras obte- 
ner diversos diplomas, finalmente comenzó su actividad públi- 
ca de Humanidades en Kansas, como todos sabéis. Esas eran 
sus humanidades y no el estudio de la gramática. Habría colo- 
cado un acento del griego al revés pero ayudado a levantarse al 
hombre caído. 

Pertenecía a ese grupo del que se dicen muchas cosas pero 
del que la mayoría de las veces, no sabemos nada en absoluto: 
los puritanos. Matarle sería inútil. Murió al final de la época 
de Cromwell, pero reapareció aquí. ¿Por qué no? Se dice que 
algunos puritanos han venido aquí y se han establecido en 
Nueva Inglaterra. Era un grupo que hacía algo más que cele- 
brar el día de la llegada a Plymouth de sus antepasados, y 
comer maíz tostado en recuerdo de esa fecha. No eran ni 
Demócratas ni Republicanos sino tan sólo hombres de costum- 
bres sencillas, rectos y devotos; no confiaban en los gobernan- 
tes que no temían a Dios, no hacían demasiadas concesiones y 
no se dedicaban a la política. 

"En su campamento", como alguien ha escrito recientemen- 
te, y como yo mismo le he oído afirmar "no permitía la blasfe- 
mia, no toleraba la presencia de hombres de moral dudosa, a no 
ser, por supuesto, como prisioneros de guerra. 'Preferiría' — di j o— 
'tener la viruela, la fiebre amarilla y el cólera todos a la vez en 
mi campamento, antes que un hombre sin principios... Es un 
error el que cometen los nuestros cuando creen que los matones 
son los mejores combatientes o que son los adecuados para en- 
frentarse a los del Sur. Dadme hombres de principios, hombres 
temerosos de Dios, orgullosos de sí mismos y con una docena 
me enfrentaré a otros cien de esos rufianes de Buford'". Dijo 
también que si se le presentaba un soldado bajo su mando que 
alardeara de lo que haría o podría hacer en cuanto pusiera sus 
ojos sobre el enemigo, depositaría muy poca confianza en él. 

Desobediencia civil y otros textos/ 83 



Jamás pudo conseguir más de veinte reclutas que tuvieran 
su aprobación y sólo una docena, entre ellos sus hijos, conta- 
ban con su plena confianza. Cuando estuvo aquí hace varios 
años, mostró a unos cuantos un pequeño libro manuscrito -su 
"libro de ordenanzas" creo que le llamaba- donde figuraban 
los nombres de los miembros de su compañía en Kansas y las 
normas a las que se sometían todos, y añadió que varios de 
ellos incluso las habían sellado con su sangre. Cuando alguien 
le señaló que con la incorporación de un capellán se converti- 
ría en una tropa perfectamente Cromwelliana, contestó que le 
hubiera gustado contar con un capellán en la lista si hubiera 
encontrado uno que fuera capaz de cumplir su misión satisfac- 
toriamente. Es muy fácil hallar uno que sirva en el ejército de 
los Estados Unidos. De todos modos, en su campamento te- 
nían oraciones de mañana y tarde, según creo. 

Fue un hombre de costumbres espartanas, y a los sesenta 
años era muy escrupuloso con su dieta incluso fuera de casa, y 
se excusaba diciendo que debía comer frugalmente y hacer mu- 
cho ejercicio, como corresponde al soldado o a cualquiera que 
se prepare para empresas difíciles y lleve una vida arriesgada. 

Hombre de gran sentido común y de claridad de expresión 
y acción, un trascendentalista ante todo, un hombre de ideas y 
de principios, eso era lo que más le caracterizaba. Sin rendirse 
al capricho del impulso fugaz sino persiguiendo toda su vida 
un mismo propósito. Me di cuenta de que nunca exageraba 
sino que hablaba dentro de los límites de la razón. Recuerdo 
en especial, cómo en el discurso que pronunció aquí, se refirió 
a lo mucho que su familia había sufrido en Kansas, pero sin 
dar rienda suelta a su furia contenida. Era como un volcán con 
la chimenea de una casa normal. Refiriéndose a los ataques de 
ciertos rufianes de la frontera dijo, cortando rápidamente su 
discurso, como un soldado con experiencia que hace acopio de 
valor y de fuerza: "Tenían perfecto derecho a ser colgados". 
Nunca fue un orador retórico, no hablaba con Buncombe o 
con sus electores en ninguna ocasión, no necesitaba inventar 
nada, simplemente decía la verdad y transmitía su propia fir- 
meza; así es como conseguía parecer incomparablemente fuer- 
te y la elocuencia en el Congreso o en cualquier otra parte tan 
sólo le hubiera restado valía. 



84 /Henry David Thoreau 



Eran como los discursos de Cromwell al lado de los de cual- 
quier rey. 

Por lo que se refiere a su tacto y prudencia, tan sólo diré 
que en una época en que nadie de los Estados Libres podía 
llegar a Kansas por un camino directo, por lo menos sin que se 
le despojara de sus armas, él, equipado con rifles y otras armas 
poco adecuadas que pudo conseguir, condujo un carro lenta- 
mente y sin ninguna protección a través de Missouri, aparen- 
tando ser un agrimensor con su teodolito bien a la vista, y así 
pasó sin sospechas y tuvo la oportunidad de conocer la situa- 
ción del enemigo. Continuó ejerciendo esta profesión algún 
tiempo después de su llegada. Por ejemplo, cuando veía un grupo 
de enemigos en el campo discutiendo por supuesto sobre el 
único tema que les obsesionaba entonces, él cogía su brújula y 
con uno de sus hijos procedía a trazar una línea imaginaria por 
el preciso lugar en que se estaba celebrando la reunión y 
cuando se acercaba a ellos hacía una pausa con naturalidad y 
charlaba con ellos para enterarse perfectamente de las últimas 
noticias y de todos sus planes. Tras completar su estudio real 
recogía sus instrumentos y seguía con el imaginario hasta que 
se perdía de vista. 

Cuando expresé mi sorpresa de que pudiera vivir en Kansas, 
donde habían puesto precio a su cabeza y tenía tantos enemi- 
gos, incluyendo a las autoridades, él lo explicaba diciendo: "Es 
perfectamente lógico que no me atrapen". Durante varios años 
pasó la mayor parte del tiempo oculto en las ciénagas, sufrien- 
do una absoluta pobreza y enfermo a causa de su vida a la 
intemperie, ayudado sólo por los indios y unos pocos blancos. 
Pero aunque se supiera que estaba escondido en una determi- 
nada ciénaga, sus enemigos no se atrevían a ir a buscarlo. In- 
cluso podía ir a cualquier ciudad donde hubiera más "Border 
Ruffians" que "Free State men" y hacer algún recado sin en- 
tretenerse demasiado, y nadie le molestaba porque, como él 
decía: "un simple puñado de hombres no se atrevía a acometer 
tal empresa y un grupo grande no se podía reunir a tiempo". 

No conocemos las razones de su reciente fracaso. Evidente- 
mente no se trató de una tentativa insensata y desesperada. Su 
enemigo, el Sr. Vallandigham se ve obligado a confesar que "fue 

Desobediencia civil y otros textos/ 85 



una de las conspiraciones mejor planeadas y llevadas a cabo 
que jamás haya fracasado". 

Pero habría que mencionar sus otros muchos éxitos. ¿Aca- 
so fue una derrota o una muestra de mala organización librar 
de la esclavitud a una docena de seres humanos y guiarlos a 
plena luz del día durante semanas, e incluso meses, a paso len- 
to, de un Estado a otro por todo el Norte? Todos sabían por 
dónde andaba, tenía precio puesto a su cabeza, pero así y todo 
entró en un juzgado y contó lo que estaba haciendo y logró 
convencer a Missouri de que no les beneficiaba tratar de man- 
tener esclavos cerca de donde él viviera. Y esto no sucedía por- 
que los servidores del gobierno fueran indulgentes, sino por- 
que le tenían miedo. 

Sin embargo, él nunca atribuía sus victorias tontamente, ni 
a su buena suerte, ni a ninguna clase de magia. Decía, y con 
razón, que si tanta gente se amedrentaba ante él, era porque 
carecían de una causa, una especie de escudo que nunca les 
faltó ni a él ni a su grupo. Llegado el momento de la verdad, 
muy pocos hombres se mostraban dispuestos a entregar sus 
vidas en defensa de algo que sabían injusto. No les gustaba que 
ése pudiera ser su último acto en este mundo. 

Pero apresurémonos para llegar a su último golpe y sus con- 
secuencias. 

Los periódicos parecen ignorar, o tal vez realmente igno- 
ren, el hecho de que hay al menos dos o tres personas en cada 
ciudad por todo el Norte que piensan lo mismo que éste que os 
habla respecto a él y a su empresa. No vacilo en decir que son 
un grupo importante que va en aumento. Aspiramos a ser algo 
más que estúpidos o tímidos esclavos fingiendo que leemos his- 
toria y la Biblia, pero profanando cada casa y cada día en que 
vivimos. Tal vez los políticos ansiosos puedan probar que sólo 
diecisiete hombres blancos y cinco negros estaban involucrados 
en esta empresa última, pero su misma ansiedad por probarlo 
debe sugerirles que no está dicho todo. ¿Por qué siguen esqui- 
vando la verdad? Se sienten ansiosos porque son ligeramente 
conscientes del hecho, aunque no lo reconozcan con claridad, 
de que al menos un millón de los habitantes libres de los Esta- 
dos Unidos se hubieran alegrado si la empresa hubiera tenido 
éxito. Como mucho criticarían el método. 



86 /Henry David Thoreau 



Aunque no llevemos un crespón, pensar en la situación en 
que se halla este hombre y su probable destino está amargando 
a muchos hombres del Norte por varias razones. Pensar de 
otra manera, después de haberlo visto aquí, implicaría estar 
hecho de una pasta que no me atrevería a calificar. Si hay al- 
guien que pueda dormir toda la noche yo le garantizaré que es 
capaz de seguir engordando en cualquier circunstancia, con tal 
que no le afecte ni a su piel ni a su cartera. Yo en cambio, puse 
papel y lápiz bajo mi almohada, y cuando no podía dormir 
escribía en la oscuridad. 

En general, mi respeto por mis compañeros, excepto en un 
caso de entre un millón, no va en aumento estos días. Me he 
dado cuenta de la frialdad con que hablan de este tema la pren- 
sa y la gente en general. Parece como si se hubiera atrapado a 
un vulgar malhechor, aunque de "valor" fuera de lo común 
(como parece que dijo el Gobernador de Virginia usando la 
jerga de las peleas de gallos, "el hombre más bravo que he 
conocido") y estuvieran a punto de colgarlo. No era en sus 
enemigos en quienes pensaba cuando el Gobernador lo encon- 
traba tan valeroso. Cuando tengo que oír estas observaciones 
de mis vecinos, o las oigo comentar, todo en mí se vuelve hiél. 
Al principio, cuando oímos que había muerto, uno de mis con- 
ciudadanos hizo la siguiente afirmación: "Murió como muere 
un idiota", lo cual -y perdonadme- me sugirió por un instante 
la semejanza entre el muerto y mi vecino vivo. Otros, de espíri- 
tu cobarde, dijeron menospreciándole que "había desperdicia- 
do su vida" por enfrentarse al gobierno. ¿De qué modo han 
desperdiciado ellos sus vidas? Parece como si elogiaran a un 
individuo que hubiese atacado él solo a una vulgar banda de 
ladrones y asesinos. Oigo que otro pregunta, con un estilo yan- 
qui: "¿Qué gana con eso?", como si hubiera pretendido llenar- 
se los bolsillos con esta empresa. Tal sujeto no entiende posible 
que exista otro tipo de beneficio distinto del material. Si no 
nos conduce a una fiesta "sorpresa", si no nos proporciona un 
par de botas nuevas o un voto de gracias, debe considerarse un 
fracaso. "Pero no va a ganar nada con ello." Pues no, supongo 
que no le van a dar un sueldo durante todo el año por ser 
ahorcado; pero de este modo tiene la oportunidad de salvar 
una parte considerable de su alma -¡y qué alma!- mientras que 



Desobediencia civil y otros textos/ 87 



ellos no. No hay duda de que en vuestro mercado dan más por 
un litro de leche que por un litro de sangre, pero no es ése el 
mercado al que llevan su sangre los héroes. 

Estos hombres no saben que el fruto sale según la semilla, y 
que en el mundo de la moral, cuando se siembra buena semilla, 
es inevitable un buen fruto, y no depende de nuestro riego y 
nuestro cultivo; del mismo modo, cuando siembras o entierras 
a un héroe en su patria, una cosecha de héroes surgirá sin duda. 
Es una semilla de tal fuerza y vitalidad que no necesita nuestro 
permiso para germinar. 

La carga de la Brigada Ligera en Balaclava, obedeciendo 
una orden estúpida, prueba que el soldado es una perfecta 
máquina, y ha sido celebrada, como era de esperar, por un poeta 
laureado; pero la firme y además afortunada carga de este hom- 
bre durante varios años contra las legiones de la Esclavitud, 
obedeciendo a un mandato infinitamente superior, es mucho 
más memorable que esta carga de la caballería inglesa, del mis- 
mo modo que el hombre inteligente y consciente es superior a 
la máquina. ¿Creéis que todo esto pasará sin ser proclamado? 

"Bien merecido lo tiene." "Es un hombre peligroso." "Sin 
duda es un demente." Por tanto proceden a vivir sus sanas, 
sabias, así como admirables vidas, leyendo algo de Plutarco 
pero principalmente parándose ante las proezas de Putnam, 
que fue abandonado dentro de la madriguera de un lobo; y de 
esa sabiduría se alimentan para poder acometer hazañas va- 
lientes y patrióticas algún día. La "Tract Society" se pudo per- 
mitir la publicación de la historia de Putnam. Deberíais abrir 
las escuelas del distrito con su lectura, ya que no hay nada en 
ella sobre la Esclavitud o la Iglesia, a no ser que le parezca al 
lector que algunos sacerdotes son lobos con piel de corderos. 
"La Junta Americana de Delegados para las Misiones Extran- 
jeras" podría incluso atreverse a protestar contra ese lobo. He 
oído hablar de Juntas y de Juntas americanas, pero da la ca- 
sualidad de que nunca he oído hablar de este barullo en con- 
creto, hasta hace muy poco. Y además he sabido que hombres 
y mujeres y niños del Norte, familias enteras, se hacen socios 
de por vida de tales sociedades. ¡Socio de por vida de una tum- 
ba! ¡Imposible conseguir un funeral más barato! 

Nuestros enemigos están entre nosotros, a nuestro alrededor. 



8 8 /Henry David Thoreau 



Difícilmente se podrá encontrar un hogar que no esté dividido 
porque nuestro enemigo no es otro que la ausencia universal 
de sensibilidad en la cabeza y en el corazón, la falta de vitali- 
dad en el hombre, que es la consecuencia de nuestro vicio; y de 
aquí surgen todos los tipos de miedo, superstición, fanatismo, 
persecución y esclavitud. Somos meros mascarones sobre una 
proa, tenemos hígados en lugar de corazones. La maldición es 
adorar a los ídolos, lo cual, a la postre cambia al adorador 
mismo en una imagen de piedra; y no olvidemos que el hombre 
de Nueva Inglaterra es tan idólatra como el hindú. En cambio 
este hombre fue una excepción, porque no levantó ni siquiera 
un ídolo político entre él y su Dios. 

¡Una iglesia que mientras exista no dejará de excomulgar a 
Cristo! ¡Abajo con vuestras iglesias anchas y bajas y vuestras 
iglesias estrechas y altas! Dad un paso adelante e inventad un 
nuevo estilo de retretes. Inventad una sal que os salve y proteja 
nuestro olfato. 

El cristiano moderno es un hombre que ha conseguido reci- 
tar todas las plegarias de la liturgia, con tal que se le deje des- 
pués ir derecho a la cama y dormir en paz. Todas sus oraciones 
empiezan con: "Ahora me acuesto a dormir", y siempre está 
esperando el momento de ir a su "descanso eterno". Ha con- 
sentido también, hasta cierto punto, en llevar a cabo ciertas 
caridades de viejo uso, pero no quiere oír hablar de ninguna de 
nueva instauración; no quiere tener ningún artículo suplemen- 
tario añadido a su contrato, para adaptarlo a los nuevos tiem- 
pos. Muestra el blanco de sus ojos el domingo y el negro el 
resto de la semana. El mal no es sólo una parálisis de la sangre 
sino también del espíritu. Sin duda alguna, muchos de ellos 
tienen buena intención pero son perezosos por naturaleza y 
por hábito, y no pueden concebir que un hombre se mueva por 
motivos más elevados que los suyos. En consecuencia, decla- 
ran a este hombre demente porque saben que en toda su vida 
ellos mismos nunca podrían comportarse como él. 

Soñamos con países extraños, con otras épocas y otras razas, 
situándolos en el tiempo y en el espacio; pero deja que nos 
ocurra algún suceso importante como el presente y descubrire- 
mos la distancia y el desconocimiento que media entre noso- 
tros y nuestros vecinos más próximos. Ellos son nuestras 

Desobediencia civil y otros textos/ 89 



Austrias, nuestras Chinas y nuestras Islas del Mar del Sur. Nues- 
tra sociedad amontonada, abre espacios de repente, es limpia y 
hermosa a la vista; una ciudad de grandes distancias. Esa es la 
razón por la que hasta ahora nunca habíamos pasado de los 
cumplidos y de un trato superficial con los demás. De pronto 
nos hacemos conscientes de que hay tantos kilómetros entre 
ellos y nosotros como entre un tártaro vagabundo y una ciu- 
dad china. El hombre reflexivo se convierte en un ermitaño en 
medio del bullicio del mercado. Mares impracticables se inter- 
ponen de repente entre nosotros o mudas estepas se extienden 
ante nosotros. Es la diferencia de manera de ser, de inteligencia 
y de fe, y no los arroyos y las montañas los que originan autén- 
ticos e intransitables límites entre los individuos y entre los 
Estados. Únicamente los que piensan igual que nosotros pue- 
den acudir con pleno derecho a nuestra corte. 

He leído todos los periódicos que pude conseguir la semana 
siguiente a este suceso, y no recuerdo que hubiera entre ellos 
una sola expresión de simpatía hacia este hombre. Desde en- 
tonces he leído una sola afirmación sensata y era en un perió- 
dico de Boston y no en el editorial. Algunos periódicos de gran 
extensión decidieron que no se imprimiría el informe completo 
de las palabras de Brown, para no excluir otros temas. Fue 
como si el editor hubiera rechazado el manuscrito del Nuevo 
Testamento para publicar el último discurso de Wilson. El mis- 
mo periódico que incluía esta noticia tan valiosa se dedicaba 
esencialmente, en columnas paralelas, a los informes de las 
convenciones políticas que se estaban celebrando. La compa- 
ración producía vértigo. Debieron haber evitado el contraste y 
haberlo publicado como un extra, al menos. ¡Pasar de las pala- 
bras y los hechos de hombres serios al cacareo de las conven- 
ciones políticas! ¡Candidatos a puestos públicos y habituales 
del discurso que carecen de toda honestidad y además de ser 
un fraude se permiten presumir! Su gran juego es el juego de 
las pajas, o mejor ese juego aborigen universal de los dados 
con el cual los indios exclamaban ¡hub, hub! Excluid los infor- 
mes de las convenciones políticas o religiosas y publicad las 
palabras de un hombre vivo. 

Pero no me opongo tanto a lo que han omitido como a lo 
que han publicado. Incluso el Liberator lo calificó de "un 



90 /Henry David Thoreau 



esfuerzo equivocado, salvaje y aparentemente loco". Por lo que 
respecta a la caterva de periódicos y revistas, da la casualidad 
que no conozco a ningún director en todo el país que publique 
deliberadamente algo que sabe que a la larga, le disminuirá 
permanentemente el número de suscriptores. No lo consideran 
ventajoso. ¿Cómo van a publicar la verdad? Si no les decimos 
las cosas que les agradan -argumentan- nadie nos hará caso. 
Por tanto hacen lo que algunos vendedores ambulantes que 
cantan canciones obscenas para hacerse con la muchedumbre 
en torno suyo. Los redactores republicanos, obligados a tener 
terminadas sus columnas para la edición de la mañana y 
acostumbrados a verlo todo bajo el prisma de la política, no 
muestran admiración, ni siquiera un sincero pesar, sino que 
llaman a estos hombres "fanáticos capciosos", "hombres equi- 
vocados", "dementes" o "locos". Esto nos sugiere qué clase de 
cuerdos redactores nos protege, no son "hombres equivocados", 
saben muy bien al menos de qué lado se les unta el pan. 

Un hombre realiza un acto valiente y humano y de repente, 
por todas partes oímos gente y partidos que declaran: "Yo no 
lo hice, y de ningún modo lo animé aé/a hacerlo. No es justo 
que se deduzca tal cosa de mi trayectoria"; por lo que a mí 
respecta, no tengo interés en oírles definir su posición. No creo 
haberlo tenido antes, ni creo que lo tendré nunca. En mi opi- 
nión esto no es más que puro egoísmo o impertinencia en estos 
momentos. No necesitáis tomaros tantas molestias en lavaros 
las manos respecto a él. Ningún ser inteligente creerá nunca 
que él tuviera algo que ver con vosotros. El mismo dijo que 
siempre hizo y deshizo "bajo los auspicios de John Brown y de 
nadie más". El partido Republicano no se da cuenta del núme- 
ro de personas que debido a este fallo tratarán de acertar me- 
jor en su voto en el futuro. Han captado los votos de 
Pennsylvania & Co., pero no han conseguido el voto del Capi- 
tán Brown. Les ha arrebatado el viento de las velas -el poco 
viento que tenían- y ahora se han quedado estancados y repa- 
ran sus averías. 

¡Y qué si no se suma a nuestra banda! ¡Aunque no aprobéis 
su método o sus principios, reconoced su magnanimidad! ¿No 
aceptaréis vuestra afinidad con él en este tema aunque no se 
asemeje a vosotros en ninguna otra cosa? ¿Acaso teméis perder 

Desobediencia civil y otros textos/ 91 



vuestra reputación? Lo que perdisteis por el espiche lo ganaréis 
por la piquera. 

Si no están de acuerdo con todo esto, entonces no dicen la 
verdad y no dicen lo que piensan. Simplemente continúan con 
sus viejos trucos. 

"Siempre se admitió que era" -dice uno que le llama loco- 
"un hombre consciente, muy modesto en su conducta, aparen- 
temente inofensivo hasta que surgió el tema de la Esclavitud, 
momento en que exhibió una incomparable capacidad de 
indignación". 

La esclavitud está de camino cargada de víctimas moribun- 
das; se suman nuevos barcos desde el océano; una pequeña 
tripulación de traficantes de esclavos, tolerados por una gran 
masa de pasajeros, están sofocando a cuatro millones de escla- 
vos bajo la escotilla, y todavía aseguran los políticos que el 
único medio de obtener la liberación es a través de la "pacífica 
difusión de sentimientos humanitarios" sin ningún "tumulto". 
Como si los sentimientos de humanidad se hallaran alguna vez 
sin la compañía de los hechos, y vosotros pudierais dispersar- 
los, acabar con el orden tan fácilmente como esparcir agua con 
una regadera, para asentar el polvo. ¿Qué es lo que oigo arro- 
jar por la borda? Los cuerpos de los muertos que han logrado 
su liberación. Este es el modo de "difundir" humanidad, y con 
ella sus sentimientos. 

Directores de prensa eminentes e influyentes, acostumbra- 
dos a tratar con políticos, hombres de un nivel infinitamente 
más bajo, dicen, en su ignorancia, que actuó "dejándose llevar 
por el sentimiento de venganza". Desde luego no conocen a 
este hombre. Deben crecer ellos mismos antes de empezar a 
imaginar como es él. No dudo que llegará el día en que conse- 
guirían verle tal como era. Tienen que concebirle como hom- 
bre de principios religiosos y de fe, y no como a un político o a 
un indio, como un hombre que no esperó a que le perjudicaran 
personalmente o le frustaran en algún pequeño interés propio, 
para entregar su vida en favor de los oprimidos. 

Si consideramos a Walker el representante del Sur, me en- 
cantaría poder decir que Brown fue el representante del Nor- 
te. Fue un hombre superior. No valoraba su existencia física 
tanto como sus ideales. No reconocía las leyes humanas 



92 /Henry David Thoreau 



injustas, sino que se enfrentaba a ellas siguiendo su concien- 
cia. Por una vez nos encontramos por encima de lo trivial y 
rastrero de la política, en la región de la verdad y la hombría. 
Ningún otro hombre en América se ha levantado con tanta 
persistencia y eficacia en favor de la dignidad del género hu- 
mano, reconociéndose a sí mismo hombre y por tanto tan vá- 
lido como cualquiera de los gobiernos. En este sentido fue más 
americano que todos nosotros. No necesitó a ningún aboga- 
do charlatán pronunciando falsos discursos para defenderlo. 
El pudo con todos los jueces elegidos por los electores ameri- 
canos, y con los funcionarios y con cualquier otro sector. No 
le hubiera podido juzgar un tribunal de su misma clase, por- 
que no había más personas de su clase. Cuando un hombre se 
enfrenta con serenidad a la condena y la venganza de la 
humanidad, elevándose literalmente un cuerpo entero por en- 
cima de ellos, aunque fuera el criminal más vil que se hubiese 
reconciliado consigo mismo, el espectáculo es sublime. ¿No 
os habíais percatado vosotros Liberators, vosotros Tribunes, 
vosotros Republicans?;y al compararnos con él los criminales 
somos nosotros. Haceos a vosotros mismos el honor de reco- 
nocerle. El no necesita de vuestro respeto. 

Por lo que se refiere a los periódicos demócratas, no son lo 
suficientemente humanos como para afectarme. No me indig- 
na nada de lo que puedan decir. 

Soy consciente de que me anticipo un poco, ya que por las 
últimas noticias, él está vivo todavía en manos de sus enemi- 
gos; pero, a pesar de ello, me he dejado llevar, al pensar y al 
hablar, por la idea de que estaba físicamente muerto. 

No me gusta que se erijan estatuas de aquéllos que aún 
viven en nuestros corazones y cuyos huesos aún no se han des- 
menuzado en la tierra cerca de nosotros, pero preferiría ver la 
estatua del capitán Brown en el patio del State-House de 
Massachusetts antes que la de cualquier otro hombre conoci- 
do. Me congratulo de vivir en estos tiempos, de ser contempo- 
ráneo suyo. 

Qué contraste cuando nos volvemos hacia ese partido po- 
lítico que está tan ansioso de quitárselo de en medio, a él y a 
su conspiración, y busca por todas partes un dueño de escla- 
vos disponible que figure como candidato, uno que al menos 



Desobediencia civil y otros textos/ 93 



haga cumplir la "Ley de Esclavos Fugitivos" y todas las 
demás leyes injustas contra las cuales él levantó sus armas 
con el fin de anularlas. 

¡Demente! ¡Un padre y seis hijos y un nieto y varios otros 
hombres -al menos en número de doce- todos afectados de 
demencia al mismo tiempo; mientras que un tirano cuerdo, 
sujeto con más tenacidad que nunca a sus cuatro millones de 
esclavos, y mil directores de prensa cuerdos, sus instigadores, 
están salvando al país y su pan! Igual de dementes fueron sus 
esfuerzos en Kansas. Preguntad al tirano quién es su enemigo 
más peligroso; ¿el hombre cuerdo o el demente? ¿Acaso los 
miles que le conocen bien, que se han regocijado con sus haza- 
ñas en Kansas y le han proporcionado ayuda material allí, le 
consideran un demente? Semejante uso de esta palabra es un 
simple tropo en boca de muchos que persisten en emplearlo, y 
no me cabe duda de que el resto ya se ha retractado de sus 
palabras en silencio. 

¡Leed sus admirables respuestas a Masón y a otros! ¡De qué 
modo quedan ellos ridiculizados y derrotados! Por un lado 
preguntas medio torpes, medio tímidas; por el otro, la verdad, 
clara como la luz estrellándose contra sus sienes obtusas. Están 
hechos para figurar junto a Pilatos y Gessler y la Inquisición. 
¡Qué ineficaces sus palabras y sus acciones!, ¡y qué vacíos sus 
silencios! No son más que herramientas inservibles a esta gran 
empresa. No fue ningún poder humano el que les congregó en 
torno a este predicador. 

¿Para qué han enviado a Massachusetts y al Norte a unos 
cuantos cuerdos representantes del Congreso, estos últimos 
años?, ¿para declarar con todas sus fuerzas cuáles son sus senti- 
mientos? Todos sus discursos juntos y reducidos a la más simple 
expresión -probablemente ellos mismos lo confiesen así- no 
alcanzan la rectitud y la fuerza propias de hombres, y en vez de 
la verdad simple, hacen alusiones casuales al loco de John Brown 
en la sala de máquinas en Harper's Ferry, a ese hombre que 
estáis a punto de ahorcar, de enviar al otro mundo, aunque allí 
no será vuestro representante. No, no ha sido representante 
nuestro en ningún sentido. Fue una clase de hombre demasia- 
do justo para representar a seres como nosotros. ¿Quiénes, pues, 
fueron sus electores? Si leéis sus palabras con atención lo 



94 /Henry David Thoreau 



descubriréis. En su caso no hay elocuencia hueca ni discursos 
elaborados o artificiosos, no halaga al opresor. Le inspira la ver- 
dad, y la seriedad pule sus afirmaciones. No le importaba perder 
sus rifles Sharps mientras le quedara la facultad de hablar, que es 
un rifle Sharps de una infinita mayor seguridad y alcance. 

¡Y el New York Herald publica la conversación verbatiml 
Esa publicación ignora que se ha convertido en vehículo de 
unas palabras inmortales. 

No siento ningún respeto por la perspicacia de cualquiera 
que, después de leer esa conversación, aún insista en que es la 
palabra de un loco. Suena con una mayor cordura de la que 
pueden proporcionar una disciplina normal y los hábitos de 
vida organizados y seguros. Extraed cualquier frase: "Toda 
aquella pregunta que pueda contestar con sinceridad, la con- 
testaré así y no de otro modo. En lo que a mi respecta, he 
hablado con total veracidad. Señores, yo valoro mi palabra". 
Esos que le reprochan su espíritu de venganza, mientras que lo 
cierto es que valoran su heroísmo, carecen de capacidad para 
reconocer a un ser noble, y no poseen mineral alguno que cam- 
biar por su oro puro. Lo mezclan con su propia escoria. 

Es un alivio pasar de estos difamadores al testimonio de 
sus carceleros y verdugos que, aunque amedrantados, son más 
veraces. El Gobernador Wise habla de él con mucha más jus- 
ticia y aprecio que cualquier periódico del Norte, político o 
personaje público del que yo haya tenido noticia. Creo que 
no os importará oír sus palabras acerca de este tema. Dice: 
"Se engañan a sí mismos los que le consideran loco... Es frío, 
sosegado e indómito y es justo decir de él que fue humanita- 
rio con sus prisioneros... Y me inspiró una gran confianza 
como hombre de bien. Es un fanático, vanidoso y locuaz" (no 
hago mías estas palabras del Sr. Wise), "pero firme, sincero e 
inteligente. Sus hombres, los que sobreviven, también son así... 
el Coronel Washington dice que fue el hombre más frío y te- 
naz que conoció, cuando se trataba de desafiar el peligro y el 
hambre. Con uno de sus hijos muerto a su lado y otro herido 
de bala, le tomaba el pulso a su hijo agonizante con una mano 
y con la otra sujetaba su rifle y mandaba a sus hombres con 
gran serenidad, animándoles a mantenerse firmes y a vender 
sus vidas tan caras como les fuera posible. De los tres 



Desobediencia civil y otros textos/ 95 



prisioneros blancos, Brown, Stevens y Coppoc, sería difícil 
decir quién mostraba más entrega". 

¡Casi el primer ciudadano del Norte que ganó el respeto del 
dueño de esclavos! 

El testimonio del Sr. Vallandigham, aunque menos valioso, 
sigue en la misma línea; dice que "es estúpido menospreciar a 
este hombre o a su conspiración... Él es lo opuesto a un rufián, 
un fanático o un loco". 

"Sin novedad en Harper's Ferry" -dicen los periódicos-. 
¿De qué clase es esa calma que persiste cuando la ley y los 
dueños de esclavos triunfan? Yo considero este suceso como 
una piedra de toque diseñada con el fin de descubrirnos, con 
absoluta claridad, la naturaleza de este gobierno. Precisába- 
mos de una ayuda como ésta para verlo a la luz de la historia. 
Debería verse a sí mismo. Cuando un gobierno utiliza todo su 
poder en proteger la injusticia, como hace el nuestro, soste- 
niendo la esclavitud y matando a los libertadores del esclavo, 
se está comportando como una fuerza bruta, o peor, como una 
fuerza demoníaca. Es la cabeza de los "Plug Uglies". Ahora es 
más manifiesto que nunca que la tiranía gobierna. Veo que este 
gobierno se ha aliado de hecho con Francia y Austria para re- 
primir a la humanidad. En él se sienta un tirano sujetando las 
cadenas de cuatro millones de esclavos; aquí viene su heroico 
libertador. Este gobierno hipócrita y diabólico, levanta la vista 
sobre los cuatro millones jadeantes y pregunta desde su esca- 
ño, adoptando un aire de inocencia: "¿Por qué me atacáis? 
¿No soy acaso un hombre honrado? Dejad de agitaros por este 
tema u os convertiré en esclavos u os colgaré". 

Estamos hablando de un gobierno representativo; pero, ¿qué 
monstruo de gobierno es ése en el que las facultades mentales 
más nobles y todo el corazón no están representados? Se trata 
de un tigre semihumano o de un buey que avanza con paso 
majestuoso sobre la tierra, con el corazón arrancado y la tapa 
del cráneo levantada de un tiro. Los héroes han luchado va- 
lientemente desde sus trincheras incluso después de que las balas 
alcanzaran sus piernas, pero nunca se ha oído que un gobierno 
de tales características hiciera algo bueno. 

El único gobierno que reconozco -y no importa que tenga 
pocas personas a la cabeza o que tenga un ejército pequeño- es 



96 /Henry David Thoreau 



el poder que establece la justicia en su territorio, nunca el que 
establece la injusticia. ¿Qué pensaremos de un gobierno para 
el que todos los hombres realmente valientes y honrados de su 
territorio son enemigos que se interponen entre él y aquéllos a 
los que oprime? ¡Un gobierno que alardea de ser cristiano y 
crucifica a un millón de Cristos cada día! 

¡Traición! ¿Dónde se origina semejante traición? No puedo 
evitar pensar en vosotros como os merecéis, en vosotros, go- 
biernos. ¿Podéis secar las fuentes del pensamiento? La alta trai- 
ción, cuando no es sino resistencia a la tiranía de aquí abajo, 
tiene su origen y está inspirada por el poder que crea y recrea al 
hombre. Cuando hayáis capturado y colgado a todos esos re- 
beldes humanos, no habréis conseguido nada excepto vuestra 
propia culpabilidad, ya que no habréis extirpado las raíces. 
Dais por sentado que os enfrentáis con un enemigo al que no 
apuntan los cadetes de West Point ni los cañones. ¿Puede todo 
el arte del fundidor del cañón hacer que la materia se vuelva 
contra su creador? ¿Es la forma en que el fundidor quiere for- 
jarlo más importante que la materia que constituye al cañón y 
a él mismo? 

Los Estados Unidos tienen una cantidad de esclavos que 
suma cuatro millones. Este país está decidido a mantenerlos en 
esas condiciones y Massachusetts es uno de los superintenden- 
tes confederados que debe evitar su huida. No piensan así to- 
dos los habitantes de Massachusetts, pero sí al menos los que 
mandan y los que obedecen. Fue Massachusetts junto con Vir- 
ginia quien sofocó esta insurrección de Harper's Ferry. Tras 
enviar allí a los soldados deberá pagar el castigo por su pecado. 

Suponed que exista en este Estado una sociedad que, de su 
propio bolsillo y por su magnanimidad, salve a todos los escla- 
vos fugitivos que acuden a nosotros, proteja a nuestros conciu- 
dadanos de color y deje el resto del trabajo al así llamado, 
gobierno. ¿No le supondría eso perder rápidamente sus fun- 
ciones de gobierno y hacerse despreciable para la humanidad? 
Si algunas sociedades privadas se ven obligadas a llevar a cabo 
las tareas del gobierno para proteger a los débiles y hacer justi- 
cia, entonces el gobierno se convierte tan sólo en un asalariado, 
un empleado para desempeñar servicios mínimos o sin 
trascendencia. Por supuesto, un gobierno que precisara un 

Desobediencia civil y otros textos/ 97 



Comité de Vigilancia, no sería sino la sombra de un gobierno. 
¿Qué pensaríamos incluso del Cadi oriental, tras el cual fun- 
cionase en secreto un Comité de Vigilancia? Y, hasta cierto 
punto, estos gobiernos desquiciados reconocen y aceptan esa 
relación. En la práctica, vienen a decir: "Nos alegrará trabajar 
por vosotros con esas condiciones, con tal de que no se publi- 
que demasiado". Y así el gobierno, con el sueldo asegurado, se 
retira a la trastienda llevándose la Constitución y dedica la 
mayor parte de su esfuerzo a repararla. A veces, cuando oigo 
decir tales cosas en el trabajo, me acuerdo, en el mejor de los 
casos, de esos labradores que maquinan el modo de sacar al- 
gún dinero extra en invierno dedicándose al negocio de los 
barriles. ¿Y qué bebida alcohólica almacena ese barril? Espe- 
culan en la bolsa y hacen agujeros en las montañas, pero no 
tienen la capacidad de construir siquiera una carretera decen- 
te. La única carretera libre la "Underground Railroad", es pro- 
piedad del Comité de Vigilancia y él la administra. Ellos han 
cavado galerías a lo largo de toda esta tierra. Semejante gobier- 
no está perdiendo su poder y su respetabilidad con la misma 
rapidez que el agua se filtra por una vasija agrietada, pero no 
se escapa de una en buen estado. 

Oigo a muchos que condenan a estos hombres por su 
número tan reducido. ¿Cuándo estuvieron en mayoría los hon- 
rados y los valientes? ¿Hubierais preferido que su acción se 
interrumpiera esperando ese momento, hasta que vosotros y 
yo nos uniéramos a él? Este mismo hecho de que no tuviera una 
chusma o una tropa de mercenarios en torno suyo lo distingue 
de los héroes corrientes. Su compañía era reducida porque los 
dignos de pasar revista eran bien pocos. Allí, cada hombre que 
ofrecía su vida por los pobres y los oprimidos era un hombre 
elegido, sacado de entre varios miles, millones; un hombre de 
principios, de valor poco usual y acendrada humanidad; dis- 
puesto a sacrificar su vida en cualquier momento por el benefi- 
cio de sus hermanos. Yo dudo que hubiera más hombres de 
estas características en todo el país (y esto por lo que se refiere 
sólo a sus seguidores); respecto al líder, no cabe duda de que 
barrió todo lo ancho y largo de estas tierras para incrementar 
su tropa. Estos fueron los únicos hombres dispuestos a 
colocarse entre el opresor y los oprimidos. Fueron sin duda 



98 /Henry David Thoreau 



alguna los mejores que podíais seleccionar para colgarlos. Ese 
es el mayor cumplido con que podía pagarles este país. Ellos 
estaban preparados para la horca. Ya se ha colgado a bastan- 
tes, pero a pesar de haberlo intentado nunca antes se había 
dado con los más adecuados. 

Cuando pienso en él, en sus seis hijos y en su yerno, sin 
mencionar a los otros alistados en su lucha, comportándose 
fríamente, con reverencia, con solidaridad en su trabajo, dur- 
miendo y despertándose por la lucha, pasando veranos e in- 
viernos sin esperar recompensa alguna excepto una conciencia 
limpia, mientras que casi toda América se alineaba en el lado 
opuesto, digo de nuevo que esto me afecta a mí como un espec- 
táculo sublime. Si él hubiera tenido algún periódico apoyando 
"sw causa"; un órgano, como se suele decir, repitiendo monó- 
tona y tristemente la misma vieja canción y después pasara la 
gorra, eso hubiera sido fatal para su eficacia. Si hubiera mani- 
festado de algún modo su enfrentamiento al gobierno, hubiera 
resultado sospechoso. Lo que le distinguía de todos los 
reformadores que conozco hasta hoy era el hecho de que no 
estaba dispuesto a pactar con el tirano. 

Su peculiar doctrina era que un hombre tiene perfecto dere- 
cho a interferir por la fuerza contra el amo, como medio para 
rescatar al esclavo. Yo estoy de acuerdo con él. Aquéllos que se 
sienten continuamente escandalizados por la esclavitud tienen 
cierto derecho a escandalizarse por la muerte violenta del amo, 
pero no los demás. Estos se escandalizarán más por su vida 
que por su muerte. No seré yo el primero que considere un 
error su método para liberar esclavos lo más rápidamente po- 
sible. Hablo por boca del esclavo cuando digo que prefiero la 
filantropía del Capitán Brown a esa otra filantropía que ni me 
dispara ni me libera. De todos modos, no creo que sea bueno 
pasarse la vida hablando o escribiendo sobre este tema, a no 
ser que uno esté continuamente inspirado, y yo no lo estoy. Un 
hombre puede tener otros asuntos legítimos que atender. Yo 
no deseo matar ni ser matado, pero puedo vislumbrar circuns- 
tancias en las cuales ambas cosas me resulten inevitables. Man- 
tenemos la llamada paz de nuestra comunidad con pequeños 
actos de violencia cotidiana, ¡ahí está la porra del policía y las 
esposas!, ¡ahí tenemos la cárcel!, ¡ahí tenemos la horca!, ¡ahí 



Desobediencia civil y otros textos/ 99 



tenemos al capellán del regimiento! Confiamos en vivir a salvo 
únicamente fuera del alcance de este ejército provisional. Por 
tanto, nos protegemos a nosotros y a nuestros gallineros y 
mantenemos la esclavitud. Sé que la masa de mis compatriotas 
piensa que el único uso justo que se puede hacer de los rifles 
Sharps y de los revólveres es librar duelos cuando otras nacio- 
nes nos insultan, o cazar indios, o disparar a los esclavos fugi- 
tivos o cosas parecidas. Yo creo que por una vez los rifles Sharps 
y los revólveres se emplearon en una causa justa. Los instru- 
mentos estaban en las manos del que sabía utilizarlos. 

La misma indignación que se dice vació el templo una vez, 
volverá a vaciarlo. La cuestión no está en el arma, sino en el 
espíritu con que se use. No ha nacido todavía ningún hombre 
en América que amara tanto a sus semejantes y les tratara con 
tanta ternura. Vivía para ellos. Tomó su vida y se la ofreció a 
ellos. ¿Qué clase de violencia es ésa que promueven, no lo sol- 
dados, sino los pacíficos ciudadanos; no tanto las sectas no 
pacifistas, sino los cuáqueros; y no tanto los hombres cuáque- 
ros como las mujeres cuáqueras? 

Este suceso me recuerda que existe algo llamado muerte, la 
posibilidad de la muerte de un hombre. Parece como si todavía 
no hubiera muerto ningún hombre en América, ya que para 
morir, uno tiene que haber vivido antes. Yo no creo en los co- 
ches fúnebres, los paños mortuorios y los funerales que han 
tenido. No hubo muerte en esos casos porque no hubo vida; 
simplemente se pudrieron y se degradaron bajo la tierra del 
mismo modo que se habían podrido y degradado en vida. No 
se desgarró ningún velo del templo, sólo se cavó una fosa en 
cualquier parte. Que los muertos entierren a sus muertos. Los 
mejores simplemente dejaron de funcionar, como un reloj, 
Franklin, Washington, ellos salieron bien librados sin morir; 
tan sólo desaparecieron un día. Oigo a muchos que fingen que 
se van a morir, o que se han muerto, incluso. ¡Tonterías! Les 
reto a que lo hagan. No hay suficiente vida en ellos. Se licuarán, 
como los hongos y mantendrán a cien aduladores enjugando el 
lugar en que se desvanecieron. Sólo han muerto media docena 
aproximadamente desde que empezó el mundo. ¿Cree usted, 
señor, que se va a morir? ¡No! No hay ninguna esperanza. No 
ha aprendido la lección aún. Debe quedarse después de clase. 



100 /Henry David Thoreau 



Estamos protestando demasiado a causa de la pena de muerte: 
arrancar vidas, cuando no hay vidas que quitar. ¡Memento mori! 
No entendemos esa frase sublime que algún personaje hizo 
esculpir sobre su tumba en alguna ocasión. La hemos interpre- 
tado en un sentido rastrero y lastimoso; hemos olvidado 
completamente cómo se muere. 

Pero así y todo, aseguraos de que morís. Haced vuestro tra- 
bajo y terminadlo. Si sabéis cómo empezarlo, sabréis cuándo 
terminarlo. 

Estos hombres al enseñarnos a morir, nos han enseñado al 
mismo tiempo a vivir. Si los actos y las palabras de este hombre 
no originan un renacimiento, ésta será la sátira más dura posi- 
ble que se escriba sobre actos y palabras que sí lo originan. 
Esta es la mejor noticia que América haya escuchado. Ha ace- 
lerado el débil pulso del Norte e infundido más y más sangre 
generosa a sus venas y a su corazón, que varios años de los que 
se suele llamar prosperidad comercial y política. ¡Cuántos hom- 
bres que consideraban recientemente la idea del suicidio tienen 
ahora algo por lo que vivir! 

Un escritor dice que la peculiar monomanía de Brown le hizo 
ser "temido por los habitantes de Missouri como si fuera un ser 
sobrenatural". Sin duda alguna, un héroe entre nosotros, tan 
cobardes, es siempre temido así. El es así. Aparece como supe- 
rior a la naturaleza. Hay una chispa de divinidad en él. 

¡Si sobre él mismo no logra elevarse, 
qué pequeña cosa es el hombre! 

¡Los directores de periódicos argumentan también que una 
prueba de su demencia es que se creía destinado para el trabajo 
que hizo, que no dudó ni un momento! Hablan como si fuese 
imposible que un hombre pudiera hacer un trabajo hoy en día 
"destinado a él por Dios"; como si las promesas y la religión 
estuvieran pasados de moda en relación con cualquier otro tra- 
bajo cotidiano; como si el agente para abolir la esclavitud pu- 
diera ser solamente alguien designado por el Presidente, o por 
un partido político. Hablan como si la muerte de un hombre 
fuera un fracaso y la continuación de su vida, sea del tipo que 
sea, fuera un éxito. 



Desobediencia civil y otros textos/ 101 



Cuando reflexiono sobre la causa a la que se entregó este 
hombre, y cuán religiosamente, y después reflexiono sobre la 
causa a la que se entregan sus jueces y todos los que le conde- 
nan con tanta energía y ligereza, me doy cuenta de que hay la 
misma distancia entre ambos que hay entre el cielo y la tierra. 

Esto pone de manifiesto que nuestros "líderes" son una gente 
inofensiva, y saben demasiado bien que ellos no fueron desig- 
nados por Dios sino elegidos por los votos de su partido. 

¿Quién es el que precisa para su seguridad que se cuelgue al 
Capitán Brown? ¿Es acaso indispensable para algún ciudada- 
no del Norte? ¿No hay otra salida que arrojar a este hombre al 
Minotauro? Si no lo deseáis, decidlo claramente. Mientras se 
estén haciendo cosas como ésta, la belleza permanece velada y 
la música es una mentira que chirría. ¡Pensad en él, en sus raras 
cualidades!, es el tipo de hombre que tardará mucho en repe- 
tirse y tardará mucho en ser comprendido; no se trata de un 
héroe cómico, ni del representante de ningún partido. El sol no 
volverá a salir en esta bendita tierra sobre otro hombre como 
él. ¡Para el que nació con más cualidades; para el inquebranta- 
ble, enviado para redimir a los cautivos; y lo único que se os 
ocurre es colgarlo del extremo de una cuerda! Vosotros que 
aparentáis sufrir por Cristo crucificado, considerad lo que vais 
a hacer al que ofreció su vida por la salvación de cuatro millo- 
nes de hombres. 

Todo hombre sabe cuándo está justificado, y todos los inteli- 
gentes del mundo serían incapaces de darle luz sobre el tema. El 
asesino siempre sabrá que se le castiga justamente; pero 
cuando un gobierno quita la vida a un hombre sin el consenti- 
miento de su conciencia, nos encontramos ante un gobierno au- 
daz que está dando un paso hacia su propia disolución. ¿Acaso 
es imposible que un solo individuo tenga la razón y un gobierno 
esté equivocado? ¿Deben imponerse las leyes tan sólo porque se 
hayan aprobado?, ¿o declararlas válidas por un número cual- 
quiera de hombres, si no son válidas? ¿Tiene que ser el hombre 
necesariamente el instrumento que lleve a cabo un acto que su 
propia naturaleza rechaza? ¿Acaso pretenden los legisladores que 
los hombres buenos sean colgados siempre? ¿Pretenden los jue- 
ces interpretar la ley de acuerdo con la Letra y no con el espíritu? 
¿Qué derecho tenéis vosotros a llegar al acuerdo de que haréis 



1 02 /Henry David Thoreau 



esto o lo otro, en contra de vuestra propia razón? ¿Es labor 
vuestra, al tomar cualquier resolución, decidir sin aceptar las 
razones que se ofrecen, que muchas veces ni siquiera compren- 
déis? Yo no creo en los abogados, en ese modo de acusar o de- 
fender a un hombre, porque descendéis para tratar con el juez 
en su propio campo y, en los casos más importantes, no tiene 
mayor trascendencia si un hombre transgrede una ley humana o 
no. Dejad que los abogados decidan en casos triviales. Los hom- 
bres de negocios pueden solucionar esas cosas entre ellos. Si ellos 
fueran los intérpretes de las leyes eternas que obligan al hombre 
con auténtica justicia, eso ya sería distinto. ¡Esto es como una 
fábrica falsificadora de leyes que se sitúa parte en un país de 
esclavitud y parte en un país de libertad! ¿Qué clase de leyes 
podéis esperar de ella para el hombre libre? 

Estoy aquí para interceder por su causa ante vosotros. No 
intercedo por su vida sino por su naturaleza, por su vida in- 
mortal, y eso sí es enteramente asunto vuestro y no de ellos. 
Hace mil ochocientos años Cristo fue crucificado; esta mañana 
posiblemente, el Capitán Brown haya sido colgado. Esos son 
los dos extremos de una cadena que no carece de eslabones. 
Ha dejado de ser el viejo Brown; es un ángel de la luz. 

Ahora comprendo que fue necesario que el hombre más 
valiente y humano de todo el país fuera colgado. Tal vez él 
mismo lo haya comprendido. Casi temo enterarme de que le 
hayan liberado, porque dudo que la prolongación de su vida, o 
de cualquier otra pueda hacer más bien que su muerte. 

"¡Descarriado!" "¡Granuja!" "¡Demente!" "¡Vengativo!" 
Eso escribís desde vuestras poltronas, y el herido responde así 
desde el suelo del Armory, claro como un cielo sin nubes, con 
la verdad en los labios, como si fuera la suya la voz de la natu- 
raleza: "No me envió aquí hombre alguno, fue mi propia 
voluntad y la de mi Creador. No reconozco a ningún jefe de 
condición humana". 

Y con qué noble y dulce talante continúa dirigiéndose a los 
que le apresaron y que se sitúan por encima de él: "Creo, ami- 
gos, que sois culpables de un gran error contra Dios y la 
humanidad, y sería perfectamente justo que alguien interfirie- 
ra en vuestras cosas con el fin de liberar a ésos que vosotros 
mantenéis voluntaria y cruelmente en cautiverio". 

Desobediencia civil y otros textos/ 103 



Y, refiriéndose a su actividad: "Este es, en mi opinión, el 
mayor servicio que un hombre puede ofrecerle a Dios". 

"Me apenan los pobres cautivos que no tienen a nadie que 
les ayude; por eso estoy aquí, no para satisfacer ninguna ani- 
mosidad personal, venganza o espíritu revanchista, sino por 
mi simpatía hacia los oprimidos y los agraviados que son tan 
buenos como vosotros y tan preciosos a los ojos de Dios." 

Vosotros no reconocéis vuestro testamento cuando lo te- 
néis delante. 

"Quiero que entendáis que yo respeto los derechos de los 
hombres de color más pobres y más débiles, oprimidos por el 
poder esclavizador, del mismo modo que respeto los de los más 
ricos y poderosos." 

"Me gustaría decir, además, que haríais mejor, vosotros, 
todos los hombres del Sur, en prepararos para solucionar esta 
cuestión, que deberá terminarse de una vez antes de que estéis 
dispuestos a ello. Cuanto antes os preparéis, mejor. Os podéis 
deshacer de mí muy fácilmente. Ya casi estoy eliminado, pero 
esta cuestión aún tendrá que solucionarse -este problema de 
los negros, me refiero-; el fin de ese problema no ha llegado 
aún." 

Imagino el momento en que el pintor dibujará esa escena sin 
ir a Roma en busca del modelo; el poeta la cantará; el historia- 
dor la registrará; y, con el desembarco de los "Peregrinos" y la 
Declaración de Independencia, será el ornamento de un futuro 
museo nacional, cuando al fin la forma actual de esclavitud ya 
no persista. Entonces tendremos libertad para llorar por el Ca- 
pitán Brown. Entonces, y no antes, llegará nuestra venganza. 



1 04 /Henry David Thoreau 



Carta a H. G. O. Blake* 



Concord, 27 de marzo de 1848 

Me alegra escuchar que alguna de mis palabras, aunque 
dichas hace tanto tiempo que apenas puedo pedirles que se 
identifiquen con su autor, te hayan alcanzado. Me complace 
porque entonces tengo motivos para suponer que he escrito 
algo concerniente al hombre, y que no es vano que el hombre 
se dirija al hombre. Este es el valor de la literatura. Con todo, 
esos días son tan distantes, en todo sentido, que he tenido que 
mirar esa página otra vez para saber cuál era el tenor de mis 
pensamientos entonces. Apreciaré ese artículo, de cualquier 
modo, tan sólo porque fue la ocasión para que me enviaras tu 
carta. 

Creo que existe una íntima relación entre la vida exterior y 
la vida interior; creo que si alguien lograse superar su vida, el 
mundo seguiría ignorándolo; creo que diferencia y distancia se 
identifican. Ansiar una verdadera vida es como emprender un 
viaje a un lejano país, y verse poco a poco rodeado de ignorados 
paisajes y de gentes nuevas. Envuelto en mi pasado, compren- 
do que estoy muy lejos de vivir una vida mejor y más bella, en 
su pleno sentido. El mundo externo no es sino lo inverso de lo 
que está en nosotros. Las costumbres no ocultan a los hom- 
bres; por el contrario, los muestran sin apariencias, como real- 
mente son. En realidad las costumbres forman su vestimenta. 
Poco me importa el curioso razonamiento que invocan quienes 
siguen fieles a las costumbres. Las circunstancias no son rígi- 
das ni irreductibles como nuestros actos. ¡Cuántas veces nos 
expresamos con vaguedad, como si una vida divina pudiera 
injertarse o construirse en nuestra vida presente, a modo de 
apropiado cimiento! Para transformar nuestra vida 

La carta a Harrison Gray Otis Blake es una de las veintisiete que le envió, 
escritas entre marzo de 1848 y noviembre de 1860. Se encuentran en The 
Writings of Henry David Thoreau, Familiar Letters, vol. VI, F.B. Sanborn 
(ed.), The Riverside Press, Cambridge, 1906. 

Desobediencia civil y otros textos/ 105 



debiéramos rehacer la antigua, excluir todo el calor de 
nuestros afectos; quizás sea imposible. El mirlo construye su 
vivienda sobre el huevo del cuclillo, y allí incuba sus huevos. 
Pero la separación es leve, e incuba también el ajeno. El cuclillo 
le aventaja en un día, y, al nacer su cría, expulsa a los pichones 
del mirlo. No hay otra solución entonces: destruir el huevo del 
cuclillo o construir un nido nuevo. 

El cambio es siempre cambio. Ninguna vida nueva ocupa 
viejos cuerpos. Los cuerpos viejos se pudren. La vida es lo que 
nace, crece y florece. Los hombres intentan reanimar patética- 
mente lo antiguo, y por eso lo toleran y soportan. ¿Por qué 
limitarnos a embalsamar? ¡Abandonemos ya los ungüentos y 
los sudarios, y vayamos en busca de un cuerpo naciente! En las 
antiguas catacumbas de Egipto podemos comprobar el resul- 
tado de su experiencia. No ignoramos su fin. 

Creo en la simplicidad. Es asombroso y triste ver como has- 
ta el hombre más sabio ocupa sus días en asuntos triviales, 
creyéndose obligado a relegar a último término cuestiones más 
importantes. Si un matemático desea resolver un problema, 
difícil, comienza por despojar a la ecuación de toda dificultad, 
reduciéndola a su más simple expresión. Simplifiquemos el pro- 
blema de la existencia y distingamos lo necesario de lo real. 
Sondeemos la tierra para ver donde corren nuestras raíces- 
madres. Yo quisiera basarme siempre en los hechos. ¿Por qué 
no ver, por qué no servirnos siempre de nuestros propios ojos? 
¿O es que los hombres no saben ni conocen nada? Sé de mu- 
chas personas, difíciles de ser engañadas en asuntos comunes, 
muy recelosas de una mala jugada, que disponen mesurada- 
mente de su dinero y saben como gastarlo, que gozan fama de 
cautos y listos, y que sin embargo consienten en pasarse gran 
parte de su existencia como cajeros entre las cuatro paredes de 
un banco, hombres que hoy brillan un poco, para enmohecerse 
mañana y finalmente desaparecer. Si son realmente capaces, 
¿por qué hacen lo que están haciendo? ¿Saben bien lo que es el 
pan, y para qué sirve? ¿Tienen noción del valor y significado 
de la vida? Porque si supieran algo, ¡qué pronto olvidarían lo 
que ahora les interesa! 

Esta vida, nuestra respetable vida de todos los días, tras de 
la que firmemente se apuntala el hombre de buen sentido, el 



106 /Henry David Thoreau 



inglés del mundo civilizado, y sobre la que reposan todas nues- 
tras insignes instituciones, no deja de ser una ilusión que se 
desvanece como la trama inconsútil de una visión fugaz. En 
cambio, el más leve resplandor de realidad que suele iluminar 
días oscuros para todos los hombres, nos revela algo más con- 
sistente y durable que el bronce fundido, algo que es en verdad 
la piedra angular del mundo. 

El ser humano es incapaz de concebir un estado de cosas 
que no sea realizable. ¿Podemos consultar honestamente a nues- 
tra conciencia y afirmar que es así? ¿Qué hechos invocamos al 
afirmar que nuestros sueños son prematuros? ¿Han alguna vez 
oído hablar de un hombre que haya luchado consecuentemen- 
te durante toda su vida por una finalidad, y que no la lograra 
en cierta medida? Un hombre en estado de continua ansiedad, 
¿no se siente ya elevado en virtud de ella? ¿Quién que haya 
ensayado la menor acción de heroísmo, de magnanimidad, o 
tendido hacia la verdad y sinceridad, no halló cierta ventaja, 
algo más que no fuera perder el tiempo? Es natural que no 
esperemos a que nuestro paraíso sea un jardín. Ignoramos lo 
que pedimos. Observemos la literatura. ¡Cuán bellos pensa- 
mientos concibió cada uno de nosotros, y qué pocos bellos 
pensamientos fueron expresados! Y sin embargo, no hay nin- 
gún sueño, por más sutil o etéreo que fuere, que el simple ta- 
lento, secundado por cierta resolución y constancia, después 
de mil fracasos, no logre fijar y grabar en palabras distintas y 
duraderas. Nuestros sueños son los hechos más positivos que 
conocemos. Pero ahora no hablamos de sueños. 

Lo que se puede expresar con palabras, puede igualmente 
expresarlo nuestra vida. 

Mi vida actual, es un hecho del que no debo congratular- 
me, pero respeto mi fe y mis aspiraciones. De ellos hablo aho- 
ra. Nuestro estado es demasiado simple para describirlo. No 
he prestado juramento alguno. No he trazado ningún plan so- 
bre la sociedad, la Naturaleza, o Dios. Soy simplemente lo que 
soy, o más bien, comienzo a serlo. 

Vivo en el presente. El pasado no es en mí sino un recuerdo, 
y el porvenir una anticipación. Amo vivir. Prefiero una refor- 
ma antes que un programa. No puede hacerse historia de cómo 
el mal se ha vuelto lo mejor. Creo, y nada existe al margen de 



Desobediencia civil y otros textos/ 107 



mi creencia. Sé que yo soy. Sé que otro existe, que sabe más 
que yo, que por mí se interesa, del que soy su criatura, y en 
cierto modo también progenitor. Sé que la empresa vale la pena, 
que las cosas van bien. No he recibido ninguna noticia adversa. 

En cuanto a las posiciones, a las combinaciones, a los deta- 
lles, ¿qué pueden significar? Si contemplamos el firmamento, 
cuando el tiempo es claro, ¿qué percibimos sino el cielo y el sol? 

¿Quieres convencer a un hombre de que hace mal? Haz el 
bien. Pero es inútil convencerle con palabras. Los hombres creen 
en lo que ven. Procura que vean. 

Prosigan su vida, obstínense en vivirla, y como un perro en 
torno del coche de su amo, giren en torno a su vida. 

Realicen aquello que más aman. Para conocer bien su hue- 
so, róanlo, entiérrenlo y desentiérrenlo para roerlo más aún. 
No es preciso demasiada moral. Sería trampearse a sí mismo 
con un exceso de vida. Vayan más allá de la moralidad. No se 
contenten con ser buenos; hay que serlo a toda costa. Todas las 
fábulas encierran su moral, pero los inocentes que escuchan 
hallan placer sobre todo por la historia que narran. Nada se 
interpone entre ustedes y la luz. Respeten a los hombres, respe- 
ten a sus hermanos, y nada más. Cuando emprendan viaje a la 
Ciudad Celeste, no lleven carta de recomendación. Cuando lla- 
men, pidan ver a Dios, y nunca a los lacayos. En algo que más 
los concierne, no se les ocurra pensar que existen camaradas 
suyos. Hagan de cuenta que están solos en el mundo... 

Hasta este punto escribo desaciertos. Necesito verte, y con- 
fío en que lo haré, para corregir mis errores. Tal vez tengas 
algunos oráculos para mí. 

Henry Thoreau 



108 /Henry David Thoreau 



Un paseo de invierno" 



El viento se filtra con un quedo murmullo a través de los 
postigos, o sopla con aterciopelada suavidad sobre las venta- 
nas. De vez en cuando, suspira como un céfiro de verano agi- 
tando las hojas durante toda la santa noche. El ratón de campo 
se ha dormido en su abrigado pasadizo subterráneo, el búho se 
ha instalado en un árbol hueco en la profundidad de los panta- 
nos; el conejo, la ardilla y el zorro, todos se han puesto a cu- 
bierto. El perro guardián se ha tumbado tranquilo junto al 
hogar, y el ganado se ha quedado en silencio en el establo. La 
tierra misma se ha dormido, como si fuera su primer, y no su 
último sueño. Salvo algún ruido de la calle o la puerta de la 
casa de madera que chirría débilmente interrumpiendo el des- 
consuelo de la naturaleza en su funcionamiento nocturno, el 
único sonido despierto entre Venus y Marte nos advierte de 
una distante calidez interior, un ánimo y fraternidad divinos, 
donde los dioses se reúnen, pero que resulta desolador para los 
hombres. Sin embargo, mientras duerme la tierra, el aire está 
despierto y se ha llenado de ligerísimos copos que caen, como 
si reinara una Ceres boreal y arrojara su grano plateado sobre 
todos los campos. 

Dormimos, y al final despertamos a la inmóvil realidad de 
una mañana de invierno. La nieve yace tibia como el algodón y 
se acumula sobre el alféizar de la ventana; el marco hinchado y 
los cristales helados reciben una débil luz privada que realza la 
acogedora comodidad interior. La quietud de la mañana es 
impresionante. El suelo cruje bajo nuestros pies cuando nos 
acercamos a la ventana a mirar un claro sobre los campos. 
Vemos los techos bajo el peso de la nieve. De los aleros y las 
cercas cuelgan estalactitas de hielo, y en el jardín se alzan 
estalagmitas que cubren su corazón oculto. Los árboles y los 
arbustos elevan sus brazos blancos al cielo; y donde había pa- 
redes y setos vemos formas fantásticas que retozan haciendo 

* "A Winter Walk", The Dial, vol. IV, núm. 2, octubre de 1843. 

Desobediencia civil y otros textos/ 109 



cabriolas por el sombreado paisaje, como si la Naturaleza hu- 
biera esparcido sus diseños hechos durante la noche como 
modelos para el artista. 

Abrimos la puerta en silencio, dejando que caiga dentro la 
nieve amontonada, y salimos a enfrentarnos con el aire cortan- 
te. Las estrellas ya han perdido parte de su brillo, y una niebla 
opaca y plúmbea bordea el horizonte. Una tenue luz broncea- 
da sobre el Este proclama la llegada del día, mientras el paisaje 
occidental aún permanece espectral y oscuro, envuelto en una 
tenebrosa luz tartárea, como si fuera un reino umbrío. 

Se oyen sólo sonidos infernales: el canto de los gallos, el 
ladrido de los perros, hachazos contra la madera, el mugir de 
las vacas... todo parece venir del corral de Plutón, más allá de 
la laguna Estigia, no porque evoquen melancolía alguna, sino 
porque su bullicio crepuscular es demasiado solemne y miste- 
rioso para la tierra. El rastro fresco de algún zorro o alguna 
nutria en el huerto nos recuerda que la noche está repleta de 
acontecimientos, y la naturaleza primitiva aún sigue en mar- 
cha dejando huellas en la nieve. Abrimos la verja y echamos a 
andar a paso vivo por el solitario camino; la nieve seca y que- 
bradiza cruje bajo nuestros pies y nos estimula el chirrido agu- 
do del trineo de madera que parte hacia el distante mercado, 
desde la puerta matinal del granjero donde ha permanecido 
todo el verano soñando entre las briznas de hierba y los rastro- 
jos, mientras vemos de lejos la luz de la primera vela a través 
de las ventanas nevadas de la granja, como una pálida estrella 
que emite su rayo solitario o una severa virtud rezando sus 
maitines. Las volutas de humo de las chimeneas empiezan a 
ascender una tras otra entre los árboles y la nieve. 

El humo perezoso se eleva serpenteante de alguna cañada profunda, 

e intima poco a poco con el día 

demorándose en su viaje hacia el cielo, 

mientras el aire recio explora al alba. 

Las espirales remolonas juguetean entre sí, 

sin propósito cierto, con lentitud, 

como el amo adormilado, ahí debajo, junto al bogar, 

cuya mente tardía e indolente 

aún no se ha lanzado a la corriente arrolladora 



110 /Henry David Thoreau 



del nuevo día, y ahora navegan muy lejos. 

El leñador va a paso certero 

con intenciones de agitar el hacha matinal. 

Pero primero, en el oscuro amanecer, 

envía por doquier a su emisario, 

el humo explorador, último peregrino, 

que alza vuelo del techo en plena madrugada, 

para sentir el aire helado e informar al día. 

Y cuando aún flota agachado a ras del suelo, 
sin reunir coraje para desatrancar la puerta, 
ya ha bajado por el valle con el viento ligero, 

y sobre la llanura despliega su espiral aventurera, 
envuelve la copa de los árboles, vaga colina arriba, 
y entibia las alas del pájaro matinal. 

Y ahora, acaso, divisa el día por los confines de la tierra 
desde lo alto del aire vigoroso 

como una nube refulgente en la bóveda celestial 
y saluda a su amo inmóvil junto a su puerta. 

Oímos el ruido de los granjeros cortando leña a lo lejos, 
sobre la tierra helada, el ladrido del perro y el clarín del gallo, 
a pesar de que el aire gélido y tenue sólo transporta las partícu- 
las más finas de sonido hasta nuestros oídos, con pequeñas y 
suaves vibraciones, como las olas del más puro y liviano de los 
líquidos que se calman enseguida cuando algún elemento grande 
se hunde hacia el fondo. Los sonidos llegan claros como cam- 
panadas, como si hubiera menos impedimentos que en verano 
que los desvanecieran y desgarraran. El paisaje es sonoro, como 
la madera seca; hasta los habituales ruidos rurales son 
melodiosos, y el tintineo del hielo sobre los árboles es suave y 
líquido. Hay la mínima humedad posible en la atmósfera, todo 
está seco o congelado, y es de una tenuidad y elasticidad tan 
extremas que se convierte en una fuente de placer. El cielo leja- 
no y tenso parece converger como las naves de una catedral, y 
el aire lustroso centellea como si hubiera cristales de hielo flo- 
tando. Quienes han residido en Groenlandia nos dicen que cuan- 
do hiela "el mar ahúma como cuando se quema un campo de 
hierba, y se levanta una bruma o niebla llamada 'humo helado', 
un humo cortante que suele producir ampollas en la cara y las 

Desobediencia civil y otros textos/ 111 



manos, muy pernicioso para la salud". Pero este frío puro y 
estimulante, en cambio, es un elixir para los pulmones, no tan- 
to una neblina helada como una calina cristalizada de pleno 
verano, refinada y purificada por el frío. 

El sol, por fin, se levanta a través del bosque lejano, como si 
sonara débilmente el címbalo, y derrite el aire con sus rayos, y 
la mañana viaja con pasos tan veloces que las distantes monta- 
ñas occidentales ya se han teñido de dorado. Mientras tanto, 
caminamos deprisa sobre la nieve en polvo, templados por un 
calor interior, disfrutando aún de un veranillo de San Martín 
en medio de un creciente bienestar de los sentidos y la mente. 
Si nuestra vida se amoldara más a la naturaleza, probablemen- 
te no tendríamos que protegernos del frío y el calor, y la consi- 
deraríamos nuestra protectora y amiga, como las plantas y los 
cuadrúpedos. Si alimentáramos nuestro cuerpo con elementos 
puros y sencillos, y no con una dieta estimulante y calórica, no 
necesitaríamos para el frío más forraje que una ramita sin hojas, 
pero medraríamos como los árboles, a los que hasta el invierno 
les parece templado para su crecimiento. 

La maravillosa pureza de la naturaleza en esta estación es 
un hecho de lo más placentero. Todos los tocones podridos, las 
piedras y vallas musgosas y las hojas muertas del otoño están 
ocultos debajo de un blanco manto de nieve. En los campos 
desnudos y en los bosques tintineantes, se ve la virtud que per- 
dura. En los lugares más fríos y desolados, incluso la benevo- 
lencia más cálida encuentra apoyo. Un viento frío y penetrante 
ahuyenta todo contagio y sólo puede resistirlo lo virtuoso; por 
consiguiente, respetamos como algo dotado de una especie de 
testaruda inocencia, de firmeza puritana, todo lo que encon- 
tramos en lugares fríos e inhóspitos, como las cumbres de las 
montañas. Todo lo demás parece retirarse en busca de refugio, 
y lo que queda fuera debe ser parte del marco original del uni- 
verso, de un valor tan grande como el del mismo Dios. Respi- 
rar aire límpido es vigorizante. Resulta clara su mayor pureza 
y delicadeza, y de buena gana nos quedaríamos fuera hasta 
tarde; así los vientos también pueden soplar a través de noso- 
tros como a través de los árboles sin hojas y aclimatarnos al 
invierno, como si esperáramos apropiarnos de cierta virtud pura 
e inmutable que nos beneficie en todas las estaciones. 

112 /Henry David Thoreau 



En la naturaleza hay un fuego subterráneo y adormilado 
que nunca desaparece, y que ningún frío puede congelar. Ter- 
mina por derretir las grandes nieves, y en enero está oculto 
bajo una capa más gruesa que en julio. En los días más fríos, se 
desplaza hacia alguna parte y la nieve se funde alrededor de 
todos los árboles. El fuego está cubierto por la capa más delga- 
da en el campo invernal de centeno, que brota a finales de oto- 
ño, y que ahora funde rápidamente la nieve. Sentimos cómo 
nos calienta. En el invierno el calor simboliza toda la virtud, y 
pensamos en un delgado riachuelo con sus piedras desnudas 
brillando al sol y en los cálidos manantiales del bosque con el 
mismo anhelo que las liebres y los tordos. El vapor que se eleva 
de los pantanos y las lagunas nos resulta tan querido y familiar 
como el que sale de la tetera. ¿Qué fuego podría igualar al 
brillo del sol en un día de invierno, cuando el ratón de campo 
se asoma junto al muro y el paro carbonero cecea en los desfi- 
laderos del bosque? El calor proviene directamente del sol, no 
lo irradia la tierra como en verano; y, cuando sentimos sus 
rayos sobre la espalda mientras atravesamos a pie algún valle 
nevado, agradecemos esta benevolencia especial y bendecimos 
al sol que nos ha seguido en este paseo. 

Este fuego subterráneo tiene su altar en el pecho de cada 
hombre, pues en el día más frío y en la colina más inclemente el 
viajero abriga entre los pliegues de su capa un fuego más tibio 
que el que arde en ningún hogar. Un hombre sano, en realidad, 
es el complemento de las estaciones y, en invierno, lleva el ve- 
rano en su corazón. Allí está el sur; hacia allí han migrado 
todos los pájaros e insectos, y alrededor del tibio manantial de 
su pecho se reúnen el tordo y la alondra. 

Al final, al llegar al comienzo del bosque y después de dejar 
atrás el pueblo, entramos bajo su protección, como si cruzára- 
mos el umbral y entráramos en una casa toda revestida y llena 
de nieve. Sigue hermoso y cálido, tan tibio y alegre como en 
verano. Nos detenemos en medio de los pinos, bajo una luz a 
cuadros, titilante, que se abre paso sólo un poco por este labe- 
rinto, y nos preguntamos si las ciudades habrán oído alguna 
vez su sencilla historia. Da la sensación de que ningún viajero 
lo ha explorado jamás, y por más que la ciencia revele maravi- 
llas todos los días en todas partes, ¿a quién no le gustaría 



Desobediencia civil y otros textos/ 113 



escuchar sus anales? Los humildes pueblos de la llanura son su 
contribución. Sacamos del bosque las tablas que nos cobijan y 
la leña que nos calienta. ¡Qué importantes son los árboles de 
hojas perennes en invierno, ese trozo de verano que no se des- 
vanece en todo el año, la hierba que no se marchita! Así de 
simple, con poco gasto de altitud, es la diversidad de la super- 
ficie de la tierra. ¿Qué sería de la vida humana sin bosques, sin 
esas ciudades naturales? Desde la cumbre de las montañas pa- 
recen jardines de césped recién cortado, ¿pero adonde iríamos 
a caminar si no entre estas plantas más altas? 

En este claro umbroso cubierto de arbustos de un año, ve- 
mos cómo el polvo plateado yace sobre todas las hojas y ramas 
secas, depositado en formas tan infinitas y lujosas que su mis- 
ma variedad expía la falta de color. Observad las diminutas 
huellas de los ratones alrededor de cada tronco y las huellas 
triangulares de los conejos. Mientras un cielo puro y elástico 
está suspendido sobre toda la escena, como si las impurezas de 
la bóveda estival, refinadas y encogidas por el casto frío del 
invierno, hubieran sido aventadas de los cielos sobre la tierra. 

En esta estación, la naturaleza desbarata sus distinciones de 
verano. El cielo parece estar más cerca de la tierra. Los elemen- 
tos son menos reservados y definidos. El agua se convierte en 
hielo, la lluvia en nieve. El día es una noche escandinava. El 
invierno es un verano ártico. 

Cuánto más vivos son los seres que viven en la naturaleza, 
los animales cubiertos de pelaje que sobreviven a las noches 
gélidas en medio de los campos y los bosques cubiertos de hie- 
lo y nieve... ¡y ven salir el sol! 

Los páramos sin comida 

que hacen salir a sus pardos habitantes. 

La ardilla gris y el conejo son rápidos y juguetones en los 
valles lejanos, incluso en la mañana de un viernes frío. Aquí está 
nuestra Laponia y nuestro Labrador, ¿y acaso para nuestros es- 
quimales y knistenaux, indios Costillas de Perro, habitantes de 
Nueva Zembla y de las islas Spitzberg, no tenemos al cortador 
de hielo y al leñador, el zorro, la rata almizclera y la nutria? 

Aun así, en medio del día ártico, quizá podamos seguir al 



114 /Henry David Thoreau 



verano hasta su refugio y comprender un poco la vida contem- 
poránea. Si nos asomamos a los arroyuelos, en medio de las 
praderas heladas, puede que observemos las guaridas submari- 
nas de las larvas del frígano; sus cápsulas cilindricas, que las 
envuelven, hechas de plumas, ramitas, hierbas, hojas secas, 
cáscaras y guijarros, se parecen en forma y color a los restos de 
un naufragio diseminados por el fondo. Ora flotan sobre las 
piedras del fondo, ora giran en diminutos remolinos, caen por 
algún salto de agua, viajan deprisa con la corriente o se balan- 
cean de un lado a otro de una hoja o una raíz. Más tarde aban- 
donarán sus habitáculos sumergidos y subirán reptando por 
los tallos de las plantas y emergerán sobre la superficie como 
mosquitos, como insectos perfectos que de ahora en adelante 
volarán sobre el agua o sacrificarán su corta vida en la llama 
de nuestras velas nocturnas. En lo profundo de aquel pequeño 
valle, los arbustos se inclinan bajo su peso, y el rojo de los 
siálidos contrasta con la tierra blanca. Aquí tenemos las mar- 
cas de una miríada de patas que ya han estado en otras partes. 
El sol se levanta con tanto orgullo sobre esta cañada como 
sobre el valle del Sena o el Tíber, y parece la residencia de un 
valor tan puro y autosuficiente como nunca se ha visto, que 
jamás ha conocido la derrota ni el miedo. Aquí reina la senci- 
llez y la pureza de una era primitiva, y una salud y una espe- 
ranza muy alejadas de los pueblos y ciudades. En la 
profundidad del bosque, completamente solos, mientras el vien- 
to sacude la nieve de los árboles y dejamos detrás las únicas 
huellas humanas, vemos que nuestras reflexiones son mucho 
más variadas que las de la vida de las ciudades. Los paros y 
repatroncos son una compañía más inspiradora que la de los 
estadistas y los filósofos, y regresaremos a esta última como 
quien vuelve a una compañía más vulgar. En este pequeño 
valle solitario, con su arroyuelo que fluye por la ladera, el 
hielo estriado y los cristales de todos los matices, donde los 
abetos y pinabetes se elevan a ambos lados, y los juncos y la 
avena silvestre crecen en medio del riachuelo, nuestra vida es 
más serena y digna de contemplar. 

A medida que avanza el día, las laderas reflejan el calor del 
sol, y oímos una música débil pero dulce allí donde fluye el 
arroyuelo liberado de su cautiverio y se derriten los 

Desobediencia civil y otros textos/ 115 



carámbanos de hielo sobre los árboles; vemos y oímos al pája- 
ro trepatroncos y a la perdiz. El viento del sur funde la nieve al 
mediodía; aparece el campo desnudo con su hierba y sus hojas 
marchitas, y el aroma que exhala nos da el mismo vigor que 
una comida fuerte. 

Entremos en la cabaña abandonada del leñador y veamos 
cómo ha pasado las largas noches de invierno y los días cortos 
y tormentosos. Porque aquí el hombre ha vivido protegido por 
la ladera sur y parece un sitio civilizado y público. Hacemos 
las mismas asociaciones que el viajero cuando se detiene en las 
ruinas de Palmira o Hecatómpolis. Quizá han empezado a apa- 
recer flores y pájaros que cantan, porque las flores y las hier- 
bas siguen los pasos del hombre. Estos pinabetes susurraban 
por encima de su cabeza, estos nogales americanos eran su com- 
bustible y estos pinos resinosos encendían su fuego; el riachue- 
lo humeante en la hondonada de allí, cuyo vapor insustancial y 
transparente sigue ascendiendo con el mismo ajetreo de siem- 
pre, fue su pozo, aunque ahora esté lejos. Estas ramas de pina- 
bete y la paja sobre la plataforma elevada eran su cama; y be- 
bía de este plato roto. Pero es evidente que esta temporada no 
ha estado aquí, porque los aguadores han anidado sobre este 
estante el verano pasado. Encuentro algunas ascuas, como si 
acabara de marcharse, donde cocía sus alubias. Mientras por 
las noches fumaba en pipa, cuya cazoleta sin boquilla está tira- 
da sobre las cenizas, conversaba con su único compañero, si 
por casualidad tenía alguno, sobre la profundidad que al día 
siguiente tendría la nieve, que ya caía rápida y copiosamente, o 
discutían si el último ruido era el chillido de un búho, el cruji- 
do de una rama o pura imaginación. Y a través del ancho hue- 
co de la chimenea, cuando caía la noche invernal, antes de tum- 
barse sobre la paja, miraba hacia arriba para ver la evolución 
de la tormenta, y al ver las estrellas de la Silla de Casiopea 
brillando por encima de él, se dormía feliz. 

¡Cuántos rastros han quedado que nos ayudan a saber la 
historia del leñador! Por este tocón podemos adivinar el filo de 
su hacha; por el ángulo del corte, si taló el árbol sin cambiar de 
lado o de mano; y por la curvatura de las astillas podemos 
saber hacia dónde cayó. Este trozo de madera tiene inscripta 
toda la historia del leñador y del mundo. En este trozo de pa- 



116 /Henry David Thoreau 



peí, que contenía la sal o el azúcar o que era quizá el taco de su 
arma, leemos con interés, sentados sobre un tronco del bos- 
que, el cotilleo de las ciudades, de esas cabañas más grandes, 
vacías y abandonadas como ésta, de las calles principales y 
avenidas. El alero del lado sur de este techo sencillo gotea, mien- 
tras el herrerillo pía en el pino y el tibio calor del sol sobre la 
puerta tiene algo de benévolo y humano. 

Tras dos estaciones, esta morada primitiva no deforma el 
paisaje. Los pájaros ya recurren a ella para construir sus nidos, 
y se pueden ver las huellas de muchos cuadrúpedos que llegan 
hasta la puerta. De modo que durante mucho tiempo la natu- 
raleza pasa por alto esta intromisión y profanación del hom- 
bre. El bosque todavía se hace eco alegre y confiado de los 
golpes del hacha que lo tumban y, mientras sean escasos, acre- 
cienta su salvajismo y todos los elementos se esfuerzan en con- 
vertirlo en un ruido natural. 

Ahora nuestra senda empieza a ascender gradualmente ha- 
cia la cumbre de este cerro alto, desde cuya pared sur podemos 
observar el amplio territorio que alberga al bosque, el campo y 
el río, y llega hasta las lejanas montañas nevadas. En esa direc- 
ción se divisa una delgada espiral de humo que asciende por el 
bosque desde alguna granja invisible, estandarte izado sobre 
una vivienda rural. Seguramente será un lugar más cálido y 
templado, puesto que detectamos el vapor que surge de un 
manantial y que forma una nube sobre los árboles. ¡Qué fan- 
tástica relación se establece entre el viajero que descubre esta 
columna etérea desde algún promontorio del bosque y quien 
está sentado allí debajo! El humo se eleva tan silenciosa y 
naturalmente como el vapor que exhalan las hojas y dibuja 
espirales con el mismo ajetreo que el ama de casa de debajo. Es 
un jeroglífico de la vida humana y sugiere cosas más íntimas e 
importantes que la cacerola que hierve. Allí donde la fina 
columna de humo se alza por encima del bosque, como una 
insignia, se ha asentado la vida humana; así comienza Roma, 
se establecen las artes y se fundan imperios, tanto en las prade- 
ras de América como en las estepas de Asia. 

Y ahora volvemos a bajar hasta el margen de este lago del 
bosque, que yace en una hondonada de las colinas, como si 
fuera el zumo extraído de éstas y de las hojas que cada año 

Desobediencia civil y otros textos/ 117 



caen allí. Aunque sin entrada ni desembocadura a la vista, tie- 
ne su historia en la cadencia del oleaje, en los cantos rodados 
de la orilla y en los pinos que crecen junto al borde. A pesar de 
su sedentarismo, no ha estado ocioso, sino que, como Abu 
Musa, enseña que "estar tranquilamente en casa es el camino 
celestial, y salir, el camino mundano". No obstante, mediante 
la evaporación viaja más lejos que nadie. En verano es el ojo 
líquido de la tierra, un espejo en el seno de la naturaleza. Los 
pecados del bosque se lavan en él. Mirad cómo el bosque for- 
ma un anfiteatro a su alrededor, y él es su arena para todo lo 
que tiene de afable la naturaleza. Todos los árboles dirigen al 
viajero a sus orillas, todos los senderos lo buscan, los pájaros 
vuelan hacia allí, los cuadrúpedos corren hacia él, hasta el te- 
rreno mismo se inclina hacia el lago. Es el salón de la naturale- 
za, donde ésta se sienta a acicalarse. Considerad su silenciosa 
economía y orden; la forma en que el sol, mediante la evapora- 
ción, quita el polvo de la superficie todas las mañanas, de modo 
que surja una superficie fresca constantemente; y, al cabo de 
un año, pese a todas las impurezas que se han acumulado den- 
tro, reaparece su líquida transparencia en primavera. En vera- 
no, una música silenciosa parece recorrer la superficie. Pero 
ahora, una capa de nieve lo oculta, salvo allí donde el viento 
ha barrido el hielo desnudo, y las hojas secas se deslizan de un 
lado a otro virando y girando en sus pequeños viajes. Una se 
ha encallado aquí, contra un guijarro de la orilla, una hoja 
seca de haya que todavía se mece como si fuera a zarpar de 
nuevo. Un patrón de barco talentoso, creo, podría trazar su 
curso desde que se cayó del árbol. Aquí están todos los elemen- 
tos para el cálculo. Su posición actual, la dirección del viento, 
el nivel del agua del lago, y todo lo que se necesite. En sus 
bordes y nervaduras lastimados está enrollado su cuaderno de 
bitácora. 

Nos imaginamos en el interior de una casa más grande. La 
superficie de la laguna es nuestra mesa de pino o nuestro suelo 
cubierto de arena, y el bosque que se eleva abruptamente desde 
la orilla son las paredes de la cabaña. Los sedales que tiramos 
para pescar lucios a través del hielo son una preparación 
culinaria más grande, y las personas, sobre el suelo blanco, 
parecen parte del mobiliario del bosque. Su actividad, a unos 



118 /Henry David Thoreau 



setecientos metros de distancia sobre el hielo y la nieve, nos 
impresiona como cuando leemos las hazañas históricas de Ale- 
jandro. Parecen dignos del paisaje, y tan trascendentes como la 
conquista de un reino. 

Hemos vuelto a vagar por los arcos del bosque, hasta que, 
desde su límite, oímos el distante estampido del hielo de la ba- 
hía del río, como si lo movieran mareas distintas y más sutiles 
que las oceánicas. Para mí, tenía el extraño sonido del hogar, 
sobrecogedor como la voz de un pariente noble y lejano. Un 
sol suave de verano brilla sobre el bosque y el lago, y aunque 
hay sólo una hoja verde para muchas ramas, la naturaleza 
disfruta de una salud serena. Cada sonido está cargado de la 
misma misteriosa tranquilidad de la salud, tanto ahora con el 
crujido de las ramas de enero, como con el suave susurro del 
viento de julio. 

Cuando el invierno orla las ramas 
Con su fantástica guirnalda, 

Y pone el manto de silencio 

Sobre las hojas de ahí debajo; 

Cuando el arroyo en su terraza 
Se abre camino gorgoteando, 

Y el ratón en su morada 

Mordisquea el heno de la pradera; 

Creo que el verano aún está cerca, 

Y acecha debajo, 
Donde está el mismo ratón acurrucado 

En el brezo del año pasado. 

Y acaso el paro desde la rama 

Vuelva a trinar con suavidad. 
La nieve es el manto del verano 

Con el que él mismo se cubre la piel. 

Bellos capullos engalanan los árboles 

De los que cuelgan deslumbrantes frutos; 
El viento del norte suspira una brisa estival 

Desobediencia civil y otros textos/ 119 



para protegerlos de la helada penetrante. 



Traedme buenas nuevas, 

Que yo soy todo oídos, 
Para una serena eternidad 

Que no teme al frío. 

El hielo cruje inquieto 

Sobre la superficie de la laguna, 
Y los duendes hacen alegres cabriolas 

En medio del tumulto ensordecedor. 

Me apresuro impaciente hacia el valle, 
Como si oyera excelentes noticias 
De un gran festival que celebra la naturaleza 

Y que no puedo perderme. 

Retozo con mi vecino el hielo, 

Y el temblor amable de cada nueva grieta 
se abre veloz 

sobre el lago jubiloso. 

Junto con el grillo 

Y las ramas del hogar 
Resuenan en el sendero del bosque 

Esporádicos sonidos familiares. 

Antes de que caiga la noche emprenderemos viaje sobre 
patines por el curso de este río serpenteante, tan lleno de nove- 
dades para quien se pasa los días de invierno sentado al amor 
de la lumbre de la cabaña, como si se marchara a los hielos 
polares con el capitán Parry o con Franklin. Seguir los mean- 
dros de su curso, que ora fluye entre colinas, ora se expande 
sobre bellas praderas, y forma una miríada de ensenadas y ba- 
hías dominadas por pinos y pinabetes. Los ríos fluyen por de- 
trás de los pueblos, y vemos todo desde una perspectiva nueva 
y más salvaje. Los huertos y jardines llegan hasta él con una 
franqueza y falta de pretensiones que no tienen cerca de la ca- 
rretera. Es el exterior y la frontera de la tierra. No hay 

120 /Henry David Thoreau 



contrastes violentos que ofendan nuestros ojos. La última cer- 
ca de la granja es una rama de sauce que se balancea y conser- 
va aún su frescura, y aquí, al fin, desaparecen todas las cercas 
y ya no nos cruzamos con ningún camino. Ahora podemos 
internarnos en la región por el camino más llano y retirado, y, 
sin subir ninguna colina, ascendemos por amplias superficies 
planas hasta las praderas de las tierras altas. El fluir de un río 
es un ejemplo maravilloso de la ley de la obediencia; el sendero 
para un hombre anhelante, el camino por el que una bellota 
puede flotar segura con su carga. El rocío y la llovizna home- 
najean a las pequeñas cascadas ocasionales, cuyos precipicios 
no cambian el paisaje y atraen al viajero de cualquier parte. 
Desde su remoto interior, la corriente lo lleva por escalones 
anchos y fáciles, o por una suave pendiente, hacia el mar. Por 
lo tanto, como cede rápido y constantemente a las irregulari- 
dades del terreno, se asegura el camino más fácil. 

Ahora nos acercamos al imperio de los peces; no existe nin- 
gún territorio de la naturaleza que esté completamente cerrado 
para el hombre en todos los momentos. Nuestros pies se 
deslizan deprisa sobre profundidades insondables, donde en 
verano nuestro sedal tienta a la mustela de río y al abadejo; y 
donde el majestuoso lucio acecha por los corredores que for- 
man los juncos. Los pantanos profundos e impenetrables don- 
de vadean las garzas y se agacha el avetoro se hacen permeables 
a nuestros veloces zapatos, como si se hubieran instalado mil 
vías férreas. De un impulso llegamos a la cabaña de la rata 
almizclera, el colono más antiguo, y la vemos huir bajo el hielo 
transparente, como un pez peludo, hacia su agujero en la ori- 
lla. Nos deslizamos rápidamente sobre praderas donde no hace 
mucho "el segador afiló su guadaña", a través de lechos de 
arándanos congelados que se mezclan con la hierba. Patina- 
mos cerca de donde el mirlo, el papamoscas norteamericano y 
el tirano colgaron sus nidos sobre el agua y los avispones se 
instalaron en el arce del pantano. ¡Cuántos alegres pájaros can- 
tores, siguiendo al sol, han partido de este nido de abedul pla- 
teado y buche de cardo! En el borde exterior del pantano está 
instalada la aldea sobremarina que nadie ha penetrado. En este 
árbol hueco, el pato silvestre cría a su pollada, y se escabulle 
cada día a buscar alimento entre los heléchos. 



Desobediencia civil y otros textos/ 121 



En invierno, la naturaleza es un escaparate de curiosidades, 
lleno de especímenes secos en su posición y orden naturales. 
Las praderas y los bosques son un hortus siccus. Las hojas y las 
hierbas están perfectamente rígidas en el aire sin tornillos ni 
pegamento, y los nidos de los pájaros no están sobre ramas 
artificiales, sino donde ellos los han construido. Vamos a pie 
enjuto a inspeccionar el trabajo del verano en el espeso panta- 
no, y vemos lo que han crecido los alisos, los sauces y los arces, 
testimonio de los soles calientes, los rocíos y lloviznas 
fertilizantes. Vemos los adelantos que han hecho las ramas en 
el lujuriante verano... más adelante estas yemas dormidas las 
ayudarán a elevarse un poco más hacia los cielos. 

De vez en cuando vadeamos campos de nieve, bajo cuyas 
profundidades el río se pierde durante un trecho y reaparece a 
la derecha o a la izquierda, donde menos se lo espera; aún si- 
gue su curso debajo, con un rumor ligero y estertóreo, como si 
también hubiera hibernado como el oso y la marmota, y noso- 
tros hubiéramos seguido su débil huella de verano hasta donde 
se oculta, debajo de la nieve y el hielo. En un primer momento 
pensamos que los ríos se vacían y secan en pleno invierno, o 
que se congelan completamente hasta que la primavera los di- 
suelve; pero su volumen ni siquiera ha disminuido, porque sólo 
un frío superficial se extiende sobre ellos. Miles de manantiales 
que alimentan los lagos y arroyos siguen fluyendo. Sólo dejan 
de manar unos pocos manantiales superficiales que se ocupan 
de llenar los embalses profundos. Los pozos de la naturaleza 
están debajo del hielo. Los arroyos de verano no se alimentan 
de nieve derretida, tampoco el segador sacia su sed sólo con 
esto. Los arroyos están crecidos cuando la nieve se funde en 
primavera porque el trabajo de la naturaleza se ha demorado; 
el agua se ha convertido en hielo y nieve, y las partículas son 
menos parejas y redondas, por lo que no encuentran su nivel 
tan pronto. 

A lo lejos, sobre el hielo, entre el bosque de pinabetes y las 
colinas cubiertas de nieve, está el pescador de lucios con los 
sedales en alguna ensenada retirada, como un finlandés, con 
los brazos metidos en su capote; absorto en pensamientos ne- 
bulosos, niveos y escurridizos como peces; él mismo es un pez 
sin aletas, un poco separado de su cardumen; silencioso y erecto, 



122 /Henry David Thoreau 



parece hecho como para estar envuelto en nubes y nieves, como 
los pinos de la orilla. En estas escenas silvestres, los hombres 
están inmóviles o se mueven lenta y pesadamente por el paisa- 
je, y han sacrificado la animación y vivacidad de los pueblos 
por la callada sobriedad de la naturaleza. Su presencia no hace 
menos salvaje el paisaje que el arrendajo o la rata almizclera, 
sino que es parte de él, tal como están representados los nati- 
vos en los viajes de los primeros navegantes, en Nootka Sound 
y en la costa noroeste, cubiertos de pieles antes de que un trozo 
de hierro los tentara a la locuacidad. Pertenece a la familia 
natural del hombre, y está plantado más hondo y con más raí- 
ces en la naturaleza que los habitantes de las ciudades. Acer- 
caos a él y preguntadle por su suerte, y veréis que él también es 
un adorador de lo invisible. Escuchad con qué sincera deferen- 
cia y tono reverente habla del lucio del lago, al que nunca ha 
visto, su cardumen de lucios primitivo e ideal. Aún sigue co- 
nectado a la orilla, como enganchado a un sedal, y sin embar- 
go recuerda la época en la que pescaba a través del hielo de la 
laguna, mientras los guisantes crecían en el huerto de su casa. 

Mientras vagábamos, las nubes se han vuelto a reunir, y 
ahora unos copos de nieve dispersos empiezan a descender. Caen 
cada vez más rápido dejando fuera de la vista los objetos dis- 
tantes. La nieve cae sobre todos los bosques y campos, sin de- 
jarse ni una grieta: junto al río y la laguna, sobre la montaña y 
el valle. En este pacífico instante, los cuadrúpedos están reclui- 
dos en sus refugios y los pájaros, encaramados a sus ramas. No 
hay tanto ruido como cuando hace buen tiempo, pero todas 
las laderas, las paredes grises y las cercas, el hielo lustroso y las 
hojas que hasta entonces no estaban enterradas, se ocultan si- 
lenciosa y gradualmente, y se pierden las huellas de los hom- 
bres y los animales. La naturaleza reafirma su papel y borra los 
rastros del hombre con muy poco esfuerzo. He aquí cómo 
Homero describió lo mismo: "Los copos caen pesada y rápida- 
mente en un día de invierno. Los vientos están adormecidos y 
la nieve cae sin cesar cubriendo la cumbre de las montañas, las 
colinas, las llanuras donde crecen los lotos y los campos culti- 
vados. Cae también en las ensenadas y en la orilla del mar 
espumoso, pero las olas la derriten en silencio". La nieve em- 
pareja todas las cosas y las envuelve más profundamente en el 



Desobediencia civil y otros textos/ 123 



seno de la naturaleza, así como en el lento verano la vegetación 
trepa por la cornisa del templo y los torreones del castillo, y la 
ayuda a triunfar sobre el arte. 

El áspero viento nocturno sopla por el bosque y nos advier- 
te que volvamos sobre nuestros pasos, mientras el sol se oculta 
detrás de la tormenta cada vez más negra, y las aves buscan su 
varal y el ganado, su establo. 



El extenuado buey trabajador 
se detiene cubierto de nieve 
y exige el fruto de su labor. 



Aunque el invierno está representado en el almanaque como 
un anciano frente al viento y el aguanieve arrastrando su capa, 
preferimos considerarlo un alegre leñador, joven y de sangre 
caliente, tan entusiasta como el verano. La grandeza inexplorada 
de la tormenta mantiene al viajero animado. No bromea con 
nosotros, sino que mantiene una dulce seriedad. En invierno 
llevamos una vida más interior. Tenemos el corazón tibio y jo- 
vial, como una cabaña cubierta de nieve, con las puertas y ven- 
tanas semiocultas, pero de cuyas chimeneas surge alegremente 
el humo. Las tormentas que impiden salir aumentan la sensa- 
ción de comodidad de nuestra casa, y en los días más fríos 
estamos contentos de sentarnos junto al hogar y ver el cielo 
por la chimenea, de disfrutar de la vida tranquila y serena que 
se puede tener en un rincón caldeado junto al fuego, mientras 
escuchamos el mugido del ganado allí fuera o el ruido del gra- 
no que se muele en algún granero distante durante toda la tar- 
de. Sin duda, un médico talentoso podría determinar nuestro 
grado de salud observando cómo estos ruidos sencillos y natu- 
rales nos afectan. No gozamos de un lujo oriental, sino boreal, 
alrededor de tibias estufas y fuegos de leña, y miramos la som- 
bra de las motas en los rayos del sol. 

A veces nuestro destino se vuelve tan doméstico y familiar- 
mente serio que puede hasta ser cruel, considerando que 
durante tres meses la suerte de la humanidad está envuelta en 
pieles. La Revelación Hebrea no tiene en cuenta toda esta 
jubilosa nieve. ¿No hay religión para las zonas templadas y 
frías? No conocemos escritura alguna que registre la 



124 /Henry David Thoreau 



benignidad pura de los dioses en una noche de invierno de 
Nueva Inglaterra. Jamás se han cantado sus alabanzas, sólo se 
ha menospreciado su turbulencia. La mejor escritura, después 
de todo, registra tan sólo una fe pobre. Sus santos viven en la 
reserva y la austeridad. Dejemos que un hombre valiente y 
devoto pase un año en los bosques de Maine o Labrador, y 
veamos si el Antiguo Testamento habla adecuadamente a su 
estado y experiencia desde el comienzo del invierno hasta que 
se disuelven los hielos. 

Ahora comienza la larga noche de invierno alrededor del 
fogón del granjero, en la que los pensamientos de los morado- 
res viajan muy lejos, y los hombres son, por naturaleza y nece- 
sidad, compasivos y generosos con todas las criaturas. Ahora, 
en la feliz resistencia al frío, el granjero recoge su recompensa, 
piensa en su preparación para el invierno y ve con ecuanimi- 
dad por los cristales brillantes "la mansión del oso del norte", 
porque ahora la tormenta ha pasado, 



La esfera completa y etérea, 
descubriendo a la vista infinitos mundos, 
brilla con vehemente intensidad; y toda la bóveda 
titila su estrellado resplandor de polo a polo. 



Desobediencia civil y otros textos/ 125 



Caminar 



Quiero decir unas palabras en favor de la Naturaleza, de la 
libertad total y el estado salvaje, en contraposición a una liber- 
tad y una cultura simplemente civiles; considerar al hombre 
como habitante o parte constitutiva de la Naturaleza, más que 
como miembro de la sociedad. Desearía hacer una declaración 
radical, si se me permite el énfasis, porque ya hay suficientes 
campeones de la civilización; el clérigo, el consejo escolar y 
cada uno de vosotros os encargaréis de defenderla. 

En el curso de mi vida me he encontrado sólo con una o dos 
personas que comprendiesen el arte de Caminar, esto es, de 
andar a pie; que tuvieran el don, por expresarlo así, de 
sauntering [deambular]: término de hermosa etimología, que 
proviene de "persona ociosa que vagaba en la Edad Media por 
el campo y pedía limosna so pretexto de encaminarse a la Sainte 
Terre" , a Tierra Santa; de tanto oírselo, los niños gritaban: "Va 
a Sainte Terre": de ahí, saunterer, peregrino. Quienes en su ca- 
minar nunca se dirigen a Tierra Santa, como aparentan, serán, 
en efecto, meros holgazanes, simples vagos; pero los que se 
encaminan allá son saunterers en el buen sentido del término, 
el que yo le doy. Hay, sin embargo, quienes suponen que la 
palabra procede de sans terre, sin tierra u hogar, lo que, en una 
interpretación positiva, querría decir que no tiene un hogar 
concreto, pero se siente en casa en todas partes por igual. Por- 
que éste es el secreto de un deambular logrado. Quien nunca se 
mueve de casa puede ser el mayor de los perezosos; pero el 
saunterer, en el recto sentido, no lo es más que el río serpen- 
teante que busca con diligencia y sin descanso el camino más 



"Walking", The Atlantic Monthly, vol. IX, núm. 56, junio de 1862. Este 
texto procede mayormente de las anotaciones de Thoreau en su diario y en 
apuntes de excursiones desde 1850. Es uno de los textos más bellos de 
Thoreau y uno de los más populares. Es a partir de "Walking" que sus textos 
discurrirán ya sobre la naturaleza misma, tratando de poner su literatura al 
servicio de ella. 



Desobediencia civil y otros textos / 127 



directo al mar. Sin embargo, yo prefiero la primera etimología, 
que en realidad es la más probable. Porque cada caminata es 
una especie de cruzada, que algún Pedro el Ermitaño predica 
en nuestro interior para que nos pongamos en marcha y recon- 
quistemos de las manos de los infieles esta Tierra Santa. 

La verdad es que hoy en día no somos, incluidos los cami- 
nantes, sino cruzados de corazón débil que acometen sin 
perseverancia empresas inacabables. Nuestras expediciones con- 
sisten sólo en dar una vuelta, y al atardecer volvemos otra vez al 
lugar familiar del que salimos, donde tenemos el corazón. La 
mitad del camino no es otra cosa que desandar lo andado. Tal 
vez tuviéramos que prolongar el más breve de los paseos, con 
imperecedero espíritu de aventura, para no volver nunca, dis- 
puestos a que sólo regresasen a nuestros afligidos reinos, como 
reliquias, nuestros corazones embalsamados. Si te sientes dis- 
puesto a abandonar padre y madre, hermano y hermana, espo- 
sa, hijo y amigos, y a no volver a verlos nunca; si has pagado tus 
deudas, hecho testamento, puesto en orden todos tus asuntos y 
eres un hombre libre; si es así, estás listo para una caminata. 

Para ceñirme a mi propia experiencia, mi compañero y yo 
-porque a veces llevo un compañero-, disfrutamos imaginán- 
donos miembros de una orden nueva, o mejor, antigua: no so- 
mos Caballeros, ni jinetes de cualquier tipo, sino Caminantes, 
una categoría, espero, aún más antigua y honorable. El espíri- 
tu caballeresco y heroico que en su día correspondió al jinete 
parece residir ahora -o quizá haber descendido sobre él- en el 
Caminante; no el Caballero, sino el Caminante Andante. Un a 
modo de cuarto estado, independiente de la Iglesia, la Nobleza 
y el Pueblo. 

Hemos notado que, por la zona, somos casi los únicos en 
practicar este noble arte; aunque, a decir verdad, a la mayoría 
de mis vecinos, al menos si se da crédito a sus afirmaciones, les 
gustaría mucho pasear de vez en cuando como yo, pero no 
pueden. Ninguna riqueza es capaz de comprar el necesario tiem- 
po libre, la libertad y la independencia que constituyen el capi- 
tal en esta profesión. Sólo se consiguen por la gracia de Dios. 
Llegar a ser caminante requiere un designio directo del Cielo. 
Tienes que haber nacido en la familia de los Caminantes. 
Ambulator nascitur, non fit [el caminante nace, no se hace]. 



128 /Henry David Thoreau 



Cierto es que algunos de mis conciudadanos pueden recordar, 
y me las han descripto, ciertas caminatas que dieron diez años 
atrás y en las que fueron bendecidos hasta el punto de perderse 
en los bosques durante media hora; pero sé muy bien que, por 
más pretensiones que alberguen de pertenecer a esta categoría 
selecta, desde entonces se han limitado a ir por la carretera. Sin 
duda durante un momento se sintieron exaltados por la remi- 
niscencia de un estado de existencia previo, en el que incluso 
ellos fueron habitantes de los bosques y proscriptos. 



Al llegar al verde bosque, 
Una alegre mañana, 
Oyó el canto de las aves, 
Sus notitas felices. 

Hace mucho, dijo Robin, 
La última vez que aquí estuve, 
Aceché para tirar 
Contra el oscuro ciervo. 



Creo que no podría mantener la salud ni el ánimo sin dedi- 
car al menos cuatro horas diarias, y habitualmente más, a deam- 
bular por bosques, colinas y praderas, libre por completo de 
toda atadura mundana. Podéis decirme, sin riesgo: "Te doy un 
penique por lo que estás pensando"; o un millar de libras. Cuan- 
do recuerdo a veces que los artesanos y los comerciantes se 
quedan en sus establecimientos no sólo la mañana entera, sino 
también toda la tarde, sin moverse, tantos de ellos, con las pier- 
nas cruzadas, como si las piernas se hubieran hecho para sen- 
tarse y no para estar de pie o caminar, pienso que son dignos 
de admiración por no haberse suicidado hace mucho tiempo. 

A mí, que no puedo quedarme en mi habitación ni un solo 
día sin empezar a entumecerme y que cuando alguna vez he 
robado tiempo para un paseo a última hora -a las cuatro, de- 
masiado tarde ya para amortizar el día, cuando comienzan ya a 
confundirse las sombras de la noche con la luz diurna- me he 
sentido como si hubiese cometido un pecado que debiera 
expiar, confieso que me asombra la capacidad de resistencia, 
por no mencionar la insensibilidad moral, de mis vecinos, que 



Desobediencia civil y otros textos/ 129 



se confinan todo el día en sus talleres y sus oficinas, durante 
semanas y meses, e incluso años y años. No sé de qué pasta 
están hechos, sentados ahí ahora, a las tres de la tarde, como si 
fueran las tres de la mañana. Bonaparte puede hablar del valor 
de las tres de la madrugada, pero eso no es nada comparado 
con el valor necesario para quedarse sentado alegremente a la 
misma hora de la tarde, cara a cara con uno mismo, con quien se 
ha estado tratando toda la mañana, intentando rendir por ham- 
bre una guarnición a la que uno está ligado con tan estrechos 
lazos de simpatía. Me maravilla que hacia esa hora o, digamos, 
entre las cuatro y las cinco, demasiado tarde para los periódicos 
de la mañana y demasiado pronto para los vespertinos, no se 
escuche por toda la calle una explosión general, que esparza a 
los cuatro vientos una legión de ideas y chifladuras anticuadas y 
domésticas para renovar el aire... ¡y al diablo con todo! 

No sé cómo lo soportan las mujeres, que están aún más 
recluidas en casa que los hombres; aunque tengo motivos para 
sospechar que la mayor parte de ellas no lo soporta en absolu- 
to. Cuando, en verano, a primera hora de la tarde, nos sacudi- 
mos el polvo de la ciudad de los faldones del traje, pasando 
raudos ante esas casas de fachada perfectamente dórica o góti- 
ca, mi acompañante me susurra que lo más probable es que a 
esas horas todos sus ocupantes estén acostados. Es entonces 
cuando aprecio la belleza y la gloria de la arquitectura, que 
nunca se recoge, sino que permanece siempre erguida, velando 
a los que dormitan. 

Sin duda, el temperamento y, sobre todo, la edad tienen 
mucho que ver con todo esto. A medida que un hombre enve- 
jece, aumenta su capacidad para quedarse quieto y dedicarse a 
ocupaciones caseras. Se hace más vespertino en sus costum- 
bres conforme se aproxima el atardecer de la vida, hasta que al 
final se pone en marcha justo antes de la puesta del sol y pasea 
cuanto necesita en media hora. 

Pero el caminar al que me refiero nada tiene en común con, 
como suele decirse, hacer ejercicio, al modo en que el enfermo 
toma su medicina a horas fijas, como el subir y bajar de las 
pesas o los columpios, sino que es en sí mismo la empresa y la 
aventura del día. Si queréis hacer ejercicio, id en busca de las 
fuentes del alma. ¡Pensar que un hombre levante pesas para 



130 /Henry David Thoreau 



conservar la salud, cuando esas fuentes borbotean en lejanas 
praderas a las que no se le ocurre acercarse! 

Aún más, tienes que andar como un camello, del que se dice 
es el único animal que rumia mientras marcha. Cuando un via- 
jero pidió a la criada de Wordsworth que le mostrase el estudio 
de su patrón, ella le contestó: "Ésta es su biblioteca, pero su 
estudio está al aire libre." 

Vivir mucho al aire libre, al sol y al viento, produce, sin 
duda, cierta dureza de carácter, desarrolla una gruesa callosi- 
dad sobre las cualidades más delicadas de nuestra naturaleza, 
igual que curte el rostro y las manos y, como el trabajo manual 
duro, priva a éstas de algo de su sensibilidad táctil. Pero, en 
cambio, quedarse en casa puede producir en la piel suavidad y 
finura, por no decir debilidad, acompañadas de una sensibili- 
dad mayor ante ciertas impresiones. Quizá fuéramos más 
sensibles a algunas influencias importantes para nuestro creci- 
miento intelectual y moral si sobre nosotros brillase un poco 
menos el sol y soplase algo menos el viento; y no hay duda de 
que constituye un bonito asunto determinar la proporción co- 
rrecta entre piel gruesa y piel fina. Pero me parece que se trata 
de una costra que caerá rápidamente, que la solución natural 
ha de hallarse en la proporción de día que puede aguantar la 
noche; de verano, el invierno; de experiencia, el pensamiento. 
Habrá mucho más aire y más sol en nuestras mentes. Las pal- 
mas duras del trabajador están versadas en más finos tejidos 
de dignidad y heroísmo, cuyo tacto conmueve el corazón, que 
los dedos lánguidos de ociosidad. Que sólo la sensiblería se 
pasa el día en la cama y se cree blanca, lejos del bronceado y 
los callos de la experiencia. 

Cuando caminamos, nos dirigimos naturalmente hacia los 
campos y los bosques: ¿qué sería de nosotros si sólo paseásemos 
por un jardín o por una avenida? Algunas sectas filosóficas 
han sentido incluso la necesidad de acercar hasta sí los bos- 
ques, ya que no iban a ellos. "Plantaron arboledas y avenidas 
de arces", donde daban subdiales ambulation es [paseos al aire 
libre] por atrios descubiertos. De nada sirve, por descontado, 
dirigir nuestros pasos hacia los bosques, si no nos llevan allá. 
Me alarmo cuando ocurre que he caminado físicamente una 
milla hacia los bosques sin estar yendo hacia ellos en espíritu. 

Desobediencia civil y otros textos/ 131 



En el paseo de la tarde me gustaría olvidar todas mis tareas 
matutinas y mis obligaciones con la sociedad. Pero a veces no 
puedo sacudirme fácilmente el pueblo. Me viene a la cabeza el 
recuerdo de alguna ocupación, y ya no estoy donde mi cuerpo, 
sino fuera de mí. Querría retornar a mí mismo en mis paseos. 
¿Qué pinto en los bosques si estoy pensando en otras cosas? 
Sospecho de mí mismo, y no puedo evitar un estremecimiento, 
cuando me sorprendo tan enredado, incluso en lo que llama- 
mos buenas obras... que también sucede a veces. 

Mi región ofrece gran número de paseos espléndidos; y aun- 
que durante muchos años he caminado prácticamente cada día, 
y a veces durante varios días, aún no los he agotado. Un pano- 
rama completamente nuevo me hace muy feliz, y sigo encon- 
trando uno cada tarde. Dos o tres horas de camino me llevan a 
una zona tan desconocida como siempre espero. Una granja 
solitaria que no haya visto antes resulta a veces tan magnífica 
como los dominios del rey de Dahomey. La verdad es que pue- 
de percibirse una especie de armonía entre las posibilidades del 
paisaje en un círculo de diez millas a la redonda -los límites de 
una caminata vespertina- y la totalidad de la vida humana. 
Nunca acabas de conocerlos por completo. 

En la actualidad, casi todas las llamadas mejoras del hom- 
bre, como la construcción de casas y la tala de bosques y de 
todos los árboles de gran tamaño, no hacen sino deformar el 
paisaje y volverlo cada vez más doméstico y vulgar. ¡Un pueblo 
que comenzase por quemar las cercas y dejar en pie el bos- 
que...! He visto los cercados medio consumidos, perdidos sus 
restos en medio de la pradera, y un miserable profano ocupán- 
dose de sus lindes, con un topógrafo, mientras la gloria se ma- 
nifestaba en su derredor y él no veía los ángeles yendo y vinien- 
do, sino que se dedicaba a buscar el viejo hoyo de un poste en 
medio del paraíso. Volví a mirar, y lo vi de pie en medio de un 
tenebroso pantano, rodeado de diablos; y no hay duda de que 
había encontrado la linde, tres piedrecillas allí donde había 
estado hincada una estaca; y mirando más de cerca, vi que el 
Príncipe de las Tinieblas era el agrimensor. 

Saliendo de mi propia puerta, puedo caminar con facilidad 
diez, quince, veinte, cuantas millas sean sin pasar cerca de casa 
alguna, sin cruzar un camino, excepto los que trazan el zorro y 



132 /Henry David Thoreau 



el visón; primero, a lo largo del río, luego, del arroyo, y des- 
pués, por la pradera y el lindero del bosque. Hay en los alrede- 
dores muchas millas cuadradas sin habitantes. Desde más de 
un otero puedo ver a lo lejos la civilización y las viviendas hu- 
manas. Los granjeros y sus labores resultan apenas más per- 
ceptibles que las marmotas y sus madrigueras. Me complace 
ver cuán pequeño espacio ocupan en el paisaje el hombre y sus 
asuntos, la iglesia, el estado y la escuela, los oficios y el comer- 
cio, las industrias y la agricultura; incluso el más alarmante de 
todos, la política. La política no es más que un estrecho cam- 
po, al que conduce un camino aún más estrecho. A veces enca- 
mino allí al viajero. Si quieres ir al mundo de la política, sigue 
la carretera, sigue a ese mercader, trágate el polvo que levanta, 
y te conducirá derecho allí; porque también ese mundo es limi- 
tado, no lo ocupa todo. Yo paso ante él como ante un campo 
de habas en el bosque, y lo olvido. En media hora puedo llegar 
a alguna porción de la superficie terrestre que no haya pisado 
pie humano durante un año y donde, por lo tanto, no hay po- 
lítica, que es sólo como el humo del cigarro de un hombre. 

El pueblo, la villa, es el lugar al que se dirigen las carreteras, 
una especie de expansión del camino, como un lago respecto 
de un río. Es el cuerpo del que las carreteras son los brazos y 
piernas: un sitio trivial o quadrivial, lugar de paso y fonda ba- 
rata para los viajeros. La palabra proviene del latín villa, que 
Varrón hace proceder, junto con vía, camino, de veho, trans- 
portar, porque la villa es el lugar al que (y desde el que) se 
transportan cosas. Para los que se ganaban la vida como arrie- 
ros se utilizaba la expresión vellaturam faceré [transportar 
mercancías por dinero]. La misma procedencia tienen el 
término latín vilis y nuestro "vil"; y también "villano". Lo que 
sugiere el tipo de degeneración con que se relacionaba a los 
pueblerinos, exhaustos, aun sin viajar, por el tráfico que discu- 
rría a través y por encima de ellos. 

Hay quien no camina nada; otros, lo hacen por carretera; 
unos pocos, atraviesan fincas. Las carreteras se han hecho para 
los caballos y los hombres de negocios. Yo viajo por ellas rela- 
tivamente poco, porque no tengo prisa en llegar a ninguna venta, 
tienda, cuadra de alquiler o almacén al que lleven. Soy buen 
caballo de viaje, pero no por carretera. El paisajista, para 

Desobediencia civil y otros textos/ 133 



indicar una carretera, usa figuras humanas. La mía no podría 
utilizarla. Yo me adentro en la Naturaleza, como lo hicieron 
los profetas y los poetas antiguos, Manu, Moisés, Homero, 
Chaucer. Podéis llamar a esto América, pero no es América; no 
la descubrió Américo Vespucio, ni Colón, ni ninguno de los 
otros. Hay más verdad sobre lo que yo he visto en la mitología 
que en ninguna de las denominadas historias de América. 

Sin embargo, existen unos pocos caminos antiguos por los 
que se puede andar con provecho, como si condujesen a algu- 
na parte -ahora que se encuentran prácticamente cortados-. 
Como la Antigua Carretera de Marlborough, que ya no llega a 
Marlborough, me parece, a menos que el lugar al que me con- 
duce sea Marlborough. Hablar aquí de ella es mucho atrevi- 
miento, porque supongo que hay una o dos así en cada lugar. 



La antigua carretera de Marlborough 



Donde una vez cavaron en busca de riquezas 

Mas nunca hallaron nada, 

Donde marciales huestes desfilaron un día 

-También Elijah Wood-, 

Temo que inútilmente. 

No queda nadie excepto 

Perdices y conejos, 

Excepto Elisha Dugan, 

El de hábitos salvajes, 

Que desdeña la prisa, 

Sólo atiende a sus trampas 

Y vive en soledad, 
Pegado a lo que importa, 
Donde es dulce la vida 

Y buena la comida. 
Cuando la primavera 
Me remueve la sangre 
Con instintos viajeros, 
Bastante grava tiene 
La Antigua Carretera 
Que a Marlborough llevó. 
No la repara nadie, 



134 /Henry David Thoreau 



Para nadie discurre, 

Es un camino vivo, 

Que dicen los cristianos. 

No hay muchos que lo tomen 

Sólo los invitados 

De Quin el irlandés. 

Otra cosa no es 

Sino por donde irse, 

La posibilidad 

De llegar a algún sitio. 

Grandes mojones pétreos, 

Pero ningún viajero, 

Cenotafios de pueblos 

Con su nombre tallado. 

Averiguar quisieras 

Cuál podría ser el tuyo. 

¿Qué rey lo levantó 

-Aún me estoy preguntando-, 

Cómo y dónde se irguió 

Y por qué concejales, 
Gourgas, Lee, Clark o Darby? 
Para ser algo eterno 

Se esforzaron sin tasa 

Pétreas, borradas lápidas, 

Donde un viajero puede 

Quejarse y en palabras 

Grabar lo que ha aprendido 

Para que otro lo lea 

Si está necesitado. 

Yo sé de una o dos líneas 

Que quisiera escribir. 

Literatura apta 

Para perpetuarse 

A través de estas tierras; 

Y poder recordar 

El próximo diciembre, 

Y luego, en primavera, 
Tras el deshielo, leer. 
Si, con la fantasía 



Desobediencia civil y otros textos/ 135 



Al viento, te despides, 

Puedes dar la vuelta al mundo 

Por la Antigua Carretera 

Que una vez llevó hasta Marlborough. 



En la actualidad, la mayor parte de la tierra en esta región 
no es de propiedad privada; el paisaje no pertenece a nadie y el 
caminante goza de relativa libertad. Pero puede que llegue el 
día en que la compartimenten en lo que llaman fincas de re- 
creo, donde sólo una minoría obtendrá un disfrute restringido 
y exclusivo, cuando se hayan multiplicado las cercas, los cepos 
y otros ingenios inventados para mantener a los hombres en la 
carretera pública, y caminar por la superficie de la tierra de 
Dios se considere un intento de allanar las tierras de unos po- 
cos caballeros. Disfrutar de algo en exclusiva implica por lo 
general excluirte de su auténtico disfrute. Aprovechemos nues- 
tras oportunidades antes de que llegue el día aciago. 

¿Por qué resulta a veces tan arduo decidir hacia dónde 
caminar? Creo que existe en la Naturaleza un sutil magnetis- 
mo y que, si cedemos inconscientemente a él, nos dirigirá co- 
rrectamente. No da igual qué senda tomemos. Hay un camino 
adecuado, pero somos muy propensos, por descuido y estupi- 
dez, a elegir el erróneo. Nos gustaría tomar ese buen camino, 
que nunca hemos emprendido en este mundo real y que es sím- 
bolo perfecto del que desearíamos recorrer en el mundo ideal e 
interior; y si a veces hallamos difícil elegir su dirección, es -con 
toda seguridad- porque aún no tiene existencia clara en nues- 
tra mente. 

Cuando salgo de casa a caminar sin saber todavía a dónde 
dirigir mis pasos y sometiéndome a lo que el destino decida 
en mi nombre, me encuentro, por raro y extravagante que 
pueda parecer, con que, final e inevitablemente, me encamino 
al sudoeste, hacia un bosque, un prado, un pastizal abando- 
nado o una colina que haya en esa dirección. Mi aguja es 
lenta en fijarse: oscila unos pocos grados, no siempre señala 
directamente al sudoeste, es cierto, y tiene criterio propio res- 
pecto a esta variación, pero siempre se estabiliza entre el oes- 
te y el sudoeste. El futuro me tiende ese camino, y la tierra 



136 /Henry David Thoreau 



parece, por ese lado, más inagotada y generosa. El esquema 
que perfilarían mis caminatas no sería un círculo, sino una 
parábola o, mejor, como una de esas órbitas cometarias que 
se consideran curvas de no retorno, abriéndose en este caso 
hacia el oeste y en la que mi casa ocuparía el lugar del sol. A 
veces doy vueltas de un lado para otro, incapaz de decidirme, 
durante un cuarto de hora, hasta que resuelvo, por milésima 
vez, caminar hacia el suroeste o el oeste. En dirección a levan- 
te sólo voy a la fuerza; pero hacia el oeste camino libremente. 
Ningún asunto me lleva allí. Me resulta difícil creer que pue- 
da encontrar paisajes bellos o suficiente naturaleza salvaje y 
libertad tras el horizonte oriental. No me emociona la pers- 
pectiva de dirigirme hacia él; en cambio, me parece que el 
bosque que veo en el occidental se extiende sin interrupción 
hacia el sol poniente y que no alberga ciudades lo bastante 
grandes como para molestarme. Dejadme vivir donde quiera; 
aquí está la ciudad, allá la naturaleza; cada vez abandono 
más la primera para retirarme al estado salvaje. No haría tanto 
hincapié en ello si no creyese que algo similar constituye la 
tendencia predominante entre mis compatriotas. Debo cami- 
nar hacia Oregón, no hacia Europa. El país está moviéndose 
en la misma dirección; y cabría decir que la humanidad pro- 
gresa de este a oeste. En unos pocos años hemos asistido, en 
la colonización de Australia, al fenómeno de una emigración 
hacia el sudeste; pero esto nos parece un movimiento retró- 
grado y, a juzgar por el carácter moral y físico de la primera 
generación de australianos, el experimento todavía no ha te- 
nido éxito. Los tártaros orientales piensan que al oeste del 
Tíbet no hay nada. "El mundo acaba allí", dicen; "más allá 
sólo hay un mar sin orillas". Habitan un oriente sin remedio. 

Nosotros vamos al este a comprender la historia y a estu- 
diar las obras del arte y de la literatura, rehaciendo los pasos 
de la raza; al oeste, nos dirigimos como hacia el futuro, con 
espíritu de iniciativa y aventura. El Atlántico es el río Leteo, al 
atravesar el cual hemos tenido la oportunidad de olvidar el 
Viejo Mundo y sus instituciones. Si esta vez no tenemos éxito, 
quizá haya a la izquierda otra posibilidad para la raza, antes 
de llegar a las orillas de la Estigia: en el Leteo del Pacífico, que 
es tres veces más ancho. 



Desobediencia civil y otros textos/ 137 



Ignoro si resulta muy significativo o hasta qué punto cons- 
tituye una prueba de singularidad que un individuo coincida 
en sus paseos más insignificantes con el movimiento general de 
la raza, pero sé que algo semejante al instinto migratorio de 
aves y cuadrúpedos -que, como se sabe, en ciertos casos ha 
afectado a la familia de las ardillas, empujándolas a un despla- 
zamiento generalizado y misterioso, durante el que se las ha 
visto, dicen, cruzar los ríos más anchos, cada una en su rama, 
con la cola desplegada como una vela, y tender puentes sobre 
los arroyos más estrechos con los cadáveres de sus compañe- 
ras-; que algo así como el furor que ataca al ganado doméstico 
en primavera, y que se atribuye a un gusano que tienen en el 
rabo, afecta tanto a las naciones como a los individuos, de 
forma permanente o de cuando en cuando. No es que grazne 
sobre nuestra ciudad una bandada de gansos salvajes, pero hasta 
cierto punto trastorna el valor actual de los bienes inmuebles; 
y, si yo fuera agente de la propiedad, probablemente tomara en 
cuenta semejante perturbación. 

Cuando muchos más parten en peregrinación 
Y viajan buscando costas desconocidas. 

Cada anochecer al que asisto me inspira el deseo de mar- 
char hacia un oeste tan lejano y hermoso como aquel en el que 
el sol se pone. Parece que el sol emigre cada día hacia occidente 
y nos invite a seguirlo. Es el Gran Pionero en camino al Oeste 
al que siguen las naciones. Soñamos toda la noche con aquellas 
cadenas montañosas del horizonte -aunque deben de ser sólo 
vapor-, las últimas que doraron sus rayos. Parece que la 
Atlántida y las islas y jardines de las Hespérides, algo así como 
un paraíso terrenal, fueron el Gran Oeste de los antiguos, 
envuelto en misterio y poesía. ¿Quién no ha visto en su imagi- 
nación, al contemplar el cielo del ocaso, los jardines de las 
Hespérides y el fundamento de todas aquellas fábulas? 

Colón sintió la querencia del oeste con más fuerza que na- 
die antes que él. La obedeció y halló un Nuevo Mundo para 
Castilla y León. El rebaño humano olió desde lejos verdes pas- 
tos, en aquellos días. 



138 /Henry David Thoreau 



Y el sol se acostó ya detrás de las colinas, 

Y se hundió en la bahía occidental; 

Y se elevó otra vez, y arrastró su azul manto; 
Mañana, a verdes bosques y pastizales nuevos. 



¿En qué lugar del mundo puede encontrase una zona de 
extensión igual a la que ocupa el conjunto de nuestros estados, 
tan fértil, rica y variada en sus productos y al mismo tiempo 
tan habitable para los europeos? Michaux, que la conocía en 
parte, dice que "las especies de árboles de gran tamaño son 
mucho más numerosas en Norteamérica que en Europa; en los 
Estados Unidos hay más de ciento cuarenta especies que sobre- 
pasan los treinta pies de altura; en Francia no hay más que 
treinta que alcancen ese tamaño". Botánicos posteriores con- 
firman sobradamente sus observaciones. Humboldt vino a 
América a verificar sus sueños juveniles sobre la vegetación 
tropical y la contempló en su mayor perfección en los bosques 
primitivos del Amazonas, la más gigantesca zona selvática de 
la Tierra, que tan elocuentemente describió. El geógrafo Guyot, 
que era europeo, fue más lejos, más de lo que estoy dispuesto a 
seguirle, aunque no cuando dice: "Así como la planta se hizo 
para el animal y el mundo vegetal para la fauna, América fue 
creada para el hombre del Viejo Mundo... El hombre del Viejo 
Mundo sigue su camino. Dejando las tierras altas de Asia, des- 
ciende, de etapa en etapa, hacia Europa. Cada uno de sus pa- 
sos viene señalado por una nueva civilización, superior a la 
precedente, por una mayor capacidad de desarrollo. Llegado 
al Atlántico, hace una pausa en la orilla de ese océano desco- 
nocido, cuyos límites ignora, y vuelve sobre sus pasos durante 
un momento". Cuando ha agotado el rico suelo europeo y se 
ha revigorizado, "reemprende su atrevida carrera hacia el oes- 
te, como en las épocas anteriores". Hasta aquí, Guyot. 

De esta toma de contacto del impulso hacia occidente con 
la barrera del Atlántico brotan el comercio y la iniciativa de los 
tiempos modernos. El joven Michaux, en su Viajes al oeste de 
los Alleghanies en 1802, dice que la pregunta común entre los 
recién asentados en el Oeste era: "¿De qué parte del mundo 
vienes?". Como si esas vastas y fértiles regiones fuesen por 



Desobediencia civil y otros textos/ 139 



naturaleza el lugar de encuentro y la patria común de todos los 
habitantes del planeta. 

Para utilizar una obsoleta expresión latina, podría decir: 
Ex Oriente lux; ex Occidente frux. De Oriente, la luz; de Occi- 
dente, el fruto. 

Sir Francis Head, viajero inglés y gobernador general de 
Canadá, nos dice que "en ambos hemisferios americanos, el 
septentrional y el meridional, la Naturaleza no se ha limitado 
a diseñar sus obras a mayor escala, sino que ha pintado todo 
el cuadro con colores más intensos y suntuosos que los utili- 
zados para bosquejar el Viejo Mundo... Los cielos de Améri- 
ca parecen infinitamente más altos, más azules; el aire, más 
puro; el frío, más intenso; la luna, más grande; las estrellas, 
más brillantes; el trueno, más sonoro; el relámpago, más vi- 
vaz; el viento, más potente; la lluvia, más fuerte; las montañas, 
más elevadas; los ríos, más largos; los bosques, mayores; las 
llanuras, más extensas". Esta declaración servirá por lo me- 
nos para enfrentarla a la relación de Buffon acerca de esta par- 
te del mundo y sus producciones. Linneo dijo, hace mucho: 
"Nescio quae facies laeta, glabra plantis americanis: Hay un 
no sé qué de alegre y suave en el aspecto de las plantas ameri- 
canas"; y me parece que en esta tierra no existen africanae 
bestiae, animales africanos, como los llamaban los romanos, o 
a lo sumo hay muy pocos, y que también a este respecto resul- 
ta particularmente apta para la habitación humana. Nos han 
contado que, cada año, en tres millas a la redonda del centro 
de Singapur, una ciudad de las Indias Orientales, los tigres matan 
a alguno de sus habitantes; en cambio, en casi cualquier lugar 
de Norteamérica puede el viajero acostarse por la noche en los 
bosques sin temor a los animales salvajes. 

Son éstos testimonios alentadores. Si la luna parece mayor 
aquí que en Europa, probablemente suceda lo mismo con el 
sol. Si los cielos de América parecen infinitamente más altos, y 
las estrellas más brillantes, confío en que simbolicen la 
elevación a la que la filosofía, la poesía y la religión de sus 
moradores pueden algún día remontarse. Quizá el cielo inma- 
terial llegue por fin a parecerle a la mentalidad americana 
mucho más elevado, y las insinuaciones que lo constelan mu- 
cho más rutilantes. Porque creo que el clima tiene ese efecto 



140 /Henry David Thoreau 



sobre el hombre, del mismo modo que hay algo en el aire de las 
montañas que alimenta el espíritu e inspira. Con tales influen- 
cias, ¿no alcanzará el hombre mayor perfección tanto física 
como intelectual? ¿O acaso no importa cuántos días brumosos 
haya en su vida? Espero que seamos más imaginativos, que 
nuestros pensamientos sean más claros, más frescos y más eté- 
reos, como nuestro cielo; nuestros conocimientos más amplios, 
como nuestras praderas; nuestro intelecto, en términos genera- 
les, de una escala mayor, como nuestros truenos, nuestros re- 
lámpagos, nuestros ríos, montañas y bosques; e incluso que 
nuestros corazones se correspondan en amplitud, profundidad 
y grandeza con nuestros mares interiores. Tal vez el viajero 
llegue a percibir en nuestros mismos rostros algo, un no se qué 
de laeta y glabra, de gozoso y sereno. ¿Con qué otro objeto se 
mueve el mundo y por qué se descubrió América? A los ameri- 
canos huelga casi decirles: 

La estrella del imperio sigue su camino hacia el oeste. 

Como auténtico patriota, me avergonzaría pensar que Adán, 
en el Paraíso, tuviese una situación más favorable en términos 
generales que un rústico en este país. 

En Massachusetts, nuestras simpatías no se limitan a Nue- 
va Inglaterra; aunque podamos estar distanciados del Sur, sim- 
patizamos con el Oeste. Ahí está el hogar de nuestros hijos 
más jóvenes; como entre los escandinavos, se hicieron a la 
mar para buscar su herencia. Es demasiado tarde para estar 
estudiando hebreo; es más importante entender incluso la jer- 
ga de hoy en día. 

Hace algunos meses, acudí a ver un panorama del Rin. Era 
como un sueño medieval. Me deslicé flotando, con algo más 
que con la imaginación, por su histórica corriente bajo puentes 
construidos por los romanos y reparados por héroes posterio- 
res; ante ciudades y castillos cuyos mismos nombres eran mú- 
sica a mis oídos, y cada uno de ellos, el tema de una leyenda. 
Allí estaban Ehrenbreitstein, y Rolandseck y Coblenza, que sólo 
conocía por la historia. Me interesaron sobre todo las ruinas. 
Una música callada, como de cruzados partiendo a Tierra San- 
ta, parecía elevarse de las aguas y de las colinas y los valles 



Desobediencia civil y otros textos/ 141 



revestidos de viñedos. Flotaba, hechizado por un ensalmo, como 
si me hubieran transportado a una edad heroica y respirase la 
atmósfera caballeresca. 

Poco después, fui a ver un panorama del Mississippi y, mien- 
tras remontaba trabajosamente el río a la luz de hoy en día, 
veía los vapores que cargaban madera, contaba las ciudades 
que surgían, miraba las recientes ruinas de Nauvoo y a los in- 
dios desplazándose hacia el oeste a través de la corriente; y al 
contemplar ahora el Ohio y el Missouri, como antes el Mosela, 
y al escuchar las leyendas de Dubuque y del acantilado de 
Winona -pensando más en el futuro que en el pasado o el pre- 
sente- advertí que aquella era la misma corriente que la del 
Rin, pero de un tipo distinto: que aún faltaban por poner los 
cimientos de los castillos y por tender puentes famosos sobre el 
río; y sentí que ésta es la auténtica edad heroica, aunque no la 
reconozcamos, porque el héroe es normalmente el más sencillo 
y oscuro de los hombres. 

El Oeste del que hablo no es sino otro nombre de lo salvaje; 
y a lo que quería llegar es a que la Naturaleza salvaje es lo que 
preserva el mundo. En busca de ella extienden los árboles sus 
fibras. Las ciudades la importan a cualquier precio. Los hom- 
bres aran y navegan por su causa. Desde el bosque y los terri- 
torios incultos llegan los tónicos y las cortezas que vigorizan a 
la humanidad. Nuestros antepasados eran salvajes. La historia 
de Rómulo y Remo amamantados por una loba no es una fá- 
bula sin sentido. Los fundadores de todos los estados que se 
han elevado hasta la eminencia extrajeron su alimento y su 
vigor de parecidas fuentes salvajes. Porque los hijos del Impe- 
rio no fueron amamantados por la loba, acabaron conquista- 
dos y desplazados por los hijos de los bosques septentrionales, 
que sí lo habían sido. 

Soy partidario del bosque y de la pradera, y de la noche, 
cuando crece el maíz. Necesitamos una infusión de abeto del 
Canadá o arbor vitae [árbol de la vida] en nuestro té. Hay una 
diferencia entre comer y beber para fortalecerse y hacerlo por 
mera glotonería. 

Los hotentotes devoran con avidez el tuétano crudo del kudú 
y otros antílopes como cosa normal. Algunos de nuestros 



142 /Henry David Thoreau 



indios del norte se comen crudo el del reno ártico, así como 
otras partes, entre ellas las puntas de los cuernos, con tal de 
que estén tiernos. Y en este punto, quizá se hayan anticipado a 
los cocineros de París. Toman lo que habitualmente sirve para 
alimentar el fuego. Probablemente sea mejor para sacar ade- 
lante a un hombre que la carne de vaca estabulada y la de 
cerdo del matadero. Dadme una tierra inculta, cuya visión no 
pueda soportar civilización alguna... como si viviéramos de 
devorar crudo el tuétano de los kudús. 

Hay ciertos claros, que ribetea el trino del zorzal, a los que 
yo emigraría: tierras salvajes donde ningún colono se ha asen- 
tado; para las cuales, creo, ya estoy aclimatado. 

El cazador africano Cummings nos cuenta que la piel del 
eland, igual que la de la mayoría de los antílopes recién muer- 
tos, emite el más delicioso aroma a árboles y hierba. Desearía 
que todos los hombres fueran como antílopes salvaje, tan inte- 
grados en la Naturaleza que su propio cuerpo advirtiese de su 
presencia a nuestros sentidos de modo tan encantador y nos 
evocase aquellas zonas de la Naturaleza que más frecuentara. 
Ni se me ocurre ironizar cuando el chaquetón del trampero 
huele a rata almizclera; me resulta un olor más dulce que el que 
habitualmente exhalan las prendas de los comerciantes o las de 
los eruditos. Cuando entro en sus guardarropas y toco sus tra- 
jes, no me evocan las herbosas llanuras y las praderas floridas 
que han conocido, sino el polvo de las transacciones mercanti- 
les y las bibliotecas. 

Una piel bronceada es muy respetable, y quizás el aceituna- 
do sea un color más adecuado que el blanco para un hombre... 
un habitante de los bosques. "¡El pálido hombre blanco!" No 
me extraña que el africano sintiese compasión por él. Dice 
Darwin, el naturalista: "Un hombre blanco bañándose al lado 
de un tahitiano era como una planta descolorida por el arte del 
jardinero, comparada con otra sana, verde oscuro, que crecie- 
ra vigorosa en los campos abiertos". 

Ben Jonson exclama: 

¡Cuán próximo a lo bueno está lo bello! 
De la misma manera, yo diría: 

Desobediencia civil y otros textos/ 143 



¡Cuan cercano a lo bueno es lo salvaje! 

La vida está en armonía con lo salvaje. Lo más vivo es lo 
más salvaje. Aún no sometido al hombre, su presencia lo re- 
conforta. Alguien que avanzara incesantemente, sin descansar 
nunca de sus tareas, que creciese deprisa y plantease infinitas 
exigencias a la vida, siempre se encontraría en un nuevo país o 
en un nuevo despoblado, rodeado de las materias primas de la 
vida. Treparía sobre los abatidos troncos de los árboles del 
bosque primitivo. 

No hallo esperanza ni futuro para mí en los céspedes y los 
campos cultivados, ni en pueblos y ciudades, sino en los 
marjales impenetrables y movedizos. Cuando, antaño, anali- 
zaba mi predilección por alguna granja que había pensado 
comprar, descubría con frecuencia que lo único que me atraía 
era una pequeña extensión de unas pocas pérticas cuadradas 
de pantano impenetrable e insondable: un sumidero natural en 
un rincón. Esa era la joya que me deslumhraba. Obtengo más 
sustento de las marismas que rodean mi pueblo natal que de 
los jardines cultivados en su interior. No hay arriates más es- 
pléndidos a mis ojos que los densos macizos de andrómeda 
enana (Cassandra caly culata) que cubren esas zonas tiernas de 
la superficie de la tierra. La botánica no puede ir más allá de 
decirme los nombres de los arbustos que en ellas crecen: 
arándano, andrómeda paniculada, andrómeda marina, azalea 
y rododendro, erguidos en la trémula turba. A menudo pienso 
que me gustaría tener mi casa frente a esa masa de arbustos de 
un rojo apagado, sin otro macizo ni arriate de flores, sin el 
abeto trasplantado ni el elegante boj, incluso sin paseos de gra- 
va. (Poseer esta fértil parcela requeriría traer de fuera no pocas 
carretillas de tierra sólo para cubrir la arena que se extraería al 
excavar el sótano.) ¿Por qué no situar mi casa, mi sala de estar, 
detrás de este terreno, en lugar de tras esa exigua colección de 
curiosidades, ese pobre intento de Naturaleza y Arte al que 
llamo patio delantero? Cuesta mucho limpiar y adecentar cuan- 
do se van el albañil y el carpintero, aunque si se hace es tanto 
por el transeúnte como por el morador de la casa. Y ni siquiera 
el vallado de mejor gusto me ha parecido nunca un objeto de 
estudio agradable; los adornos más elaborados, los remates en 



144 /Henry David Thoreau 



bellota, o en lo que sea, me cansan y me repugnan enseguida. 
Adelantad, pues, vuestros alféizares hasta el límite mismo del 
marjal (aunque no sea lo mejor para mantener seco el sótano), 
y así los vecinos no podrán acceder por ese lado. Los patios 
delanteros no se han hecho para pasear, sino, en todo caso, 
para cruzarlos; podéis entrar por la parte posterior. 

Sí. Aunque me consideréis un pervertido, si alguien me diese a 
elegir entre vivir en las proximidades del más bello jardín que ha 
conseguido el arte de los hombres o cerca de una lóbrega maris- 
ma, optaría sin duda por la marisma. ¡Cuán vanos, pues, en lo 
que a mí respecta, han sido todos vuestros trabajos, ciudadanos! 

Mi ánimo se eleva en proporción exacta con la monotonía 
exterior. ¡Dadme el océano, el desierto o las tierras incultas! 
La soledad y el aire puro compensan en el desierto la falta de 
humedad y fertilidad. El viajero Burton, dice de él: "Tu moral 
mejora; te vuelves franco y cordial, hospitalario y resuelto... 
En el desierto, los licores espirituosos sólo provocan asco. 
Hay un vivo placer en la mera existencia animal". Los que 
han pasado mucho tiempo viajando por las estepas de la 
Tartaria dicen: "Al volver a tierras cultivadas, nos agobiaba y 
nos sofocaba la agitación, el aturdimiento y el tumulto de la 
civilización; el aire nos parecía insuficiente y nos sentíamos a 
cada momento a punto de morir de asfixia". Cuando quiero 
esparcimiento, busco el bosque más oscuro, la más densa, in- 
terminable y -para el ciudadano- triste marisma. Entro en un 
marjal como en un lugar sagrado, un sanctasanctórum. Ahí 
está la fuerza, el ápice de la Naturaleza. El bosque silvestre 
cubre el suelo virgen y la misma tierra es buena para hombres 
y para árboles. La salud de un hombre requiere tantos acres 
de prado a la vista como cargas de estiércol una granja. Son 
las poderosas sustancias de las que se alimenta. Una ciudad 
se salva tanto por sus hombres dignos como por los bosques 
y los pantanos que la rodean. Un municipio con un bosque 
primitivo meciéndose a un lado, y otro pudriéndose al lado 
contrario está en condiciones de producir no sólo maíz y pa- 
tatas, sino también poetas y filósofos para las épocas venideras. 
En tierras así crecieron Homero, Confucio y los demás, y de 
una zona inculta semejante llegó el Reformador que se ali- 
mentaba de langostas y miel silvestre. 



Desobediencia civil y otros textos/ 145 



La conservación de la fauna salvaje exige, por lo general, la 
creación de un bosque en el que pueda vivir o que frecuente. 
Lo mismo sucede con el hombre. Hace cien años se vendía en 
nuestras calles la corteza arrancada en los bosques. En el as- 
pecto mismo de esos árboles primitivos y robustos había, creo, 
un principio curtidor que endurecía y consolidaba la fibra de 
los pensamientos humanos. ¡Ay! Me estremece el presente de 
mi pueblo natal, degenerado en comparación, en el que hoy no 
se puede conseguir una carga de corteza de buen grosor, ni 
producimos ya brea ni aguarrás. 

Las naciones civilizadas -Grecia, Roma, Inglaterra- han sido 
sustentadas por los bosques primitivos, que antiguamente se pu- 
drían donde se levantaban. Sobreviven mientras no se agote la 
tierra. ¡Ay, el cultivo humano! Poco se puede esperar de una na- 
ción cuando agota el suelo vegetal y se ve obligada a hacer abo- 
no con los huesos de sus padres. Entonces, el poeta sólo se man- 
tiene de sus grasas sobrantes y el filósofo se queda en los huesos. 

Dicen que la labor del americano es "trabajar la tierra 
virgen" y que "aquí, la agricultura alcanza ya proporciones 
desconocidas en ningún otro lugar". Pienso que el granjero 
desplaza al indio precisamente porque protege la pradera y se 
hace así más fuerte, y en algunos aspectos, más natural. El otro 
día, estuve midiendo para un hombre una sencilla línea recta 
de 132 pérticas, a través de un marjal en cuya entrada podrían 
haberse escrito las palabras que Dante leyó sobre la de las re- 
giones infernales: "Abandonad toda esperanza los que entráis" 
(de volver a salir alguna vez, se entiende); allí, en su propiedad, 
vi en una ocasión a mi patrón, aunque todavía era invierno, 
hundido literalmente hasta el cuello y nadando para salvar la 
vida. Tenía otra marisma similar que era imposible medir, por- 
que estaba completamente sumergida; y, a pesar de todo, fiel a 
sus instintos, me comentó respecto a un tercer marjal que sí 
medí, desde lejos, que por nada del mundo se desharía de él, a 
causa del cieno que contenía. Y pretende hacer en su derredor 
una zanja, en lo que invertirá cuarenta meses, y salvarlo de 
esta forma con la magia de su pala. Me refiero a él sólo como 
ejemplo de un tipo de hombre. 

Las armas con las que hemos ganado nuestras más impor- 
tantes victorias, y que deberían legarse de padre a hijo como 



146 /Henry David Thoreau 



reliquias familiares, no son la espada y la lanza, sino la guada- 
ña, el cortador de turba, la pala y la azada para cieno, 
herrumbrados con la sangre de muchos prados y ennegrecidos 
por el polvo de muchos campos de dura batalla. Los propios 
vientos llevaron el maizal a la pradera e indicaron un camino 
que el indio no tuvo habilidad para seguir. Carecía de mejor 
herramienta con que aferrarse a la tierra que una concha de 
almeja. Pero el granjero está armado de arado y pala. 

En literatura, sólo lo salvaje nos atrae. El aburrimiento no 
es sino otro nombre de la domesticación. Lo que nos deleita de 
Hamlet y La Ilíada, de todas las Escrituras y las mitologías, es 
la visión del mundo incivilizada, libre y natural, que no se apren- 
de en las escuelas. Así como el ganso silvestre es más rápido y 
más bello que el doméstico, también lo es el pensamiento sal- 
vaje, pato real que vuela sobre los pantanos mientras cae el 
rocío. Un libro verdaderamente bueno es algo tan natural y tan 
inesperada e inexplicablemente bello y perfecto como una flor 
silvestre descubierta en las praderas del Oeste o en las junglas 
orientales. El genio es una luz que hace visible la oscuridad, 
como el resplandor del relámpago, que tal vez haga añicos el 
templo mismo de la sabiduría, no de una vela encendida en el 
hogar de la raza que empalidece ante la luz del día ordinario. 

La literatura inglesa, desde los tiempos de los juglares hasta 
los poetas de la región de los Lagos -entre ellos, Chaucer, Spenser, 
Milton, e incluso Shakespeare-, carece prácticamente, en este 
sentido, de aliento fresco y salvaje. Es, esencialmente, una lite- 
ratura domesticada y civilizada, reflejo de Grecia y Roma. Sus 
parajes desérticos son un bosque lozano; su salvaje, un Robin 
Hood. Abunda en amor cordial por la Naturaleza, pero falta 
Naturaleza propiamente dicha. Sus crónicas nos informan so- 
bre cuándo se extinguieron los animales salvajes, pero no de 
cuándo se extinguieron los hombres salvajes que la habitaban. 

La ciencia de Humboldt es una cosa, la poesía otra. El poe- 
ta de hoy en día, pese a todos los descubrimientos científicos y 
la sabiduría acumulada por la humanidad, no disfruta de ven- 
taja alguna sobre Homero. 

¿Dónde está la literatura que dé expresión a la Naturaleza? 
Tendría que haber un poeta que pudiera someter los vientos y 
los ríos a su servicio, para que hablasen por él, que clavara 

Desobediencia civil y otros textos/ 147 



las palabras a sus significados primitivos, como clavan los 
granjeros en primavera las estacas que los hielos aflojaron; que 
rastreara el origen de los términos tan a menudo como los 
utilizase, que los transplantase a sus páginas con la tierra adhe- 
rida a las raíces; cuyas palabras fueran tan auténticas, frescas y 
naturales que parecieran desarrollarse como los brotes cuando 
se acerca la primavera, aunque quedaran medio asfixiadas en- 
tre dos hojas mohosas, en una biblioteca, sí, para allí florecer y 
dar fruto anualmente, de acuerdo con su género, al lector fiel, 
en armonía con la Naturaleza circundante. 

No sabría citar poema alguno que exprese adecuadamente 
este ansia por lo salvaje. Desde ese punto de vista, la mejor 
poesía resulta mansa. No sé en qué literatura, antigua o mo- 
derna, hallar un texto que me satisfaga respecto a esa Natura- 
leza que me es familiar. Advertiréis que pido algo que ninguna 
época, ni neoclásica ni isabelina, que ninguna cultura, en una 
palabra, puede ofrecer. La mitología es lo que más se le aproxi- 
ma. ¡Cuánto más fértilmente ha hundido, al menos, sus raíces 
en la Naturaleza la mitología griega, en comparación con la 
literatura inglesa! La mitología es la cosecha que produjo el 
Viejo Mundo antes de que su suelo quedase exhausto, antes de 
que la creatividad y la imaginación se marchitasen; y que sigue 
dando frutos allí donde su vigor prístino permanece constante. 
Las demás literaturas perduran sólo como los olmos que dan 
sombra a nuestras casas; pero ésta es como el gran árbol-dragón 
de las islas occidentales escocesas, tan viejo como la humanidad 
y, prospere o no, perdurará tanto como ella; porque la putrefac- 
ción de otras literaturas compone el humus en que crece. 

El Oeste se está preparando para añadir fábulas a las de 
Oriente. Los valles del Ganges, el Nilo, y el Rin, han dado su 
cosecha; queda por ver lo que producirán los del Amazonas, el 
Plata, el Orinoco, el San Lorenzo y el Mississippi. Tal vez cuan- 
do, en el curso de los siglos, la libertad americana se haya 
convertido en una ficción del pasado -como es, hasta cierto 
punto, una ficción del presente- los poetas del mundo se inspi- 
ren en la mitología americana. 

Ni siquiera los sueños más extravagantes de los salvajes son 
menos verdaderos, aunque puedan no resultar presentables para 
la sensibilidad común entre los ingleses y los americanos de 

148 /Henry David Thoreau 



hoy. No todas las verdades son aceptables para el sentido co- 
mún. La Naturaleza tiene un lugar tanto para la clemátide sil- 
vestre como para la col. Algunas expresiones de la verdad son 
reminiscentes; otras, simplemente sensatas, como suele decir- 
se; otras, proféticas. Ciertas formas de enfermedad pueden, 
incluso, profetizar formas de la salud. El geólogo ha descubier- 
to que las figuras de serpientes, grifos, dragones voladores y 
otros adornos extravagantes de la heráldica, tienen su modelo 
en formas de especímenes fósiles que se extinguieron antes de 
la creación del hombre y, por tanto, "indican un vago y oscuro 
conocimiento de un estadio anterior de la existencia orgáni- 
ca". Los hindúes soñaron que la tierra descansaba sobre un 
elefante, y el elefante sobre una tortuga, y la tortuga sobre una 
serpiente; y aunque pueda ser una coincidencia sin importan- 
cia, no estaría fuera de lugar decir aquí que se ha descubierto 
recientemente en Asia un fósil de tortuga lo bastante grande 
como para sostener a un elefante. Confieso que soy aficionado 
a estas fantasías estrambóticas que trascienden el orden del 
tiempo y la evolución. Constituyen el más sublime esparcimiento 
del intelecto. La perdiz adora los guisantes, pero no los que la 
acompañan en la cazuela. 

En una palabra, todas las cosas buenas son salvajes y libres. 
Hay algo en unos acordes musicales, sean producidos por un 
instrumento o por la voz humana -por ejemplo, el sonido de 
una corneta en una noche de verano- que por su salvajismo, 
hablando sin ánimo de ironizar, me recuerda a las voces que 
profieren los animales salvajes en sus bosques originarios. Pue- 
do entender mucha de su naturalidad. Dadme por amigos y 
vecinos hombres salvajes, no hombres domesticados. La natu- 
raleza de un salvaje no es sino un pálido símbolo de la terrible 
ferocidad que conocen los hombres buenos y los amantes. 

Me encanta, incluso, ver a los animales domésticos reafir- 
mar sus derechos innatos, cualquier evidencia de que no han 
perdido del todo sus hábitos originarios y salvajes ni su vigor; 
como cuando la vaca de mi vecino se escapa del pastizal a prin- 
cipios de primavera y nada alegremente por el río, una corrien- 
te fría y gris de unas veinticinco o treinta pérticas de anchura, 
crecida por el deshielo. Es el bisonte cruzando el Mississippi. A 
mis ojos, esta hazaña confiere cierta dignidad al rebaño... tan 



Desobediencia civil y otros textos/ 149 



digno de por sí. Las semillas del instinto se conservan bajo los 
gruesos cueros de las reses y los caballos, como la simiente en 
las entrañas de la tierra, durante un período indefindo. 

No solemos esperar que las reses tengan espíritu juguetón. 
Un día vi a una docena de novillos y vacas corriendo y retozan- 
do de un lado a otro, divirtiéndose torpemente, como ratas 
enormes, como gatitos. Agitaban la cabeza, levantaban el rabo, 
y corrían por una colina, arriba y abajo; y me di cuenta, tanto 
por sus cuernos como por lo que hacían, de su relación con la 
tribu de los ciervos. Pero, ¡ay!: un "¡so!" fuerte y repentino 
habría apagado al instante su ardor, les habría reducido de car- 
ne de venado a carne de vaca y habría congelado sus flancos y 
sus nervios, así como su movilidad. ¿Quién sino el Maligno ha 
gritado "¡so!" a la humanidad? De hecho, la vida del ganado, 
como la de muchos hombres, no es sino una forma de locomo- 
ción; mueven un flanco cada vez y el hombre, con su maquina- 
ria, está encontrando el punto medio entre el caballo y el buey. 
Cualquier parte que haya tocado el látigo, queda a partir de 
entonces paralizada. ¿A quién se le ocurriría hablar de un flan- 
co refiriéndose a la flexible tribu de los gatos como hablamos 
del flanco de una vaca? 

Me alegro de que los caballos y los novillos tengan que ser 
domados antes de poder convertirlos en esclavos del hombre y 
de que los hombres mismos posean aún algún gramo de locura 
que gastar antes de volverse miembros sumisos de la sociedad. 
Indudablemente, no todos los hombres resultan igual de aptos 
para la civilización; y aunque la mayoría son, como los perros 
y las ovejas, mansos por disposición hereditaria, no por eso 
deberían los demás aceptar que se doblegue su idiosincrasia 
para poder rebajarlos al mismo nivel. Los hombres, en líneas 
generales, son parecidos; pero fueron creados distintos de modo 
que pudieran ser diferentes. Si hay que realizar una tarea vul- 
gar, cualquier hombre servirá igual que otro, o casi; si la tarea 
es importante, habrá que tener en cuenta la excelencia indivi- 
dual. Cualquiera puede tapar un agujero para evitar que entre 
el viento, pero ningún otro podría realizar un trabajo tan poco 
común como pintar mi retrato. Dice Confucio: "Cuando están 
curtidas, las pieles de los tigres y los leopardos son semejantes 
a las de los perros y las ovejas". Pero no es la función de una 



150 /Henry David Thoreau 



cultura auténtica amansar a los tigres, como no lo es convertir 
a las ovejas en seres feroces; y curtir las pieles de aquellos para 
hacer zapatos no constituye la mejor utilidad que puede dárseles. 

Al echar un vistazo a una lista de nombres propios en una 
lengua extranjera, como la de los oficiales del ejército o la de 
los autores que han escrito sobre un tema determinado, recuer- 
do una vez más que en un nombre no hay nada. Menschikoff, 
por ejemplo, no me suena más humano que los bigotes de un 
roedor, y podría ser el nombre de una rata. A los polacos y a 
los rusos, nuestros nombres les suenan igual que los suyos a 
nosotros. Es como si los nombres se adjudicaran de acuerdo 
con un galimatías infantil: "Iery wiery ichery van, tittle-tol-tan 
[Pinto pinto gorgorito...]". Me viene a la mente un rebaño de 
criaturas salvajes que pulularan por la tierra y a cada una de 
las cuales hubiese adjudicado el pastor algún sonido bárbaro 
en su propio dialecto. Los nombres de los hombres son, por 
supuesto, tan vulgares y desprovistos de significado como Bose 
o Tray, los nombres de perro. 

Pienso que sería filosóficamente provechoso que a los hom- 
bres se les llamara en conjunto, como se los conoce. Sólo se- 
ría necesario saber el género, y quizás la raza o la variedad, 
para conocer al individuo. No estamos preparados para ad- 
mitir que cada soldado raso de un ejército romano tuviera su 
nombre propio... porque no se nos ha ocurrido que tuviera 
un carácter propio. 

Hasta el presente, nuestros únicos nombres auténticos son 
los apodos. Conocí a un chico al que sus compañeros de juego 
apodaban, por su fuerza inusitada, Destrozón, y el apodo lle- 
gó a suplantar al nombre de pila. Cuentan algunos viajeros 
que un indio no recibía un nombre desde el principio, sino que 
lo ganaba, y que el nombre era su fama; en algunas tribus ad- 
quiría un nuevo nombre con cada nueva hazaña. Resulta paté- 
tico que alguien lleve un nombre sólo por comodidad, que no 
haya ganado ni su nombre ni su fama. 

No voy a permitir que los simples nombres me impongan 
distinciones: seguiré viendo a todos los hombres en rebaños. 
Un nombre familiar no puede hacerme menos extraña a una 
persona. Puede que se le haya otorgado a un salvaje que 

Desobediencia civil y otros textos/ 151 



mantiene en secreto su propio título salvaje, el que ganara en 
los bosques. Tenemos en nuestro interior un salvaje natural; y 
quizás algún nombre salvaje esté registrado como nuestro. Ob- 
servo que mi vecino, que lleva el epíteto familiar de William, o 
Edwin, se lo quita junto con su chaqueta. No se le queda adhe- 
rido cuando duerme ni cuando está encolerizado, ni cuando lo 
arrebata la pasión o la inspiración. Me parece haber oído pro- 
nunciar por alguno de los suyos, en momentos así, su nombre 
originario en una lengua enrevesada, aunque melodiosa. 

He aquí nuestra inmensa, salvaje, aulladora madre, la Natu- 
raleza, presente por doquier con tanta belleza y tanto afecto 
hacia sus hijos como el leopardo; y sin embargo, qué pronto 
hemos abandonado su pecho para entregarnos a la sociedad, a 
esa cultura que no es más que una interacción entre hombres, 
una especie de apareamiento que, como mucho, produce la vul- 
gar nobleza inglesa, una civilización destinada a un pronto fin. 

En la sociedad, en las mejores instituciones humanas, es fácil 
detectar cierta precocidad. Cuando aún deberíamos ser niños 
en edad de crecer, somos ya hombrecitos. Dadme una cultura 
que traiga mucho estiércol de las praderas y profundice en la 
tierra, ¡no ésta que sólo confía en abonos que queman y en uten- 
silios y métodos de cultivo mejorados! 

Cuántos pobres estudiantes con vista cansada de los que he 
oído hablar, crecerían más rápido, tanto intelectual como físi- 
camente si, en vez de quedarse despiertos hasta tan tarde, se 
permitieran el sueño honrado de los tontos. 

Puede darse un exceso hasta de luz formativa. Niepce, un 
francés, descubrió el "actinismo", esa energía de los rayos del 
sol que produce un efecto químico; que actúa sobre las rocas 
de granito, las estructuras pétreas y las estatuas metálicas "de 
forma igualmente destructiva durante las horas de sol y, si no 
fuera por ciertas disposiciones de la Naturaleza no menos ma- 
ravillosas, pronto perecerían bajo el delicado toque del más 
sutil de los agentes del universo". Pero observó que "los cuer- 
pos sometidos a este cambio durante las horas diurnas poseían 
la facultad de restituirse a sus condiciones originales durante 
las nocturnas, cuando ya no los afectaba aquella excitación". 
De ahí se ha inferido que "las horas de oscuridad son tan 



152 /Henry David Thoreau 



necesarias para el universo inorgánico como sabemos que lo 
son la noche y el sueño para el orgánico". Ni siquiera la luna 
brilla todas las noches, sino que cede su lugar a la oscuridad. 

No me gustaría ver cultivados a todos los hombres, ni cada 
parte del hombre, como tampoco quisiera que lo fuese cada acre 
de tierra: una parte ha de destinarse al cultivo, pero la parte 
mayor ha de consistir en praderas y bosque, que no sólo tienen 
una utilidad inmediata, sino que además preparan el suelo con 
vistas al futuro mediante la putrefacción anual de su vegetación. 

Un niño puede aprender otras letras, aparte de las que in- 
ventó Cadmo. Los españoles tienen un buen término para ex- 
presar esta sabiduría salvaje y oscura: Gramática parda, una 
forma de sentido común que proviene del mismo leopardo al 
que he hecho referencia. 

Hemos oído hablar de una Sociedad para la Difusión de 
Conocimientos Útiles. Se dice que saber es poder y cosas por el 
estilo. Me parece que tenemos igual necesidad de una Sociedad 
para la Difusión de la Ignorancia Útil, a la que llamaremos 
Conocimiento Bello, una sabiduría provechosa en un sentido 
más elevado: pues, ¿qué es la mayor parte de nuestra llamada 
sabiduría, tan cacareada, más que la presunción de que sabe- 
mos algo, lo que nos roba la ventaja de nuestra ignorancia 
real? Lo que llamamos sabiduría es a menudo nuestra ignoran- 
cia positiva; la ignorancia, nuestra sabiduría negativa. Gracias 
a muchos años de trabajo paciente y lectura de la prensa 
-porque, ¿qué otra cosa son las bibliotecas científicas sino ar- 
chivos de periódicos?- un hombre acumula una miríada de 
datos, los almacena en su memoria, y luego, cuando en alguna 
primavera de su vida deambula fuera de casa, por los Grandes 
Campos del pensamiento, se lanza hacia la hierba como un 
caballo, por decirlo de alguna manera, y deja todos los arreos 
atrás, en el establo. A veces les diría a los de la Sociedad para la 
Difusión de Conocimientos Útiles: "Láncense a la hierba. Ya 
han comido heno demasiado tiempo. Llegó la primavera con 
su verde cosecha". Hasta a las vacas las llevan a pastar en el 
campo antes de finales de mayo; aunque he oído hablar de un 
granjero desnaturalizado que encerraba a su vaca en la cuadra 
y la alimentaba con heno todo el año. Así trata con frecuencia la 
Sociedad para la Difusión de Conocimientos Útiles a su ganado. 



Desobediencia civil y otros textos/ 153 



A veces, la ignorancia de un hombre no sólo es útil, sino 
también bella, mientras que su pretendida sabiduría resulta a 
menudo, además de desagradable, peor que inútil. ¿Con quién 
es mejor tratar? ¿Con quien no sabe nada de un tema y, lo que 
es enormemente raro, sabe que no sabe nada, o con quien sabe 
algo del asunto, en efecto, pero cree que lo sabe todo? 

Mi deseo de conocimiento es intermitente; pero el de bañar 
mi mente en atmósferas ignoradas por mis pies es perenne y 
constante. Lo más alto a lo que podemos aspirar no es a la 
Sabiduría, sino la Simpatía con la inteligencia. No tengo 
constancia de que esta sabiduría más elevada alcance algo más 
definitivo que una nueva y enorme sorpresa ante la súbita re- 
velación de la insuficiencia de cuanto hemos llamado hasta el 
momento Sabiduría: el descubrimiento de que hay más cosas 
en los cielos y en la tierra de las que sueña nuestra filosofía. Es 
la iluminación de la neblina por el sol. El hombre no puede 
saber en ningún sentido más alto que éste, de la misma manera 
que no puede mirar tranquila e impunemente al sol: '£lq n vocov, 
ov Keivov vot)cj£i<;; "Lo que percibas, no lo percibirás como 
algo concreto", dicen los oráculos caldeos. 

Hay algo de servil en la costumbre de buscar una ley a la 
que obedecer. Podemos estudiar las leyes de la materia cuando 
nos sea posible y para lo que nos interese, pero una vida 
lograda no conoce ley ninguna. Es, sin duda, un desafortuna- 
do descubrimiento el de una ley que nos ata cuando antes no 
sabíamos que estábamos atados. ¡Vive libre, hijo de la niebla!... 
y respecto a la sabiduría, todos somos hijos de la niebla. El 
hombre que se permite la libertad de vivir es superior a todas 
las leyes, en virtud a su relación con el legislador. "Es servicio 
activo", dice el Vishnu Purana, "el que no se convierte en 
servidumbre; es sabiduría la que sirve a nuestra liberación: to- 
dos los demás servicios sólo valen para agotarnos; todas las 
demás sabidurías sólo son habilidades de artista". 

Resulta notable cuán pocos acontecimientos o crisis hay en 
nuestras historias; qué poco hemos ejercitado nuestras mentes; 
cuán pocas experiencias hemos tenido. Me encantaría estar 
seguro de que crezco deprisa y con exuberancia, aunque mi 
mismo crecimiento perturbe esta aburrida ecuanimidad; 



154 /Henry David Thoreau 



aunque sea luchando durante las largas, oscuras y bochorno- 
sas noches o temporadas de tristeza. Estaría bien, aunque to- 
das nuestras vidas fueran una divina tragedia en lugar de estas 
comedias o farsas triviales. Dante, Bunyan y demás, por lo vis- 
to, habían ejercitado sus mentes más que nosotros: estaban 
sometidos a un tipo de cultura que nuestras escuelas y univer- 
sidades locales no prevén. Incluso Mahoma, aunque muchos 
pueden poner el grito en el cielo por mencionarlo, tenía mucho 
más por qué vivir, sí, y por qué morir, que lo que tienen, por lo 
general, los que protestan. 

Cuando, muy de vez en vez, algún pensamiento nos visita, 
quizá como dando un paseo por la vía del tren, pasan los vago- 
nes sin que los oigamos siquiera. Pero al cabo de poco, por 
alguna ley inexorable, nuestra vida sigue y los vagones vuelven. 

Dulce brisa, que invisible vagas, 

y doblas los cardos en torno del Loira tormentoso, 

viajera de valles expuestos al viento, 

¿por qué abandonaste mi oído tan pronto? 

Aunque casi todos los hombres se sienten atraídos por la 
sociedad, a pocos les ocurre lo propio con la Naturaleza. Dada 
su reacción frente a ella, la mayoría de los hombres me pare- 
cen, a pesar de sus artes, inferiores a los animales. Por lo gene- 
ral, no hay una relación hermosa, como en el caso de éstos. 
¡Qué poco aprecio por la belleza del paisaje se da entre noso- 
tros! Tienen que decirnos que los griegos llamaban al mundo 
Koa^oi; [Cosmos], Belleza u Orden, y aún no vemos con clari- 
dad por qué lo hacían; como mucho, lo consideramos un 
curioso dato filológico. 

Por mi parte, siento que, con respecto a la Naturaleza, llevo 
una especie de vida fronteriza en los confines de un mundo en 
el que me limito a realizar entradas ocasionales y fugaces in- 
cursiones, y que mi patriotismo y mi lealtad para con el Estado 
a cuyos territorios parezco replegarme son los de un merodea- 
dor. Para alcanzar la vida que llamo natural, seguiría alegre- 
mente hasta a un fuego fatuo por los pantanos y lodazales más 
inimaginables, pero ni luna ni luciérnaga alguna me han mos- 
trado el camino hacia ella. La Naturaleza es un personaje tan 

Desobediencia civil y otros textos/ 155 



vasto y universal que nunca hemos visto uno siquiera de sus 
rasgos. Quien pasea por los conocidos campos que se extien- 
den en torno a mi pueblo natal se encuentra a veces en un terri- 
torio distinto del descripto en las escrituras de propiedad, como 
si se hallase en algún lejano sector de los confines de Concord, 
donde acaba su jurisdicción y la idea que evoca la palabra 
Concord [Concordia] dejase también de inspirarnos. Esas gran- 
jas que yo mismo he medido, esos mojones que he levantado, 
aparecen confusos, como a través de una neblina; pero no hay 
química que los fije; se desvanecen de la superficie del cristal y 
el cuadro que pintó el artista surge vagamente por debajo. El 
mundo con el que estamos familiarizados no deja rastro y no 
tendrá aniversarios. 

La otra tarde, di un paseo por la granja de Spaulding. Vi 
cómo el sol poniente iluminaba el lado opuesto de un pinar 
majestuoso. Sus rayos dorados se dispersaban por los corredo- 
res del bosque como por los de un palacio. Tuve la impresión 
de que en esta parte de la tierra llamada Concord se hubiese 
establecido una familia antigua, admirable e ilustre en todos 
los conceptos, que yo no conocía... con el sol como sirviente... 
ajena a la sociedad del pueblo... a la que nadie visitaba. Vi su 
parque, su jardín de recreo, bosque adentro, en el campo de 
arándanos de Spaulding. Los pinos les proporcionaban techo 
mientras echaban raíces. La casa no saltaba a la vista; los árbo- 
les crecían a través de ella. Dudo si oí o no sonidos de una 
hilaridad contenida. Parecían apoyados en los rayos del sol. 
Tenían hijos e hijas. Y buena salud. El camino carretero de la 
granja, que cruza por medio el salón, no los incomodaba en 
absoluto; era como el fondo cenagoso de un estanque que a 
veces se vislumbra a través de los cielos reflejados. Jamás ha- 
bían oído hablar de Spaulding e ignoraban que es su vecino... 
aunque le oí silbar mientras conducía su tiro por la casa. Nada 
puede igualar la serenidad de sus vidas. Su escudo de armas es 
un simple liquen. Lo vi pintado en los pinos y en los robles. Sus 
desvanes estaban en las copas de los árboles. Desconocían la 
política. No había ruidos de trabajo. No advertí que estuviesen 
tejiendo o hilando. Pero sí detecté, cuando el viento se calmaba 
y podía oír desde lejos, el dulce arrullo de la música más delica- 
da que pueda imaginarse -como el de una colmena distante, en 



156 /Henry David Thoreau 



mayo-, que tal vez fuera el sonido de sus ideas. No tenían pen- 
samientos ociosos y ningún extraño podía ver su obra, porque 
no rodeaban su diligencia de nudos y excrecencias. 

Pero encuentro difícil recordarlos. Se desvanecen sin reme- 
dio de mi mente incluso ahora, mientras hablo y me empeño en 
evocarlos. Sólo después de un esfuerzo duro y prolongado para 
reunir mis mejores recuerdos, vuelvo a ser consciente de su 
vecindad. Si no fuera por familias como esta, creo que me mar- 
charía de Concord. 

En Nueva Inglaterra acostumbramos a decir que cada año 
nos visitan menos pichones. Nuestros bosques no les propor- 
cionan perchas. Diríase que, de la misma manera, cada año 
visitan menos pensamientos a los hombres en edad de crecer, 
pues la arboleda de nuestras mentes ha sido devastada, ven- 
dida para alimentar innecesarias hogueras de ambición, o en- 
viada a la serrería, y apenas queda una ramita en que posar- 
se. Ya no anidan ni crían entre nosotros. Quizá en las épocas 
más clementes pase volando a través del paisaje mental una 
ligera sombra, proyectada por las alas de alguna idea en su 
migración primaveral u otoñal pero, mirando hacia arriba, 
somos incapaces de descubrir la sustancia del pensamiento 
mismo. Nuestras aladas ideas se han convertido en aves de 
corral. Ya no se remontan y sólo alcanzan la magnificencia al 
nivel de los pollos de Shanghai o de Cochinchina. ¡Aquellas 
gra-an-des ideas, aquellos gra-an-des hombres de los que 
habréis oído hablar! 

Nos pegamos a la tierra, ¡qué pocas veces ascendemos! Pien- 
so que sería factible elevarnos un poco más. Podríamos trepar 
a un árbol, por lo menos. Una vez, hallé mi propia estimación 
subiéndome a uno. Era un alto pino blanco, en la cima de un 
cerro; y aunque me llené de resina, mereció la pena, porque 
descubrí en el horizonte nuevas montañas que nunca había visto, 
mucha más tierra y mucho más cielo. A buen seguro, podría 
haber pasado junto al pie del árbol durante toda mi vida sin 
haberlas visto nunca. Pero lo más importante es que descubrí a 
mi alrededor -era a finales de junio-, en el extremo de las ra- 
mas superiores, nada más, unos diminutos y delicados brotes 



Desobediencia civil y otros textos/ 157 



rojos en forma de cono, la flor fecunda del pino blanco, que 
miraba hacia el cielo. Llevé en seguida al pueblo la rama más 
alta y se la enseñé a los forasteros miembros del jurado que 
paseaban por las calles, porque era semana de juicios, a los 
granjeros, a los comerciantes de madera, a los leñadores y a los 
cazadores; ninguno de ellos había visto nunca algo parecido y 
se maravillaban como si se tratase una estrella caída del cielo. 
¡Y hablan de los antiguos arquitectos, que remataban su tra- 
bajo en lo más alto de las columnas con la misma perfección 
que en las partes más bajas y visibles! La naturaleza, desde el 
principio, desplegó los diminutos brotes del bosque sólo hacia 
los cielos, por encima de las cabezas de los hombres y sin que 
éstos los percibiesen. No vemos más que las flores que hay 
bajo nuestros pies, en los prados. Los pinos vienen desarro- 
llando sus delicados brotes cada verano, desde hace una eter- 
nidad, en las ramas más altas del bosque, sobre las cabezas 
tanto de los hijos rojos de la Naturaleza como de sus hijos 
blancos; sin embargo, casi ningún granjero ni cazador del te- 
rritorio los ha visto nunca. 

Sobre todo, no podemos permitirnos el lujo de no vivir en 
el presente. Bendito entre todos los mortales quien no pierda 
un instante de su fugaz vida en recordar el pasado. Nuestra 
filosofía envejecerá a menos que escuche el canto del gallo de 
cada corral que haya en nuestro horizonte. Un sonido que sue- 
le recordarnos que nuestras actividades y formas de pensar se 
están enmoheciendo y quedando obsoletas. Su filosofía se ciñe 
a un tiempo más reciente que el nuestro. Sugiere un novísimo 
testamento, el evangelio según este momento, acorde con él. 
No se ha quedado atrás; se ha levantado temprano y se ha 
mantenido en vela; y estar donde está es ser oportuno, encon- 
trarse en la primera fila del tiempo. Es la expresión de la salud 
y la robustez de la Naturaleza, un alarde dirigido a todo el 
mundo: salud como cuando brota a chorro un manantial, una 
nueva fuente de las Musas para celebrar el último instante del 
tiempo. Donde vive, no se aprueban leyes contra los esclavos 
fugitivos. ¿Quién no ha traicionado mil veces a su maestro des- 
de la última vez que oyó ese canto? 

El mérito de la voz de esta ave consiste en estar libre de 



158 /Henry David Thoreau 



cualquier quejumbre. Un cantante puede, con facilidad, pro- 
vocarnos lágrimas o risa, pero ¿dónde está el que sepa excitar 
en nosotros el puro regocijo matutino? Cuando, en medio de 
una lúgubre depresión, rompiendo un domingo el terrible si- 
lencio de nuestras aceras de tablas, o quizá velando en la fune- 
raria, oigo cantar al gallo, cerca o lejos, pienso para mí: "Al 
menos, uno de nosotros se encuentra bien"... y, con una repen- 
tina efusión, vuelvo a mi ser. 

Un día del pasado noviembre, presenciamos un atardecer 
extraordinario. Estaba yo paseando por un prado en el que 
nace un arroyuelo, cuando el sol, justo antes de ponerse, tras 
un día frío y gris, llegó a un estrato claro del horizonte y derra- 
mó la más dulce y brillante luz matinal sobre la hierba seca, 
sobre las ramas de los árboles del horizonte opuesto y sobre las 
hojas de las carrascas de la colina, mientras nuestras sombras 
se alargaban hacia el este sobre el prado, como si fuéramos las 
únicas tachas en sus rayos. Había una luz como no podíamos 
imaginar momentos antes y el aire era tan cálido y sereno que 
nada faltaba al prado para ser un paraíso. Si pensábamos que 
aquello no era un fenómeno aislado que nunca más iba a ocu- 
rrir, sino que se repetiría una y otra vez, un número infinito de 
atardeceres, y confortaría y sosegaría hasta al último niño que 
andaba por allí, resultaba todavía más glorioso. 

El sol se pone sobre un prado retirado, en el que no se ve 
casa alguna, con toda la gloria y esplendor que derrocha sobre 
las ciudades, y quizá más que nunca; no hay sino un solitario 
halcón de los pantanos, con las alas doradas por sus rayos; o 
bien, sólo una rata almizclera que observa desde su madrigue- 
ra; y un arroyuelo jaspeado en negro, en medio del marjal, 
comienza su vagabundeo serpenteando lentamente en torno a 
un tocón podrido. Caminábamos envueltos en una luz pura y 
brillante que doraba la hierba y las hojas marchitas; tan dulce 
y serenamente viva, que pensé que nunca me había bañado en 
un torrente dorado que se le asemejase, sin una onda o un 
murmullo. El lado occidental de los bosques y las elevaciones 
resplandecía como los confines del Elíseo y el sol, a nuestras 
espaldas, semejaba un pastor que nos llevara a casa al atardecer. 

Así deambulamos hacia Tierra Santa, hasta que un día el 

Desobediencia civil y otros textos/ 159 



sol brille más que nunca, tal vez en nuestras mentes y en nues- 
tros corazones, e ilumine la totalidad de nuestras vidas con 
una intensa luz que nos despierte, tan cálida, serena y dorada 
como la de una ribera en otoño. 



160 /Henry David Thoreau 



Dónde vivía y para qué 



En cierta época de nuestra vida tendemos a considerar cual- 
quier lugar como el posible emplazamiento de una casa. He 
examinado el campo por todas partes en un radio de doce mi- 
llas desde donde vivo. En la imaginación he comprado sucesi- 
vamente todas las granjas, ya que estaban en venta y conocía 
su precio. He recorrido la propiedad de cada granjero, proba- 
do sus manzanas silvestres y conversado sobre agricultura; he 
adquirido su granja al precio que pedía, a cualquier precio, y 
se la he hipotecado mentalmente; incluso le he puesto un pre- 
cio superior, quedándome con todo, salvo su escritura, que- 
dándome con su palabra a cambio de su escritura, pues me 
encanta hablar; la he cultivado, y también al dueño, hasta cier- 
to punto, confío, y me he retirado tras haber disfrutado lo su- 
ficiente para que aquél la mantuviera. Esta experiencia me ha 
dado derecho a ser considerado por mis amigos un auténtico 
corredor de fincas. Podía vivir dondequiera que me sentara y el 
paisaje, por tanto, irradiaba de mí. ¿Qué es una casa sino una 
sedes, un asiento? Tanto mejor si es un asiento rural. He descu- 
bierto muchos lugares difíciles de mejorar para una casa y, aun- 
que a algunos podía parecerles demasiado lejos de la ciudad, a 
mis ojos era la ciudad la que estaba demasiado lejos de allí. Me 
decía que podría vivir allí, y viví allí, durante una hora, la vida 
de un verano y un invierno; veía cómo podía dejar correr los 
años, abofetear al invierno y ver entrar a la primavera. Los 
futuros habitantes de esta región, dondequiera que hagan sus 
casas, pueden estar seguros de que se les han anticipado. Una 
tarde bastaría para dividir la tierra en huerto, pasto y bosque, 
y para decidir qué esbeltos robles o pinos dejaría crecer ante la 
puerta y desde dónde podría sacarse el mejor partido de los 
árboles caídos; luego tal vez lo dejara en barbecho, pues un 



"Dónde vivía y para qué", capítulo II de Walden o la vida en los bosques. 
Publicado originalmente en 1854, por la editorial Ticknor and Fields, en 
Boston, Walden or Life in the Woods es el relato de una experiencia tenida 
casi diez años atrás, en 1845. 



Desobediencia civil y otros textos/ 161 



hombre es rico por el número de cosas que puede permitirse 
dejar en paz. 

Mi imaginación me llevó tan lejos que incluso me negaron 
varias granjas -la negación era cuanto me faltaba-, pero nunca 
me quemé los dedos con la verdadera posesión. Lo más cerca 
que estuve de la verdadera posesión fue cuando compré el 
terreno de Hollowell, empecé a ordenar mis semillas y reuní 
los materiales con los que fabricar una carretilla para 
transportarlas; pero antes de que el propietario me diera la 
escritura, su esposa -todo hombre tiene una esposa así- cam- 
bió de opinión, quiso conservarla y me ofreció diez dólares 
por cedérsela. Por decir verdad yo no tenía sino diez centavos 
y superaba mi aritmética saber si era yo quien tenía diez cen- 
tavos, o quien tenía una granja, o diez dólares, o todo junto. 
Sin embargo, dejé que se guardara sus diez dólares y también 
la granja, porque había llegado muy lejos o, más bien, por ser 
generoso, le vendí la granja por cuanto le había dado por ella 
y, como no era rico, le regalé diez dólares y aún me quedaron 
mis diez centavos y las semillas y los materiales para una 
carretilla. Así descubrí que había sido un hombre rico sin per- 
juicio de mi pobreza. Pero conservé el paisaje y desde enton- 
ces me he llevado anualmente cuanto producía sin carretilla. 
Respecto a los paisajes: 

Soy un monarca de cuanto examino, 
No hay quien dispute mi derecho. 

Con frecuencia he visto retirarse a un poeta, tras haber go- 
zado de la parte más valiosa de una granja, mientras el áspero 
granjero suponía que sólo se había llevado algunas manzanas 
silvestres. Pues el propietario pasa muchos años sin saber cuán- 
do el poeta ha puesto a su granja rima, la más admirable cerca 
invisible, la ha confiscado, ordeñado, desnatado y le ha sacado 
toda la crema, dejándole al granjero sólo la leche desnatada. 

Para mí, los verdaderos atractivos de la granja de Hollowell 
eran su completo retiro, pues estaba a unas dos millas de la 
ciudad, a media milla del vecino más próximo y separada de la 
carretera por un amplio campo; su proximidad al río, cuya 
niebla, según el propietario, la protegía de las heladas en 



162 /Henry David Thoreau 



primavera, aunque esto no me importaba; el color gris y el 
estado ruinoso de la casa y el granero, y las cercas caídas, que 
acentuaban el intervalo con el último ocupante; los manzanos 
huecos y cubiertos de liquen, roídos por los conejos, que mos- 
traban qué vecinos tendría; pero, sobre todo, el recuerdo que 
tenía de ella por mis primeros viajes por el río, cuando la casa 
se ocultaba tras una densa arboleda de arces rojos, a través de 
los cuales oía el ladrido del perro. Tenía prisa por comprarla 
antes de que el propietario acabara por quitar algunas rocas, 
talar los manzanos huecos y arrancar unos jóvenes abedules 
que habían brotado en el prado o, en fin, antes de que hiciera 
alguna otra mejora. Para disfrutar de estas ventajas estaba dis- 
puesto a perseverar; a llevar el mundo sobre mis hombros, como 
Atlas -nunca supe qué compensación recibió a cambio-, y a 
hacerlo todo sin otra excusa o motivo que el de pagar por ello 
y no ser molestado en mi propiedad, porque entretanto sabía 
que produciría la más abundante cosecha de la especie elegida, 
con tal de dejarla a su suerte. Pero ocurrió como he dicho. 

Todo cuanto podía decir, pues, con respecto a labrar la tie- 
rra a gran escala (siempre he cultivado un jardín), era que tenía 
mis semillas preparadas. Muchos creen que las semillas mejo- 
ran con la edad. No tengo duda de que el tiempo discrimina 
entre buenas y malas; cuando por fin las plante, me sentiré 
menos decepcionado. Sin embargo, quisiera decir de una vez 
por todas a mis semejantes: en cuanto os sea posible, vivid li- 
bres y sin compromiso. No hay gran diferencia entre verse com- 
prometido por una granja o por la cárcel del condado. 

El viejo Catón, cuyo De re rustica es mi Agricultor, dice, y 
la única traducción que he visto priva de sentido al pasaje: 
"Cuando pienses en mantener una granja, piénsalo bien, no la 
compres con avidez; no escatimes esfuerzos en mirarla y no 
creas que basta con dar una sola vuelta. Cuanto más la veas, si 
está bien, más te agradará". Creo que no compraré con avidez, 
sino que le daré vueltas mientras viva y antes seré enterrado en 
ella para que al fin pueda agradarme más. 

Un experimento de este tipo es el que voy a describir con 
detalle, reuniendo por conveniencia la experiencia de dos años 
en uno. Como he dicho, no pretendo escribir una oda al 

Desobediencia civil y otros textos/ 163 



abatimiento, sino jactarme con tanto brío como el gallo enca- 
ramado a su palo por la mañana, aunque sólo sea para desper- 
tar a mis vecinos. 

Cuando por vez primera fijé mi residencia en los bosques, 
es decir, empecé a pasar allí tanto mis noches como mis días lo 
que hice, por accidente, en el Día de la Independencia, el 4 de 
julio del 845, mi casa no estaba acabada para el invierno, sino 
que era sólo una defensa contra la lluvia, sin revoque ni chime- 
nea, con bastos tablones manchados por paredes, con amplias 
grietas que no evitaban el frío de la noche. Los blancos y talla- 
dos montantes verticales y los marcos de puertas y ventanas 
recién cepillados le daban un aspecto limpio y aireado, espe- 
cialmente por la mañana, cuando sus maderas estaban llenas 
de rocío, de modo que me figuraba que a mediodía exudarían 
una dulce resina. En mi imaginación retenía todo el día más o 
menos este carácter auroral y me recordaba cierta casa en una 
montaña que había visitado el año anterior. Era una cabaña 
aireada y sin enlucir, idónea para entretener a un dios viajero, 
y donde una diosa podría arrastrar sus vestidos. Los vientos 
que pasaban sobre mi morada eran como los que barren las 
cumbres de las montañas, con los sones quebrados, o sólo las 
partes celestiales, de la música terrestre. El viento matinal siem- 
pre sopla, el poema de la creación es ininterrumpido, pero po- 
cos son los oídos que lo oyen. El Olimpo no es sino el exterior 
de la tierra en todas partes. 

La única casa de la que ya había sido propietario, con la 
excepción de un bote, era una tienda que llegué a usar en ex- 
cursiones de verano y que aún está enrollada en mi desván; el 
bote, tras ir de mano en mano, ha seguido la corriente del tiem- 
po. Con este cobijo sustancial en torno a mí, había hecho al- 
gún progreso para establecerme en el mundo. Este armazón, 
con un revestimiento tan ligero, era una especie de cristaliza- 
ción a mi alrededor y repercutía en el constructor. Era algo 
sugerente, como una pintura de contornos. No necesitaba salir 
para tomar el aire, ya que la atmósfera del interior no había 
perdido su frescura. Solía sentarme menos en el interior que 
junto a la puerta, incluso cuando llovía. El Harivansa dice: 
"Una morada sin pájaros es como una carne sin adobo". No 
era tal mi morada, ya que al instante descubrí que era vecino 



164 /Henry David Thoreau 



de los pájaros, no por haber atrapado uno, sino por haberme 
enjaulado a su lado. No sólo estaba más carca de algunos de 
los que frecuentan el jardín y el huerto, sino de los más salvajes 
y de canto más estremecedor del bosque, aquellos que nunca o 
raramente deleitan al lugareño: el zorzal, el tordo, la tanagra 
escarlata, el gorrión de campo, el chotacabras y muchos otros. 

Me establecí a la orilla de una pequeña laguna, a una milla 
y media al sur de la ciudad de Concord y a una altura algo 
superior, en medio de un extenso bosque entre aquella ciudad 
y Lincoln, y a unas dos millas al sur de nuestro único lugar 
famoso, el Campo de Batalla de Concord; pero estaba tan 
hundido en los bosques que la orilla opuesta, a media milla, 
cubierta por los árboles, como el resto, era mi horizonte más 
lejano. Durante la primera semana, cuando miraba a la laguna 
me parecía un pequeño estanque en la ladera de una montaña, 
con su fondo por encima de la superficie de otros lagos, y cuando 
el sol se elevaba, la veía arrojar sus nocturnas ropas de niebla y 
aquí y allá se revelaban gradualmente sus blandas ondas o su 
lisa superficie reflectante, mientras las nieblas, como fantas- 
mas, se retiraban furtivamente en todas direcciones, hacia los 
bosques, como si se disgregara un conventículo nocturno. El 
mismo rocío parecía demorarse sobre los árboles durante el 
día, como en las laderas de las montañas. 

Este pequeño lago era de sumo valor como vecino en los 
intervalos de una gentil tormenta de agosto, cuando, en per- 
fecta quietud el aire y el agua, pero con el cielo encapotado, el 
mediodía tenía la serenidad de la tarde y el zorzal cantaba de 
una orilla a la otra. Un lago como éste nunca parece más liso 
que entonces; al quedar encima una porción de aire estrecha y 
oscurecida por las nubes, el agua, llena de luz y reflejos, se 
convierte en un cielo inferior más importante. Desde lo alto de 
una colina cercana, donde el bosque estaba recién talado, ha- 
bía una grata vista al sur, a lo largo de la laguna, a través de 
una amplia hendidura en las colinas que forman allí la orilla, 
donde sus vertientes opuestas y mutuamente inclinadas suge- 
rían una corriente que fluyera en esa dirección a través de un 
valle boscoso, aunque no había corriente alguna. Miraba entre 
las cercanas colinas verdes, y por encima, hacia otras más leja- 
nas y altas en el horizonte, teñidas de azul. En efecto, podía 



Desobediencia civil y otros textos/ 165 



captar de puntillas un destello de algunos picos de las cadenas 
montañosas aún más azules y lejanas, al noroeste, monedas de 
la misma ceca del cielo, y también una parte de la ciudad. Pero 
en otras direcciones, incluso desde este punto, no podía ver 
por encima o más allá de los bosques que me rodeaban. Es 
bueno tener agua cerca, pues sostiene a la tierra y la hace flo- 
tar. El valor del pozo más pequeño es que, al mirar en él, veis 
que la tierra no es continental, sino insular. Resulta tan impor- 
tante como que mantenga la mantequilla fría. Cuando miraba 
a través de la laguna desde este pico hacia los prados de Sudbury, 
que en época de crecida parecían elevados acaso por un espe- 
jismo en su hirviente seno, como una moneda en una jofaina, 
la tierra, más allá de la laguna, era como una delgada corteza 
aislada que flotara sobre esta pequeña sábana de agua inter- 
media, y me recordaba que vivía en tierra seca. 

Aunque la vista desde mi puerta era aún más reducida, no 
me sentía apretujado o confinado en absoluto. Había suficien- 
te pasto para mi imaginación. La baja meseta de robles a la que 
ascendía la orilla opuesta se extendía hacia las praderas del 
oeste y las estepas de Tartaria, y proporcionaba un amplio es- 
pacio para todas las errantes familias de hombres. "No hay 
nadie más feliz en el mundo que los seres que disfrutan libre- 
mente de un vasto horizonte", decía Damodara cuando sus 
rebaños exigían nuevos y mayores pastos. 

Habían cambiado el espacio y el tiempo, y yo habitaba más 
cerca de aquellas partes del universo y de aquellos periodos de 
la historia que más me habían atraído. Vivía en regiones tan 
lejanas como las contempladas por los astrónomos durante la 
noche. Imaginamos raros y deliciosos lugares en alguna esqui- 
na remota y celestial del sistema, tras la constelación de la Silla 
de Casiopea, lejos del ruido y la molestia. Descubrí que mi casa 
tenía realmente su sitio en esa parte retirada del universo, pero 
siempre nueva y no profanada. Si valía la pena establecerse en 
las zonas próximas a las Pléyades o a las Híades, a Aldebaran 
o Altair, entonces realmente estaba allí, o a igual distancia de 
la vida que había dejado atrás, menguado y parpadeante, con 
un rayo tan sutil que el vecino más próximo sólo podría verme 
en las noches sin luna. Así era la parte de la creación que había 
ocupado: 



166 /Henry David Thoreau 



Había un pastor que mantenía 
Tan elevados sus pensamientos 
Como los montes donde sus rebaños 
Le alimentaban sin cesar. 

¿Qué deberíamos pensar de la vida del pastor si sus rebaños 
siempre vagaran en pastos más elevados que sus pensamientos? 

Cada mañana era una alegre invitación a lograr que mi vida 
tuviera la misma sencillez e inocencia que la naturaleza. He 
sido un adorador tan sincero de la aurora como los griegos. 
Me levantaba temprano y me bañaba en la laguna; era un ejer- 
cicio religioso y una de las mejores cosas que hacía. Dicen que 
en la bañera del rey Tching-thang había unos caracteres gra- 
bados a este efecto: "Renuévate por completo cada día; hazlo 
una y otra vez, y siempre". Lo comprendo. La mañana nos 
devuelve las épocas heroicas. El apagado zumbido de un mos- 
quito que ejecutaba su invisible e inimaginable vuelta por mi 
habitación al amanecer, mientras estaba sentado con la puerta 
y las ventanas abiertas, me afectaba tanto como podía hacerlo 
cualquier trompeta que pregonara la fama. Era el réquiem de 
Homero: una Ilíada y una Odisea en el aire que cantaban su 
propia cólera y vagabundeos. Al respecto había algo cósmico; 
una advertencia permanente, hasta que fuera prohibida, del 
eterno vigor y fertilidad del mundo. La mañana, el momento 
más memorable del día, es la hora del despertar. Es entonces 
cuando estamos menos somnolientos y, al menos durante una 
hora, despierta una parte de nosotros que dormita el resto del 
día y la noche. Poco ha de esperarse del día, si podemos llamar- 
lo así, en que no nos despierta nuestro genio, sino los codazos 
mecánicos de un sirviente, ni nos despiertan la fuerza recién 
adquirida y las aspiraciones internas, acompañadas por las on- 
dulaciones de la música celestial, en lugar de la sirena de la 
fábrica, y no llena el aire la fragancia de una vida superior a la 
que dejamos antes de dormir, y así la oscuridad da su fruto y 
demuestra que es tan buena como la luz. El hombre que no 
crea que cada día contiene una hora más temprana, sagrada y 
auroral que las que ha profanado, desesperará de la vida y 
seguirá un camino descendente y tenebroso. Tras un cese par- 
cial de su vida sensual, el alma del hombre, o más bien sus 

Desobediencia civil y otros textos/ 167 



órganos, se revigorizan cada día, y su genio prueba de nuevo la 
noble vida que puede lograr. Diría que los acontecimientos 
memorables transpiran en el tiempo matutino y en una atmós- 
fera matutina. Los Vedas dicen: "Toda inteligencia despierta 
por la mañana". La poesía y el arte, y las más hermosas y me- 
morables acciones de los hombres, datan de esa hora. Los hé- 
roes y poetas, como Memnón, son hijos de la aurora, y emiten 
su música al salir el sol. El día es una mañana perpetua para 
aquel cuyo elástico y vigoroso pensamiento corre parejo con el 
sol. No importa lo que digan los relojes o las actitudes y traba- 
jos de los hombres. La mañana llega cuando estoy despierto y 
hay un amanecer en mí. La reforma moral es el esfuerzo para 
quitarnos el sueño de encima. ¿Por qué los hombres dan tan 
pobre cuenta del día si no estaban durmiendo? No son calcula- 
dores tan pobres. Si la somnolencia no los hubiera vencido, 
habrían hecho algo. Hay millones lo bastante despiertos para 
el trabajo físico, pero sólo uno en un millón está lo bastante 
despierto para el ejercicio intelectual efectivo, sólo uno en cien 
millones, para una vida poética o divina. Estar despierto es 
estar vivo. Nunca he conocido a un hombre que estuviera com- 
pletamente despierto. ¿Cómo podría haberle mirado a la cara? 

Debemos aprender a despertarnos de nuevo y mantenernos 
despiertos, no con ayuda mecánica, sino por la infinita expec- 
tación del amanecer, que no nos abandona ni en el sueño más 
profundo. No conozco ningún hecho más alentador que la in- 
cuestionable habilidad del hombre para elevar su vida por medio 
de un esfuerzo consciente. Ser capaz de pintar un cuadro en 
particular o esculpir una estatua es algo, así como embellecer 
ciertos objetos, pero resulta mucho más glorioso esculpir y pin- 
tar la atmósfera y el medio mismo a través del cual miramos, lo 
que podemos hacer moralmente. Afectar a la cualidad del día: 
ésa es la mayor de las artes. Todo hombre está encargado de 
hacer su vida, incluso en sus detalles, digna de la contempla- 
ción de su hora más elevada y crítica. Si rechazamos o más 
bien agotamos la escasa información recibida, los oráculos nos 
dirán claramente cómo puede hacerse. 

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, en- 
frentarme sólo a los hechos esenciales de la vida y ver si podía 



168 /Henry David Thoreau 



aprender lo que la vida tenía que enseñar, y para no descubrir, 
cuando tuviera que morir, que no había vivido. No quería vivir 
lo que no fuera la vida, pues vivir es caro, ni quería practicar la 
resignación a menos que fuera completamente necesario. Que- 
ría vivir con profundidad y absorber toda la médula de la vida, 
vivir de manera tan severa y espartana como para eliminar 
cuanto no fuera la vida, abrir un amplio surco y arrasarlo, 
arrinconar a la vida y reducirla a sus términos inferiores y, si 
resultaba mezquina, tomar toda su genuina mezquindad y ha- 
cerla pública al mundo; o, si era sublime, saberlo por experien- 
cia y ser capaz de dar cuenta de ello en mi próxima excursión. 
La mayoría de los hombres, a mi juicio, se halla en una extraña 
incertidumbre respecto a si la vida es cosa de Dios o del diablo, 
y ha concluido algo precipitadamente que el principal fin del 
hombre es "glorificar a Dios y gozar de él por siempre". 

Vivimos aún mezquinamente, como hormigas, aunque la 
fábula nos dice que hace mucho fuimos transformados en hom- 
bres; luchamos con grullas, como pigmeos, error tras error, golpe 
a golpe, y nuestra mejor virtud acaba en un superfluo e innece- 
sario abatimiento. Nuestra vida se pierde en los detalles. Un 
hombre honrado no necesita sino contar sus diez dedos y, en 
casos extremos, añadir los diez dedos de los pies, y dejar el 
resto. ¡Sencillez, sencillez, sencillez! Os digo que vuestros asun- 
tos sean dos o tres y no cien o mil; en lugar de un millón, con- 
tad media docena y llevad las cuentas con la uña del pulgar. En 
medio de este mar variable de la vida civilizada, son tales las 
nubes y tormentas y arenas movedizas y los mil y un artículos 
que considerar, que un hombre tiene que vivir, si no quiere fra- 
casar e irse a pique, lejos de puerto, por estima, y el que triunfe 
será en verdad un gran calculador. Simplificad, simplificad. En 
lugar de tres comidas al día, comed sólo una si es preciso; en 
lugar de cien platos, cinco, y reducid lo demás en proporción. 
Nuestra vida es como una confederación alemana, compuesta 
de diminutos estados, de fronteras fluctuantes, de modo que ni 
siquiera un alemán os dirá cómo limita en un momento dado. 
La nación misma, con todas sus supuestas mejoras internas, 
las cuales, por cierto, son externas y superficiales, es un esta- 
blecimiento inmanejable y excesivo, lleno de muebles y atrapa- 
do en sus propias trampas, arruinado por el lujo y un gasto 



Desobediencia civil y otros textos/ 169 



negligente, por falta de cálculo y de un objetivo digno, como 
ocurre con millones de hogares, y la única cura para aquélla y 
para éstos radica en una rígida economía, una sencillez de vida 
estricta y más que espartana y una elevación de propósito. Se 
vive demasiado rápido. Los hombres consideran esencial que 
la nación comercie y exporte hielo y hable a través del telégrafo 
y cabalgue a treinta millas por hora, sin duda alguna, lo hagan 
ellos o no, aunque resulta incierto si debemos vivir como 
babuinos o como hombres. Si no conseguimos durmientes y 
forjamos los raíles y dedicamos días y noches al trabajo, sino 
que cambiamos nuestras vidas para mejorarlas, ¿quién cons- 
truirá los ferrocarriles? Y si no se construyen los ferrocarriles, 
¿cómo llegaremos al cielo a tiempo? Pero, si nos quedamos en 
casa y nos ocupamos en nuestros asuntos, ¿quién necesitará 
ferrocarriles? No montamos en ferrocarril, éste nos monta a 
nosotros. ¿Habéis pensado alguna vez en qué son los durmien- 
tes que sostienen el ferrocarril? Cada uno es un hombre, un 
irlandés o un yanqui. Los raíles se colocan sobre ellos y se cu- 
bren de arena y los vagones discurren suavemente por encima. 
Son firmes durmientes, os lo aseguro. Cada pocos años se 
coloca un nuevo lote sobre el que se pasa, de modo que, si 
algunos sienten el placer de montar en tren, otros tienen la 
desgracia de ser montados por él. Cuando pasan por encima 
de un hombre que anda en sueños, un durmiente supernume- 
rario en la posición equivocada, y le despiertan, al instante 
detienen los vagones y elevan una protesta y un grito, como si 
fuera una excepción. Me alegra saber que hace falta una cua- 
drilla de hombres para colocar durmientes cada cinco millas y 
nivelar su lecho, ya que es una señal de que pueden levantarse 
de nuevo. 

¿Por qué debemos vivir con tal prisa y gasto de vida? Esta- 
mos resueltos a pasar hambre antes de estar hambrientos. Los 
hombres dicen que una puntada a tiempo ahorra nueve, así 
que dan mil puntadas hoy para ahorrar nueve mañana. En cuan- 
to al trabajo, no hacemos ninguno importante. Tenemos el baile 
de San Vito y no somos capaces de mantener la cabeza quieta. 
Si diera unos cuantos tirones de la cuerda de la campana 
parroquial, como para avisar de un fuego, es decir, sin voltear- 
la, no habría un solo hombre en su granja a las afueras de 



1 70 /Henry David Thoreau 



Concord, a pesar de la presión de los compromisos que tantas 
veces le han servido de excusa esta mañana, ni un muchacho ni 
una mujer, casi diría, que no lo dejaran todo y acudieran a la 
llamada, no para salvar su propiedad de las llamas, sino, a 
decir verdad, para verla arder, ya que lo merecía, y que conste 
que nosotros no le prendimos fuego, o para verlo apagar y 
echar una mano, si resultara vistoso; así ocurriría, aunque se 
tratara de la misma iglesia parroquial. Un hombre duerme ape- 
nas media hora de siesta después de comer, pero al despertar 
levanta la cabeza y pregunta: "Qué hay de nuevo?", como si el 
resto de la humanidad fuera su centinela. Algunos dan instruc- 
ciones con el único propósito, sin duda, de que se los despierte 
cada media hora y luego, en compensación, cuentan lo que 
han soñado. Tras el sueño de la noche, las noticias son tan 
indispensables como el desayuno. "Por favor, decidme qué le 
ha pasado a cualquier hombre en cualquier lugar del planeta", 
y lee por encima del café y los bollos que un hombre se ha 
arrancado los ojos esta mañana en el río Wachito, sin darse 
cuenta de que vive en la oscura e insondable cueva de mamut 
de este mundo y no tiene sino un rudimento de ojo. 

Por mi parte, podría prescindir fácilmente del correo. Creo 
que transmite muy pocas comunicaciones importantes. Hablan- 
do críticamente, no he recibido más de una o dos cartas en mi 
vida -escribí esto hace años- que valieran el franqueo. El co- 
rreo de a penique es, por lo general, una institución por la que 
dais en serio a un hombre por sus pensamientos ese penique 
que tan a menudo se da en broma. Y estoy seguro de que nun- 
ca he leído una noticia memorable en un periódico. Si leemos 
que a un hombre le han robado, o asesinado, o le han matado 
por accidente, o que una casa ha ardido o un barco ha naufra- 
gado o ha estallado un vapor, o una vaca ha sido atropellada 
por el ferrocarril del oeste, o han matado a un perro rabioso, o 
que ha habido una plaga de langostas en invierno, no necesita- 
mos leer más. Una noticia basta. Si os habéis familiarizado con 
el principio, ¿qué os importa una miríada de ejemplos y aplica- 
ciones? Para un filósofo todas las noticias, como se las llama, 
son chismes, y los que las editan y las leen son como viejas con 
su té. Sin embargo, no son pocos los que codician tales chis- 
mes. El otro día, según oí, hubo tal bullicio en las oficinas por 



Desobediencia civil y otros textos/ 171 



conocer las noticias recién llegadas del exterior -noticias que, 
con doce meses o años de antelación, podrían haber sido escri- 
tas con suficiente exactitud por un ingenio despierto-, que la 
presión rompió varios grandes escaparates del establecimien- 
to. En cuanto a España, por ejemplo, si sabéis cómo intercalar 
de vez en cuando, y en las debidas proporciones, a don Carlos 
y a la Infanta, y a don Pedro y Sevilla y Granada -los nombres 
pueden haber cambiado un poco desde la última vez que vi los 
periódicos-, y servir una corrida de toros a falta de otras diver- 
siones, resultará literalmente cierto y nos dará una idea tan 
buena del ruinoso estado de las cosas en España como la de los 
más sucintos y lúcidos reportajes de los periódicos; en cuanto a 
Inglaterra, casi el último recorte significativo de noticias que 
llegó de allí fue la revolución de 1649 y, si habéis aprendido la 
historia de su promedio anual de cosechas, no tenéis que pres- 
tarle atención de nuevo, a menos que vuestras especulaciones 
sean de carácter meramente pecuniario. Si puede juzgar alguien 
que rara vez mira los periódicos, nada nuevo sucede nunca en 
el extranjero, sin exceptuar una revolución francesa. 

¡Qué noticias! ¡Es mucho más importante conocer lo que 
nunca ha sido viejo! "Kieou-he-yu (gran dignatario del estado 
de Wei) envió a un hombre a Khoung-tseu para conocer sus 
noticias. Khoung-tseu pidió al mensajero que se sentara junto 
a él y le preguntó en estos términos: '¿Qué hace tu amo?'. El 
mensajero respondió con respeto: 'Mi amo desea reducir el 
número de sus faltas y no puede lograrlo.' Una vez se hubo 
marchado el mensajero, el filósofo observó: '¡Qué digno men- 
sajero! ¡Qué digno mensajero!'." El predicador, en vez de tur- 
bar los oídos de granjeros perezosos en su día de descanso al 
final de la semana -porque el domingo es la conclusión idónea 
de una semana malgastada y no el nuevo y valiente comienzo 
de una nueva- con un sermón sobre este o aquel desaliñado, 
debería gritar con voz tronante: "¡Parad! ¡Basta! ¿Por qué pa- 
rece que os apresuráis, siendo tan mortalmente lentos?" 

Las imposturas y engaños se consideran las más sólidas ver- 
dades, mientras que la realidad es fabulosa. Si los hombres 
observaran sólo las realidades y no dejaran que los engañaran, 
la vida, comparada con las cosas que conocemos, sería como 
un cuento de hadas y una de las Mil y una noches. Si 



1 72 /Henry David Thoreau 



respetáramos sólo lo que es inevitable y tiene derecho a existir, 
la música y la poesía resonarían por las calles. Cuando somos 
pausados y sabios, percibimos que sólo las cosas grandes y dig- 
nas tienen una existencia permanente y absoluta, que los temo- 
res mezquinos y los placeres mezquinos no son sino la sombra 
de la realidad. La realidad es siempre estimulante y sublime. Al 
cerrar los ojos y adormecerse, y consentir en ser engañados por 
apariencias, los hombres establecen y confirman su vida diaria 
de rutina y hábito en todas partes, la cual, sin embargo, se 
levanta sobre cimientos puramente ilusorios. Los niños que 
juegan a la vida disciernen su verdadera ley y sus relaciones 
con mayor claridad que los hombres, que no la viven digna- 
mente, sino que creen ser más sabios por la experiencia, es de- 
cir, por el fracaso. He leído en un libro hindú que "un rey tenía 
un hijo, el cual, habiendo sido expulsado en su infancia de su 
ciudad natal, fue criado por un guardabosque y, llegado a la 
madurez en ese estado, se imaginó que pertenecía a la bárbara 
raza con la que vivía. Cuando uno de los ministros de su padre 
le descubrió, le reveló quién era y se despejó la equivocación de 
su carácter y supo que era un príncipe. Así, el alma -continúa 
el filósofo hindú- por las circunstancias en que se encuentra, 
confunde su propio carácter, hasta que un maestro divino le 
revela la verdad y sabe que es brabma" . Percibo que nosotros, 
los habitantes de Nueva Inglaterra, vivimos la vida mezquina 
que llevamos porque nuestra visión no penetra la superficie de 
las cosas. Creemos que eso es lo que parece ser. Si un hombre 
caminara por esta ciudad y viera sólo la realidad, ¿dónde creéis 
que acabaría Milldam. Si nos hiciera un relato de las realida- 
des que contemplara allí, no reconoceríamos el lugar en su 
descripción. Mirad un lugar de reunión, o un tribunal, o una 
cárcel, o una tienda, o una vivienda, y si decís lo que son real- 
mente para una mirada sincera, se desmoronarán en el acto. 
Los hombres consideran la verdad remota, en las afueras del 
sistema, tras la estrella más lejana, antes de Adán y después del 
último hombre. En la eternidad hay, en efecto, algo verdadero 
y sublime. Pero todos estos tiempos y lugares y ocasiones están 
aquí y ahora. Dios mismo culmina en el momento presente y 
nunca será más divino en el intervalo de todas las épocas. So- 
mos capaces de aprehender lo que es sublime y noble sólo por 



Desobediencia civil y otros textos/ 173 



la perpetua instilación y empapamiento de la realidad que nos 
rodea. El universo responde constante y obedientemente a nues- 
tras concepciones; viajemos rápida o lentamente, el camino está 
dispuesto para nosotros. Así pues, gastemos nuestras vidas en 
concebirlo. El poeta o el artista no han tenido nunca un desig- 
nio tan hermoso y noble que un descendiente suyo, al menos, 
no pudiera cumplir. 

Pasemos un día tan deliberadamente como la naturaleza y 
que no nos aparten del camino una cáscara de nuez o el ala de 
un mosquito caídas en los raíles. Levantémonos temprano y 
ayunemos, o desayunémonos bien y sin inquietud; dejemos que 
la compañía vaya y venga, que las campanas suenen y los ni- 
ños griten, resueltos a forjar un día con todo ello. ¿Por qué 
deberíamos rebajarnos y seguir la corriente? Que no nos tras- 
torne ni agobie ese terrible recial o torbellino llamado comida, 
situado en los bajíos meridianos. Sortead este peligro y esta- 
réis a salvo, porque el resto del camino es cuesta abajo. Con 
nervios tensos, con vigor matutino, navegad por allí mirando 
en otra dirección, atados al mástil como Ulises. Si la máquina 
silba, dejad que silbe hasta que enronquezca de dolor. ¿Por 
qué habríamos de correr cuando suena la campana? Conside- 
remos a qué música se parecen. Situémonos, trabajemos y afian- 
cemos los pies en el barro y el cieno de la opinión, y el prejui- 
cio, y la tradición, y el engaño, y la apariencia, ese aluvión que 
cubre el globo a través de París y Londres, de Nueva York, 
Boston y Concord, a través de la iglesia y el estado, a través de 
la filosofía, la poesía y la religión, hasta llegar a un fondo duro 
y rocoso, que podamos llamar realidad, y digamos: éste es, sin 
duda, y luego, con un point d'appui, bajo crecidas, escarcha y 
fuego, busquemos un lugar donde poder construir un muro o 
levantar una propiedad, o colocar con seguridad un farol, o 
tal vez un indicador, no un Nilómetro, sino un Realómetro, 
para que las épocas futuras conozcan la profundidad de la creci- 
da de imposturas y apariencias de tiempo en tiempo. Si os man- 
tenéis erguidos y de cara frente a un hecho, veréis brillar el sol 
por ambos lados, como si se tratara de una cimitarra, y senti- 
réis que su dulce filo os atraviesa el corazón y la médula, y así 
acabaréis felizmente vuestra carrera mortal. Sea vida o muerte, 
sólo anhelamos realidad. Si realmente nos estamos muriendo, 



1 74 /Henry David Thoreau 



oigamos el estertor de nuestras gargantas y sintamos frío en las 
extremidades; si estamos vivos, vayamos a lo nuestro. 

El tiempo no es sino la corriente donde voy a pescar. Bebo 
en ella, pero mientras bebo, veo el fondo arenoso y advierto lo 
somero que es. Su delgada corriente se desliza, pero la eterni- 
dad permanece. Querría beber en lo profundo, pescar en el 
cielo, cuyo fondo está empedrado de estrellas. No puedo contar 
ni una sola. No conozco la primera letra del alfabeto. Siempre 
he lamentado no ser tan sabio como el día en que nací. La 
inteligencia es un cuchillo afilado, discierne y penetra el secre- 
to de las cosas. No deseo estar más ocupado con mis manos de 
lo necesario. Mi cabeza es manos y pies. Siento mis mejores 
facultades concentradas en ella. Mi instinto me dice que mi 
cabeza es un órgano para excavar, así como otras criaturas 
usan su hocico y patas delanteras, y con ella minaría y excavaría 
mi camino a través de estas colinas. Creo que la vena más rica 
está por aquí; juzgo por la varita adivinatoria y los finos vapo- 
res ascendentes, y aquí empezaré a cavar. 



Desobediencia civil y otros textos/ 175 



Sonidos 



Pero mientras nos limitemos a los libros, aunque sean los 
más selectos y clásicos, y leamos sólo ciertas lenguas escritas, 
que en sí mismas son dialectales y provincianas, estamos en 
peligro de olvidar la lengua que todas las cosas y aconteci- 
mientos hablan sin metáfora, la única que es abundante y 
modélica. Se publica mucho, pero se imprime poco. Los rayos 
que penetran por el postigo no se recordarán cuando el postigo 
esté completamente abierto. Ningún método ni disciplina pue- 
den suplir la necesidad de estar siempre alerta. ¿Qué es un cur- 
so de historia, filosofía o poesía, por bien elegido que esté, o la 
mejor compañía, o la más admirable rutina de la vida, compa- 
rados con la disciplina de mirar siempre lo que hay que ver? 
¿Serás sólo un lector, un estudiante o un visionario? Lee tu 
hado, mira lo que hay frente a ti y camina hacia el futuro. 

Durante el primer verano no leí libros; planté habas. No, a 
menudo hice algo mejor. Había momentos en que no podía 
permitirme sacrificar el esplendor del momento presente por 
trabajo alguno, de la cabeza o las manos. Quiero un amplio 
margen en mi vida. A veces, en una mañana de verano, tras mi 
baño de costumbre, me sentaba en el umbral soleado desde el 
amanecer hasta el mediodía, absorto en una ensoñación, entre 
los pinos, nogales y zumaques, en imperturbada soledad y tran- 
quilidad, mientras los pájaros cantaban alrededor o revolotea- 
ban silenciosos por la casa, hasta que, por la puesta de sol en 
mi ventana occidental o por el sonido del carro de algún viaje- 
ro en la lejana carretera, me acordaba del paso del tiempo. En 
aquellos instantes crecía como el maíz por la noche, y resulta- 
ban mejor de lo que habría sido cualquier trabajo con las ma- 
nos. No era tiempo sustraído de mi vida, pues estaba muy por 
encima de mi renta habitual. Me di cuenta de lo que los orien- 
tales entienden por la contemplación y el abandono de las obras. 
En gran medida, no me importaba cómo pasaban las horas. El 

"Sonidos", capítulo IV de Walden o la vida en los bosques. 

Desobediencia civil y otros textos / 177 



día avanzaba como para iluminar alguno de mis trabajos; era 
por la mañana y, mirad, ahora es por la tarde y nada memora- 
ble se ha logrado. En lugar de cantar como los pájaros, sonreía 
silenciosamente por mi incesante buena fortuna. Como el go- 
rrión tenía su trino, posado en el nogal frente a mi puerta, así 
tenía yo mi risita o el gorjeo amortiguado que podría oír desde 
mi nido. Mis días no eran los días de la semana, con el sello de 
una deidad pagana, ni eran desmenuzados en horas ni golpea- 
dos por el tictac de un reloj, porque vivía como los indios puri, 
de quienes se dice que "para el ayer, el hoy y el mañana sólo 
tienen una palabra, y expresan la variedad de significado seña- 
lando hacia adelante para mañana, hacia atrás para ayer y 
sobre su cabeza para el día que pasa". Esto era flagrante 
ociosidad para mis conciudadanos, sin duda, pero si los pája- 
ros y las flores me hubieran examinado según sus pautas, no 
habrían hallado falta en mí. Es cierto que un hombre debe en- 
contrar sus ocasiones en sí mismo. El día natural es muy tran- 
quilo y no reprobará su indolencia. 

Tenía una ventaja al menos en mi modo de vida sobre los 
que estaban obligados a mirar al exterior en busca de diver- 
sión, a la sociedad y al teatro: que mi propia vida se conver- 
tía en una diversión y no dejaba de ser una novela. Era un 
drama de muchas escenas y sin un final. Si nos ganáramos 
siempre el sustento y reguláramos nuestras vidas por el últi- 
mo y mejor método que hemos aprendido, no nos aburriría- 
mos nunca. Seguid vuestro genio de cerca y no dejará de 
mostraros una nueva perspectiva cada hora. El quehacer 
doméstico era un pasatiempo agradable. Cuando mi suelo 
estaba sucio, me levantaba temprano y, tras sacar al exterior 
todos mis muebles y dejarlos sobre la hierba, con la cama y 
el armazón en una sola pieza, rociaba el suelo con agua, es- 
parcía arena blanca de la laguna y luego lo barría con una 
escoba hasta dejarlo limpio y reluciente y, cuando los ciuda- 
danos se desayunaban, el sol matutino ya había secado mi 
casa lo suficiente para permitirme entrar de nuevo, y mis 
meditaciones eran casi ininterrumpidas. Era agradable ver 
todos mis enseres domésticos sobre la hierba, formando una 
pequeña pila, como el fardo de un gitano, y mi mesa de tres 
patas, de la que no quitaba los libros, la pluma y la tinta, en 



178 /Henry David Thoreau 



medio de los pinos y los nogales. Parecían contentos de verse 
afuera, como si no quisieran ser llevados adentro. A veces 
sentía la tentación de extender un toldo sobre ellos y sentar- 
me allí. Valía la pena ver brillar el sol sobre estas cosas y oír 
soplar libre al viento sobre ellas; los objetos más familiares 
parecen mucho más interesantes fuera que dentro de casa. 
Un pájaro se posa en la rama cercana, la siempreviva crece 
bajo la mesa y los sarmientos de zarzamora se enredan en sus 
patas; las piñas, castañas erizadas y hojas de fresa se espar- 
cen alrededor. Parecía que de este modo llegaron a transferirse 
tales formas a nuestro mobiliario, a mesas, sillas y armazo- 
nes, porque una vez estuvieron en medio de ellas. 

Mi casa estaba en la ladera de una colina, al borde del gran 
bosque, en medio de un joven soto de pinos tea y nogales, a 
media docena de varas de la laguna, a la que conducía un es- 
trecho sendero colina abajo. Enfrente de ella crecían fresas, 
zarzamoras y siemprevivas, verbenas y cañas doradas, 
roblecillos y cerezo de arena, arándano y maníes. A finales de 
mayo, el cerezo de arena (Cerasuspumila) adornaba ambos 
lados del sendero con sus delicadas flores dispuestas cilindrica- 
mente en umbelas en torno a cortos tallos, que, por fin, en 
otoño, se combaban con sus notables y hermosas cerezas, caí- 
das en guirnaldas radiantes por todos lados. Las probaba por 
gratitud hacia la naturaleza, aunque no eran sabrosas. El zu- 
maque (Rhus glabra) crecía exuberante en torno a la casa tre- 
pando por el terraplén que había construido, y llegó a los cinco 
o seis pies la primera temporada. Su amplia hoja pinada tropi- 
cal era grata a la vista, aunque extraña. Las grandes yemas, 
que brotaban tardíamente en primavera de secas varas que pa- 
recían muertas, se convertían como por arte de magia en gra- 
ciosas ramas verdes y tiernas de una pulgada de diámetro y, a 
veces, cuando me sentaba en la ventana, crecían y forzaban sus 
débiles junturas con tal descuido que oía caer una rama nueva 
y tierna, como un abanico sobre el suelo, cuando no se movía 
ni una pizca de aire, rota por su propio peso. En agosto, los 
grandes racimos de bayas, que cuando florecían habían atraído a 
multitud de abejas, asumían gradualmente su aterciopelado 
matiz carmesí y, del peso, se combaban y rompían sus tiernos 
miembros. 



Desobediencia civil y otros textos/ 179 



Mientras estoy sentado en mi ventana en este mediodía de 
verano, los halcones sobrevuelan el claro; el apresuramiento 
de las palomas salvajes, que cruzan transversalmente mi pers- 
pectiva por parejas y tríos o se posan inquietas sobre las ramas 
del pino blanco detrás de mi casa, da voz al aire; un pigargo 
riza la superficie cristalina de la laguna y trae consigo un pez; 
un visón sale del marjal frente a mi puerta y atrapa una rana en 
la orilla; la juncia se arquea bajo el peso de los chamberguillos 
que revolotean por aquí y por allí y, durante la última media 
hora, he oído el traqueteo de los vagones del ferrocarril, que 
ahora se pierde y luego revive, como el aleteo de una perdiz, 
con el transporte de pasajeros de Boston al campo. Pues yo no 
vivía tan alejado del mundo como aquel muchacho que, según 
he oído, llevado a una granja del este de la ciudad, salió co- 
rriendo y volvió a casa de nuevo, desaliñado y nostálgico. Nunca 
había visto un lugar tan sombrío y apartado; la gente se había 
ido, ¡ni siquiera se oía el silbido! Dudo que queden lugares así 
en Massachusetts: 



En verdad, nuestra ciudad se ha convertido en una terminal 
De una de esas veloces flechas ferroviarias, y sobre 
Nuestro manso llano su suave sonido es Concord. 



El ferrocarril de Fitchburg linda con la laguna a unas cien 
varas al sur de donde vivo. Por lo general, voy a la ciudad 
siguiendo su trazado y, por así decirlo, ése es mi vínculo con la 
sociedad. Los hombres de los trenes de mercancías que reco- 
rren el camino me saludan como a un viejo conocido, pues a 
menudo se cruzan conmigo y aparentemente me toman por un 
empleado; eso es lo que soy. Con gusto sería también repara- 
dor de vías en algún lugar de la órbita de la tierra. 

El silbido de la locomotora penetra en mis bosques en vera- 
no e invierno como el chillido de un halcón que atraviesa el 
terreno de un granjero, y me informa de que llegan numerosos 
e incansables mercaderes urbanos al círculo de la ciudad, o 
aventurados comerciantes del otro extremo del país. Cuando 
entran en el horizonte, se lanzan unos a otros un aviso para 
despejar la vía que a veces se oye en el radio de dos ciudades. 



180 /Henry David Thoreau 



¡Campo, aquí vienen tus viandas! ¡Vuestras raciones, 
campesinos! No hay un hombre tan independiente en su gran- 
ja que pueda rehusarlas. ¡Y ahí tenéis vuestra paga!, chilla el 
silbato del hombre de campo; madera en forma de largos arie- 
tes a veinte millas por hora contra los muros de la ciudad y 
suficientes plazas para acomodar a cuantos llegan cansados y 
sobrecargados. Con esa tremenda y torpe cortesía el campo 
ofrece un asiento a la ciudad. Todas las colinas indias de gayubas 
son despojadas, todos los prados de arándano se rastrillan hasta 
la ciudad. Sube el algodón, baja el lienzo tejido; sube la seda, 
baja la lana; suben los libros, pero baja el ingenio que los escribe. 

Cuando me encuentro con la máquina y su serie de vagones 
con movimiento planetario -o más bien como un cometa, por- 
que el espectador no sabe a qué velocidad y en qué dirección 
volverá a visitar este sistema, ya que su órbita no parece tener 
curva de vuelta-, con su nube de vapor como una bandera que 
ondea con guirnaldas doradas y plateadas, como las nubes ve- 
llosas que he visto en lo alto del cielo, desplegando su masa en 
el aire, como si este semidiós viajero, este conductor de nubes, 
hubiera tomado el cielo crepuscular por la librea de su séquito; 
cuando oigo que las colinas hacen eco al resoplido tronador 
del caballo de hierro, que agita la tierra con sus pies y respira 
fuego y humo por sus narices (ignoro qué tipo de caballo alado 
o fiero dragón pondrán en la nueva mitología), parece como si 
la tierra tuviera por fin una raza digna de habitarla. ¡Si todo 
fuera como parece y los hombres sometieran a los elementos 
por nobles fines! Si la nube que cuelga sobre la máquina fuera 
la transpiración de hechos heroicos, o fuera tan beneficiosa 
como la que flota sobre los campos del granjero, entonces los 
elementos y la naturaleza misma acompañarían alegremente a 
los hombres en sus vagabundeos y serían su escolta. 

Contemplo el paso de los vagones matutinos con el mismo 
sentimiento con el que contemplo la salida del sol, que apenas 
es más regular. El tren de nubes, que se extiende por detrás y se 
eleva cada vez más hasta el cielo mientras los vagones van a 
Boston, oculta el sol por un momento y deja en la sombra mi 
campo lejano; es un tren celestial del que el mezquino tren de 
vagones que abraza la tierra no es sino la punta de la lanza. El 
mozo de cuadra del caballo de hierro se ha levantado 



Desobediencia civil y otros textos/ 181 



temprano esta mañana invernal por la luz de las estrellas entre 
las montañas para alimentar y enjaezar a su montura. Tam- 
bién se despertó temprano el fuego para darle calor vital y ha- 
cerlo salir. ¡Si la empresa fuera tan inocente como temprana! Si 
hay mucha nieve, se calzan las raquetas y, con el arado gigante, 
trazan un surco desde las montañas hasta la costa en que los 
vagones, como una dócil sembradora, esparcen hombres in- 
cansables y mercancías flotantes como semillas por el campo. 
Durante todo el día los caballos de fuego sobrevuelan el cam- 
po y sólo se detienen para que su dueño pueda descansar, y a 
medianoche me despierta su ruido y desafiante resoplido, cuan- 
do en alguna remota cañada de los bosques se queda encajona- 
do entre el hielo y la nieve. Llegará a su establo con la estrella 
de la mañana, para empezar una vez más sus viajes sin haber 
descansado o dormido. Por la tarde tal vez le oiga en su establo 
desfogando la energía sobrante del día, para calmar sus ner- 
vios y enfriar su hígado y cerebro con unas pocas horas de 
sueño férreo. ¡Si la empresa fuera tan heroica e imponente como 
prolongada e inagotable! 

A través de bosques poco frecuentados en los confines de 
las ciudades, donde sólo ha penetrado el cazador de día, en la 
más oscura noche se adentran estos brillantes salones sin co- 
nocer a sus habitantes; ahora paran en una brillante estación 
de la ciudad, donde se reúne la muchedumbre, y luego en la 
Ciénaga Sombría, para asustar al buho y al zorro. Las salidas y 
llegadas de los vagones señalan ahora las partes del día en la 
ciudad. Van y vienen con tal regularidad y precisión, y su silbi- 
do puede oírse desde tan lejos, que con ellos los granjeros po- 
nen en hora sus relojes y así una institución bien conducida 
regula todo un país. ¿No han mejorado los hombres en pun- 
tualidad desde que se inventó el ferrocarril? ¿No hablan y pien- 
san más rápido en la estación de lo que lo hacían en la parada 
de la diligencia? Hay algo electrizador en aquella atmósfera. 
Me asombran los milagros que ha obrado; que ciertos vecinos, 
de los que nunca habría profetizado que fueran a Boston por 
un transporte tan rápido, estén a punto cuando suena la cam- 
pana. Hacer las cosas "a la manera del ferrocarril" es ahora la 
marca de calidad, y vale la pena que nos avisen a menudo y 
sinceramente por cualquier medio para que nos quitemos de su 



182 /Henry David Thoreau 



camino. No hay tiempo de pararse a leer la ley de orden público, 
en este caso, ni para disparar sobre las cabezas de la masa. He- 
mos construido un hado, un Atropos, que nunca se desvía. (Que 
ése sea el nombre de vuestra máquina.) A los hombres se les 
advierte que a cierta hora y minuto se echarán los cerrojos en los 
puntos cardinales; sin embargo, esto no interfiere en los asuntos 
de nadie y los niños van a la escuela por otro camino. Estamos 
más seguros gracias a él. Somos educados así para ser hijos de 
Tell. El aire está lleno de cerrojos invisibles. Toda senda, salvo la 
vuestra, es la senda del hado. Seguid, pues, vuestro camino. 

Lo que hace recomendable para mí el comercio es su inicia- 
tiva y valentía. No junta las manos ni reza a Júpiter. Veo que 
estos hombres van a su negocio cada día con más o menos 
coraje y alegría, y que incluso hacen más de lo que creen y tal 
vez de una manera más útil que si se lo hubieran propuesto 
conscientemente. Me conmueve menos el heroísmo de los que 
aguantan media hora en el frente de Buena Vista que el firme y 
alegre valor de los hombres que usan el quita-nieves como cuar- 
tel de invierno; que tienen no sólo el coraje de las tres de la 
mañana, que Bonaparte consideraba el más raro, sino un cora- 
je que no les permite retirarse tan pronto y sólo necesita dor- 
mir cuando la tormenta duerme o los tendones de su montura 
de hierro están helados. En esta mañana de la gran nevada, 
que aún enciende y hiela la sangre de los hombres, tal vez oiga 
salir el tono amortiguado de su campana del banco de niebla 
que produce su helado aliento, para anunciar que los vagones 
están al llegar sin gran retraso, a pesar del veto de una tormen- 
ta de nieve del noreste de Nueva Inglaterra, y contemple a los 
campesinos cubiertos de nieve y escarcha, con las cabezas por 
encima de la vertedera del arado que estará removiendo no 
sólo margaritas y madrigueras de ratón campestre, como can- 
tos rodados de la Sierra Nevada, que ocupan una posición 
exterior en el universo. 

El comercio es inesperadamente confiado y sereno, atento, 
aventurero e incansable. Además, es muy natural en sus méto- 
dos, más que muchas fantásticas empresas y experimentos sen- 
timentales, y de ahí su peculiar éxito. Me siento renovado y 
expansivo cuando me cruzo con el tren de mercancías y huelo 
las provisiones que van dispensando sus olores por el camino, 

Desobediencia civil y otros textos/ 183 



desde Long Wharf hasta el lago Champlain, y evocan lugares 
remotos, arrecifes de coral, océanos índicos, climas tropicales 
y toda la extensión del globo. Me siento como un ciudadano 
del mundo al ver la palma que cubrirá tantas rubias cabezas de 
Nueva Inglaterra en el próximo verano, el cáñamo de Manila y 
las cáscaras de coco, los viejos trastos, los sacos de yute, la 
chatarra y los clavos oxidados. Esta carga de velas rasgadas es 
más legible e interesante ahora que si hubiera sido forjada en 
papel y libros impresos. ¿Quién podría escribir tan gráficamente 
la historia de las tormentas que han capeado como estas rasga- 
duras? Son galeradas que no necesitan corrección. Aquí va la 
madera de los bosques de Maine que no se embarcó con la 
última marea, subida en cuatro dólares por mil por la que que- 
dó en tierra o rota; pino, abeto, cedro, de primera, segunda, 
tercera y cuarta clase, hasta hace poco de una sola al combarse 
sobre el oso, el alce y el caribú. Luego sigue un primer lote de 
cal de Thomaston que llegará a las colinas antes de que esca- 
see. ¡Y esos trapos embalados de todos los colores y calidades, 
la ínfima condición a la que han sido rebajados el algodón y el 
lino, el resultado final del vestido, de patrones que ya no se 
estilan, a menos que sea en Milwaukee, como esos espléndidos 
artículos, estampados ingleses, franceses o americanos, telas a 
cuadros, muselinas, etc., reunidos de todos los lugares de la 
moda y la pobreza, listos para convertirse en papel de un color 
o de ciertos matices, en el que se escribirán cuentos de la vida 
real, elevados e ínfimos, y fundados en hechos! Este vagón ce- 
rrado huele a salazón, el aroma fuerte y comercial de Nueva 
Inglaterra que recuerda a los grandes bancos y las pesquerías. 
¿Quién no ha visto un pescado salado, completamente curado 
para este mundo, de modo que nada pueda estropearlo y que 
podría hacer ruborizar a los santos en su perseverancia? Con él 
se pueden barrer o empedrar las calles y partir las astillas, y el 
arriero y su carga pueden protegerse con él del sol, el viento y 
la lluvia, y el comerciante, como hiciera uno de Concord, col- 
garlo junto a su puerta como señal de que abre el negocio, 
hasta que por fin su cliente más antiguo no pueda asegurar si 
es animal, vegetal o mineral, aunque siga tan puro como un 
copo de nieve y, en caso de ser puesto en un cazo y hervido, 
resulte un excelente pescado magro para la cena del sábado. 



184 /Henry David Thoreau 



Luego llegan los cueros españoles con sus colas, que aún conser- 
van el giro y ángulo de elevación que tenían cuando los bueyes 
corrían por las pampas de la América española, un modelo de 
obstinación, que demuestra lo desesperados e incurables que 
resultan los vicios constitucionales. Confieso que, en la prácti- 
ca, tras conocer la auténtica disposición de un hombre, no al- 
bergo esperanzas de cambiarla para mejor o para peor en esta 
etapa de la existencia. Como dicen los orientales: "Aunque 
calentáramos, apretáramos y atáramos con ligaduras una cola 
de perro, tras doce años de trabajo aún conservaría su forma 
natural". La única cura efectiva para los resabios que mues- 
tran estas colas consiste en hacer engrudo con ellas, que es, 
según creo, el uso que suele dárseles, y entonces quedarán fijas. 
Aquí hay un barril de melaza o de brandy dirigido a John Smith, 
Cuttingsville, Vermont, un mercader de las Green Mountains 
que importa para los granjeros de la vecindad y ahora tal vez 
vigila sobre su mamparo y que, al pensar en los últimos envíos 
marítimos y en cómo pueden afectar al precio, dice a sus clien- 
tes en este momento, como ya les ha dicho veinte veces esta 
mañana, que espera recibir algo de primera calidad en el próxi- 
mo tren. Se ha publicado en el Cuttingsville Times. 

Mientras estas cosas suben otras bajan. Avisado por el zum- 
bido, levanto la vista de mi libro y veo un pino alto, talado en 
lejanas colinas del norte, que ha pasado volando sobre las Green 
Mountains y Connecticut, disparado como una flecha en sólo 
diez minutos a través de la ciudad, y que apenas nadie más ve; 
está listo para: 

Ser el mástil 

De un gran almirante. 

¡Y escuchad! Aquí viene el tren del ganado con las reses de 
mil colinas, apriscos, establos y cañadas por el aire, arrieros 
con sus varas y jóvenes pastores en medio de sus rebaños, todo 
salvo los pastos montañosos, arremolinados como hojas traí- 
das desde las montañas por los vendavales de septiembre. El 
aire se llena de balidos de terneros y ovejas y del ajetreo de los 
bueyes, como si se tratara de un valle pastoral. Cuando el viejo 
manso a la cabeza hace sonar su cencerro, las montañas 

Desobediencia civil y otros textos/ 185 



brincan como carneros y las pequeñas colinas como ovejas. 
También hay un vagón de arrieros en el medio, al mismo nivel 
ahora que los arreados, sin su vocación, pero aún aferrados a 
sus inútiles varas como a una insignia profesional. Pero sus 
perros, ¿dónde están? Para ellos se trata de una estampida; han 
sido abandonados, han perdido el rastro. Creo que los oigo 
ladrar tras las colinas de Peterboro, o jadear por la pendiente 
occidental de las Green Mountains. No estarán presentes en la 
matanza. Su vocación también ha desaparecido. Su fidelidad y 
sagacidad ya no se aprecia. Se escabullirán desventurados ha- 
cia sus casetas, o tal vez correrán asilvestrados y formarán una 
liga con el lobo y el zorro. Así acaba vuestra vida pastoral. 
Pero la campana suena y debo apartarme de la vía y dejar paso 
a los vagones: 



¿Qué es el ferrocarril para mí? 

Nunca voy a ver 

Dónde acaba. 

hiena unos pocos huecos 

Y forma taludes para las golondrinas, 

Da un soplido a la arena 

E ímpetu a los arándanos. 



Pero la cruzo como una carretera en los bosques. No dejaré que 
su humo, vapor y pitido moleste a mis ojos ni dañe a mis oídos. 

Ahora que los vagones han pasado, y con ellos todo el mun- 
do incansable, y los peces en la laguna ya no sienten su retum- 
bar, estoy más solo que nunca. Durante el resto de la larga 
tarde mis meditaciones tal vez sean sólo interrumpidas por el 
débil traqueteo de un carro o una yunta en la lejana carretera. 

A veces, en domingo, oigo las campanas, la campana de 
Lincoln, Acton, Bedford o Concord, cuando el viento es favo- 
rable, una débil, dulce y, por así decirlo, natural melodía, dig- 
na de ser importada al desierto. A suficiente distancia en los 
bosques, este sonido adquiere cierto zumbido vibratorio, como 
si las agujas de pino en el horizonte fueran las cuerdas rozadas 
de un arpa. Todo sonido oído a la mayor distancia posible pro- 
duce uno y el mismo efecto: una vibración de la lira universal, 
así como la atmósfera intermedia forma una lejana ondulación 



186 /Henry David Thoreau 



de tierra que interesa a la mirada por su tinte azul. Llegaba 
hasta mí en este caso una melodía que el aire había pulsado y 
que había conversado con cada hoja y aguja de los bosques, 
esa porción de sonido que los elementos habían aceptado, 
modulado y prolongado con ecos de valle en valle. El eco es, 
hasta cierto punto, un sonido original, y de ahí su magia y 
encanto. No es sólo la repetición de lo que era digno de repetir- 
se en la campana, sino en parte la voz del bosque, las mismas 
palabras y notas triviales cantadas por una ninfa. 

Al atardecer, los lejanos mugidos de una vaca en el horizon- 
te tras los bosques sonaban dulces y melodiosos, y al principio 
se confundían con las voces de ciertos trovadores que en oca- 
siones me ofrecían su serenata, errantes por colinas y valles; 
sin embargo, no me sentía ingratamente decepcionado cuando 
al instante se prolongaban en la barata y natural música de la 
vaca. No pretendo ser satírico, sino expresar mi apreciación 
por el canto de aquellos jóvenes, si afirmo que percibía clara- 
mente su afinidad con la música de la vaca y que resultaban 
una articulación de la naturaleza. 

Regularmente, a las siete y media, en cierta época del verano, 
tras la partida del tren vespertino, los chotacabras cantaban 
sus vísperas durante media hora, posados en un tocón junto a 
mi puerta o sobre la parhilera de la casa. Empezaban a cantar 
casi con tanta precisión como un reloj, cada tarde, durante 
cinco minutos y a cierta hora próxima a la puesta de sol. Tuve 
una rara oportunidad de familiarizarme con sus hábitos. A veces 
oía cuatro o cinco a la vez en diferentes partes del bosque, 
casualmente un acorde tras otro, y tan cerca de mí que no sólo 
distinguía el cloqueo tras cada nota, sino a menudo su peculiar 
zumbido, como de una mosca en una telaraña, sólo que pro- 
porcionalmente más fuerte. A veces uno de ellos me rondaba 
en los bosques a pocos pies de distancia, como atado a una 
cuerda, probablemente cuando estaba cerca de sus huevos. 
Cantaban a intervalos toda la noche y eran de nuevo tan musi- 
cales como siempre al amanecer. 

Cuando otros pájaros callan, las lechuzas toman el relevo, 
como plañideras, con su viejo u-lu-lu. Su deprimente grito es 
verdaderamente Ben Jonsoniano. ¡Sabias arpías de mediano- 
che! No es el honrado y romo tu-whit tu-who de los poetas, 

Desobediencia civil y otros textos/ 187 



sino, bromas aparte, la más solemne cancioncilla funeraria, los 
consuelos mutuos de los amantes suicidas que recuerdan los 
dolores y las delicias del amor sobrenatural en los bosquecillos 
infernales. Sin embargo, me encanta oír su llanto, sus dolientes 
respuestas, trinadas por la vereda, que evocan a los pájaros 
cantores; como si fuera el lado oscuro y lagrimoso de la músi- 
ca, los lamentos y suspiros que querríamos cantar. Son espíri- 
tus, los espíritus alicaídos y las aprensiones melancólicas de 
almas muertas que, con forma humana, rondaban de noche 
por la tierra y perpetraron los hechos de la oscuridad, y que 
ahora expían sus pecados con himnos gimientes o trenos en el 
escenario de sus transgresiones. Me comunican un nuevo sen- 
tido de la variedad y capacidad de esa naturaleza que es nues- 
tra morada común. ¡0-o-o-oh si nunca hubiera nacido-o-o-o!, 
suspira una a este lado de la laguna, y vuelve con la inquietud 
de la desesperación a una nueva rama de los robles grises. ¡0-o- 
o-oh si nunca hubiera nacidoo-o-o!, responde otra en eco a lo 
lejos con trémula sinceridad, y ¡Nacido-o-o-o! llega débilmen- 
te desde los bosques de Lincoln. 

Un buho ululante cantaba también para mí su serenata. 
Podríais imaginarlo, tan cerca, como el sonido más melancóli- 
co de la naturaleza, como si pretendiera estereotipar y perpe- 
tuar en su coro los moribundos gemidos de un ser humano, 
alguna pobre y débil reliquia de mortalidad que hubiera deja- 
do atrás la esperanza y aullara como un animal, aunque con 
sollozos humanos, al entrar en el oscuro valle, con voz más 
horrible por cierta melodía glótica; veo que he de usar las 
letras "gl" al tratar de imitarlo, expresión propia de quien ha 
alcanzado una fase gelatinosa y mohosa en la mortificación de 
todo pensamiento saludable y valiente. Me recordaba a demo- 
nios necrófagos e idiotas y a locos aullidos. Pero ahora llega 
una respuesta desde bosques lejanos con un tono que la distan- 
cia vuelve melodioso, Hoo hoo boo, hoorer hoo, y que, en 
efecto, en gran medida sugiere sólo gratas asociaciones oídas 
de día o de noche, en verano o invierno. 

Me alegra que haya buhos. Dejemos que lancen el idiota y 
maníaco ululato hacia los hombres. Es un sonido admirable- 
mente adecuado a pantanos y bosques crepusculares que el día 
no ilumina, y que sugiere una vasta y no desarrollada 

188 /Henry David Thoreau 



naturaleza que los hombres no han conocido. Los buhos repre- 
sentan el crudo crepúsculo y los pensamientos insatisfechos que 
todos tenemos. Durante el día el sol ha brillado sobre la super- 
ficie del pantano salvaje, donde se inclina el solitario abeto 
cubierto de liqúenes, sobrevolado por pequeños halcones, el 
paro cecea entre las hojas perennes y la perdiz y el conejo me- 
rodean; ahora amanece un día más sombrío y apropiado, y 
una raza diferente de criaturas despierta allí para expresar el 
significado de la naturaleza. 

A última hora de la tarde oía el lejano retumbar de los va- 
gones sobre los puentes -un sonido que de noche llega más 
lejos que ningún otro-, el aullido de los perros y, a veces, de 
nuevo, el mugido de una vaca lastimera en un establo remoto. 
Entre tanto toda la orilla sonaba con el trompeteo de las ranas 
mugidoras, los rudos espíritus de antiguos bebedores y borra- 
chos, aún impenitentes, que tratan de cantar un fragmento en 
su laguna Estigia -si las ninfas de Walden me permiten la com- 
paración, pues, aunque allí no haya ortigas, sí que hay ranas-, 
dispuestos a mantener las reglas hilarantes de sus viejas mesas 
festivas, aunque sus voces se han vuelto solemnemente graves 
y roncas, se burlan de la alegría, el vino ha perdido su sabor 
hasta convertirse sólo en el licor que distiende sus panzas, y no 
es la dulce ebriedad la que ahoga la memoria del pasado, sino 
la mera saturación, anegación y distensión. El más concejil, 
con su barbilla sobre una hoja corazonada, que le sirve de ser- 
villeta para sus babeantes mandíbulas, bebe en esta orilla nor- 
te un gran trago del agua antes despreciada y pasa la copa con 
la exclamación ¡tr-r-roonk, tr-rroonk, tr-r-roonk!, y por el agua 
llega desde una cavidad lejana la misma contraseña repetida, 
donde el siguiente en edad y volumen ha engullido lo propio, y 
cuando esta observancia ha completado el circuito de las orillas, 
entonces exclama el maestro de ceremonias, con satisfacción, 
¡tr-r-roonk!, y cada cual lo repite por turno, hasta el menos 
distendido, goteante y flojo panzudo, para que no haya equi- 
vocación posible; entonces el cuenco vuelve a girar, hasta que 
el sol dispersa la bruma matinal y el patriarca es el único que 
sigue fuera de la laguna y aún brama troonk de vez en cuando, 
a la espera de una réplica. 



Desobediencia civil y otros textos/ 189 



No estoy seguro de que oyera alguna vez el sonido del can- 
to del gallo desde mi claro y pensé que podría valer la pena 
mantener un gallo sólo por su música, como un pájaro cantor. 
La nota del que una vez fuera un faisán indio salvaje es, por 
cierto, más notable que la de pájaro alguno y, si pudiera natu- 
ralizarse sin ser domesticado, pronto sería el sonido más famo- 
so de nuestros bosques y superaría al graznido del ganso y al 
ululato del buho. ¡Imaginad luego el cacareo de las gallinas 
para colmar las pausas entre los clarines de sus maestros! No 
es de extrañar que el hombre añadiera este pájaro a su dócil 
reserva, por no decir nada de los huevos y las patas. Caminar 
en una mañana de invierno por un bosque donde abundaran 
esas aves, por sus bosques nativos, y oír cacarear a los gallos 
salvajes en los árboles, con un sonido claro y estridente sobre 
la tierra resonante que ahogaría las notas más débiles de los 
demás pájaros... ¡Pensadlo! 

Pondrían en alerta a las naciones. ¿Quién no se levantaría 
cada vez más temprano en los días sucesivos de su vida, hasta 
que llegara a ser inefablemente saludable, rico y sabio? La nota 
de este pájaro extranjero es celebrada por los poetas de todos 
los países junto con las notas de sus rapsodas. Todos los climas 
convienen al valiente gallo. Es aún más indígena que los nati- 
vos. Su salud siempre es buena, sus pulmones están sanos, su 
espíritu nunca flaquea. Incluso el marinero en el Atlántico y el 
Pacífico se despierta con su voz; sin embargo, su estridente so- 
nido nunca me despertó de mi sueño. No tenía perro, ni gato, 
ni vaca, ni cerdo, ni gallinas, así que diríais que en mi casa 
había deficiencia de sonidos domésticos; ni mantequera, ni rue- 
ca, ni el silbido de la tetera, ni el siseo de la cafetera, ni el grito 
de los niños como consuelo. Un hombre chapado a la antigua 
habría perdido sus sentidos o muerto de tedio antes de pasar 
por eso. No había ratas en la pared, ya que habrían muerto de 
hambre, o más bien nunca habrían visto cebo alguno, sino sólo 
ardillas en el tejado y bajo el suelo, un chotacabras en la parhi- 
lera, un grajo azul que chillaba bajo la ventana, una liebre o 
marmota bajo la casa, una lechuza o un búho tras ella, una 
bandada de gansos salvajes o un somormujo burlón en la lagu- 
na y un zorro para aullar de noche. La alondra o la oropéndo- 
la, esas dóciles aves de plantación, nunca visitaron mi claro. Ni 



190 /Henry David Thoreau 



los gallos cantaban ni las gallinas cacareaban en el corral. ¡No 
había corral, sino la naturaleza sin vallas hasta el mismo um- 
bral! Un bosquecillo crecía bajo las ventanas, y zumaques y 
zarzamoras silvestres irrumpían en el sótano; robustos pinos 
se frotaban y crujían contra las tablillas por falta de espacio, 
con sus raíces bajo la casa. En lugar de una trampilla o persia- 
na arrancadas por el vendaval, había un pino partido o 
tronchado por las raíces detrás de la casa, que serviría de com- 
bustible. ¡En lugar de quedar sin sendero hasta la puerta de 
entrada durante la gran nevada, no había puerta alguna, ni 
entrada, ni sendero al mundo civilizado! 



Desobediencia civil y otros textos/ 191 



Conclusión" 



Al enfermo los médicos le recomiendan sabiamente un cam- 
bio de aire y de escenario. Gracias al cielo, aquí no está todo el 
mundo. El castaño de la India no crece en Nueva Inglaterra, y 
el ruiseñor rara vez se oye por aquí. El ganso salvaje es más 
cosmopolita que nosotros; se desayunan en Canadá, toman su 
merienda en Ohio, y se peinan las plumas por la noche, en un 
canalizo del sur. También el bisonte, hasta cierto punto, mar- 
cha al mismo paso que las estaciones, paciendo los pasos del 
Colorado solamente hasta que una hierba más verde y más 
dulce lo espera en Yelowstone. Pero todavía creemos que si se 
derribaran las cercas de rieles y se levantaran muros de piedra 
en nuestras chacras, se pondrían al instante límites a nuestras 
vidas, y nuestro destino se habría decidido. Si eres elegido se- 
cretario del ayuntamiento, ciertamente no podrás ir a Tierra 
del Fuego este verano, pero puedes ir, sin embargo, a la tierra 
del fuego infernal. El universo es más grande que la visión que 
tenemos de él. 

Con todo, podríamos mirar más a menudo por sobre el co- 
ronamiento de nuestro barco, como los pasajeros curiosos, y 
no hacer el viaje como unos marineros estúpidos preparando 
estopa. El otro lado del globo no es más que la patria de nues- 
tro corresponsal. Nuestro viaje es solamente una navegación 
circular, y los médicos lo prescriben sólo para las enfermeda- 
des de la piel. Uno tiene prisa por ir a Sud África a cazar jira- 
fas, pero seguramente esta no es la caza que desearía después. 
¿Por cuánto tiempo un hombre alcanzaría jirafas, si pudiera? 
Los becardones y las chochas también proporcionarían un raro 
deporte, pero creo que sería más noble caza pegarse un tiro. 



Vuelve recta la mirada a tu interior, 
Y mil regiones hallarás en ti 
Aún no descubiertas. Hazte experto, 
Viajando por allí, en tal cosmografía. 



"Conclusión", capítulo XVIII de Walden o la vida en los bosques. 



Desobediencia civil y otros textos / 193 



¿Para qué África; para qué el Oeste? ¿No está blanco en la 
carta de marear nuestro interior, por negro que pueda mostrar- 
se, como la costa, al ser descubierta? ¿Son las fuentes del Nilo, 
el Níger, o el Misisipi, o el Pasaje del Noroeste en torno a este 
continente, lo que querríamos encontrar? ¿Son estos los pro- 
blemas que más conciernen a la humanidad? ¿Es Franklin el 
único hombre que se ha perdido, para que su mujer esté tan 
ansiosa de encontrarlo? ¿Sabe el señor Grinnell dónde está él 
mismo? Sé, más bien, el Mungo Park, el Lewis y Clarke y 
Frobisher de tus propias corrientes y océanos; explora tus pro- 
pias altas latitudes, con cargamentos de viandas conservadas 
para sustentarte, si es necesario, y apila los vacíos portaviandas 
hacia el cielo, como un signo. ¿Se inventaron acaso las viandas 
conservadas meramente para conservar viandas? No; sé un 
Colón para todos los nuevos continentes y mundos dentro de 
ti, abriendo nuevos canales, no al comercio, sino al pensamien- 
to. Cada hombre es el señor de un reino, comparado al cual el 
imperio del zar no es más que un estado insignificante, un 
mogote dejado por el hielo. Sin embargo, algunos que no se 
respetan a sí mismos, pueden ser patriotas, y sacrificar lo más 
grande a lo menos grande. Ellos aman el suelo que les sirve de 
tumba, pero no tienen ninguna simpatía por el espíritu que 
podría animar su arcilla. El patriotismo es un antojo en sus 
cabezas. ¿Cuál fue el significado de aquella Expedición Explo- 
radora a los Mares del Sur, con todo su aparato y gastos, sino 
el indirecto reconocimiento del hecho de que hay continentes y 
mares en el mundo moral, de los cuales cada hombre es un 
istmo o una entrada, todavía inexplorados por él, y de que es 
más fácil navegar muchos miles de millas a través de fríos, tor- 
mentas y caníbales, en una nave del gobierno, con quinientos 
hombres y muchachos para ayudarle a uno, que explorar el 
mar privado, el Atlántico y el Pacífico del ser de uno mismo? 

Que vaguen y que escruten la remota Australia, 
Yo tengo más de Dios, y ellos más de camino. 

No vale la pena dar la vuelta al mundo para contar los ga- 
tos de Zanzíbar. Sin embargo, hacedlo hasta que podáis hacer 
cosa mejor, y podréis, quizás, hallar algún "Symmes' Hole", 



194 /Henry David Thoreau 



por el cual llegar al fin de vuestro interior. Inglaterra y Francia, 
España y Portugal, la Costa de Oro y la Costa de los Esclavos, 
todo eso frente a este mar privado; pero ningún barco de esas 
partes se aventuró a perder de vista la tierra aunque esto era, 
sin duda, el camino directo a las Indias. Si quieres aprender a 
hablar todas las lenguas y acomodarte a las costumbres de 
todas las naciones, si quieres viajar más lejos que todos los 
viajeros, y ser naturalizado en todos los climas, y hacer que la 
Esfinge de con su cabeza contra una piedra, obedece el precep- 
to del viejo filósofo, y explórate a ti mismo. Aquí dentro, se 
requieren ojo y nervio. Solamente los derrotados y los deserto- 
res van a las guerras, los cobardes que huyen y se alistan. Parte 
ahora mismo, por el camino al más lejano oeste que no se de- 
tiene en el Mississippi o en el Pacífico, ni conduce hacia una 
agotada China o Japón, sino que va en línea recta a esta esfera 
de invierno y verano, día y noche, donde el sol se pone, la luna 
se pone, y al fin la tierra también se pone. 

Se dice que Mirabeau ensayó ser "salteador de caminos a 
fin de cerciorarse del grado de resolución necesario para po- 
nerse uno mismo en formal oposición a las leyes más sagradas 
de la sociedad". Y declaró que "un soldado que lucha en las 
filas no necesita ni la mitad del coraje de un salteador de cami- 
nos"; que "el honor y la religión nunca han cerrado el paso a 
una resolución bien considerada y firme". Esto era varonil, dado 
como iba el mundo; pero era no obstante inútil, sino desespe- 
rado. Un hombre más sano se habría hallado bastante a menu- 
do "en formal oposición" a lo que se imagina son "las leyes 
más sagradas de la sociedad", por la obediencia a leyes todavía 
más sagradas; y así, habría comprobado su resolución sin sa- 
lirse de su camino. No corresponde a un hombre el colocarse 
en tal actitud para con la sociedad, sino mantenerse en la acti- 
tud que obedezca las leyes de su ser, que no será nunca de opo- 
sición a un gobierno justo, si él tuviera la suerte de encontrarlo. 

Dejé los bosques por una razón tan buena como la que tuve 
para ir a ellos. Tal vez me pareció que tenía varias otras vidas 
que vivir, y no podía emplear más tiempo en ésa. Es notable 
cuán fácil e insensiblemente caemos en una ruta particular, y la 
hacemos nuestra senda trillada. No había vivido allí una sema- 
na sin que mis pies trazaran una senda desde mi puerta al lago, 

Desobediencia civil y otros textos/ 195 



y aunque hace ya unos cinco o seis años desde que andaba yo 
por ella, es todavía muy visible. Verdad es, lo temo, que otros 
habrán pasado por ella, contribuyendo a conservarla abierta. 
La superficie de la tierra es blanda y se deja marcar por los pies 
de los hombres; lo mismo sucede con las sendas por donde 
viaja la mente. ¡Qué gastados y polvorientos deben estar, en- 
tonces, los caminos del mundo; qué profundas deben ser las 
rutinas de la tradición y de la conformidad! No deseo tomar 
pasaje en una cabina, sino, más bien, viajar junto al mástil so- 
bre la cubierta del mundo, pues allí puedo ver mejor la luz de 
la luna brillar entre las montañas. No deseo bajar ahora. 

Gracias a mi experimento, aprendí esto por lo menos: que 
si uno viaja confiadamente en la dirección de sus sueños y trata 
de vivir la vida que ha imaginado, se encontrará con un éxito 
inesperado en las horas comunes. Dejará atrás algunas cosas, 
cruzará un límite invisible; leyes nuevas, universales, y más li- 
berales empezarán a establecerse por sí mismas en torno a él y 
en su interior; o bien las viejas leyes se habrán ensanchado, e 
interpretado en su favor en un sentido más liberal, y vivirá con 
la licencia propia de un orden de seres más altos. En la medida 
en que simplifique su vida, las leyes del universo se le 
presentarán menos complejas, y la soledad no será soledad, ni 
la pobreza pobreza, ni la debilidad debilidad. Si has construido 
castillos en el aire, tu trabajo no debe quedar perdido; ése era 
el lugar en que debían levantarse. Pon ahora los cimientos de- 
bajo de ellos. 

Es una exigencia ridicula de Inglaterra y América la de que 
tú les hables de modo que ellas puedan comprenderte. Ni los 
hombres ni los hongos crecen de ese modo. Como si eso fuera 
importante, y no hubiese bastantes para comprenderlo a uno, 
sin ellos. Como si la Naturaleza no admitiera más que un solo 
orden de entendimiento, y no tuviese pájaros lo mismo que 
cuadrúpedos, criaturas que vuelan y otras que se arrastran; 
como si las palabras que Bright puede comprender fueran el 
mejor inglés. Como si solamente hubiera seguridad en la estu- 
pidez. Yo temo, principalmente, que mi expresión no sea bas- 
tante extra-vagante; que no vague bastante más allá de los es- 
trechos límites de mi experiencia diaria, como para ser adecua- 
da a la verdad de que estoy convencido. ¡La extravagancia! 



196 /Henry David Thoreau 



Ella sólo depende de lo acorralado que esté uno. El búfalo, que 
emigra en busca de nuevos pastos hacia otras latitudes, no es 
extravagante como la vaca que patea el balde, salta el cerco y 
corre a donde está su ternero, en el momento de ordeñarla. 
Deseo hablar de algo sin límites; como un hombre en sus mo- 
mentos de vela a los hombres en sus momentos de vela; pues 
estoy convencido de que no puedo exagerar lo bastante siquie- 
ra como para poner la base para una verdadera expresión. 
¿Quién, luego de oír un trozo de música, temería hablar de un 
modo extravagante? Al considerar lo futuro o lo posible, debe- 
ríamos vivir completamente sueltos e indefinidos al respecto 
con nuestros contornos oscuros y nebulosos vueltos hacia esa 
dirección; como nuestras sombras revelan una insensible 
tendencia hacia el sol. La volátil verdad de nuestras palabras 
debería revelar continuamente lo inadecuado del resto de la 
exposición. La verdad de ellas es instantáneamente traduci- 
da; sólo queda su monumento literal. Las palabras que ex- 
presan nuestra fe y nuestra piedad no son definidas; sin em- 
bargo, son expresivas y fragantes como incienso, para las 
naturalezas superiores. 

¿Por qué hemos de bajar el nivel de nuestra más obtusa 
percepción, y alabar esto como sentido común? El sentido co- 
mún es el sentido de los hombres dormidos, que ellos expresan 
roncando. A veces nos inclinamos a clasificar a los que tienen 
entendimiento y medio, como si tuvieran entendimiento a me- 
dias, porque sólo apreciamos la tercera parte de su talento. 
Algunos hallarán defectos en el rojo de la aurora si se levanta- 
sen muy temprano. "Algunos pretenden" según he oído, "que 
los versos de Kabir tienen cuatro sentidos diferentes: la ilusión, 
espíritu, intelecto y la doctrina exotérica de los Veda; pero, en 
esta parte del mundo, se considera motivo para lamentarse si 
los escritos de un hombre admiten más de una interpretación. 
Mientras Inglaterra trata de curar la enfermedad de las papas, 
¿por qué nadie trata de curar la podredumbre del cerebro, que 
prevalece de modo tanto más vasto y fatal? 

No creo haber llegado a la oscuridad, pero estaría orgullo- 
so si, en cuanto a ella, no se hallara en mis páginas una falta 
mayor que la que se le encuentra al hielo del Walden. Los pa- 
rroquianos del sur le objetaban su color azul, que es la 

Desobediencia civil y otros textos/ 197 



evidencia de su pureza, y preferían el hielo de Cambridge, que 
es blanco, pero tiene gusto a yuyos. La pureza que aman los 
hombres es semejante a las nieblas bajas que envuelven la tie- 
rra y no al éter azul de las alturas. 

Algunos nos aturden los oídos diciendo que nosotros los 
americanos, y en general los modernos, somos enanos intelec- 
tuales comparados con los hombres antiguos o con los 
isabelinos. Pero ¿qué se proponen? Un perro vivo es mejor que 
un león muerto. ¿Deberá ahorcarse un hombre por el hecho de 
pertenecer a la raza de los pigmeos, en lugar de tratar de ser el 
más grande entre éstos? Cada uno atienda sus asuntos, y trate 
de ser tal como fue hecho. 

¿Por qué tenemos tan desesperado afán de éxito, y en em- 
presas tan desesperadas? Si un hombre no marcha al mismo 
paso que sus compañeros, quizás sea porque él oye un tambor 
diferente. Marche según la música que oiga, cualquiera sea su 
compás y lejanía. No es importante que madure tan pronto 
como un manzano o un roble. ¿Deberá él cambiar su primave- 
ra en verano? Si la condición de las cosas para la que fuimos 
hechos no existe todavía, ¿cuál sería la realidad con que pudié- 
ramos reemplazarla? No naufraguemos en una realidad vana. 
¿Hemos de erigir con trabajo y penas, un cielo de vidrio azul 
sobre nosotros, aunque, una vez hecho, sea seguro que todavía 
contemplaremos el verdadero cielo etéreo, muy por encima, 
como si el primero no existiese? 

En la ciudad de Kouroo, había una vez un artista que esta- 
ba dispuesto a luchar buscando la perfección. Un día se le ocu- 
rrió hacer un bastón. Habiendo considerado que en una obra 
imperfecta el tiempo es un ingrediente, pero en una obra per- 
fecta el tiempo no entra en cuestión, se dijo: "ha de ser perfecta 
mi obra en todo sentido, aunque no haga otra cosa en toda mi 
vida. En el acto marchó al bosque por madera, resuelto a que 
el bastón no fuese hecho de material inadecuado, y mientras la 
buscaba, desechando palo tras palo, sus amigos iban dejándo- 
lo poco a poco, porque envejecían y morían, pero él, en cam- 
bio, no envejecía en lo más mínimo. La unidad de propósito y 
resolución, y su elevada piedad, le daban, sin que él lo supiera, 
perenne juventud. Como no hizo trato con el Tiempo, el Tiem- 
po, apartado del camino del artista, suspiraba a distancia 



198 /Henry David Thoreau 



porque no podía vencerlo. Antes de que hubiera hallado un 
tronco enteramente apropiado, la ciudad de Kouroo era una 
antigua ruina; en un montículo de ésta se sentó a descortezar el 
palo, y antes de que le hubiera dado la forma adecuada, la 
dinastía de los Candahars tocaba a su fin; con la punta del 
palo escribió en la arena el nombre del último de esa estirpe, y 
reanudó su trabajo. Por el tiempo en que había alisado y puli- 
do el bastón, Kalpa ya no era la estrella polar; y antes de que le 
hubiera puesto la férula y adornado el puño con piedras pre- 
ciosas, Brahma había despertado y se había dormido varias 
veces. Pero, ¿para qué estoy mencionando estas cosas? Al dar 
el toque final a su obra, ésta, súbitamente, se desplegó ante los 
ojos del artista atónito, como la más bella de todas las creacio- 
nes de Brahma. El había ideado un nuevo sistema de hacer un 
bastón, un mundo de plenas y bellas proporciones, en el cual, 
aunque viejas ciudades y dinastías habían fenecido, otras más 
bellas y más gloriosas las habían reemplazado. Y entonces él 
vio, por el montón de virutas todavía frescas a sus pies, que 
para él y su obra, aquel tiempo transcurrido había sido una 
ilusión, y no había durado más que lo requerido para que una 
sola centella del cerebro de Brahma cayera a inflamar la yesca 
de un cerebro mortal. El material era puro, y su arte era puro; 
¿cómo podría no ser maravilloso el resultado? 

Ningún aspecto que demos a una materia puede al fin ayu- 
darnos tanto como la verdad. Esta sola perdura. En general, 
no estamos donde estamos, sino en una posición falsa. Por una 
incapacidad de nuestras naturalezas, suponemos un caso y nos 
ponemos en él, y, por consiguiente, estamos en dos casos a la 
vez, y es doblemente difícil nuestra salida. En los momentos de 
clara visión, miramos solamente los hechos, el caso real. Dice 
uno lo que tiene que decir, y no lo que debe decir. Cualquier 
verdad es mejor que un artificio. Tom Hyde, el calderero, fue 
interrogado en el patíbulo sobre si tenía algo que decir. "Decid 
a los sastres", dijo, "que se acuerden de hacer el nudo en el hilo 
antes de dar la primera puntada". El ruego de su compañero 
cayó en el olvido. 

Por mezquina que sea tu vida, afróntala y vívela; no la es- 
quives, ni la califiques con duros nombres. No es tan mala como 
tú. Parece la más pobre cuando tú eres el más rico. El criticón 

Desobediencia civil y otros textos/ 199 



hallará faltas aun en el paraíso. Ama tu vida, pobre como es. 
Puedes quizá tener algunas horas placenteras, emocionantes, 
gloriosas, hasta en un hospicio. El sol al ponerse se refleja en 
las ventanas de un asilo como en las de la morada del hombre 
rico; la nieve se derrite ante su puerta con igual premura que 
en otras partes. No veo por qué una mente serena no ha de 
vivir allí tan contenta y tener tan alegres pensamientos como 
en un palacio. Me parece que los pobres de la villa viven a 
menudo las vidas más independientes. Acaso son ellos, simple- 
mente, lo bastante grandes para recibir todo sin recelo. En su 
mayor parte piensan que están por encima de necesitar ser sus- 
tentados por la villa, pero a menudo ocurre que no están por 
encima de sustentarse por medios deshonestos, lo cual sería 
más deshonroso. Cultiva la pobreza como una hierba de jar- 
dín, como la juncia. No te preocupes mucho por obtener nuevas 
cosas, ya sean vestidos o amigos. Da vuelta las viejas; retorna a 
ellas. Vende tus vestidos y conserva tus pensamientos. Dios verá 
que no necesitas sociedad. Si yo estuviera encerrado en el rin- 
cón de un desván por todos mis días, como una araña, el mun- 
do sería justamente tan grande para mí como antes, mientras 
tuviese mis pensamientos conmigo. El filósofo dijo: "A un ejér- 
cito de tres divisiones se lo puede hacer morder el polvo to- 
mándole a su general; al hombre más abyecto y vulgar no se le 
pueden quitar sus pensamientos". No busques tan ansiosamente 
tu desarrollo, ni someterte a muchas influencias que te mane- 
jen; todo esto es disipación. La humildad, como la oscuridad, 
revela las luces celestiales. Las sombras de la pobreza y de lo 
mísero se agolpan en torno de nosotros, y, ¡mirad!, la creación 
se ensancha ante nuestra vista. Siempre se nos recuerda que si 
se nos diese la riqueza de Creso, nuestras aspiraciones deben 
ser las mismas, y nuestros medios esencialmente iguales. Ade- 
más, si tu campo de acción es restringido por la pobreza, si no 
puedes comprar libros o periódicos, por ejemplo, estarás ence- 
rrado en medio de las experiencias más significativas y vitales; 
estarás obligado a tratar con los materiales que más azúcar y 
más almidón proporcionan. La vida que está cerca de los hue- 
sos es la más dulce. Estarás libre del peligro de ser frivolo. Nin- 
gún hombre cae nunca a un nivel más bajo, por magnanimidad 
hacia uno superior. La riqueza superflua sólo puede comprar 



200 /Henry David Thoreau 



superfluidades. No se requiere dinero para comprar una cosa 
necesaria al alma. 

Vivo en el ángulo de un muro de plomo, en cuya composi- 
ción se ha vertido un poco del metal de las campanas. A menu- 
do, en el reposo del mediodía, llega a mis oídos un confuso 
tintinnablum desde afuera. Es el ruido de mis contemporáneos. 
Mis vecinos me cuentan sus aventuras con famosos caballeros 
y damas, y las notabilidades que encuentran en una comida; 
pero tales cosas no me interesan más que las contenidas en el 
Daily Times. El interés de la conversación gira sobre los trajes 
y las maneras, principalmente; pero un ganso es un ganso, 
vístaselo como se quiera. Me hablan de California y Texas, de 

Inglaterra y las Indias, del honorable Sr , de Georgia o de 

Massachusetts, todos fenómenos pasajeros y fugaces, hasta que 
pronto termino por saltar las tapias de su patio como el bey 
mameluco. Me deleito en acudir a mis ocupaciones, no en ca- 
minar en procesión con pompa y alardes en un lugar visible de 
todos, sino en pasearme con el Constructor del Universo, si me 
es dado hacerlo; no en vivir en este trivial Siglo Diecinueve, 
inquieto, nervioso y bullicioso, sino en quedarme parado o sen- 
tado, reflexionando, mientras pasa. ¿Qué están celebrando los 
hombres? Están todos en un comité de arreglos, y a cada hora 
esperan un discurso de alguien. Dios es solamente el presidente 
del día, y Webster es el orador. Amo pesar, considerar, decidir, 
gravitar hacia aquello que más fuerte y directamente me atrae; 
no colgarme del astil de la balanza, tratando de pesar menos; 
no suponer un caso, sino tomar el caso tal cual es; viajar por la 
única senda en que me es posible, y en la cual ningún poder 
puede resistirme. No me proporciona ninguna satisfacción prin- 
cipiar el arranque de un arco antes de obtener un sólido funda- 
mento. No juguemos a patinar sobre hielo delgado. Hay un 
fondo sólido en cualquier parte. Leemos que el viajero pregun- 
tó al muchacho si el pantano que tenía delante era de fondo 
duro. El muchacho contestó que sí; pero el caballo se hundió 
hasta la cincha, y el viajero observó al muchacho: "Creí que 
decías que este pantano tenía un fondo duro". "Así es", con- 
testó el último, "pero usted no ha llegado todavía a la mitad de 
donde lo es". Lo mismo pasa con los pantanos y arenas move- 
dizas de la sociedad; sólo que es un muchacho viejo el que los 



Desobediencia civil y otros textos/ 201 



conoce. Únicamente lo pensado, dicho o hecho en cierta rara 
coincidencia es bueno. Yo no quisiera ser uno de aquellos que 
pretenden locamente meter un clavo en algo que no es más que 
listón y revoque; tal acto me tendría despierto durante noches. 
Déseme un martillo, y que yo sienta donde puede hacerse el 
agujero. No cuentes con la masilla. Mete un clavo hasta el fon- 
do y remáchalo, de modo que puedas despertar en la noche y 
pensar en tu obra con satisfacción; una obra ante la cual uno 
no se avergonzaría de invocar a la Musa. Así, y sólo así, Dios 
te ayudará. Cada clavo metido debe ser como un roblón más 
en la máquina del universo, donde tú haces el trabajo. 

Antes que amor, o que dinero, o fama, dadme verdad. Me 
senté a una mesa en la que había ricos manjares, vino en abun- 
dancia, y obsequiosos ayudantes; pero la sinceridad y la ver- 
dad no estaban allí, y me escapé, hambriento, de aquella mesa 
inhospitalaria. La hospitalidad es tan fría como los helados; 
pensé que no había necesidad de hielo para prepararlos. Me 
hablaban de la edad del vino, y de la fama del viñedo; pero yo 
pensaba en un vino más añejo, más nuevo y más puro, de una 
vendimia más gloriosa, que ellos no habían tenido, ni lo po- 
dían comprar. El estilo, la casa y sus terrenos, y los "entreteni- 
mientos", nada eran para mí. Fui a visitar al rey, pero me hizo 
esperar en su hall, y se condujo como un hombre incapacitado 
para la hospitalidad. Había un hombre en mis vecindades que 
vivía en un árbol hueco. Sus maneras eran, en verdad, reales. 
Yo habría hecho mejor en visitarlo a él. 

¿Hasta cuándo nos sentaremos en nuestros pórticos, prac- 
ticando virtudes inútiles y mustias, que cualquier trabajo vol- 
vería impertinentes? ¡Como si uno debiera comenzar su día 
con paciencia en el sufrimiento, y pagar a un hombre para 
azadonar sus papas; y al caer la tarde fuese a practicar la man- 
sedumbre y la caridad cristianas con bondad premeditada! 
Considere uno el orgullo chino y la estancada complacencia de 
sí mismo del género humano. Esta generación se reclina un 
poco para congratularse de ser la última de un ilustre linaje; y en 
Boston, y Londres, y París, y Roma, pensando en su larga des- 
cendencia, hablan de su progreso en el arte, la ciencia y la litera- 
tura, con satisfacción. ¡Existen Memorias de las Sociedades Fi- 
losóficas, y las públicas Apologías de los Grandes Hombresl 



202 /Henry David Thoreau 



Esto es lo del buen Adán contemplando su propia virtud. "Sí, 
hemos realizado grandes hechos y cantado cantos divinos, que 
nunca morirán"; esto es, mientras nosotros podamos recordar- 
los. ¿Dónde están las sociedades sabias y los grandes hombres 
de Asiria? ¡Qué jóvenes filósofos y experimentalistas somos! No 
hay uno de mis lectores que haya vivido ya una vida humana 
entera. Los presentes sólo pueden ser los meses primaverales 
de la vida de la raza. Si hubiéramos tenido la comezón de los 
siete años, no habríamos visto todavía la cigarra de diecisiete 
años, en Concord. Conocemos solamente la película del globo 
en que vivimos. La mayor parte de nosotros no hemos clavado 
seis pies bajo su superficie, ni saltado otro tanto por encima de 
ella. No sabemos dónde nos hallamos. Además, permanece- 
mos profundamente dormidos por más de la mitad de nuestro 
tiempo. No obstante, nos estimamos sabios, y tenemos un or- 
den establecido sobre la superficie. ¡Verdaderamente somos 
unos pensadores profundos, unos espíritus ambiciosos! Cuan- 
do me detengo ante el insecto que se arrastra en medio de las 
pinochas sobre el suelo del bosque, tratando de esconderse de 
mi vista, me pregunto por qué abriga esos humildes pensamien- 
tos y oculta su cabeza de mí, que, tal vez, puedo ser su bienhe- 
chor y dar a su raza alguna información alegre, me acuerdo de 
ese mayor Bienhechor e Inteligencia que está sobre mí, insecto 
humano que soy. 

Hay una incesante afluencia de lo novedosos en el mundo, 
y todavía toleramos una increíble estupidez. Me basta sólo alu- 
dir a la especie de sermones que todavía se escuchan en los 
países más cultos. Hay palabras tales como gozo y dolor, pero 
que sólo son el estribillo de un salmo cantado en tono nasal, 
mientras en verdad creemos en lo vulgar y ruin. Pensamos que 
podemos cambiar solamente nuestros vestidos. Se dice que el 
Imperio Británico es muy grande y respetable, y que los Esta- 
dos Unidos son una potencia de primer orden. No creemos que 
debajo de cada hombre sube y baja una marea que pueda ha- 
cer flotar como una astilla al Imperio Británico, si la recibiera 
en su mente. ¿Quién sabe qué especie de cigarra de diecisiete 
años saldrá del suelo próximamente? El gobierno del mundo 
en que yo vivo no fue formado, como el británico, en conver- 
saciones de sobremesa mientras se bebe el vino. 



Desobediencia civil y otros textos/ 203 



La vida en nosotros es como el agua en un río. Puede subir 
este año más alto de lo que hasta ahora haya presenciado el 
hombre, e inundar las resecas tierras altas. Hasta este mismo 
puede ser el año memorable que ahogue a todas nuestras ratas 
almizcleras. No siempre fueron tierras secas las que hoy habi- 
tamos. Veo, a lo lejos, tierra adentro, las riberas que la corrien- 
te bañaba en otros tiempos, antes de que la ciencia empezara a 
registrar sus crecidas. Todos han oído la historia que circuló en 
Nueva Inglaterra acerca de una fuerte y bella chinche que salió 
de la hoja seca de una vieja mesa de manzano que había estado 
en la cocina de un campesino durante sesenta años, primero en 
Connecticut, y después en Massachusetts, de un huevo deposi- 
tado en el árbol vivo aún muchos años antes, como resultó al 
contarse las capas anulares. Se la oyó roer por varias semanas, 
incubada, tal vez, por el calor de un calentador. ¿Quién no 
siente fortalecida su fe en una resurrección e inmortalidad oyen- 
do esto? ¡Quién sabe qué vida bella y alada, cuyo huevo estuvo 
sepultado durante siglos bajo muchas capas concéntricas de 
estupidez en la muerta y seca vida de la sociedad, habiendo 
sido depositado primero en la albura del árbol verde y viviente 
-que fue gradualmente convirtiéndose en una como bien endu- 
recida tumba- y cuyo roer fue acaso oído durante años por la 
atónita familia del hombre sentada en torno a la festiva mesa, 
puede salir inesperadamente del mueble más trivial y más usa- 
do, para gozar, al fin, su perfecta vida estival! 

No digo que John o Jonathan comprenderán todo esto; pero 
tal es el carácter de ese mañana, al que un mero correr del 
tiempo nunca haría amanecer. La luz que ciega nuestros ojos es 
oscuridad para nosotros. Sólo puede alborear el día para el 
cual estamos despiertos. Hay muchos días aún por amanecer. 
El sol no es más que un lucero del alba. 



204 /Henry David Thoreau 



Amistad" 

"Amigos, romanos, compatriotas y amantes" 



Dejemos que el puro odio apuntale aún 
Nuestro amor, que podamos ser 
Cada uno del otro su conciencia, 

Y obtener nuestra simpatía 
Principalmente desde allí. 

Nos trataremos como dioses, 

Y toda la fe que tenemos 

En la virtud y en la verdad, investiremos 
En el otro, y dejaremos la sospecha 
Para dioses inferiores. 

Dos estrellas solitarias- 
Un sistema infinito y lejano 
Gira entre nosotros, 

Pero por nuestra conciencia de la luz estamos 
Determinados a un polo. 

Qué necesidad confunde la esfera- 
Dios puede permitirse esperar, 
Para él ninguna hora es demasiado tarde 
Para atestiguar que hemos cumplido nuestra tarea 
O dar a otro el comienzo de la suya. 

El amor no tendrá más uso, 

Que el que tiene el tinte de las flores, 

Sólo el huésped libre 

Frecuenta su morada, 

Hereda su legado. 



"Friendship", The Dial, N° VI, octubre de 1841. 

Desobediencia civil y otros textos/ 205 



No tiene una charla amable, 
Sino que imparte sabio silencio 
A sus compañeros, 
Consuela por la noche, 
Congratula en el día. 

¿Qué dice la lengua a la lengua? 
¿Qué oye el oído del oído? 
Por los designios de la fortuna 
De año en año, 
Se comunica. 

No hay paso en el abismo de profundos bostezos- 
Ningún puente trivial de palabras, 
O arco de osada envergadura, 
Pueden superar el foso que rodea 
Al hombre sincero. 

Ninguna exhibición de cerrojos y barras 
Puede mantener al enemigo afuera, 
O escapar de su mina secreta 
A quien entró con la duda 
Que trazó la línea divisoria. 

Ningún guardián de la puerta 
Puede dejar entrar al amigo, 
Pero como el sol sobre el todo 
Conquistará el castillo, 

Y brillará a lo largo del muro. 

No hay nada que conozca en el mundo 

Que pueda escapar del amor, 

Por cada profundidad, va más abajo, 

Y por cada altura, va más arriba. 

Espera como espera el cielo, 
Hasta que las nubes se van, 
Todavía resplandece serenamente 
Con un eterno día, 

206 /Henry David Thoreau 



Igual cuando se han ido, 
Como cuando permanecen. 

Implacable es el Amor- 

Los enemigos pueden ser comprados o desafiados 
Desde su hostil intención, 
Pero camina imperturbado 
Quien está inclinado a la bondad. 



Desobediencia civil y otros textos/ 207 



Índice 



Thoreau, el incivilizado 7 

Una vida sin principios 19 

Desobediencia civil 41 

La esclavitud en Massachusetts 65 

Apología del capitán John Brown 81 

Carta a H. G. O. Blake 105 

Un paseo de invierno 109 

Caminar 127 

Dónde vivía y para qué 161 

Sonidos 177 

Conclusión 193 

Amistad 205